14/6/26

LA RADIO SE TRANSFORMA PARA SOBREVIVIR

 

Somos contemporáneos de un proceso en el que la TV del futuro está tomando forma. Por un lado, los adelantos tecnológicos ya desarrollaron pantallas flexibles, capaces de estirarse literalmente, y que funcionan sin cables, ya que tanto la energía basada en campos electromagnéticos como las imágenes llegan de manera inalámbrica.

La tecnología nos dará acceso a contenido interactivo y a publicidad hiperpersonalizada, resultado de la combinación entre inteligencia artificial y algoritmos.

Algunos movimientos de la actualidad permiten vislumbrar cómo será esa pantalla en un futuro no muy lejano: un abono que nos permita acceder a cualquier tipo de contenido, sin importar su formato de origen.

Si bien el punto de partida de las plataformas de streaming fue el consumo on demand, cada vez avanzan más hacia la transmisión de programas en vivo. La novedad de estas semanas es la nueva propuesta de Netflix: la posibilidad de ver y escuchar en directo las emisiones diarias del programa de radio The Breakfast Club.

Se trata de un programa matutino que desde 2010 se emite por la WWPR-FM de Nueva York (y en más de cien estaciones de radio de los EEUU), con una programación basada en entrevistas a figuras del hip-hop y la cultura pop. También incluye debates sobre actualidad, farándula, la industria musical y la política estadounidense.

Si bien son innumerables las emisoras de radio que transmiten en YouTube y ofrecen el consumo en directo de su programación completa, es la primera vez que un programa de radio se integra al catálogo de Netflix. Todo indica que aquí se abrirá un nuevo frente de batalla entre las dos empresas que se disputan el reinado de las pantallas.

Hace rato que la radio tradicional se sumó a la hegemonía de la imagen, pero en este nuevo contexto ya no alcanza con una cámara fija y una iluminación deficiente. Si el futuro implica ser cada vez más TV y menos radio, la actualización técnica será imprescindible.

También debe quedar relegada la idea de competir desde la exclusividad del sonido frente a las pantallas. La radio será multiplataforma o no será nada. Hoy resulta impensable construir un modelo de negocios basado únicamente en la pauta publicitaria sin contar con streaming visual, presencia en redes sociales y videopodcasts para el consumo on demand de las transmisiones en vivo.

Podríamos decir que el podcast logró darles a los contenidos emitidos en vivo una segunda vida. Los programas de radio clásicos no solo eran etéreos (al transmitirse por aire no se podían ni ver ni tocar), sino que, una vez finalizados, esos sonidos se perdían para siempre. En la actualidad, las emisoras suben de manera inmediata recortes o programas completos recién emitidos a Spotify o YouTube.

Por eso, el podcast no solo debe entenderse como un modo de producción (pensar y crear contenidos para el consumo on demand), sino también como un modo de distribución, ya que muchos programas emitidos en vivo encuentran luego una nueva audiencia al ser publicados en plataformas digitales.

El modo “solo audio” parece quedar relegado a la escucha en los receptores de los automóviles o en algún aparato analógico que todavía sobrevive en algunas casas. En el ecosistema digital actual, todas las radios comerciales tienen presencia por streaming.

Muchas cuentan con sus propios sitios web o transmiten en video a través de YouTube, Twitch, Flow o plataformas similares. Así, los clásicos micrófonos de la radio comparten protagonismo con cámaras robóticas de alta definición, iluminación escenográfica y pantallas interactivas, transformando al otrora oyente en espectador.

Esta nueva lógica audiovisual lleva a los programas radiales a competir, en pie de igualdad, con la oferta televisiva y con los canales de streaming nativos (como Luzu TV, Olga o Blender), que apuntan especialmente al público joven. Es tan fuerte la competencia que, en el tradicional prime time radial (de 7 a 13 horas), podemos encontrar en streaming a los programas de Nico Occhiato o Migue Granados.

Los estudios de audiencia todavía le otorgan a la radio informativa tradicional la supremacía durante la primera mañana (de 6 a 10 horas), pero también muestran que los canales de streaming dominan la franja de 10 a 14 a partir de formatos de entretenimiento y conversación descontracturada.

Hace tiempo que la pérdida del público joven se transformó en un problema vital para la radio. Algunos especialistas vinculan este fenómeno con la fragmentación de las audiencias provocada por la explosión de los medios digitales. Entre las posibles causas también aparecen la edad promedio y el perfil de los conductores (en términos generales, hombres de entre 40 y 60 años), el fuerte anclaje temático en la actualidad y las noticias mientras muchos jóvenes practican una forma activa de evasión informativa.

Los nuevos formatos fueron desplazando a la radio de algunas de sus funciones históricas. TikTok, por ejemplo, le quitó el papel de vidriera para descubrir música nueva. Del mismo modo, la cercanía con las grandes figuras de la cultura, que antes se construía a través de entrevistas en profundidad, hoy aparece mediada por la desintermediación que proponen las redes sociales.

A pesar de todos estos cambios y de las adaptaciones a las que la radio debió someterse, existe cierta lógica que explica su permanencia: su capacidad para establecer una conexión humana. La posibilidad de hacernos sentir parte de una experiencia colectiva, sabiendo que hay otros escuchando lo mismo, pero convencidos de que esa voz nos está hablando exclusivamente a nosotros.

En esa contradicción reside, tal vez, la famosa magia de la radio.

Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.


1/6/26

LA PELEA POR LA VERDAD


Al hablar de periodismo, hoy el foco está puesto en las pantallas. Ya sea la TV tradicional, YouTube, los canales de streaming o los videos verticales de las redes sociales. Nos informamos, mayormente, a partir de esas fuentes.

Pero no siempre fue así. Durante buena parte del siglo XX, el medio que representaba más cabalmente al periodismo eran los diarios impresos. Periodistas había en todos los medios (radio, TV y revistas), pero las noticias competían en esos espacios con otros contenidos. En los diarios, en cambio, eran el producto central.

Si bien el primer canal de noticias a nivel global fue la CNN, salió al aire el 1° de junio de 1980, el formato llegó a la Argentina entrados los años 90.

Hay un dato que ayuda a entender la magnitud del fenómeno: actualmente existen siete canales de noticias en el país (Todo Noticias, C5N, A24, La Nación+, Crónica TV, IP Noticias y Canal 26), la cifra más alta de toda Latinoamérica.

El siguiente gran cambio llegó con internet. La aparición de la web obligó a todos los diarios del mundo a adaptarse a las pantallas y desarrollar versiones online.

Durante la época dorada de la prensa escrita, que podría extenderse hasta fines de los años 90, los diarios cumplían además una función social clave para el funcionamiento de la democracia: ejercer el rol de “cuarto poder”, fiscalizando a quienes gobernaban.

Así, un diputado que aumentaba sospechosamente su patrimonio, un juez que cajoneaba una causa o un ministro que hacía negocios incompatibles con la función pública quedaban bajo la lupa de periodistas que asumían una tarea esencial: controlar a quienes ejercen el poder.

En Estados Unidos hubo investigaciones periodísticas que con el tiempo adquirieron un carácter casi épico, en parte gracias al cine.

En la película “Todos los hombres del presidente” (1976) se reconstruye la investigación de Carl Bernstein y Bob Woodward sobre el caso Watergate, que terminó derivando en la renuncia de Richard Nixon. Más allá de las presiones políticas y las discusiones entre periodistas, editores y abogados del The Washington Post, hay un personaje anónimo que destraba la trama: “Garganta Profunda”, una fuente que trabajaba en el gobierno de Nixon y que aportaba información decisiva.

Algo similar ocurre en “The Post: Los oscuros secretos del Pentágono” (2017), centrada en la publicación de los Papeles del Pentágono. La filtración masiva de documentos secretos reveló que distintas administraciones estadounidenses habían engañado sistemáticamente al Congreso y a la sociedad sobre la Guerra de Vietnam y las reales posibilidades de ganarla.

Otra vez, una fuente estatal permite avanzar con la investigación. Y otra vez aparece el interrogante sobre qué impulsa a alguien a exponer a su propio gobierno: principios morales, convicciones ideológicas, resentimiento o simple venganza.

En Argentina también tuvimos grandes denuncias periodísticas impulsadas por filtraciones internas. De la mano de Página/12, dirigido por Jorge Lanata, casos como el Swiftgate, el Yomagate, el contrabando de armas a Ecuador y Croacia o el cobro de sobresueldos durante el menemismo marcaron una época.

En todos esos episodios, la punta del hilo también aparecía dentro del propio poder. Pero había una diferencia importante: las fuentes actuaban desde las sombras.

Hoy nos enfrentamos a algo distinto.

Vivimos en una época de hiperinformación: tenemos acceso constante a datos, videos, audios y documentos de todo tipo. Pero esa misma lógica también nos empuja a consumir información fragmentada, en pequeñas dosis y sin contexto.

Así, gran parte de las audiencias termina sabiendo un poco de casi todo, pero sin capacidad para vincular hechos, protagonistas y consecuencias.

A eso se suma otro fenómeno: la desintermediación. Cada vez más personas consumen información directamente desde las fuentes (políticos, influencers, empresarios o funcionarios) sin el filtro de periodistas o editores tradicionales.

En ese contexto, asistimos por estos días a un espectáculo inédito: funcionarios del gobierno de Javier Milei acusándose entre sí públicamente de negociados y operaciones.

La periodista Silvia Fesquet describió la interna de La Libertad Avanza como dirigentes que están “tirándose negocios por la cabeza”, mientras la discusión pública gira alrededor de quién filtra qué y con qué objetivo.

En el caso Adorni, fue el propio jefe de Gabinete quien denunció “fuego amigo” tras la difusión del video y de los datos sobre el polémico viaje familiar a Punta del Este en un avión privado.

Por supuesto, una vez que la información se hace pública, el periodismo retoma el tema, investiga y lo instala en agenda.

Lo verdaderamente llamativo es otra cosa: el anonimato de antaño se transformó en un pase de facturas a cielo abierto.

Del informante que protegía su identidad mientras denunciaba abusos de poder pasamos a operaciones, amenazas y aprietes mafiosos ejecutados en tiempo real desde redes sociales y cuentas oficiales.

Falta saber quién escribirá el guion de la película sobre esta época. Y, sobre todo, falta saber si terminará siendo un drama político o una comedia grotesca.

Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.