2/8/26

EL NEGOCIO DETRÁS DE LA CAMPAÑA ANTIARGENTINA



Se terminó el Mundial de Fútbol y, más allá del sabor agridulce que nos dejó la final perdida, nos queda mucho material para analizar de lo que, sin dudas, fue el evento global de mayor impacto hasta la fecha.

Uno de los fenómenos más llamativos, relacionado directamente con nuestro país y su cultura, es la campaña mediática y digital contra varios jugadores de la selección argentina y la acusación de que Argentina es el país más racista del mundo.

Seguramente todos vimos algún recorte periodístico o algún video sobre el tema. Lo que quedó oculto fue el engranaje tecnológico que permitió monetizar la indignación, transformando a los héroes de Qatar 2022 en los nuevos villanos de la narrativa digital global.

Durante años, las redes sociales se presentaron como plazas públicas digitales donde cualquiera podía expresarse libremente y participar de una conversación que, en teoría, contribuiría a mejorar la vida democrática. En la práctica, ese ideal convive con noticias falsas, discursos de odio, deepfakes, grooming, ciberbullying, troleo y un modelo de negocios que recompensa el conflicto mucho más que el consenso.

El caso de la plataforma X resulta paradigmático. Su algoritmo no busca la verdad ni promover acuerdos: intenta predecir el comportamiento de los usuarios. Para ello analiza el historial de interacciones y prioriza aquellos contenidos capaces de generar una respuesta emocional intensa, independientemente de que sean verdaderos o falsos.

En este contexto, Argentina fue víctima del denominado ragebait (cebo de ira), una técnica que premia las publicaciones que provocan enojo porque generan más interacciones y prolongan el tiempo de permanencia frente a la pantalla. Para el algoritmo no existe una diferencia sustancial entre apoyar una publicación o indignarse frente a ella. Lo único que registra es que consiguió captar nuestra atención durante algunos segundos más. En la economía digital, la emoción vale más que la razón, y el enojo suele ser la emoción más rentable.

El resultado fue un círculo perfecto: miles de argentinos respondieron a publicaciones falsas intentando defender al país y, sin saberlo, terminaron ayudando a propagar aquello que buscaban desmentir.

Esta calesita de desinformación permitió que medios internacionales tomaran publicaciones dudosas de las redes sociales, las transformaran en noticias y luego las devolvieran al ecosistema digital como supuestas pruebas de una realidad previamente fabricada.

Detrás de la viralización de las acusaciones de racismo encontramos un modelo de negocios perfectamente aceitado. Se documentaron cientos de citas inventadas, imágenes manipuladas y videos creados con inteligencia artificial que atribuían a los argentinos actitudes que nunca existieron. Gran parte de ese material fue difundido por cuentas verificadas que monetizan las visualizaciones y cuyos ingresos dependen, precisamente, de lograr que millones de personas reaccionen.

Mientras la narrativa digital describía a Argentina como "el país más racista del mundo", la evidencia disponible ofrecía un panorama muy diferente.

Estudios como la Integrated Values Survey, realizados entre 2017 y 2022, muestran que solo el 4 % de los argentinos rechazaría tener a un inmigrante como vecino y que menos del 3 % objetaría convivir con una persona de otra raza, cifras entre las más bajas del mundo y considerablemente inferiores a las registradas en Estados Unidos, Francia o España.

En la misma línea, encuestas del Pew Research Center realizadas en 2024 indican que, si bien el 66 % de los argentinos reconoce que existe discriminación étnica en el país, esa percepción es menor que la registrada en Brasil (86 %), Francia (84 %) o Alemania (77 %). En el contexto de la polémica, voces autorizadas como la del historiador Felipe Pigna, resultaban que sociedades con profundas tradiciones coloniales y sistemas de segregación institucional, como ocurrió en los EEUU hasta bien entrada la década de 1960, sean hoy las que pretendan dictar sentencia sobre la moralidad argentina.

Esto, naturalmente, no implica negar los problemas propios. Una cosa es discutir seriamente un fenómeno social complejo y otra muy distinta convertirlo en una caricatura diseñada para generar millones de clics.

Especialistas locales coinciden en que, si bien es falso que Argentina sea el país más racista del mundo, también es falso sostener que aquí no existe racismo. La diferencia radica en que, en nuestro país, suele estar atravesado por la clase social y se expresa mediante una "racialización del pobre", sintetizada en expresiones como "cabecita negra" o "negro de alma".

Ese racismo criollo, que invisibiliza los aportes afro e indígenas bajo el viejo mito del "crisol de razas europeo", forma parte del proyecto de construcción nacional del siglo XIX, que asociaba el progreso con Europa y el atraso con lo mestizo. Su persistencia explica la aparición de organizaciones como Identidad Marrón, un colectivo que combate la discriminación hacia personas con rasgos indígenas, campesinos o migrantes.

La campaña antiargentina también dejó al descubierto otro rasgo característico de nuestra época: la pérdida de valor del saber experto. En el ecosistema digital actual, la autoridad ya no se construye necesariamente a partir del conocimiento acumulado, sino de la capacidad para captar atención. La opinión de una celebridad como Samuel L. Jackson o los reposteos de Rosalía y Niall Horan (ex One Direction) pueden tener mucho más impacto que décadas de investigaciones realizadas por sociólogos, historiadores o antropólogos.

En perspectiva, más allá de la injusticia de considerar a la Argentina como el país más racista del mundo, el problema de fondo radica en comprobar cómo millones de personas discutieron durante semanas alrededor de un relato falso construido para generar clics, reproducciones y dinero.

En la economía de las plataformas, la indignación cotiza mucho más que la verdad. Ese parece haber sido, al final, el verdadero negocio detrás de la campaña antiargentina.

Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.


19/7/26

LO VIEJO FUNCIONA (Y ESTÁ DE MODA)


Con la música tengo un vínculo muy particular. Tan particular es que me considero melómano, que según el diccionario sería alguien que siente "pasión, entusiasmo o fanatismo desmedido por la música".


En parte, mi apasionamiento tiene cierta lógica, ya que me acompaña en dos actividades que realizo desde muy joven: la radio y mi actividad como DJ. 


Entre el material que entregaban las compañías discográficas para difundir los artistas que querían vender y los CDs que fui comprando con los años, logré armar una colección importante de distintos géneros y músicos. Por ese motivo, además de melómano, también soy coleccionista. Hoy, por comodidad, busco en YouTube las canciones que quiero escuchar, pero cada tanto me tomo un tiempo para buscar un álbum en particular. Pongo el CD y lo escucho completo, en el orden que el artista dispuso las canciones, concentrándome en el sonido, sin distracciones.


Sin proponérmelo, con ese hobby estoy formando parte de un fenómeno cultural y comercial vinculado con la revalorización de distintos soportes físicos para producir y consumir música, textos, películas e imágenes. En un contexto donde todo está digitalizado y a un clic de distancia, hay un revival tecnológico que volvió a poner de moda los discos de vinilo, los CDs y los casetes. El fenómeno, sin embargo, no se agota en la música: también regresaron las cámaras Polaroid, los libros impresos, los juegos de mesa e incluso las películas en VHS o DVD.


Es que la modernidad digital nos colocó en un escenario en el que somos usuarios con escasa capacidad de incidir en las reglas del juego: pagamos abonos para leer, ver o escuchar distintas obras artísticas, pero no somos dueños de nada, las grandes empresas del consumo ondemand solamente nos permiten el acceso. Si una plataforma pierde los derechos de una película, elimina un disco de su catálogo o directamente deja de existir, desaparece también una parte de nuestra biblioteca personal. En el mundo digital ya no acumulamos objetos: acumulamos permisos temporarios de uso.


Frente a esto, algunos podrán argumentar que el modelo digital es más ecológico, porque evita fabricar infinitamente el mismo objeto físico. Pero la cuenta no es tan sencilla: los data centers que sostienen el streaming consumen enormes cantidades de energía y agua para refrigerarse, y no pocos especialistas advierten que un eventual colapso del ecosistema digital (por una falla técnica, un cierre de servidores o simplemente una decisión comercial) podría dejar a gran parte de la humanidad sin acceso a una porción importante del patrimonio cultural. Lo analógico, con toda su huella de fabricación, tiene al menos una ventaja: una vez que el objeto está en nuestras manos, nadie nos lo puede quitar.


Los especialistas en consumo sostienen que detrás del récord de ventas de vinilos o del regreso de los rollos fotográficos hay mucho más que una estrategia comercial. Millennials y centennials empiezan a manifestar cierto cansancio frente a la saturación digital y una búsqueda por recuperar el control sobre el uso de su tiempo libre, escapando del scrolleo infinito al que nos invitan algoritmos que conocen nuestros gustos e intereses y que permanentemente nos ponen la zanahoria delante de las narices. A eso se suma la nostalgia alimentada por los relatos de padres y abuelos sobre cómo era la vida unplugged, y una búsqueda más consciente de desintoxicación digital: correrse, aunque sea por un rato, de las pantallas.


No es casualidad que referentes de la industria cultural global, como Ed Sheeran, Damon Albarn o el director Christopher Nolan, hayan reemplazado sus teléfonos inteligentes por dumbphones (aparatos básicos, sin conexión permanente a internet). La explicación suele ser la misma: evitar tener siempre a mano un dispositivo que funciona como fuente inagotable de distracciones. Muchas veces la inspiración aparece justamente en esos momentos de tedio y aburrimiento que las redes sociales se encargan de eliminar.


También hay una búsqueda relacionada con los sentidos. Escuchar un vinilo nuevo, por ejemplo, implica una serie de movimientos que van mucho más allá del simple clic en el botón de reproducción de Spotify. Está el olfato, que se activa al romper el celofán y sentir el aroma de la portada de cartón y las láminas interiores, el tacto que recorre los surcos del disco y el oído, que distingue con facilidad un sonido mucho más orgánico que el del audio digital.


Esa pequeña dificultad termina formando parte de la experiencia. Elegir un disco, sacarlo de su funda, colocarlo en la bandeja o buscar un libro en la biblioteca nos obliga a detenernos unos minutos antes de consumir el contenido. En un ecosistema diseñado para que todo ocurra de manera inmediata, esa pausa adquiere un valor inesperado.


Vivimos una época marcada por el síndrome de burnout, al que algunos traducen como tener la "cabeza quemada", producto de la combinación entre el estrés laboral y el agotamiento que implica pasar horas y horas del tiempo libre inmersos en una maraña de estímulos digitales. Ahí aparece la ventaja de lo analógico: exige un esfuerzo previo para llegar al contenido, mientras que lo digital es omnipresente y nos encuentra incluso cuando no lo estamos buscando. Puede que el renovado interés por la tecnología retro se explique, en el fondo, por esa diferencia: elegir cuándo y cómo consumir, en lugar de estar disponibles todo el tiempo.


Será cuestión de observar cómo evoluciona este fenómeno cultural: si logra consolidarse como una alternativa real frente a la conexión permanente a la que nos acostumbramos, o si simplemente terminará siendo una moda pasajera.


Me gustaría cerrar esta nota diciendo que la redacté en una máquina de escribir y que la envié a la redacción por fax, pero la realidad es que no pude conseguir ni cinta entintada ni rollo de papel térmico.


Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.

12/7/26

DESDE LA SELVA (DIGITAL)

La Ciudad de Buenos Aires se destaca, a nivel internacional, por tener una de las carteleras teatrales con mayor oferta de obras y concurrencia de público.

De los últimos estrenos importantes en la escena porteña quiero destacar “Desde el jardín”, con Guillermo Francella en el papel protagónico.

La obra es una adaptación de Being There, la famosa novela satírica publicada en 1971 por el escritor polaco Jerzy Kosinski. La historia sigue a Chance Gardiner, un hombre ingenuo, con un aparente retraso madurativo, que vivió toda su vida aislado cuidando un jardín y viendo televisión. Tras quedar en la calle y recalar accidentalmente en la mansión de uno de los líderes políticos más importantes del país, sus comentarios sobre jardinería son interpretados como metáforas profundas y complejas por la élite política y los medios de los EEUU, llevándolo a convertirse en un influyente consejero del principal partido y del gobierno norteamericano.

En pocas palabras, toda la historia gira alrededor de un enorme malentendido.

En 1979 llegó al cine una adaptación dirigida por Hal Ashby y protagonizada por Peter Sellers. Como en la novela, el personaje principal carece de herramientas intelectuales y emocionales para comprender y vincularse con el mundo que lo rodea. La televisión cumple entonces la función de mediar entre el individuo y su contexto. Kosinski desarrolla esa idea en dos planos: en el personaje de Sellers, el consumo compulsivo de TV funciona como una vía de escape de un mundo que no comprende, mientras que en el plano social, desde la pantalla se fija la agenda de los temas relevantes para los ciudadanos, pero al mismo tiempo simplifica el tratamiento de dicha agenda para que todos entiendan de qué se habla.

Ahí está la clave del ascenso meteórico de un personaje sin ningún valor a la cima del poder: su discurso ya es simple, pero no por su habilidad de hacer sencillo lo complejo sino por sus carencias intelectuales.

Así, la historia de Chance es un gran malentendido: él habla desde la inocencia del personaje de la jardinería, lo único que conoce, pero todo el mundo interpreta sus palabras como una genial metáfora que describe a la sociedad, la política y la economía.

Hay algo de esa historia que resuena en nuestra actualidad. La diferencia es que, si en la novela de Kosinski el equívoco gira alrededor de un jardín y de la televisión, en la política contemporánea ese mismo proceso de construcción de sentido ocurre en el ecosistema de las redes sociales. En el caso de Manuel Adorni no podríamos recurrir al tándem jardín/TV, ya que su trascendencia pública nace en Twitter hablando de economía. Por eso me tomo la licencia de hablar, en el título de esta nota, de la selva digital.

A la distancia, su salto vertiginoso a la primera línea de los cuadros políticos del gobierno (si se me permite la licencia poética) parece responder más a un golpe de suerte que a sus méritos intelectuales: el famoso “estar en el lugar y en el momento correcto”.

Combinar esas coordenadas se transformó en el aspiracional para los millennials (nacidos entre 1981 y 1996) y la generación Z (1997 y 2012), ya que durante los últimos años “pegarla” en el universo digital se ha convertido en una de las mayores aspiraciones profesionales.

A partir de la confluencia de distintos factores se generó la fantasía de que siendo creador de contenidos o influencer, el reconocimiento social y el éxito económico parecían garantizados. Figuras como Davo Xeneize (streamer futbolero), Sofi Maure (de YouTube a OnlyFans) o Alejo Igoa (YouTuber iberoamericano con más suscriptores) se constituyen como ejemplos a seguir.

En el caso de Adorni, ex vocero, ex secretario de Comunicación y Medios y ex jefe de Gabinete del gobierno de Javier Milei, la construcción del personaje del liberal disruptivo se basó en su cuenta de Twitter y en apariciones marginales en el circuito del incipiente streaming libertario, principalmente en YouTube y Twitch.

Luego dio el salto a los medios tradicionales, como columnista en Infobae y en Radio Rivadavia. Más tarde desembarcó en La Nación+, en “Intratables”, por América, y en el Canal Metro.

Con 420.000 seguidores y una presencia diaria en la plataforma fue reconocido como "Twittero del año" en noviembre de 2023 en los premios Martín Fierro digitales poco antes de asumir como vocero presidencial.

Con un crecimiento meteórico de su figura pública, Adorni parecía encarnar el “sueño del pibe” de los millennials: de la noche a la mañana pasar del llano a la cúspide del poder. A eso podemos sumarle fama y dinero para completar el combo: de la mesa de Mirta Legrand a los viajes en avión privado a Punta del Este.

Un golpe de suerte, o una serie de casualidades encadenadas, como le pasó al señor Gardiner. Pero ya no hablamos de ficción, esto es pura realidad. Una realidad en la que no importa tanto lo que decía Adorni en Twitter como el proceso mediante el cual esas intervenciones comenzaron a ser leídas como la voz de un referente intelectual del liberalismo vernáculo.

Si hay una etiqueta que describe cabalmente al personaje que encarnó Adorni en sus distintos cargos públicos es la de “provocador”: ya sea para hostigar a la oposición, algo entendible dentro del juego político, pero mucho menos empático al anunciar despidos de empleados públicos, recortes de partidas sociales o responder preguntas de periodistas.

Cuenta la leyenda que, en la antigua sede del Ministerio de Acción Social, hay un cartel que funciona como advertencia para los noveles empleados y funcionarios: “Trate bien al de abajo cuando esté subiendo porque lo encontrará nuevamente cuando esté bajando”.

Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.

5/7/26

LA PELOTA NO SE MANCHA (EL NEGOCIO TAMPOCO)


Somos espectadores del Mundial de fútbol más importante de la historia. El que más equipos reúne, el de mayor cantidad de partidos, el que más espectadores convoca en los estadios y en los livings de todo el mundo. También es la primera Copa del Mundo que se disputa simultáneamente en tres países.

Si me permite, estimado lector, me voy a corregir: no solo somos espectadores, también somos protagonistas. La tecnología hoy nos permite generar y compartir contenido que, salvando las enormes distancias que existen entre Lionel Messi y cualquier vecino del conurbano sur bonaerense, compite en la biosfera digital con las imágenes que produce la FIFA, una de las mayores multinacionales del entretenimiento.

Hay un dato que ayuda a comprender cómo la tecnología transformó la organización del mayor evento deportivo del planeta. Las selecciones de Francia, Rumania, Bélgica y Yugoslavia tardaron aproximadamente quince días en llegar a Uruguay para disputar el Mundial de 1930. El viaje se realizó a bordo del transatlántico Conte Verde, que zarpó desde Génova y arribó a Montevideo el 4 de julio.

Una vez iniciado el torneo, en Europa los resultados llegaban a través de los diarios con, al menos, un día de demora. La información viajaba mediante cables telegráficos submarinos. Las transmisiones por onda corta permitían que algunas emisoras de radio captaran relatos en vivo o recibieran los resultados casi instantáneamente, aunque con una calidad que dependía de las condiciones atmosféricas.

Durante décadas, con la televisión consolidada como medio hegemónico, la pantalla del televisor fue prácticamente sinónimo de fútbol.

Hoy el escenario cambió por completo. La FIFA ya no comercializa únicamente los derechos para la televisión abierta o por cable. También vende licencias para plataformas de streaming, radios, YouTube, TikTok y otras redes sociales, además de derechos específicos para exhibición pública en bares, hoteles, restaurantes, centros comerciales, aviones y cruceros. El Mundial dejó de distribuirse por un solo canal para convertirse en un producto diseñado para circular simultáneamente por decenas de plataformas.

Pero además de lograr que veamos a la pelota rodando por todos lados, la tecnología también transformó el propio juego.

En este Mundial se utilizan pelotas con sensores que envían información sobre posición, trayectoria y fuerza de impacto que recibió. Cámaras de alta velocidad e inteligencia artificial analizan los movimientos de los futbolistas para construir avatares tridimensionales que permiten resolver posiciones adelantadas en cuestión de segundos. Incluso se incorporan cámaras corporales para mostrar determinadas jugadas desde la perspectiva de los árbitros.

Como ocurre con otros grandes espectáculos, en este Mundial resulta casi tan importante lo que sucede dentro de la cancha como lo que ocurre en las tribunas, en las casas o en las calles. El torneo está batiendo récords de tráfico en internet gracias al contenido generado por los propios espectadores.

Crónicas, reacciones, análisis tácticos, notas de color... la cantidad de material compartido resulta inconmensurable. Un gol filmado desde una tribuna, los festejos de Bangladesh por una victoria argentina o el abrazo que provoca un gol de Messi en un bar de Canning terminan formando parte del mismo fenómeno global. Todo suma. Todo circula. Y las métricas de los videos verticales en plataformas como Instagram y TikTok vuelven a romper récords.

En cuanto a la forma de acceder a los partidos, también se observa un cambio profundo. Si bien en Argentina la televisión sigue ocupando un lugar central, en Brasil se desarrolla un fenómeno que toda la industria observa con atención.

Casimiro Miguel Vieira, conocido como Cazé, comenzó hace pocos años como streamer en Twitch. Asociado con la agencia de marketing deportivo LiveMode consiguió los derechos para transmitir gratuitamente los 104 partidos del Mundial a través de su canal de YouTube, CazéTV.

El partido entre Brasil y Japón alcanzó los 21 millones de dispositivos conectados en simultáneo, convirtiéndose en la transmisión en vivo más vista de la historia de YouTube.

Los montos pagados por esos derechos permanecen bajo reserva, al igual que el modelo de negocios que sostiene semejante inversión. Lo que sí trascendió es que, compitiendo directamente con la televisión abierta, CazéTV perdió contra TV Globo pero duplicó la audiencia del tradicional canal SBT, algo impensado hasta hace pocos años.

Para dimensionar el fenómeno, sería como imaginar que el canal AZZ, de Flavio Azzaro, transmitiera todos los partidos del Mundial por YouTube compitiendo de igual a igual con Telefé o la TV Pública.

En la estrategia de Google de convertir a YouTube en la nueva televisión, el caso CazéTV representa un verdadero punto de inflexión.

Las claves de este cambio parecen estar en los hábitos de consumo de las generaciones más jóvenes. Prefieren el tono descontracturado del streaming, donde pueden interactuar con los conductores, antes que sentirse simples usuarios de una gran corporación mediática. El chat en vivo fortalece esa cercanía y el estilo termina de consolidarla: en los partidos nocturnos de CazéTV los conductores transmiten en piyama.

Hace casi un siglo, las noticias del Mundial llegaban a Europa con días de demora. Hoy cualquier hincha puede transmitir desde su teléfono celular y compartir imágenes que recorren el mundo en cuestión de segundos. La tecnología marca el ritmo del deporte y del negocio. Los jugadores siguen corriendo detrás de la pelota, pero todo lo que gira alrededor de ella cada vez les queda más lejos: plataformas, algoritmos, derechos audiovisuales y millones de pantallas que transforman al Mundial en algo mucho más grande que un simple campeonato de fútbol.

Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.

14/6/26

LA RADIO SE TRANSFORMA PARA SOBREVIVIR

 

Somos contemporáneos de un proceso en el que la TV del futuro está tomando forma. Por un lado, los adelantos tecnológicos ya desarrollaron pantallas flexibles, capaces de estirarse literalmente, y que funcionan sin cables, ya que tanto la energía basada en campos electromagnéticos como las imágenes llegan de manera inalámbrica.

La tecnología nos dará acceso a contenido interactivo y a publicidad hiperpersonalizada, resultado de la combinación entre inteligencia artificial y algoritmos.

Algunos movimientos de la actualidad permiten vislumbrar cómo será esa pantalla en un futuro no muy lejano: un abono que nos permita acceder a cualquier tipo de contenido, sin importar su formato de origen.

Si bien el punto de partida de las plataformas de streaming fue el consumo on demand, cada vez avanzan más hacia la transmisión de programas en vivo. La novedad de estas semanas es la nueva propuesta de Netflix: la posibilidad de ver y escuchar en directo las emisiones diarias del programa de radio The Breakfast Club.

Se trata de un programa matutino que desde 2010 se emite por la WWPR-FM de Nueva York (y en más de cien estaciones de radio de los EEUU), con una programación basada en entrevistas a figuras del hip-hop y la cultura pop. También incluye debates sobre actualidad, farándula, la industria musical y la política estadounidense.

Si bien son innumerables las emisoras de radio que transmiten en YouTube y ofrecen el consumo en directo de su programación completa, es la primera vez que un programa de radio se integra al catálogo de Netflix. Todo indica que aquí se abrirá un nuevo frente de batalla entre las dos empresas que se disputan el reinado de las pantallas.

Hace rato que la radio tradicional se sumó a la hegemonía de la imagen, pero en este nuevo contexto ya no alcanza con una cámara fija y una iluminación deficiente. Si el futuro implica ser cada vez más TV y menos radio, la actualización técnica será imprescindible.

También debe quedar relegada la idea de competir desde la exclusividad del sonido frente a las pantallas. La radio será multiplataforma o no será nada. Hoy resulta impensable construir un modelo de negocios basado únicamente en la pauta publicitaria sin contar con streaming visual, presencia en redes sociales y videopodcasts para el consumo on demand de las transmisiones en vivo.

Podríamos decir que el podcast logró darles a los contenidos emitidos en vivo una segunda vida. Los programas de radio clásicos no solo eran etéreos (al transmitirse por aire no se podían ni ver ni tocar), sino que, una vez finalizados, esos sonidos se perdían para siempre. En la actualidad, las emisoras suben de manera inmediata recortes o programas completos recién emitidos a Spotify o YouTube.

Por eso, el podcast no solo debe entenderse como un modo de producción (pensar y crear contenidos para el consumo on demand), sino también como un modo de distribución, ya que muchos programas emitidos en vivo encuentran luego una nueva audiencia al ser publicados en plataformas digitales.

El modo “solo audio” parece quedar relegado a la escucha en los receptores de los automóviles o en algún aparato analógico que todavía sobrevive en algunas casas. En el ecosistema digital actual, todas las radios comerciales tienen presencia por streaming.

Muchas cuentan con sus propios sitios web o transmiten en video a través de YouTube, Twitch, Flow o plataformas similares. Así, los clásicos micrófonos de la radio comparten protagonismo con cámaras robóticas de alta definición, iluminación escenográfica y pantallas interactivas, transformando al otrora oyente en espectador.

Esta nueva lógica audiovisual lleva a los programas radiales a competir, en pie de igualdad, con la oferta televisiva y con los canales de streaming nativos (como Luzu TV, Olga o Blender), que apuntan especialmente al público joven. Es tan fuerte la competencia que, en el tradicional prime time radial (de 7 a 13 horas), podemos encontrar en streaming a los programas de Nico Occhiato o Migue Granados.

Los estudios de audiencia todavía le otorgan a la radio informativa tradicional la supremacía durante la primera mañana (de 6 a 10 horas), pero también muestran que los canales de streaming dominan la franja de 10 a 14 a partir de formatos de entretenimiento y conversación descontracturada.

Hace tiempo que la pérdida del público joven se transformó en un problema vital para la radio. Algunos especialistas vinculan este fenómeno con la fragmentación de las audiencias provocada por la explosión de los medios digitales. Entre las posibles causas también aparecen la edad promedio y el perfil de los conductores (en términos generales, hombres de entre 40 y 60 años), el fuerte anclaje temático en la actualidad y las noticias mientras muchos jóvenes practican una forma activa de evasión informativa.

Los nuevos formatos fueron desplazando a la radio de algunas de sus funciones históricas. TikTok, por ejemplo, le quitó el papel de vidriera para descubrir música nueva. Del mismo modo, la cercanía con las grandes figuras de la cultura, que antes se construía a través de entrevistas en profundidad, hoy aparece mediada por la desintermediación que proponen las redes sociales.

A pesar de todos estos cambios y de las adaptaciones a las que la radio debió someterse, existe cierta lógica que explica su permanencia: su capacidad para establecer una conexión humana. La posibilidad de hacernos sentir parte de una experiencia colectiva, sabiendo que hay otros escuchando lo mismo, pero convencidos de que esa voz nos está hablando exclusivamente a nosotros.

En esa contradicción reside, tal vez, la famosa magia de la radio.

Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.


1/6/26

LA PELEA POR LA VERDAD


Al hablar de periodismo, hoy el foco está puesto en las pantallas. Ya sea la TV tradicional, YouTube, los canales de streaming o los videos verticales de las redes sociales. Nos informamos, mayormente, a partir de esas fuentes.

Pero no siempre fue así. Durante buena parte del siglo XX, el medio que representaba más cabalmente al periodismo eran los diarios impresos. Periodistas había en todos los medios (radio, TV y revistas), pero las noticias competían en esos espacios con otros contenidos. En los diarios, en cambio, eran el producto central.

Si bien el primer canal de noticias a nivel global fue la CNN, salió al aire el 1° de junio de 1980, el formato llegó a la Argentina entrados los años 90.

Hay un dato que ayuda a entender la magnitud del fenómeno: actualmente existen siete canales de noticias en el país (Todo Noticias, C5N, A24, La Nación+, Crónica TV, IP Noticias y Canal 26), la cifra más alta de toda Latinoamérica.

El siguiente gran cambio llegó con internet. La aparición de la web obligó a todos los diarios del mundo a adaptarse a las pantallas y desarrollar versiones online.

Durante la época dorada de la prensa escrita, que podría extenderse hasta fines de los años 90, los diarios cumplían además una función social clave para el funcionamiento de la democracia: ejercer el rol de “cuarto poder”, fiscalizando a quienes gobernaban.

Así, un diputado que aumentaba sospechosamente su patrimonio, un juez que cajoneaba una causa o un ministro que hacía negocios incompatibles con la función pública quedaban bajo la lupa de periodistas que asumían una tarea esencial: controlar a quienes ejercen el poder.

En Estados Unidos hubo investigaciones periodísticas que con el tiempo adquirieron un carácter casi épico, en parte gracias al cine.

En la película “Todos los hombres del presidente” (1976) se reconstruye la investigación de Carl Bernstein y Bob Woodward sobre el caso Watergate, que terminó derivando en la renuncia de Richard Nixon. Más allá de las presiones políticas y las discusiones entre periodistas, editores y abogados del The Washington Post, hay un personaje anónimo que destraba la trama: “Garganta Profunda”, una fuente que trabajaba en el gobierno de Nixon y que aportaba información decisiva.

Algo similar ocurre en “The Post: Los oscuros secretos del Pentágono” (2017), centrada en la publicación de los Papeles del Pentágono. La filtración masiva de documentos secretos reveló que distintas administraciones estadounidenses habían engañado sistemáticamente al Congreso y a la sociedad sobre la Guerra de Vietnam y las reales posibilidades de ganarla.

Otra vez, una fuente estatal permite avanzar con la investigación. Y otra vez aparece el interrogante sobre qué impulsa a alguien a exponer a su propio gobierno: principios morales, convicciones ideológicas, resentimiento o simple venganza.

En Argentina también tuvimos grandes denuncias periodísticas impulsadas por filtraciones internas. De la mano de Página/12, dirigido por Jorge Lanata, casos como el Swiftgate, el Yomagate, el contrabando de armas a Ecuador y Croacia o el cobro de sobresueldos durante el menemismo marcaron una época.

En todos esos episodios, la punta del hilo también aparecía dentro del propio poder. Pero había una diferencia importante: las fuentes actuaban desde las sombras.

Hoy nos enfrentamos a algo distinto.

Vivimos en una época de hiperinformación: tenemos acceso constante a datos, videos, audios y documentos de todo tipo. Pero esa misma lógica también nos empuja a consumir información fragmentada, en pequeñas dosis y sin contexto.

Así, gran parte de las audiencias termina sabiendo un poco de casi todo, pero sin capacidad para vincular hechos, protagonistas y consecuencias.

A eso se suma otro fenómeno: la desintermediación. Cada vez más personas consumen información directamente desde las fuentes (políticos, influencers, empresarios o funcionarios) sin el filtro de periodistas o editores tradicionales.

En ese contexto, asistimos por estos días a un espectáculo inédito: funcionarios del gobierno de Javier Milei acusándose entre sí públicamente de negociados y operaciones.

La periodista Silvia Fesquet describió la interna de La Libertad Avanza como dirigentes que están “tirándose negocios por la cabeza”, mientras la discusión pública gira alrededor de quién filtra qué y con qué objetivo.

En el caso Adorni, fue el propio jefe de Gabinete quien denunció “fuego amigo” tras la difusión del video y de los datos sobre el polémico viaje familiar a Punta del Este en un avión privado.

Por supuesto, una vez que la información se hace pública, el periodismo retoma el tema, investiga y lo instala en agenda.

Lo verdaderamente llamativo es otra cosa: el anonimato de antaño se transformó en un pase de facturas a cielo abierto.

Del informante que protegía su identidad mientras denunciaba abusos de poder pasamos a operaciones, amenazas y aprietes mafiosos ejecutados en tiempo real desde redes sociales y cuentas oficiales.

Falta saber quién escribirá el guion de la película sobre esta época. Y, sobre todo, falta saber si terminará siendo un drama político o una comedia grotesca.

Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.

17/5/26

BANALIZAR LA GUERRA

 


Esta nota se basa en el vínculo entre la guerra y la tecnología aplicada a la comunicación.

Por el impacto que me causó desde la primera vez que la vi, me parece pertinente comenzar con una escena de la película Citizen Kane (1941) de Orson Welles. Charles Foster Kane, dueño y director del diario New York Inquirer, responde a un telegrama de su corresponsal en La Habana, que le informa que no hay guerra en Cuba. Kane contesta: “Usted ponga las fotos, yo proporcionaré la guerra”, dando a entender que con técnicas sensacionalistas podía empujar a Estados Unidos a un conflicto contra España.

Lo que se retrata en la película no es un reflejo fiel de lo sucedido en 1898, ya que la guerra respondió a una combinación de tensiones diplomáticas, intereses expansionistas estadounidenses y el deseo de independencia cubana. Aun así, resulta difícil negar la influencia que tuvo la agresiva campaña de prensa para que la opinión pública apoye la guerra.

Ya entrado el siglo XX, la cobertura de las dos guerras mundiales se realizó principalmente desde los diarios, con enormes limitaciones logísticas si se las compara con los medios tecnológicos actuales.

Aunque la noticia del final de la Primera Guerra Mundial se conoció el mismo día en las tapas de los diarios argentinos, las fotografías del armisticio viajaron desde puertos europeos hasta Buenos Aires y tardaron entre dos y tres semanas en llegar.

Todo cambió con la llegada de la televisión, que todavía era una tecnología experimental durante la Segunda Guerra Mundial, pero terminó teniendo un papel decisivo en el desarrollo y el desenlace de la Guerra de Vietnam.

En una entrevista publicada por el diario Montreal Gazette el 16 de mayo de 1975, Marshall McLuhan afirmaba: “La televisión llevó la brutalidad de la guerra al confort del living. Vietnam se perdió en los living de Estados Unidos, no en los campos de batalla”.

Con los medios electrónicos se produjo un cambio de era: ya no solo informan, también transforman la manera en que las sociedades perciben, sienten y procesan políticamente los acontecimientos.

Las imágenes de jóvenes soldados mutilados transmitidas durante el prime time televisivo lograron que la guerra se volviera algo próximo para millones de familias norteamericanas, a pesar de desarrollarse a más de 10.000 kilómetros de distancia.

La primera derrota militar de la principal potencia mundial derivó en un manejo mucho más estricto de la información por parte del Pentágono. Se cerró la posibilidad de una guerra televisada sin supervisión militar.

La Guerra de las Malvinas funcionó como el primer gran laboratorio occidental para demostrar cómo un gobierno podía neutralizar el impacto de la televisión y controlar el relato bélico.

En Argentina, la dictadura militar aplicó un aceitado aparato de censura estatal. El gobierno de Margaret Thatcher, por su parte, filtró el acceso de corresponsales y monopolizó las comunicaciones, lo que permitía censurar o bloquear información.

Además, los británicos no permitían transmisiones satelitales directas. Las cintas de video debían viajar físicamente hasta la Isla Ascensión antes de emitirse en Londres, generando retrasos de hasta dos semanas. Muy parecido a los tiempos de la Primera Guerra Mundial.

En la Guerra del Golfo, las imágenes tomadas desde las cabinas de los bombarderos construían la idea de una guerra “limpia”, sin víctimas civiles y con pocas bajas propias. La cobertura periodística estuvo atravesada por propaganda, censura y desinformación.

En Sobre la televisión (1996), Pierre Bourdieu desarrolla una fuerte crítica al funcionamiento de la TV y a su influencia sobre el periodismo, la política y la cultura.

Para Bourdieu, esa enorme capacidad de influencia estaba subordinada a la lógica del rating, el impacto y la velocidad. En contextos extraordinarios, como una guerra, ese poder podía ser utilizado por los gobiernos para el control de daños mediante el manejo del flujo informativo.

El sociólogo francés sostenía además que la televisión no solo selecciona información: también condiciona la producción discursiva del periodismo, la política y los intelectuales, que terminan adaptándose a sus formatos y tiempos para no desaparecer del espacio público.

Hoy parece suceder algo similar con las redes sociales: domina lo emocional y la espectacularización, mientras que la profundidad queda desplazada por el contenido apto para el consumo rápido. Lo grave es que todos quieren subirse a ese tren a la hora de elaborar discurso.

Hace poco, el escritor iraní-estadounidense Nick Mafi publicó una columna en The New York Times sobre cómo las redes sociales transforman incluso las tragedias y las guerras en un elemento más del feed, mezclado con recetas, memes o videos triviales.

Mafi sostiene que la lógica algorítmica equipara todo: “bombas y nachos pesan lo mismo”. El consumo fragmentado y permanente de contenido debilita nuestra capacidad de registrar el horror o elaborar una memoria colectiva sobre los conflictos.

El desarrollo tecnológico no modifica el horror de la guerra, pero sí transforma la manera en que las audiencias se relacionan con él.

La guerra pasó de las páginas de los diarios a la televisión y luego a las pantallas de los teléfonos. Ya no aparece como un acontecimiento solemne capaz de detener el tiempo, sino como un contenido más dentro del scroll infinito al que nos acostumbramos.

Una bomba en una escuela primaria, una receta o un video gracioso conviven exactamente en el mismo espacio visual y cognitivo: Irán, Ucrania y gatitos volando en ala delta.

Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.