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25/10/26

LA PANTALLA MÁGICA



Octubre reúne dos acontecimientos significativos en la historia argentina. El 17 de octubre de 1945, una multitud de trabajadores, provenientes principalmente del conurbano bonaerense, ocupó la Plaza de Mayo para exigir la liberación de Juan Domingo Perón. Exactamente seis años después, esa misma plaza fue el escenario elegido para la primera transmisión oficial de televisión en nuestro país.

La emisión inaugural de LR3 Radio Belgrano Televisión difundió los discursos de Perón y Eva Perón ante una multitud. Como una de esas ironías de nuestra historia, el encargado de poner en marcha el nuevo medio fue Jaime Yankelevich, un empresario radial a quien el gobierno de Perón había presionado, pocos años antes, para que le vendiera sus emisoras.

Con el apoyo político del gobierno de Perón y el entusiasmo de Eva Perón por el proyecto, Yankelevich importó de Estados Unidos transmisores, cámaras y una antena de 50 metros que se instaló sobre el Ministerio de Obras Públicas, esa mole de cemento que todavía se recorta sobre la avenida 9 de Julio.

Había muy pocos televisores en los hogares argentinos. Por eso, muchos espectadores conocieron las primeras imágenes agolpados frente a las vidrieras de los locales de electrodomésticos.

Durante los años cincuenta, la programación fue una aventura artesanal. Locutores, actores y artistas provenientes de la radio aprendían a trabajar frente a las cámaras. Un mes después, el 18 de noviembre de 1951, llegó el fútbol, con un partido entre San Lorenzo y River.

En los sesenta aparecieron los canales privados y el televisor comenzó a conquistar los hogares. Ya no era necesario reunirse frente a una vidriera. La pantalla se instaló en el living y empezó a organizar buena parte de la vida familiar.

Esto permite pensar la televisión desde dos perspectivas. Una tiene que ver con los contenidos: noticieros, películas, novelas, deportes y programas de entretenimiento. La otra, con el aparato mismo, ese mueble que durante décadas ocupó un lugar privilegiado en las casas y alrededor del cual se organizaron horarios, conversaciones y distintas rutinas familiares.

Los años setenta estuvieron atravesados por la violencia política, la estatización de los principales canales privados y, durante la dictadura, la censura. El Mundial de 1978 impulsó la infraestructura para transmitir imágenes en color hacia el exterior, aunque las transmisiones locales bajo este sistema comenzaron en 1980.

Con el regreso democrático llegaron nuevos contenidos y una mayor apertura. En los noventa, el cable multiplicó las señales disponibles y la privatización de canales impulsó la concentración empresarial, con el Grupo Clarín como emblema de ese proceso. Más tarde, las productoras argentinas consiguieron exportar ficciones y formatos televisivos a buena parte del mundo.

Pero la pantalla que nació aquel 17 de octubre atraviesa hoy una transformación que afecta tanto a sus contenidos como al aparato que los reproduce.

Empecemos por el televisor.

Durante años fue una caja pesada, con una pantalla pequeña y una antena que había que acomodar para conseguir una imagen aceptable. Después llegaron el control remoto, el color, las pantallas planas y la alta definición.

Hoy los televisores son cada vez más delgados, pueden integrarse a la decoración y convertirse en cuadros que exhiben obras de arte cuando no estamos mirando un programa.

La inteligencia artificial también comienza a modificar su funcionamiento. Los nuevos equipos incorporan procesamiento de imagen, comandos de voz y asistentes de IA capaces de buscar información o responder preguntas relacionadas con lo que estamos viendo.

Funciones que hasta hace poco nos obligaban a recurrir al teléfono o a una computadora comienzan a incorporarse al televisor. Esta nueva lógica elimina la funcionalidad actual de la segunda pantalla.

Mientras tanto, la televisión como industria atraviesa una crisis profunda. La aparición de las plataformas de streaming, YouTube y las redes sociales terminó con el predominio de los canales tradicionales sobre el consumo audiovisual. Especialmente entre los jóvenes, la programación organizada por horarios perdió terreno frente a la posibilidad de elegir qué mirar, cuándo y desde qué dispositivo.

El cambio también llegó a la publicidad. Buena parte de la inversión de los anunciantes migró hacia las plataformas digitales, capaces de segmentar sus mensajes y medir con mayor precisión los resultados.

Con menos audiencia e ingresos, producir televisión se volvió cada vez más difícil. Las ficciones diarias, que durante décadas fueron uno de los grandes atractivos de la pantalla argentina, cedieron espacio a formatos más económicos, como los programas de panelistas y los realities.

Incluso los canales de streaming comenzaron a competir por el público de los programas en vivo, incorporando cámaras, conductores y escenografías que recuerdan bastante a la televisión tradicional.

Y acá aparece una paradoja interesante. Mientras la televisión abierta pierde espectadores, buena parte de los medios parece querer convertirse en televisión. La radio incorpora cámaras, los diarios producen videos, los podcasts se filman y los creadores de contenidos montan estudios para transmitir en directo: todos buscan tener una pantalla propia.

A los 75 años de su nacimiento, la televisión argentina enfrenta dificultades económicas y cambios profundos en sus formas de producción y consumo. La señal estatal, que acaba de recuperar su nombre histórico de Canal 7, tampoco escapa a las restricciones presupuestarias y a la discusión sobre el papel de los medios públicos.

Sin embargo, la televisión conserva algo que las plataformas todavía intentan reproducir, y casi nunca lo logran: su capacidad para reunir audiencia masiva alrededor de un mismo acontecimiento.

Un partido decisivo, una noticia extraordinaria o un acontecimiento político pueden volver a convocar a millones de personas frente a una transmisión en vivo.

Quizás ya no compartamos el mismo aparato ni estemos sentados a la misma hora en el living familiar. Pero seguimos buscando imágenes que nos permitan sentir que estamos participando de algo junto con los demás, como ocurrió en los últimos mundiales de fútbol.

Desde aquella multitud reunida frente a las vidrieras en 1951 hasta los televisores inteligentes que hoy decoran nuestras casas, cambiaron los aparatos, los contenidos y las maneras de mirar.

Y mientras algunos anuncian la muerte de la televisión, los demás medios siguen incorporando sus recursos y lenguajes.

Tal vez esa sea la verdadera magia de esta pantalla: después de 75 años, todos hablan de su desaparición, pero nadie parece dispuesto a dejar de hacer televisión.

Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.

27/9/26

LA ERA DEL CHISME



En la Edad Media, la vida era comunitaria y colectiva. Las actividades cotidianas se realizaban en espacios comunes: se dormía, se comía y se trabajaba a la vista de los demás. No existía el concepto de "intimidad".En el contexto de la expansión del capitalismo y la burguesía, nace la estructura de la casa moderna con habitaciones separadas (el dormitorio privado). Por primera vez, el individuo tiene un espacio físico donde cerrar la puerta y compartir el tiempo con su familia, marcando un claro límite con el espacio exterior, es decir, con el resto de la comunidad.

Así, se consolida uno de los valores más importantes de la modernidad: la privacidad. No solo se convierte en el refugio de la subjetividad, sino que se transforma en refugio de la mirada del Rey, de la Iglesia o del Estado.

Desde la antropología, se sitúa el origen del chisme en las tribus prehistóricas, ya que saber en quién se podía confiar, quién robaba comida, quién era un tramposo o quién se acostaba con quién no era un mero entretenimiento… era información vital para saber con quién cazar o defenderse. El chisme funcionaba como un "control de calidad" de la tribu, a partir de un sistema de reputación que media la confiabilidad.

Pero cuando la cotidianidad comenzó a vivirse puertas adentro, la burguesía no sólo inventó la privacidad, también dio lugar al secreto, a lo oculto.

Al inventar el secreto, creó el mercado del chisme moderno.

Podemos aventurar que en siglo XIX el chisme necesitaba del cuerpo, de la proximidad (todavía no existían los teléfonos). Nacía en el murmullo de los mercados de pueblo, a la salida de las misas de los domingos o en un cruce casual en alguna vereda.

Ese cotorreo vecinal, según el antropólogo Robin Dunbar, retoma la lógica del chisme primigenio: era un mecanismo de supervivencia para saber en quién confiar y a quién temer dentro de los límites del pueblo o del barrio.

Con la consolidación del estilo de vida occidental, el estatus ya no dependía de los títulos de nobleza heredados como en la época de la realeza, sino de la reputación y la respetabilidad. La moral burguesa (el decoro, la fidelidad matrimonial, la honestidad) era la llave para los negocios y el ascenso social.

En ese contexto, el chisme se convirtió en un arma social, política y económica. Saber un secreto de la vida privada de un competidor burgués (una infidelidad o una estafa) permitía destruirlo en los negocios o en los salones sociales. El chisme pasó de ser un cotorreo de supervivencia campesina, según la mirada antropológica, a una herramienta sofisticada de poder en la modernidad.

Esta situación se actualiza con los adelantos tecnológicos del siglo XX que permitieron el surgimiento de los medios masivos de comunicación. Con ellos aparece la espectacularización y mercantilización del secreto: el chisme pasa a ser una mercancía más dentro del juego capitalista.

La televisión abierta descubrió que las noticias sobre la intimidad de los famosos rendía más que la ficción. Programas de espectáculos y paneles de chimentos convirtieron la intimidad ajena en tema de debate que se desarrolla frente a millones de espectadores.

Así, pasamos de las vecinas en la vereda, a un país entero espiando por la cerradura de la puerta de la farándula.

Con el siglo XXI llegaron nuevas formas de saciar las ansias de información privada. La televisión creó un dispositivo que nos permite pasar de estar pendientes de lo que ya ocurrió a "espiar" en vivo. El fenómeno de Gran Hermano llevó la premisa de la curiosidad respecto a lo que pasa detrás de la puerta cerrada al paroxismo: el encierro y la convivencia forzada como la única realidad disponible para un grupo de personas, donde el público ejerce un voyeurismo legalizado y juzga las 24 horas del día la autenticidad de los dichos, los cuerpos y las emociones.

Sin embargo, el verdadero triunfo de la "era del chisme" no está en los estudios de televisión, sino en nuestras propias manos. Las redes sociales eliminaron a los intermediarios. Hoy, los "famosos" ya no esperan a que un paparazzi los sorprenda infraganti, son ellos mismos los que se exponen.

Pero esta lógica excede a la farándula, ya que la gente común (entre la que me incluyo) también abandonó la privacidad en pos de "ser alguien" en el ecosistema digital. Ya no hay puertas que separen lo público de lo privado, todo se comparte, todo se exhibe.

La foto frente al espejo del baño hogareño es el símbolo definitivo de nuestra época. El espacio más íntimo y privado de la casa se ha reconvertido en una pasarela pública, un set de filmación donde el fuero interno se entrega voluntariamente a cambio de un puñado de likes. Es lo que la antropóloga argentina Paula Sibilia define como "extimidad": la espectacularización de la intimidad, un fenómeno contemporáneo donde lo que antes pertenecía al ámbito privado y reservado se despliega deliberadamente en el espacio público a través de las plataformas digitales.

Hannah Arendt advertía en "La condición humana" (1958) que el espacio privado es el refugio indispensable para que el ser humano pueda ser vulnerable y resguardarse de la mirada del mundo. Sin intimidad, la vida pública se corrompe. Hoy asistimos a un escenario donde la privacidad ya no se defiende, sino que se vende como mercancía.

Históricamente, las leyes se diseñaron para proteger al ciudadano de la intromisión del Estado o de terceros. Incluso la Constitución Argentina en su art. 19 garantiza que lo que una persona hace en su vida privada, sus ideas, creencias o hábitos que no afectan a los demás, no pueden ser castigadas ni controladas por el Estado o los jueces.

La paradoja actual es que somos nosotros mismos quienes renunciamos a esos derechos al firmar los términos y condiciones para desnudarnos psíquica y físicamente ante corporaciones tecnológicas y los algoritmos que determinan el flujo de datos que circulan en la web.

El panóptico de Michel Foucault ya no necesita una torre central con guardias: nos vigilamos, nos juzgamos y nos cancelamos los unos a los otros a través de la pantalla de nuestros teléfonos.

El ser humano no ha cambiado su natural curiosidad respecto a lo que pasa en su contexto, ni su necesidad de pertenencia a una comunidad: lo que cambió radicalmente es el precio que estamos dispuestos a pagar por ellas. El chisme ya no es un pecado marginal de nuestra cultura: es la cultura misma.

En la era del chisme, la intimidad ya no es un derecho a proteger, sino el combustible que alimenta la maquinaria del espectáculo digital.

Hoy René Descartes seguramente diría "me expongo, luego existo".

Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá

16/8/26

DE LA PANTALLA AL LIBRO


El reciente estreno cinematográfico de La Odisea, de Christopher Nolan, reflotó un fenómeno que desde hace años vincula al séptimo arte con la literatura.

De pronto, en las redes sociales aparecieron expertos en letras recomendando traducciones al español, compartiendo datos de contexto y explicando quién, cómo y cuándo escribió La Ilíada y La Odisea. Lo llamativo es que gran parte de estas menciones apuntan a adolescentes y jóvenes.

A pesar de la idea instalada de que los jóvenes no leen literatura de manera regular, las estadísticas en nuestro país sostienen lo contrario. Según la última Encuesta Nacional de Consumos Culturales (2022), el 77 por ciento de la franja de 13 a 17 años declaró haber leído al menos un libro durante el último año, y entre los 18 y 29 años ese porcentaje baja al 58 por ciento. Podemos relativizar el primer dato porque coincide con el tránsito escolar obligatorio, aunque resulta llamativo que, en general, el 77 por ciento de los lectores declare leer por entretenimiento u ocio.

Entonces, ¿qué está pasando? Referentes de la industria editorial sostienen que las películas y series basadas en novelas o sagas juveniles impactan en las ventas del libro original luego de su estreno. Pero la sinergia también funciona a la inversa: los fanáticos de la historia original esperan ansiosos el estreno de las películas, aunque sea para criticar la adaptación.

La semiología llama "transposición" al proceso por el cual un discurso cambia de lenguaje para convertirse en una nueva creación: una novela que se vuelve película, un cómic que se transforma en serie, un videojuego que llega al cine. En este proceso, la pantalla no necesariamente compite con el libro. Muchas veces funciona como una puerta de entrada.

El efecto de una película que retoma una historia clásica puede ser indirecto: no es tanto la transposición en la pantalla grande lo que lleva a los jóvenes a las librerías, sino el efecto multiplicador de las tendencias que circulan por Instagram y TikTok, capaces de viralizar libros que ya son best sellers y acercarlos a nuevos públicos. Ahí están las sagas de Harry Potter (la serie de libros más vendida de la historia), Percy Jackson o Los Juegos del Hambre, además de otras historias enmarcadas en los géneros del romance juvenil, el drama y las novelas gráficas.

Las redes sociales se transformaron en una de las principales fuentes de orientación para los lectores noveles. Hasta existe un perfil específico para el "especialista": el booktuber, o creador de contenido que anuncia lanzamientos, comparte reseñas y comenta sus lecturas en YouTube, Instagram o TikTok. En Argentina hay varios perfiles activos (Victoria Resco, Carla Dente o Fede Valotta entre otros), con un denominador común: buscan generar comunidad a partir de un nicho temático.

Otra variante aparece de la mano de famosos que aprovechan su relevancia social para hablar de autores o títulos. Oprah Winfrey lo hace desde la televisión, mientras que Emma Watson (que además de su rol protagónico en Harry Potter tiene formación académica en literatura inglesa) suele compartir sus lecturas con sus seguidores.

Dua Lipa es otra referente en este ámbito, ya que a las recomendaciones puntuales que realiza desde sus redes podemos sumarle su plataforma digital Service95, con contenido sobre estilo de vida, cultura y sociedad, donde los libros ocupan un lugar destacado.

Sin dudas, esta tarea de divulgación cultural por parte de figuras influyentes, que desde el campo de la comunicación denominamos "líderes de opinión", genera una validación de la lectura al promoverla como una actividad atractiva y moderna: "cool", dirían los más jóvenes.

Ver a sus ídolos leer un libro impreso rompe el estereotipo de que la lectura es aburrida o puramente académica, y el libro deja de ser una obligación escolar para volverse parte de una identidad cultural que también se construye en las redes.

Y aquí aparece una paradoja: las mismas plataformas que funcionan como puerta de entrada a la literatura están regidas por el consumo inmediato (videos breves, scroll infinito, estímulos diseñados para capturar la atención apenas por unos segundos). A esto se suma la "basura digital" producida en masa por la inteligencia artificial, ya bautizada como “AI Slop”. Lo que los especialistas señalan como un problema, más allá de la evidente mala calidad de buena parte de este contenido, es que a mayor volumen de producción, menos espacio queda para los contenidos originales, creativos y de calidad.

En este escenario, el libro parece ocupar un lugar particular. Leer implica detenerse. No hay scroll. No hay una nueva recomendación apareciendo inmediatamente después. No hay un algoritmo que decide qué capítulo debería interesarnos. Hay que sostener la atención, avanzar a nuestro propio ritmo y construir mentalmente aquello que el texto propone.

Tal vez por eso resulte tan interesante que los jóvenes lleguen a los libros desde lugares en apariencia alejados de la lectura: una película, un influencer o un video en TikTok. Quizás el camino hacia el libro ya no empieza necesariamente en una biblioteca o un aula. Puede empezar en una pantalla. Y, paradójicamente, esa misma pantalla que nos acostumbró al consumo breve e inmediato puede estar funcionando como puente hacia una experiencia que exige exactamente lo contrario.

¿Será el libro un refugio ante el consumo acelerado de las redes? ¿Sostener una rutina de lectura, o incluso sentarse a ver una película de tres horas sobre héroes de la Antigüedad y criaturas mitológicas, puede interpretarse como un gesto de rebeldía que reivindica la atención analógica?

Espero que me disculpe, estimado lector, si en esta nota le propongo más preguntas que certezas.

Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.

12/7/26

DESDE LA SELVA (DIGITAL)


La Ciudad de Buenos Aires se destaca, a nivel internacional, por tener una de las carteleras teatrales con mayor oferta de obras y concurrencia de público.

De los últimos estrenos importantes en la escena porteña quiero destacar “Desde el jardín”, con Guillermo Francella en el papel protagónico.

La obra es una adaptación de Being There, la famosa novela satírica publicada en 1971 por el escritor polaco Jerzy Kosinski. La historia sigue a Chance Gardiner, un hombre ingenuo, con un aparente retraso madurativo, que vivió toda su vida aislado cuidando un jardín y viendo televisión. Tras quedar en la calle y recalar accidentalmente en la mansión de uno de los líderes políticos más importantes del país, sus comentarios sobre jardinería son interpretados como metáforas profundas y complejas por la élite política y los medios de los EEUU, llevándolo a convertirse en un influyente consejero del principal partido y del gobierno norteamericano.

En pocas palabras, toda la historia gira alrededor de un enorme malentendido.

En 1979 llegó al cine una adaptación dirigida por Hal Ashby y protagonizada por Peter Sellers. Como en la novela, el personaje principal carece de herramientas intelectuales y emocionales para comprender y vincularse con el mundo que lo rodea. La televisión cumple entonces la función de mediar entre el individuo y su contexto. Kosinski desarrolla esa idea en dos planos: en el personaje de Sellers, el consumo compulsivo de TV funciona como una vía de escape de un mundo que no comprende, mientras que en el plano social, desde la pantalla se fija la agenda de los temas relevantes para los ciudadanos, pero al mismo tiempo simplifica el tratamiento de dicha agenda para que todos entiendan de qué se habla.

Ahí está la clave del ascenso meteórico de un personaje sin ningún valor a la cima del poder: su discurso ya es simple, pero no por su habilidad de hacer sencillo lo complejo sino por sus carencias intelectuales.

Así, la historia de Chance es un gran malentendido: él habla desde la inocencia del personaje de la jardinería, lo único que conoce, pero todo el mundo interpreta sus palabras como una genial metáfora que describe a la sociedad, la política y la economía.

Hay algo de esa historia que resuena en nuestra actualidad. La diferencia es que, si en la novela de Kosinski el equívoco gira alrededor de un jardín y de la televisión, en la política contemporánea ese mismo proceso de construcción de sentido ocurre en el ecosistema de las redes sociales. En el caso de Manuel Adorni no podríamos recurrir al tándem jardín/TV, ya que su trascendencia pública nace en Twitter hablando de economía. Por eso me tomo la licencia de hablar, en el título de esta nota, de la selva digital.

A la distancia, su salto vertiginoso a la primera línea de los cuadros políticos del gobierno (si se me permite la licencia poética) parece responder más a un golpe de suerte que a sus méritos intelectuales: el famoso “estar en el lugar y en el momento correcto”.

Combinar esas coordenadas se transformó en el aspiracional para los millennials (nacidos entre 1981 y 1996) y la generación Z (1997 y 2012), ya que durante los últimos años “pegarla” en el universo digital se ha convertido en una de las mayores aspiraciones profesionales.

A partir de la confluencia de distintos factores se generó la fantasía de que siendo creador de contenidos o influencer, el reconocimiento social y el éxito económico parecían garantizados. Figuras como Davo Xeneize (streamer futbolero), Sofi Maure (de YouTube a OnlyFans) o Alejo Igoa (YouTuber iberoamericano con más suscriptores) se constituyen como ejemplos a seguir.

En el caso de Adorni, ex vocero, ex secretario de Comunicación y Medios y ex jefe de Gabinete del gobierno de Javier Milei, la construcción del personaje del liberal disruptivo se basó en su cuenta de Twitter y en apariciones marginales en el circuito del incipiente streaming libertario, principalmente en YouTube y Twitch.

Luego dio el salto a los medios tradicionales, como columnista en Infobae y en Radio Rivadavia. Más tarde desembarcó en La Nación+, en “Intratables”, por América, y en el Canal Metro.

Con 420.000 seguidores y una presencia diaria en la plataforma fue reconocido como "Twittero del año" en noviembre de 2023 en los premios Martín Fierro digitales poco antes de asumir como vocero presidencial.

Con un crecimiento meteórico de su figura pública, Adorni parecía encarnar el “sueño del pibe” de los millennials: de la noche a la mañana pasar del llano a la cúspide del poder. A eso podemos sumarle fama y dinero para completar el combo: de la mesa de Mirta Legrand a los viajes en avión privado a Punta del Este.

Un golpe de suerte, o una serie de casualidades encadenadas, como le pasó al señor Gardiner. Pero ya no hablamos de ficción, esto es pura realidad. Una realidad en la que no importa tanto lo que decía Adorni en Twitter como el proceso mediante el cual esas intervenciones comenzaron a ser leídas como la voz de un referente intelectual del liberalismo vernáculo.

Si hay una etiqueta que describe cabalmente al personaje que encarnó Adorni en sus distintos cargos públicos es la de “provocador”: ya sea para hostigar a la oposición, algo entendible dentro del juego político, pero mucho menos empático al anunciar despidos de empleados públicos, recortes de partidas sociales o responder preguntas de periodistas.

Cuenta la leyenda que, en la antigua sede del Ministerio de Acción Social, hay un cartel que funciona como advertencia para los noveles empleados y funcionarios: “Trate bien al de abajo cuando esté subiendo porque lo encontrará nuevamente cuando esté bajando”. 

Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.

5/7/26

LA PELOTA NO SE MANCHA (EL NEGOCIO TAMPOCO)


Somos espectadores del Mundial de fútbol más importante de la historia. El que más equipos reúne, el de mayor cantidad de partidos, el que más espectadores convoca en los estadios y en los livings de todo el mundo. También es la primera Copa del Mundo que se disputa simultáneamente en tres países.

Si me permite, estimado lector, me voy a corregir: no solo somos espectadores, también somos protagonistas. La tecnología hoy nos permite generar y compartir contenido que, salvando las enormes distancias que existen entre Lionel Messi y cualquier vecino del conurbano sur bonaerense, compite en la biosfera digital con las imágenes que produce la FIFA, una de las mayores multinacionales del entretenimiento.

Hay un dato que ayuda a comprender cómo la tecnología transformó la organización del mayor evento deportivo del planeta. Las selecciones de Francia, Rumania, Bélgica y Yugoslavia tardaron aproximadamente quince días en llegar a Uruguay para disputar el Mundial de 1930. El viaje se realizó a bordo del transatlántico Conte Verde, que zarpó desde Génova y arribó a Montevideo el 4 de julio.

Una vez iniciado el torneo, en Europa los resultados llegaban a través de los diarios con, al menos, un día de demora. La información viajaba mediante cables telegráficos submarinos. Las transmisiones por onda corta permitían que algunas emisoras de radio captaran relatos en vivo o recibieran los resultados casi instantáneamente, aunque con una calidad que dependía de las condiciones atmosféricas.

Durante décadas, con la televisión consolidada como medio hegemónico, la pantalla del televisor fue prácticamente sinónimo de fútbol.

Hoy el escenario cambió por completo. La FIFA ya no comercializa únicamente los derechos para la televisión abierta o por cable. También vende licencias para plataformas de streaming, radios, YouTube, TikTok y otras redes sociales, además de derechos específicos para exhibición pública en bares, hoteles, restaurantes, centros comerciales, aviones y cruceros. El Mundial dejó de distribuirse por un solo canal para convertirse en un producto diseñado para circular simultáneamente por decenas de plataformas.

Pero además de lograr que veamos a la pelota rodando por todos lados, la tecnología también transformó el propio juego.

En este Mundial se utilizan pelotas con sensores que envían información sobre posición, trayectoria y fuerza de impacto que recibió. Cámaras de alta velocidad e inteligencia artificial analizan los movimientos de los futbolistas para construir avatares tridimensionales que permiten resolver posiciones adelantadas en cuestión de segundos. Incluso se incorporan cámaras corporales para mostrar determinadas jugadas desde la perspectiva de los árbitros.

Como ocurre con otros grandes espectáculos, en este Mundial resulta casi tan importante lo que sucede dentro de la cancha como lo que ocurre en las tribunas, en las casas o en las calles. El torneo está batiendo récords de tráfico en internet gracias al contenido generado por los propios espectadores.

Crónicas, reacciones, análisis tácticos, notas de color... la cantidad de material compartido resulta inconmensurable. Un gol filmado desde una tribuna, los festejos de Bangladesh por una victoria argentina o el abrazo que provoca un gol de Messi en un bar de Canning terminan formando parte del mismo fenómeno global. Todo suma. Todo circula. Y las métricas de los videos verticales en plataformas como Instagram y TikTok vuelven a romper récords.

En cuanto a la forma de acceder a los partidos, también se observa un cambio profundo. Si bien en Argentina la televisión sigue ocupando un lugar central, en Brasil se desarrolla un fenómeno que toda la industria observa con atención.

Casimiro Miguel Vieira, conocido como Cazé, comenzó hace pocos años como streamer en Twitch. Asociado con la agencia de marketing deportivo LiveMode consiguió los derechos para transmitir gratuitamente los 104 partidos del Mundial a través de su canal de YouTube, CazéTV.

El partido entre Brasil y Japón alcanzó los 21 millones de dispositivos conectados en simultáneo, convirtiéndose en la transmisión en vivo más vista de la historia de YouTube.

Los montos pagados por esos derechos permanecen bajo reserva, al igual que el modelo de negocios que sostiene semejante inversión. Lo que sí trascendió es que, compitiendo directamente con la televisión abierta, CazéTV perdió contra TV Globo pero duplicó la audiencia del tradicional canal SBT, algo impensado hasta hace pocos años.

Para dimensionar el fenómeno, sería como imaginar que el canal AZZ, de Flavio Azzaro, transmitiera todos los partidos del Mundial por YouTube compitiendo de igual a igual con Telefé o la TV Pública.

En la estrategia de Google de convertir a YouTube en la nueva televisión, el caso CazéTV representa un verdadero punto de inflexión.

Las claves de este cambio parecen estar en los hábitos de consumo de las generaciones más jóvenes. Prefieren el tono descontracturado del streaming, donde pueden interactuar con los conductores, antes que sentirse simples usuarios de una gran corporación mediática. El chat en vivo fortalece esa cercanía y el estilo termina de consolidarla: en los partidos nocturnos de CazéTV los conductores transmiten en piyama.

Hace casi un siglo, las noticias del Mundial llegaban a Europa con días de demora. Hoy cualquier hincha puede transmitir desde su teléfono celular y compartir imágenes que recorren el mundo en cuestión de segundos. La tecnología marca el ritmo del deporte y del negocio. Los jugadores siguen corriendo detrás de la pelota, pero todo lo que gira alrededor de ella cada vez les queda más lejos: plataformas, algoritmos, derechos audiovisuales y millones de pantallas que transforman al Mundial en algo mucho más grande que un simple campeonato de fútbol.

Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.

14/6/26

LA RADIO SE TRANSFORMA PARA SOBREVIVIR

 

Somos contemporáneos de un proceso en el que la TV del futuro está tomando forma. Por un lado, los adelantos tecnológicos ya desarrollaron pantallas flexibles, capaces de estirarse literalmente, y que funcionan sin cables, ya que tanto la energía basada en campos electromagnéticos como las imágenes llegan de manera inalámbrica.

La tecnología nos dará acceso a contenido interactivo y a publicidad hiperpersonalizada, resultado de la combinación entre inteligencia artificial y algoritmos.

Algunos movimientos de la actualidad permiten vislumbrar cómo será esa pantalla en un futuro no muy lejano: un abono que nos permita acceder a cualquier tipo de contenido, sin importar su formato de origen.

Si bien el punto de partida de las plataformas de streaming fue el consumo on demand, cada vez avanzan más hacia la transmisión de programas en vivo. La novedad de estas semanas es la nueva propuesta de Netflix: la posibilidad de ver y escuchar en directo las emisiones diarias del programa de radio The Breakfast Club.

Se trata de un programa matutino que desde 2010 se emite por la WWPR-FM de Nueva York (y en más de cien estaciones de radio de los EEUU), con una programación basada en entrevistas a figuras del hip-hop y la cultura pop. También incluye debates sobre actualidad, farándula, la industria musical y la política estadounidense.

Si bien son innumerables las emisoras de radio que transmiten en YouTube y ofrecen el consumo en directo de su programación completa, es la primera vez que un programa de radio se integra al catálogo de Netflix. Todo indica que aquí se abrirá un nuevo frente de batalla entre las dos empresas que se disputan el reinado de las pantallas.

Hace rato que la radio tradicional se sumó a la hegemonía de la imagen, pero en este nuevo contexto ya no alcanza con una cámara fija y una iluminación deficiente. Si el futuro implica ser cada vez más TV y menos radio, la actualización técnica será imprescindible.

También debe quedar relegada la idea de competir desde la exclusividad del sonido frente a las pantallas. La radio será multiplataforma o no será nada. Hoy resulta impensable construir un modelo de negocios basado únicamente en la pauta publicitaria sin contar con streaming visual, presencia en redes sociales y videopodcasts para el consumo on demand de las transmisiones en vivo.

Podríamos decir que el podcast logró darles a los contenidos emitidos en vivo una segunda vida. Los programas de radio clásicos no solo eran etéreos (al transmitirse por aire no se podían ni ver ni tocar), sino que, una vez finalizados, esos sonidos se perdían para siempre. En la actualidad, las emisoras suben de manera inmediata recortes o programas completos recién emitidos a Spotify o YouTube.

Por eso, el podcast no solo debe entenderse como un modo de producción (pensar y crear contenidos para el consumo on demand), sino también como un modo de distribución, ya que muchos programas emitidos en vivo encuentran luego una nueva audiencia al ser publicados en plataformas digitales.

El modo “solo audio” parece quedar relegado a la escucha en los receptores de los automóviles o en algún aparato analógico que todavía sobrevive en algunas casas. En el ecosistema digital actual, todas las radios comerciales tienen presencia por streaming.

Muchas cuentan con sus propios sitios web o transmiten en video a través de YouTube, Twitch, Flow o plataformas similares. Así, los clásicos micrófonos de la radio comparten protagonismo con cámaras robóticas de alta definición, iluminación escenográfica y pantallas interactivas, transformando al otrora oyente en espectador.

Esta nueva lógica audiovisual lleva a los programas radiales a competir, en pie de igualdad, con la oferta televisiva y con los canales de streaming nativos (como Luzu TV, Olga o Blender), que apuntan especialmente al público joven. Es tan fuerte la competencia que, en el tradicional prime time radial (de 7 a 13 horas), podemos encontrar en streaming a los programas de Nico Occhiato o Migue Granados.

Los estudios de audiencia todavía le otorgan a la radio informativa tradicional la supremacía durante la primera mañana (de 6 a 10 horas), pero también muestran que los canales de streaming dominan la franja de 10 a 14 a partir de formatos de entretenimiento y conversación descontracturada.

Hace tiempo que la pérdida del público joven se transformó en un problema vital para la radio. Algunos especialistas vinculan este fenómeno con la fragmentación de las audiencias provocada por la explosión de los medios digitales. Entre las posibles causas también aparecen la edad promedio y el perfil de los conductores (en términos generales, hombres de entre 40 y 60 años), el fuerte anclaje temático en la actualidad y las noticias mientras muchos jóvenes practican una forma activa de evasión informativa.

Los nuevos formatos fueron desplazando a la radio de algunas de sus funciones históricas. TikTok, por ejemplo, le quitó el papel de vidriera para descubrir música nueva. Del mismo modo, la cercanía con las grandes figuras de la cultura, que antes se construía a través de entrevistas en profundidad, hoy aparece mediada por la desintermediación que proponen las redes sociales.

A pesar de todos estos cambios y de las adaptaciones a las que la radio debió someterse, existe cierta lógica que explica su permanencia: su capacidad para establecer una conexión humana. La posibilidad de hacernos sentir parte de una experiencia colectiva, sabiendo que hay otros escuchando lo mismo, pero convencidos de que esa voz nos está hablando exclusivamente a nosotros.

En esa contradicción reside, tal vez, la famosa magia de la radio.

Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.


17/5/26

BANALIZAR LA GUERRA

 


Esta nota se basa en el vínculo entre la guerra y la tecnología aplicada a la comunicación.

Por el impacto que me causó desde la primera vez que la vi, me parece pertinente comenzar con una escena de la película Citizen Kane (1941) de Orson Welles. Charles Foster Kane, dueño y director del diario New York Inquirer, responde a un telegrama de su corresponsal en La Habana, que le informa que no hay guerra en Cuba. Kane contesta: “Usted ponga las fotos, yo proporcionaré la guerra”, dando a entender que con técnicas sensacionalistas podía empujar a Estados Unidos a un conflicto contra España.

Lo que se retrata en la película no es un reflejo fiel de lo sucedido en 1898, ya que la guerra respondió a una combinación de tensiones diplomáticas, intereses expansionistas estadounidenses y el deseo de independencia cubana. Aun así, resulta difícil negar la influencia que tuvo la agresiva campaña de prensa para que la opinión pública apoye la guerra.

Ya entrado el siglo XX, la cobertura de las dos guerras mundiales se realizó principalmente desde los diarios, con enormes limitaciones logísticas si se las compara con los medios tecnológicos actuales.

Aunque la noticia del final de la Primera Guerra Mundial se conoció el mismo día en las tapas de los diarios argentinos, las fotografías del armisticio viajaron desde puertos europeos hasta Buenos Aires y tardaron entre dos y tres semanas en llegar.

Todo cambió con la llegada de la televisión, que todavía era una tecnología experimental durante la Segunda Guerra Mundial, pero terminó teniendo un papel decisivo en el desarrollo y el desenlace de la Guerra de Vietnam.

En una entrevista publicada por el diario Montreal Gazette el 16 de mayo de 1975, Marshall McLuhan afirmaba: “La televisión llevó la brutalidad de la guerra al confort del living. Vietnam se perdió en los living de Estados Unidos, no en los campos de batalla”.

Con los medios electrónicos se produjo un cambio de era: ya no solo informan, también transforman la manera en que las sociedades perciben, sienten y procesan políticamente los acontecimientos.

Las imágenes de jóvenes soldados mutilados transmitidas durante el prime time televisivo lograron que la guerra se volviera algo próximo para millones de familias norteamericanas, a pesar de desarrollarse a más de 10.000 kilómetros de distancia.

La primera derrota militar de la principal potencia mundial derivó en un manejo mucho más estricto de la información por parte del Pentágono. Se cerró la posibilidad de una guerra televisada sin supervisión militar.

La Guerra de las Malvinas funcionó como el primer gran laboratorio occidental para demostrar cómo un gobierno podía neutralizar el impacto de la televisión y controlar el relato bélico.

En Argentina, la dictadura militar aplicó un aceitado aparato de censura estatal. El gobierno de Margaret Thatcher, por su parte, filtró el acceso de corresponsales y monopolizó las comunicaciones, lo que permitía censurar o bloquear información.

Además, los británicos no permitían transmisiones satelitales directas. Las cintas de video debían viajar físicamente hasta la Isla Ascensión antes de emitirse en Londres, generando retrasos de hasta dos semanas. Muy parecido a los tiempos de la Primera Guerra Mundial.

En la Guerra del Golfo, las imágenes tomadas desde las cabinas de los bombarderos construían la idea de una guerra “limpia”, sin víctimas civiles y con pocas bajas propias. La cobertura periodística estuvo atravesada por propaganda, censura y desinformación.

En Sobre la televisión (1996), Pierre Bourdieu desarrolla una fuerte crítica al funcionamiento de la TV y a su influencia sobre el periodismo, la política y la cultura.

Para Bourdieu, esa enorme capacidad de influencia estaba subordinada a la lógica del rating, el impacto y la velocidad. En contextos extraordinarios, como una guerra, ese poder podía ser utilizado por los gobiernos para el control de daños mediante el manejo del flujo informativo.

El sociólogo francés sostenía además que la televisión no solo selecciona información: también condiciona la producción discursiva del periodismo, la política y los intelectuales, que terminan adaptándose a sus formatos y tiempos para no desaparecer del espacio público.

Hoy parece suceder algo similar con las redes sociales: domina lo emocional y la espectacularización, mientras que la profundidad queda desplazada por el contenido apto para el consumo rápido. Lo grave es que todos quieren subirse a ese tren a la hora de elaborar discurso.

Hace poco, el escritor iraní-estadounidense Nick Mafi publicó una columna en The New York Times sobre cómo las redes sociales transforman incluso las tragedias y las guerras en un elemento más del feed, mezclado con recetas, memes o videos triviales.

Mafi sostiene que la lógica algorítmica equipara todo: “bombas y nachos pesan lo mismo”. El consumo fragmentado y permanente de contenido debilita nuestra capacidad de registrar el horror o elaborar una memoria colectiva sobre los conflictos.

El desarrollo tecnológico no modifica el horror de la guerra, pero sí transforma la manera en que las audiencias se relacionan con él.

La guerra pasó de las páginas de los diarios a la televisión y luego a las pantallas de los teléfonos. Ya no aparece como un acontecimiento solemne capaz de detener el tiempo, sino como un contenido más dentro del scroll infinito al que nos acostumbramos.

Una bomba en una escuela primaria, una receta o un video gracioso conviven exactamente en el mismo espacio visual y cognitivo: Irán, Ucrania y gatitos volando en ala delta.

Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.