8/2/26

EL MEDIO ES EL MENSAJE


Durante muchos años ejercí la docencia como profesor de nivel secundario en distintas materias vinculadas al campo de la comunicación. Ese contacto sostenido en el tiempo con adolescentes me permitió testear, casi en tiempo real, cuáles eran las profesiones aspiracionales de distintas épocas.

¿A qué llamamos una profesión aspiracional? Si durante buena parte del siglo XX el ideal estaba sintetizado en el clásico “mi hijo el doctor”, con el correr de los años ese horizonte se fue desplazando hacia ocupaciones con alto prestigio social, buena remuneración, y asociadas a un determinado estilo de vida superior, moldeadas y amplificadas por los medios de comunicación.

Así pasé por etapas en las que todos, o casi todos, querían ser futbolistas, modelos o DJs. Más acá en el tiempo, la irrupción de las redes sociales instaló una nueva figura en el imaginario juvenil: la del influencer.

Podemos definir al influencer como una persona con credibilidad, autoridad o una audiencia propia en redes sociales, capaz de influir en las opiniones, comportamientos y decisiones de consumo de sus seguidores. Es una figura que se puede analizar desde la comunicación, pero que en la práctica está mucho más vinculada al marketing y a la lógica de las ventas.

Hago esta aclaración porque en esta columna quiero detenerme en quien considero el primer gran influencer de la comunicación, aunque sin la connotación comercial que hoy damos por sentada. Un personaje que alcanzó fama mundial mucho antes de la revolución digital.

Me refiero a Herbert Marshall McLuhan, teórico de la comunicación y profesor universitario canadiense, fallecido en 1980. Murió antes de la masificación de Internet, pero anticipó con notable lucidez muchos de los fenómenos que hoy atraviesan nuestra vida cotidiana.

McLuhan tenía una habilidad particular: condensar ideas complejas en frases breves y contundentes, que terminaron funcionando como verdaderos eslóganes. Fue uno de los pocos teóricos que logró salir del nicho académico, llevar sus libros a las listas de best sellers y utilizar la televisión como plataforma para amplificar sus conceptos. McLuhan amaba la TV, o al menos entendía perfectamente su potencia.

Incluso tuvo su momento cinematográfico. En 1977 aparece en Annie Hall, una película de Woody Allen, interpretándose a sí mismo, como toda celebridad que se precie de tal.

Convertido en un referente mediático, algo bastante cercano a lo que hoy llamaríamos un influencer, se dedicó a asesorar empresas, líderes políticos e instituciones varias. Entre sus conceptos más difundidos está el de la “aldea global”, con el que describía cómo la tecnología permitiría una interconexión humana a escala planetaria, similar a la circulación inmediata de información en una comunidad pequeña. Pensemos que esta idea la desarrolla en libros publicados en la década del sesenta, cuando ese escenario parecía ciencia ficción.

Sin embargo, su legado más potente sigue siendo una frase que se cita hasta el cansancio: “el medio es el mensaje”.

La idea central es que, a lo largo de la historia, la naturaleza de los medios que usamos para comunicarnos ha influido más en las sociedades que los contenidos que circulan por ellos. Los medios no solo transmiten información: modelan nuestra forma de pensar, sentir y actuar.

En tiempos donde se habla permanentemente de manipulación, McLuhan propone correr el foco del discurso y poner la lupa en los dispositivos. En la página 26 del libro El medio es el masaje nos dice: “Todos los medios de comunicación nos manipulan por completo. Son tan penetrantes en sus consecuencias personales, políticas, económicas, estéticas, psicológicas, morales, éticas y sociales que no dejan nada de nuestra persona intacta, inalterada, sin modificar”.

No me equivoqué, estimado lector, al escribir el nombre del libro. Publicado en 1967, por un error en la impresión de la prueba de galera se cambió “mensaje” por “masaje” en la tapa. A McLuhan le encantó la confusión y el título quedó así: El medio es el masaje.

El libro es experimental incluso para los estándares actuales. Diseñado por Quentin Fiore, combina fotografías, collages, textos superpuestos, páginas en blanco y otras invertidas. Una rareza absoluta para su época, pero sorprendentemente cercana a la lógica del remix y el mashup contemporáneo.

En uno de sus pasajes más citados, McLuhan retoma la idea de que los medios funcionan como extensiones de nuestras capacidades sensoriales: “La prolongación de cualquier sentido modifica nuestra manera de pensar y de actuar, nuestra manera de percibir el mundo. Cuando esas proporciones cambian, los hombres cambian”.

Y así, como el pez que no es consciente del agua en la que nada, todos terminamos haciendo lo mismo pero nos creemos originales, autónomos, únicos. Seguramente hoy son muchos los adolescentes que quieren ser influencers no tanto por tener algo extraordinario para comunicar, sino porque aprendieron que existir en el espacio público implica, básicamente, mostrarse. 

El medio, en este caso las redes sociales, educa más que cualquier discurso y el aspirante a influencer es su mejor alumno.


Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.

1/2/26

ALGORITMOS, AUDIENCIAS Y DIVERSIDAD

 


La industria audiovisual de nuestro país tiene una historia rica y diversa. Sus hitos más reconocidos son la época de oro del cine argentino, desde mediados de los años treinta hasta mediados de los cincuenta, y los inicios de la televisión.

La primera transmisión televisiva se realizó el 17 de octubre de 1951 con la inauguración de Canal 7, lo que convirtió a la Argentina en pionera en la región.

En línea con estos antecedentes, la escena local de los canales de streaming se destaca hoy a nivel global, como una de las más pujantes e innovadoras. No se trata solo de cantidad de contenidos, sino de formatos, estilos y modos de vinculación con las audiencias que luego son replicados en otros países.

Desde lo tecnológico, el streaming habilita dos tipos de consumo. Por un lado, el modelo on demand, al estilo Netflix, con contenidos disponibles en cualquier momento y desde múltiples dispositivos. Por otro, las transmisiones en vivo a través de plataformas como YouTube, Twitch o Kick, que recuperan la lógica del directo incorporando interacción permanente con la audiencia mediante el chat con los espectadores.

Mario Pergolini fue pionero en la implementación de este formato en el ecosistema de medios locales. En 2012 inauguró Vorterix como radio y canal de streaming. En paralelo, se desarrollaba una modalidad mucho más “casera”: adolescentes que transmitían desde sus dormitorios mientras jugaban videojuegos o contaban anécdotas cotidianas. Sin estructura fija ni producción profesional, el contenido se construía en tiempo real a partir del intercambio con el chat.

Un documental que retrata esos orígenes es “Coscu, la construcción de un imperio”, basado en un archivo de más de 1200 horas de transmisiones.

Coscu introdujo en Latinoamérica conceptos como la streaming house, impulsó una gran comunidad de creadores, promovió los Coscu Army Awards (una premiación anual que llegó a llenar el Teatro Colón y el Luna Park) y popularizó neologismos como “buenardo” que marcaron a toda una generación.

De aquellos inicios a la actualidad, el panorama cambió drásticamente. YouTube se consolidó como la nueva televisión, el espacio donde los canales de streaming hicieron base. Incluso Pergolini abandonó su proyecto de plataforma propia para migrar definitivamente a YouTube. De la enorme cantidad de jóvenes que “prendían cámara” a diario quedaron pocos, aunque el recambio es constante.

Hoy es más fácil producir y transmitir, pero mucho más difícil monetizar. Para una minoría, el streaming se transformó en una profesión; para la mayoría, sigue siendo un hobby con ingresos mínimos.

Desde las Ciencias de la Comunicación, este fenómeno se analiza no solo desde las condiciones de producción, sino también desde las condiciones de recepción: cómo se conforman y actúan las audiencias.

Para quienes están del otro lado de la pantalla, los avances tecnológicos también tuvieron un impacto profundo. Se pasó de la programación lineal de la televisión tradicional a una oferta audiovisual prácticamente ilimitada, disponible en todo momento y lugar. Es como pasar del sistema de colectivos, con paradas y horarios fijos, a las aplicaciones de autos que están siempre disponibles y nos pasan a buscar por la puerta de nuestras casas.

Hablamos de audiencias en plural porque el acceso al contenido se da hoy en distintos niveles. Están quienes consumen transmisiones en vivo, quienes ven los programas en diferido y quienes acceden de manera fragmentada a través de clips que circulan en redes sociales.

En este punto, las condiciones de producción y de recepción se ven influidas por el mismo factor: los algoritmos. El contenido que más se visualiza es el video corto vertical, por lo que en los streaming en vivo se producen momentos de alto impacto específicos, que luego se editarán y se pondrán a circular en redes sociales buscando la viralización.

A esta práctica se la conoce como clipping, los clips circulan en formatos como TikToks, Reels o Shorts y su éxito depende en gran medida de los algoritmos. Ya no existe una audiencia homogénea, sino múltiples formas de acceso a un mismo contenido, con distintos grados de atención. El consumo audiovisual dejó de ser una práctica específica (sentarse a ver un programa) para convertirse en una actividad continua (scrollear durante todo el día).

Dentro de esta lógica, los contenidos que mejor circulan son los breves, emocionales o banales. Lo complejo, lo incómodo o lo denso tiende a quedar relegado.

Aunque en teoría la mayor producción de contenido que nos permite la tecnología se debería traducir en diversidad, garantizando la libertad de expresión, en la práctica la mayoría de los emisores repiten fórmulas que aseguren visibilidad.

Así, esa entelequia indefinible a la que llamamos algoritmo termina funcionando como un nuevo editor ideológico. A diferencia de los medios tradicionales, donde el editor tiene nombre y apellido, aquí no podemos identificar nombres, ni valores, ni intereses claros, y es esa falta de transparencia la nos aleja cada vez más de una lógica verdaderamente democrática.


Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.

18/1/26

LA IA LLEGA A HOLLYWOOD

 


Desde el final de la Segunda Guerra Mundial se desarrolló en Estados Unidos una cultura marcadamente antisindical. No puede señalarse un evento único como origen de este fenómeno, resulta más pertinente pensarlo como un proceso histórico impulsado por la legislación laboral, la propaganda corporativa y distintas políticas gubernamentales sostenidas en el tiempo.

En ese contexto, la huelga del Sindicato de Guionistas de Estados Unidos en 2023 fue un acontecimiento de enorme impacto. Se extendió durante 148 días, desde mayo hasta septiembre, y paralizó buena parte de Hollywood. El reclamo incluyó mejoras salariales, pagos residuales más justos frente a la exhibición de series y películas en plataformas de streaming y, especialmente, la protección del oficio ante el avance de la inteligencia artificial.

El conflicto se resolvió con un acuerdo considerado histórico: aumentos salariales, la fijación de un mínimo de personal en las salas de guionistas y regulaciones explícitas sobre el uso de IA. Entre otros puntos, se estableció que las ideas originales deben provenir de humanos y que los guionistas pueden reescribir textos generados por inteligencia artificial.

A poco de iniciada la huelga, el Sindicato de Actores se sumó en solidaridad con los guionistas. Hoy, es justamente este gremio el que vuelve a encender las alarmas frente a un nuevo frente de conflicto tecnológico.

¿El motivo? Tilly Norwood, una actriz generada por inteligencia artificial que reavivó el temor a que el trabajo humano sea reemplazado por contenido sintético. Su creadora, la actriz y comediante holandesa Eline Vaner Welden, prefiere definirla como una obra de arte, una estrategia discursiva que busca mitigar las críticas.

El debut de Norwood se produjo en un sketch titulado AI Commissioner, de la productora Particle6. Desde entonces, se convirtió en una influencer con fuerte presencia digital: acumula 96.000 seguidores en Instagram y ocupa el centro del debate en Hollywood. Más allá de su apariencia física, las críticas se concentran en lo que muchos consideran una competencia desleal: una “actriz” entrenada con las performances de miles de intérpretes reales. También se señala la ausencia de una historia de vida, condición clave para representar emociones y experiencias humanas de manera genuina.

Desde el sindicato aseguran que ni los responsables de casting ni las audiencias pueden interesarse realmente en contenidos generados por computadoras, desconectados de la experiencia humana. Sin embargo, voceros de Particle6 afirman que varios managers y representantes de actores ya se muestran interesados en las posibilidades que abre esta nueva vertiente de la IA.

Como ocurre en muchos sectores de la economía, la irrupción de la inteligencia artificial plantea una tensión difícil de resolver: cómo equilibrar criterios éticos vinculados al trabajo humano frente a las ventajas económicas y empresariales que ofrece la tecnología. En el caso de Tilly Norwood, las ventajas son evidentes: puede trabajar de manera ininterrumpida, no se enferma, no envejece, no sufre adicciones y no toma vacaciones.

La gran incógnita es si en el futuro podrá despertar la admiración, y los suspiros, que generan estrellas como Scarlett Johansson o Margot Robbie.

Más allá del ámbito del espectáculo, la inteligencia artificial continúa expandiendo su presencia. Meta, la empresa dueña de Facebook, Instagram y WhatsApp, anunció recientemente un nuevo feed llamado Vibe, disponible en la app y en la web de meta.ai. Se trata de una herramienta que genera videos cortos con IA, en un formato claramente inspirado en TikTok. Los usuarios pueden crear o remezclar contenidos sintéticos y compartirlos en Instagram y Facebook. Uno de los aspectos más destacados es la posibilidad de generar videos de entre 5 y 10 segundos a partir de una imagen fija.

Mientras se navega por el feed, el algoritmo ajusta los contenidos según los gustos del usuario. El remix se vuelve central: si un video nos resulta atractivo, puede usarse como base para crear uno nuevo con un solo clic y compartirlo con amigos y seguidores.

Desde los inicios de la revolución digital, la reutilización creativa y transformadora de obras preexistentes dio lugar a una forma de “escritura popular”. Algunos autores hablan de democratización cultural, ya que cualquier persona con acceso a herramientas digitales puede reinterpretar y combinar contenidos, dando lugar a una cultura participativa que desafía las nociones tradicionales de autoría y propiedad intelectual. Los memes, los mashups y el fanfiction son ejemplos claros de este fenómeno.

Sin embargo, cuando esta lógica se industrializa y el remix deja de ser una práctica cultural para convertirse en un modelo de negocio que amenaza oficios y derechos laborales, el escenario cambia. Allí, más que ante una promesa creativa, estamos frente a un Frankenstein contemporáneo: una criatura hecha de retazos humanos que, una vez liberada, podría arrasar con todo a su paso.


Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.

11/1/26

EL DIARIO DE YRIGOYEN MULTIPLICADO POR MILLONES


Hablar de fake news está de moda. Decirlo en inglés, cuando podríamos hablar de noticias falsas o desinformación, incluso parece otorgar cierto estatus a quien las nombra.

Muchos asocian estas mentiras que circulan por distintos canales de difusión con un fenómeno propio de internet, cuando en realidad se trata de algo tan viejo como la humanidad. El ser humano no aprendió a mentir con la web: miente desde el origen de los tiempos.

Durante el golpe de Estado encabezado por José Félix Uriburu en 1930, que derrocó a Hipólito Yrigoyen, se instaló una de las noticias falsas más famosas de nuestra historia: la leyenda del “diario de Yrigoyen”.

Una forma de justificar el golpe fue retratar a un presidente senil, manipulado por su entorno, al punto de hacerle imprimir un diario exclusivo con buenas noticias, ocultándole el malestar social y las críticas de la oposición.

Con el tiempo, y gracias al trabajo de los historiadores, quedó demostrado que todo esto era una mentira. Una fake news, como se diría hoy. Pero más allá de la falsedad, me interesa la idea de un medio personalizado, pensada hace casi cien años, porque anticipa en parte lo que estamos viviendo actualmente a partir del impacto de la tecnología en el periodismo.

Durante gran parte del siglo XX, la tecnología avanzó en múltiples aspectos vinculados a la tarea de los diarios, pero sin modificar de manera sustancial cómo se producían las noticias ni cómo llegaban a las audiencias. Los procesos se aceleraban, mejoraba la calidad de impresión y las herramientas de trabajo, pero el esquema general se mantenía intacto: los diarios se seguían imprimiendo, los lectores compraban los ejemplares y los anunciantes sostenían el negocio con la pauta publicitaria.

Incluso la aparición de internet, que obligó a los diarios tradicionales a ocupar un lugar en el mundo digital, no implicó en un comienzo un cambio estructural. La verdadera ruptura llegó con las redes sociales.

En una primera etapa, estas plataformas funcionaron como difusoras del contenido de los medios tradicionales. Facebook, por ejemplo, garantizaba tráfico hacia los sitios periodísticos y sostenía un modelo basado en volumen y publicidad digital.

La etapa más negativa la encontramos en el carácter depredador que empresas como Facebook o Google desarrollaban en el mercado publicitario, captando cada vez más pauta para el mundo digital, en detrimento del ecosistema informativo tradicional.

En parte, existía un equilibrio sutil: te resto publicidad, pero te garantizo tráfico que te permite sobrevivir.

Pero cuando Mark Zuckerberg introdujo cambios en los algoritmos los medios vieron desaparecer el tráfico, es decir sus lectores, de un día para el otro.

Algo similar ocurre hoy con Google, que a partir de las respuestas basadas en IA introducidas en 2025 dejó de ser un simple intermediario para transformarse en un proveedor directo de respuestas, reduciendo la necesidad de ingresar a los sitios periodísticos.

Esto representa un nuevo golpe al tráfico que pueden recibir los medios. Hoy el reclamo de las empresas periodísticas no solo incluye el fantasma del “clic cero” (los usuarios obtienen la respuesta que buscan directamente en la página de resultados, sin necesidad de ingresar a un sitio web) sino que le reclaman a las empresas de IA el uso de su producción periodística para generar sus respuestas.

La pregunta que se hacen los diarios es cuántos de ellos cobrarán a partir del reclamo. Claramente no todos los que publican la misma información, por lo que corren con ventajas los medios con más historia y prestigio.

Pero el fenómeno más profundo se da en las redes sociales actuales. Hay muchos creadores de contenidos que compiten con las noticias.

El problema es que se basan en una estrategia de simplificación extrema, en el uso de un tono coloquial y en la búsqueda de la empatía y la emocionalidad. No hay distancia, ni pensamiento crítico.

En ese escenario, TikTok aparece como la expresión más acabada del nuevo modelo. El problema es que TikTok no se organiza en torno a la agenda pública, como lo hacían los medios tradicionales, sino a partir de una lógica de intereses individuales.

Su algoritmo construye un flujo de contenidos hiperpersonalizado. El objetivo no es informar, sino retener la atención. Ya no existe una realidad compartida, el scrolleo infinito sumerge a cada usuario en un mundo propio, donde ciertos temas aparecen una y otra vez mientras otros directamente desaparecen. Así, se consolida una experiencia informativa fragmentada.

De este modo, las noticias dejan de ser el punto de partida para interpretar el mundo. Cada persona construye su propia versión de la realidad en función del algoritmo que consume.

Como el diario de Yrigoyen, pero ahora multiplicado en millones de pantallas.


Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.


4/1/26

CÓMO SERAN LAS REDES SOCIALES (Y EL PERIODISMO) EN 2026

 

Cerramos el año y, como siempre para estas fechas, se publican varios informes de consultoras sobre la actividad en RRSS (Redes Sociales) y la conectividad a nivel global.

Para esta columna voy a utilizar los datos de Meltwater y We Are Social, que todos los años publican el Informe Digital Global, sin dudas el reporte más completo sobre el tema.

Lo primero que me impresionó tiene que ver con la conectividad a nivel mundial. Continuando con la tendencia creciente de los últimos años, el nuevo hito indica que son más de 6.000 millones las personas que tienen acceso a internet, lo que representa el 73,2% de la humanidad.

Existen 5.660 millones de perfiles activos en redes sociales, lo que representa el 68,7% de la población mundial. Facebook se mantiene como la plataforma con la audiencia más amplia, aunque WhatsApp es la preferida por los usuarios a nivel global.

Un dato llamativo es el uso generalizado de la IA generativa. Algunos analistas ya hablan de la “Era de la Inteligencia Artificial”: son más de 1.000 millones de personas las que usan modelos de lenguaje y herramientas de IA.

También se consolidaron importantes cambios en el consumo audiovisual. Los servicios de streaming ya capturan más de la mitad (50,4%) del tiempo total que las personas dedican a ver televisión.

En contraste, el uso de motores de búsqueda tradicionales (como Google o Yahoo!) cayó a su nivel histórico más bajo, con solo un 80,3% de los adultos en línea utilizándolos mensualmente.

Según los últimos datos disponibles en Argentina, había 41,6 millones de usuarios de internet en octubre de 2025 (sobre una población total de 45,9 millones). Esto significa que la tasa de penetración de internet es de 90,6%, un porcentaje muy por encima de la media global.

En lo que respecta a las RRSS, hay 32,2 millones de identidades activas en redes sociales (70,3% de la población). YouTube lidera el alcance publicitario con 32,2 millones de usuarios, seguido de cerca por Facebook (29,1 millones) e Instagram (28,9 millones).

En cuarto lugar encontramos a TikTok. La plataforma china es la que muestra un mayor crecimiento, logrando un aumento del 14,7% en su alcance publicitario entre 2024 y 2025.

A la hora de proyectar las tendencias para 2026, los especialistas hablan de un cambio de paradigma en la forma en que consumimos contenido digital. Predicen una reacción cultural contra la saturación digital y la velocidad frenética de los últimos años.

Se anticipa un giro drástico hacia RRSS más pausadas, alejándose de las publicaciones efímeras y premiando el contenido orgánico.

Después de años de saturación con videos cortos y la avalancha de contenido sintético generado por IA de los últimos meses, se espera un cambio de rumbo.

Serán tendencia los videos de larga duración, principalmente en YouTube, y un resurgimiento de los blogs, buscando espacios que nos permitan reflexionar en un contexto más tranquilo y calmado.

También nos enfrentaremos a una revalorización de lo humano frente a la IA. Tras la avalancha de contenido generado por inteligencia artificial, la tendencia para 2026 será la búsqueda de narrativas auténticas y creadores que transmitan un tono más humano y genuino.

En el terreno del periodismo se abre una gran oportunidad para competir contra el contenido hecho por máquinas.

En muchos medios es habitual encontrar la aclaración “hecho parcialmente con IA” al principio o al final de las noticias. Como sello de calidad editorial, se espera que las notas que aparezcan con el lema “escrito por un humano” tengan mejor recepción y valoración por parte de las audiencias.

No se trata de desterrar las herramientas de IA de las redacciones (ya que son muy útiles para acelerar procesos o automatizar tareas), sino de evitar que se conviertan en una “fábrica” de contenido informativo.

Para cerrar, estimado lector, podríamos pensar en una analogía gastronómica para ilustrar este proceso. Pensemos que el mundo digital ha sido hasta ahora como el fast food: comida que se hace rápido, sobresaturada en grasas y sal, y consumida al paso. La tendencia para 2026 sugiere que los usuarios están empezando a buscar una comida casera de cocción lenta, donde se valora el tiempo de preparación, la calidad de los ingredientes y la mano (y el corazón) del cocinero.

Y, como todos sabemos, un buen plato se disfruta despacio y, si se comparte en el contexto de una conversación amena, todo sabe más rico.


Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.


28/12/25

UN ABRAZO QUE TRASPASE LA PANTALLA


Esta nota se publica en el contexto de las fiestas de fin de año. Uso el plural porque en diciembre se acumulan dos grandes rituales que movilizan a gran parte de Occidente: la Navidad y el recibimiento del Año Nuevo. Más allá de las creencias religiosas o de las tradiciones particulares, estas fechas funcionan como un momento de pausa, balance y reencuentro.

Desde la antropología, a los ritos se les atribuyen funciones fundamentales para la cohesión social. Son prácticas que se transmiten de generación en generación y que fortalecen la vinculación entre las personas, más allá de sus diferencias personales, políticas o sociales. Cumpleaños, casamientos, graduaciones, actos escolares, celebraciones religiosas, velorios, carnavales o los festejos por un triunfo deportivo forman parte de ese entramado simbólico que nos reúne y nos recuerda que no estamos solos, aun en contextos de crisis o fragmentación social.

La revolución digital de finales del siglo XX abrió un nuevo terreno donde esos encuentros podían suceder a pesar de la distancia: la virtualidad. Internet y, especialmente, las redes sociales ofrecieron la posibilidad de sostener vínculos sin necesidad de compartir un mismo espacio físico. La pantalla apareció como un puente que acortaba kilómetros, husos horarios y ausencias forzadas.

Las redes sociales habilitaron así un nuevo tipo de vinculación que, desde la interfaz de una pantalla, prescindía del contacto cara a cara. Si bien Facebook no fue la primera red social, se consolidó a mediados de los años 2000 como la más masiva, por lo que su historia resulta clave para entender el inicio de una nueva era en la comunicación.

En sus primeros años, la lógica de Facebook fue sumar la mayor cantidad posible de usuarios, aun cuando no estuviera claro cómo se monetizaría ese crecimiento. Con el tiempo, quedó definido su modelo de negocios: la publicidad segmentada, basada en el uso de datos personales. Para las empresas, pautar allí resultó más económico y efectivo que hacerlo en medios tradicionales.

La aparición de nuevas redes sociales, basadas en esquemas comerciales similares, significó un duro golpe para los medios analógicos. El dinero destinado a publicidad no aumentó: se redistribuyó. Lo que hoy cobran las plataformas digitales se descuenta de la pauta de los medios, afectando su sustentabilidad y su capacidad de producción.

Este nuevo escenario trajo un cambio paulatino en el tipo de contenidos a los que accedemos. La lógica algorítmica, que prioriza lo que genera impacto y reacción emocional, fue reduciendo la presencia de publicaciones de familiares y amigos, y aumentando la visibilidad de influencers, marcas y medios.

Volviendo a Facebook, aquella ventaja de origen que representaba estar en contacto con nuestros afectos comenzó a desdibujarse. Incluso su gran diferencial (recordarnos los cumpleaños) perdió encanto con la automatización de los mensajes: saludos prediseñados, emojis festivos y tortas virtuales. La interacción se volvió rápida, impersonal y, muchas veces, mecánica.

Las redes son hoy más comerciales que sociales. El contenido es cada vez más profesional y menos orgánico. Aquello que comenzó como una herramienta de integración social es señalado por profesionales de distintas disciplinas como perjudicial para muchos usuarios. Se cuestiona la desinformación, la promoción de estereotipos corporales irreales y el impacto negativo en la salud mental.

Hubo un tiempo en que internet y las redes sociales funcionaban como una vía de escape del mundo real. Los creadores de la web soñaban con un espacio de libertad, donde la interacción y la empatía contribuirían a una sociedad mejor.

Hoy, paradójicamente, el mundo real parece haberse convertido en una vía de escape de internet. Ese paraíso virtual fue colonizado por corporaciones y nuestros datos personales se transformaron en la materia prima de un negocio multimillonario.

Cada vez más personas prefieren vínculos más cercanos y menos mediados por pantallas. Crece un movimiento que propone dejar de lado la dopamina del scrolleo infinito y recuperar el encuentro cara a cara. Volver a las experiencias reales: una charla con mate de por medio, un llamado telefónico en lugar de un mensaje, un abrazo en vez de un emoji.

Como ocurre con muchas tecnologías, no podemos culpar al artefacto en sí. El problema está en el uso que hacemos de él. Un cuchillo puede servir para preparar una rica comida, pero también puede convertirse en un arma mortal.

Propongo, estimado lector, que aprovechemos estas fiestas para desandar, aunque sea un poco, el camino que desde hace veinte años vienen pavimentando las redes sociales. Retomar el teléfono o la videollamada para quienes están lejos. Que nos duelan las articulaciones superiores por abrazar a todos los que tengamos cerca. Que cada palabra dicha tenga un valor sincero y afectuoso, porque la tecnología nunca podrá aplacar nuestro gen constitutivo: somos seres sociales.

Salud para todos y feliz Año Nuevo.


Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.
 

21/12/25

EL MEJOR STREAMING DEL MUNDO

 

La última semana se entregaron los Martín Fierro al streaming local. ¿Es realmente una noticia relevante? Probablemente no sea un tema que le quite el sueño, estimado lector.. Saber quién ganó o perdió difícilmente cambie la vida de nadie. Pero el evento sirve como excusa para pensar un par de cosas sobre nuestro ecosistema mediático.

Para empezar, llama la atención que la asociación de periodistas del espectáculo, que a esta altura ya funciona como una PYME muy productiva, se arrogue el derecho de premiar prácticamente todo rubro vinculado al espectáculo o la cultura popular. No hay jurados académicos, especialistas en lenguajes audiovisuales, referentes artísticos ni criterios públicos claros. Los premios los otorgan periodistas. A fines de 2024, eran 96 los miembros de APTRA los que decidían, sin mayor explicación, qué y quién merece ser reconocido.

La expansión del “negocio de los premios” no es un tema menor. A las tradicionales estatuillas de televisión y radio porteña se sumaron, con los años, el Martín Fierro Federal, el de cable, el de la moda, la salud, el teatro, el cine, las series y el digital. En 2025 llegó el turno del streaming. Incluso se internacionalizó el formato con el Martín Fierro Latino desde Miami. Cada nuevo rubro parece abrir un nuevo kiosco: más sponsors, más ingresos por derechos de transmisión, más facturación. Pero también más riesgos. El paso en falso de Miami dejó al descubierto que no siempre “más” es sinónimo de “mejor”: fallas técnicas, ausencia de figuras fuertes y denuncias sobre nominaciones “comprables” erosionaron la credibilidad la marca Martín Fierro.

Todo lo descripto encaja perfectamente con lo que varios teóricos describieron como la espectacularización de la esfera pública: todo se convierte en show. El criterio editorial deja de ser la relevancia social para priorizar la polémica, la capacidad de generar ruido, el impacto emocional. El infoentretenimiento domina. La forma pesa más que el contenido. La superficie le gana a la profundidad. La noticia ya no busca explicar, sino capturar atención.

Y el problema no es solo moral. Tiene consecuencias políticas y culturales. En los años ’70, Maxwell McCombs y Donald Shaw propusieron la teoría del Agenda Setting: los medios no sólo dicen de qué hablamos, sino también de qué NO hablamos. El énfasis permanente en el chisme, el enfrentamiento de celebridades y la épica del ego desplaza debates centrales sobre calidad institucional, desigualdad social, derechos civiles y la vida cotidiana. Mientras discutimos quién ganó un premio polémico, queda fuera de escena lo que realmente debería importarnos.

Eso se vio claramente en la premiación al streaming. La ceremonia fue presentada como reconocimiento al talento digital argentino, pero terminó funcionando como un nuevo round de la pelea de fondo entre Luzu TV y Olga. Nicolás Occhiato vs Migue Granados. Una rivalidad que ya estaba instalada y que es aprovechada por APTRA para monetizar. 

También participaron otros canales valiosos como Gelatina, Futurock, Bondi, Blender, Cenital o Vorterix. Y eso habla de otra cosa importante: Argentina tiene una industria de streaming nativa enorme en proporción a su población total. Mucha producción, mucho talento, muchos equipos trabajando con imaginación y precariedad por partes iguales. Incluso, no son pocos los que afirman que en este formato también somos los campeones del mundo.

Pero un análisis un poco más profundo, y menos exitista, nos muestra otro escenario. Si el show termina comiéndose al contenido, el riesgo es que incluso los proyectos más interesantes queden subsumidos por la lógica del espectáculo. Aun así, la noche dejó una sorpresa interesante: el Martín Fierro de Oro fue para el canal del CONICET por su transmisión “Fondo del Mar”. Un reconocimiento que rompió, aunque sea por un rato, la lógica del rating disfrazado de premio y recordó que también la ciencia y el conocimiento también tienen un valor cultural.

Sin embargo, la sensación final fue la de un empate técnico entre los grandes jugadores del streaming argentino. APTRA ganó visibilidad, sponsors, minutos de aire y repercusión digital. Los canales ganaron validación simbólica. El público ganó entretenimiento, es decir, más de lo mismo.

Mientras tanto, en el Congreso se debaten leyes que definen cómo vamos a vivir los próximos años. Hay discusiones profundas sobre salud, educación, trabajo, ciencia, cultura y derechos ciudadanos que difícilmente reciban una cobertura mediática equivalente al del mundo del espectáculo. Y es ahí donde la espectacularización deja de ser simpática y pasa a ser peligrosa. Porque no es solo el chisme del día, también es el silencio sobre lo importante.

Porque mientras esperamos el próximo “round” entre Nicolas Occhiato y Miguel Granados, o entre Wanda Nara y la China Suárez, hay otra pelea (la de la vida cotidiana, la de los derechos, la del presente y el futuro) que casi nadie está transmitiendo.


Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.