25/10/26
LA PANTALLA MÁGICA
27/9/26
LA ERA DEL CHISME
16/8/26
DE LA PANTALLA AL LIBRO
Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.
12/7/26
DESDE LA SELVA (DIGITAL)
5/7/26
LA PELOTA NO SE MANCHA (EL NEGOCIO TAMPOCO)
14/6/26
LA RADIO SE TRANSFORMA PARA SOBREVIVIR
Somos contemporáneos de un proceso en el que la TV del futuro está tomando forma. Por un lado, los adelantos tecnológicos ya desarrollaron pantallas flexibles, capaces de estirarse literalmente, y que funcionan sin cables, ya que tanto la energía basada en campos electromagnéticos como las imágenes llegan de manera inalámbrica.
La tecnología nos dará acceso a contenido interactivo y a publicidad hiperpersonalizada, resultado de la combinación entre inteligencia artificial y algoritmos.
Algunos movimientos de la actualidad permiten vislumbrar cómo será esa pantalla en un futuro no muy lejano: un abono que nos permita acceder a cualquier tipo de contenido, sin importar su formato de origen.
Si bien el punto de partida de las plataformas de streaming fue el consumo on demand, cada vez avanzan más hacia la transmisión de programas en vivo. La novedad de estas semanas es la nueva propuesta de Netflix: la posibilidad de ver y escuchar en directo las emisiones diarias del programa de radio The Breakfast Club.
Se trata de un programa matutino que desde 2010 se emite por la WWPR-FM de Nueva York (y en más de cien estaciones de radio de los EEUU), con una programación basada en entrevistas a figuras del hip-hop y la cultura pop. También incluye debates sobre actualidad, farándula, la industria musical y la política estadounidense.
Si bien son innumerables las emisoras de radio que transmiten en YouTube y ofrecen el consumo en directo de su programación completa, es la primera vez que un programa de radio se integra al catálogo de Netflix. Todo indica que aquí se abrirá un nuevo frente de batalla entre las dos empresas que se disputan el reinado de las pantallas.
Hace rato que la radio tradicional se sumó a la hegemonía de la imagen, pero en este nuevo contexto ya no alcanza con una cámara fija y una iluminación deficiente. Si el futuro implica ser cada vez más TV y menos radio, la actualización técnica será imprescindible.
También debe quedar relegada la idea de competir desde la exclusividad del sonido frente a las pantallas. La radio será multiplataforma o no será nada. Hoy resulta impensable construir un modelo de negocios basado únicamente en la pauta publicitaria sin contar con streaming visual, presencia en redes sociales y videopodcasts para el consumo on demand de las transmisiones en vivo.
Podríamos decir que el podcast logró darles a los contenidos emitidos en vivo una segunda vida. Los programas de radio clásicos no solo eran etéreos (al transmitirse por aire no se podían ni ver ni tocar), sino que, una vez finalizados, esos sonidos se perdían para siempre. En la actualidad, las emisoras suben de manera inmediata recortes o programas completos recién emitidos a Spotify o YouTube.
Por eso, el podcast no solo debe entenderse como un modo de producción (pensar y crear contenidos para el consumo on demand), sino también como un modo de distribución, ya que muchos programas emitidos en vivo encuentran luego una nueva audiencia al ser publicados en plataformas digitales.
El modo “solo audio” parece quedar relegado a la escucha en los receptores de los automóviles o en algún aparato analógico que todavía sobrevive en algunas casas. En el ecosistema digital actual, todas las radios comerciales tienen presencia por streaming.
Muchas cuentan con sus propios sitios web o transmiten en video a través de YouTube, Twitch, Flow o plataformas similares. Así, los clásicos micrófonos de la radio comparten protagonismo con cámaras robóticas de alta definición, iluminación escenográfica y pantallas interactivas, transformando al otrora oyente en espectador.
Esta nueva lógica audiovisual lleva a los programas radiales a competir, en pie de igualdad, con la oferta televisiva y con los canales de streaming nativos (como Luzu TV, Olga o Blender), que apuntan especialmente al público joven. Es tan fuerte la competencia que, en el tradicional prime time radial (de 7 a 13 horas), podemos encontrar en streaming a los programas de Nico Occhiato o Migue Granados.
Los estudios de audiencia todavía le otorgan a la radio informativa tradicional la supremacía durante la primera mañana (de 6 a 10 horas), pero también muestran que los canales de streaming dominan la franja de 10 a 14 a partir de formatos de entretenimiento y conversación descontracturada.
Hace tiempo que la pérdida del público joven se transformó en un problema vital para la radio. Algunos especialistas vinculan este fenómeno con la fragmentación de las audiencias provocada por la explosión de los medios digitales. Entre las posibles causas también aparecen la edad promedio y el perfil de los conductores (en términos generales, hombres de entre 40 y 60 años), el fuerte anclaje temático en la actualidad y las noticias mientras muchos jóvenes practican una forma activa de evasión informativa.
Los nuevos formatos fueron desplazando a la radio de algunas de sus funciones históricas. TikTok, por ejemplo, le quitó el papel de vidriera para descubrir música nueva. Del mismo modo, la cercanía con las grandes figuras de la cultura, que antes se construía a través de entrevistas en profundidad, hoy aparece mediada por la desintermediación que proponen las redes sociales.
A pesar de todos estos cambios y de las adaptaciones a las que la radio debió someterse, existe cierta lógica que explica su permanencia: su capacidad para establecer una conexión humana. La posibilidad de hacernos sentir parte de una experiencia colectiva, sabiendo que hay otros escuchando lo mismo, pero convencidos de que esa voz nos está hablando exclusivamente a nosotros.
En esa contradicción reside, tal vez, la famosa magia de la radio.
Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.
17/5/26
BANALIZAR LA GUERRA
Esta nota se basa en el vínculo entre la guerra y la tecnología aplicada a la comunicación.
Por el impacto que me causó desde la primera vez que la vi, me parece pertinente comenzar con una escena de la película Citizen Kane (1941) de Orson Welles. Charles Foster Kane, dueño y director del diario New York Inquirer, responde a un telegrama de su corresponsal en La Habana, que le informa que no hay guerra en Cuba. Kane contesta: “Usted ponga las fotos, yo proporcionaré la guerra”, dando a entender que con técnicas sensacionalistas podía empujar a Estados Unidos a un conflicto contra España.
Lo que se retrata en la película no es un reflejo fiel de lo sucedido en 1898, ya que la guerra respondió a una combinación de tensiones diplomáticas, intereses expansionistas estadounidenses y el deseo de independencia cubana. Aun así, resulta difícil negar la influencia que tuvo la agresiva campaña de prensa para que la opinión pública apoye la guerra.
Ya entrado el siglo XX, la cobertura de las dos guerras mundiales se realizó principalmente desde los diarios, con enormes limitaciones logísticas si se las compara con los medios tecnológicos actuales.
Aunque la noticia del final de la Primera Guerra Mundial se conoció el mismo día en las tapas de los diarios argentinos, las fotografías del armisticio viajaron desde puertos europeos hasta Buenos Aires y tardaron entre dos y tres semanas en llegar.
Todo cambió con la llegada de la televisión, que todavía era una tecnología experimental durante la Segunda Guerra Mundial, pero terminó teniendo un papel decisivo en el desarrollo y el desenlace de la Guerra de Vietnam.
En una entrevista publicada por el diario Montreal Gazette el 16 de mayo de 1975, Marshall McLuhan afirmaba: “La televisión llevó la brutalidad de la guerra al confort del living. Vietnam se perdió en los living de Estados Unidos, no en los campos de batalla”.
Con los medios electrónicos se produjo un cambio de era: ya no solo informan, también transforman la manera en que las sociedades perciben, sienten y procesan políticamente los acontecimientos.
Las imágenes de jóvenes soldados mutilados transmitidas durante el prime time televisivo lograron que la guerra se volviera algo próximo para millones de familias norteamericanas, a pesar de desarrollarse a más de 10.000 kilómetros de distancia.
La primera derrota militar de la principal potencia mundial derivó en un manejo mucho más estricto de la información por parte del Pentágono. Se cerró la posibilidad de una guerra televisada sin supervisión militar.
La Guerra de las Malvinas funcionó como el primer gran laboratorio occidental para demostrar cómo un gobierno podía neutralizar el impacto de la televisión y controlar el relato bélico.
En Argentina, la dictadura militar aplicó un aceitado aparato de censura estatal. El gobierno de Margaret Thatcher, por su parte, filtró el acceso de corresponsales y monopolizó las comunicaciones, lo que permitía censurar o bloquear información.
Además, los británicos no permitían transmisiones satelitales directas. Las cintas de video debían viajar físicamente hasta la Isla Ascensión antes de emitirse en Londres, generando retrasos de hasta dos semanas. Muy parecido a los tiempos de la Primera Guerra Mundial.
En la Guerra del Golfo, las imágenes tomadas desde las cabinas de los bombarderos construían la idea de una guerra “limpia”, sin víctimas civiles y con pocas bajas propias. La cobertura periodística estuvo atravesada por propaganda, censura y desinformación.
En Sobre la televisión (1996), Pierre Bourdieu desarrolla una fuerte crítica al funcionamiento de la TV y a su influencia sobre el periodismo, la política y la cultura.
Para Bourdieu, esa enorme capacidad de influencia estaba subordinada a la lógica del rating, el impacto y la velocidad. En contextos extraordinarios, como una guerra, ese poder podía ser utilizado por los gobiernos para el control de daños mediante el manejo del flujo informativo.
El sociólogo francés sostenía además que la televisión no solo selecciona información: también condiciona la producción discursiva del periodismo, la política y los intelectuales, que terminan adaptándose a sus formatos y tiempos para no desaparecer del espacio público.
Hoy parece suceder algo similar con las redes sociales: domina lo emocional y la espectacularización, mientras que la profundidad queda desplazada por el contenido apto para el consumo rápido. Lo grave es que todos quieren subirse a ese tren a la hora de elaborar discurso.
Hace poco, el escritor iraní-estadounidense Nick Mafi publicó una columna en The New York Times sobre cómo las redes sociales transforman incluso las tragedias y las guerras en un elemento más del feed, mezclado con recetas, memes o videos triviales.
Mafi sostiene que la lógica algorítmica equipara todo: “bombas y nachos pesan lo mismo”. El consumo fragmentado y permanente de contenido debilita nuestra capacidad de registrar el horror o elaborar una memoria colectiva sobre los conflictos.
El desarrollo tecnológico no modifica el horror de la guerra, pero sí transforma la manera en que las audiencias se relacionan con él.
La guerra pasó de las páginas de los diarios a la televisión y luego a las pantallas de los teléfonos. Ya no aparece como un acontecimiento solemne capaz de detener el tiempo, sino como un contenido más dentro del scroll infinito al que nos acostumbramos.
Una bomba en una escuela primaria, una receta o un video gracioso conviven exactamente en el mismo espacio visual y cognitivo: Irán, Ucrania y gatitos volando en ala delta.
Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.






