Hace poco escuché al analista financiero Claudio Zuchovicki explicar cómo podemos interpretar el presente y el futuro de una empresa según el perfil de quien la dirige.
Según su planteo, si quien está al mando proviene del área de producción, conviene comprar acciones de esa compañía, ya que seguramente apunte al crecimiento. En cambio, si el número uno es un gerente financiero, es señal de una reestructuración de deuda; y si el elegido es un contador, la empresa podría estar próxima a venderse, posiblemente después de “maquillar” sus balances.
Recordé ese comentario cuando The Walt Disney Company, el conglomerado de medios y entretenimiento más grande del mundo, anunció quién será su nuevo CEO a partir del 18 de marzo de 2026. Se trata de Josh D’Amaro, hasta ahora responsable de Disney Parks, la división encargada de los parques temáticos, resorts y cruceros.
Volviendo a la lectura de Zuchovicki, que el nuevo líder provenga del área de parques puede interpretarse como una señal clara: no solo se trata de la unidad de negocios más rentable de la compañía, sino también de una decisión estratégica orientada a priorizar el negocio de las “experiencias” por sobre el consumo online de plataformas como Disney+ o Hulu.
Aunque durante las últimas décadas Disney invirtió mucho dinero en la adquisición de estudios y franquicias (Pixar, Marvel, Lucasfilm y 21st Century Fox), la asistencia y la facturación de sus parques siguen siendo un pilar central del negocio.
Algunos analistas vinculan este giro con un cambio cultural impulsado por la Generación Z (los nacidos entre 1997 y 2012): jóvenes nativos digitales que priorizan las experiencias en vivo como parte de su bienestar emocional, por encima de otras formas de ocio. Buscan conexión cara a cara y comunidad.
Podríamos definirlos como la generación del streaming: sus consumos culturales están disponibles a un clic. Películas en Netflix, música en Spotify, videos en YouTube. Gran parte de la historia cultural de Occidente está digitalizada y accesible las 24 horas del día.
No está del todo claro cuándo ocurrió, pero esta abundancia de contenido online terminó generando saturación y abrió paso a lo que podríamos llamar “la era de las experiencias”. Espectáculos deportivos, recitales, festivales como Lollapalooza, salas de cine, presentaciones de libros y convenciones como la Comic-Con —entre muchas otras— baten récords de asistencia en todo el mundo.
Los fandoms, comunidades de seguidores apasionados por una obra, artista o fenómeno cultural, se transformaron así en una nueva vía de monetización para la industria del entretenimiento.
Disney es un ejemplo paradigmático. No solo posee los derechos de franquicias icónicas como Star Wars, los Avengers, Avatar, Indiana Jones, Frozen o el universo de Mickey Mouse; también construyó espacios temáticos dentro de sus parques para que los visitantes puedan literalmente “vivir” esas historias.
En Argentina, el emergente más visible de este fenómeno se observa en la industria musical. En un contexto donde el negocio dejó de depender de la venta de discos, en cualquiera de sus formatos, los shows en vivo pasaron de ser una fuente alternativa de ingresos a convertirse en el eje económico principal para los artistas.
En los últimos años se volvió habitual que músicos locales llenen estadios: Duki con dos River Plate y un show en el Santiago Bernabéu de Madrid; María Becerra con cuatro River; Lali Espósito con cinco Vélez Sarsfield en 2025; y Wos con una serie de conciertos que incluyó el Estadio Obras, Racing Club y Argentinos Juniors. A esto se suma la llegada constante de artistas internacionales que multiplican la oferta de espectáculos masivos.
En un país atravesado por crisis económicas recurrentes como Argentina, resulta llamativo cómo, por encima del costo monetario, se impone el valor simbólico de “vivir el momento”.
Hablamos de millones de entradas vendidas, impulsadas tanto por el fanatismo del público como por estrategias de marketing cada vez más sofisticadas, capaces de instalar deseos y justificar gastos incluso cuando el bolsillo no acompaña. A esta lógica se suman promociones bancarias, descuentos y planes de pago en cuotas que facilitan el acceso.
Las redes sociales también cumplen un papel clave. El contenido generado durante un recital refuerza la sensación de pertenencia: lo artístico muchas veces pasa a segundo plano y lo central se vuelve la experiencia compartida y su exhibición pública.
En este punto aparece el FOMO (fear of missing out o el miedo a quedarse afuera), como fenómeno que impulsa la asistencia a eventos masivos. La exposición constante a vidas idealizadas en plataformas como Instagram o TikTok intensifica el deseo de participar en experiencias colectivas que, se sabe de antemano, van a ser masivas.
Hace una década, cuando comenzaron a popularizarse los lentes de realidad virtual, uno de sus usos promovidos era asistir a recitales sin salir de casa. Las ventajas parecían evidentes: elegir la ubicación, cambiar de perspectiva o incluso observar el show desde el escenario junto al baterista o el cantante.
Sin embargo, antes que aislarse del mundo detrás de un dispositivo que simula la realidad, las nuevas generaciones parecen elegir lo contrario: el contacto piel a piel, la experiencia compartida y los ojos bien abiertos, aunque esa experiencia termine, paradójicamente, en una historia en IG o un reel en Tik Tok.

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