27/9/26

LA ERA DEL CHISME



En la Edad Media, la vida era comunitaria y colectiva. Las actividades cotidianas se realizaban en espacios comunes: se dormía, se comía y se trabajaba a la vista de los demás. No existía el concepto de "intimidad".En el contexto de la expansión del capitalismo y la burguesía, nace la estructura de la casa moderna con habitaciones separadas (el dormitorio privado). Por primera vez, el individuo tiene un espacio físico donde cerrar la puerta y compartir el tiempo con su familia, marcando un claro límite con el espacio exterior, es decir, con el resto de la comunidad.

Así, se consolida uno de los valores más importantes de la modernidad: la privacidad. No solo se convierte en el refugio de la subjetividad, sino que se transforma en refugio de la mirada del Rey, de la Iglesia o del Estado.

Desde la antropología, se sitúa el origen del chisme en las tribus prehistóricas, ya que saber en quién se podía confiar, quién robaba comida, quién era un tramposo o quién se acostaba con quién no era un mero entretenimiento… era información vital para saber con quién cazar o defenderse. El chisme funcionaba como un "control de calidad" de la tribu, a partir de un sistema de reputación que media la confiabilidad.

Pero cuando la cotidianidad comenzó a vivirse puertas adentro, la burguesía no sólo inventó la privacidad, también dio lugar al secreto, a lo oculto.

Al inventar el secreto, creó el mercado del chisme moderno.

Podemos aventurar que en siglo XIX el chisme necesitaba del cuerpo, de la proximidad (todavía no existían los teléfonos). Nacía en el murmullo de los mercados de pueblo, a la salida de las misas de los domingos o en un cruce casual en alguna vereda.

Ese cotorreo vecinal, según el antropólogo Robin Dunbar, retoma la lógica del chisme primigenio: era un mecanismo de supervivencia para saber en quién confiar y a quién temer dentro de los límites del pueblo o del barrio.

Con la consolidación del estilo de vida occidental, el estatus ya no dependía de los títulos de nobleza heredados como en la época de la realeza, sino de la reputación y la respetabilidad. La moral burguesa (el decoro, la fidelidad matrimonial, la honestidad) era la llave para los negocios y el ascenso social.

En ese contexto, el chisme se convirtió en un arma social, política y económica. Saber un secreto de la vida privada de un competidor burgués (una infidelidad o una estafa) permitía destruirlo en los negocios o en los salones sociales. El chisme pasó de ser un cotorreo de supervivencia campesina, según la mirada antropológica, a una herramienta sofisticada de poder en la modernidad.

Esta situación se actualiza con los adelantos tecnológicos del siglo XX que permitieron el surgimiento de los medios masivos de comunicación. Con ellos aparece la espectacularización y mercantilización del secreto: el chisme pasa a ser una mercancía más dentro del juego capitalista.

La televisión abierta descubrió que las noticias sobre la intimidad de los famosos rendía más que la ficción. Programas de espectáculos y paneles de chimentos convirtieron la intimidad ajena en tema de debate que se desarrolla frente a millones de espectadores.

Así, pasamos de las vecinas en la vereda, a un país entero espiando por la cerradura de la puerta de la farándula.

Con el siglo XXI llegaron nuevas formas de saciar las ansias de información privada. La televisión creó un dispositivo que nos permite pasar de estar pendientes de lo que ya ocurrió a "espiar" en vivo. El fenómeno de Gran Hermano llevó la premisa de la curiosidad respecto a lo que pasa detrás de la puerta cerrada al paroxismo: el encierro y la convivencia forzada como la única realidad disponible para un grupo de personas, donde el público ejerce un voyeurismo legalizado y juzga las 24 horas del día la autenticidad de los dichos, los cuerpos y las emociones.

Sin embargo, el verdadero triunfo de la "era del chisme" no está en los estudios de televisión, sino en nuestras propias manos. Las redes sociales eliminaron a los intermediarios. Hoy, los "famosos" ya no esperan a que un paparazzi los sorprenda infraganti, son ellos mismos los que se exponen.

Pero esta lógica excede a la farándula, ya que la gente común (entre la que me incluyo) también abandonó la privacidad en pos de "ser alguien" en el ecosistema digital. Ya no hay puertas que separen lo público de lo privado, todo se comparte, todo se exhibe.

La foto frente al espejo del baño hogareño es el símbolo definitivo de nuestra época. El espacio más íntimo y privado de la casa se ha reconvertido en una pasarela pública, un set de filmación donde el fuero interno se entrega voluntariamente a cambio de un puñado de likes. Es lo que la antropóloga argentina Paula Sibilia define como "extimidad": la espectacularización de la intimidad, un fenómeno contemporáneo donde lo que antes pertenecía al ámbito privado y reservado se despliega deliberadamente en el espacio público a través de las plataformas digitales.

Hannah Arendt advertía en "La condición humana" (1958) que el espacio privado es el refugio indispensable para que el ser humano pueda ser vulnerable y resguardarse de la mirada del mundo. Sin intimidad, la vida pública se corrompe. Hoy asistimos a un escenario donde la privacidad ya no se defiende, sino que se vende como mercancía.

Históricamente, las leyes se diseñaron para proteger al ciudadano de la intromisión del Estado o de terceros. Incluso la Constitución Argentina en su art. 19 garantiza que lo que una persona hace en su vida privada, sus ideas, creencias o hábitos que no afectan a los demás, no pueden ser castigadas ni controladas por el Estado o los jueces.

La paradoja actual es que somos nosotros mismos quienes renunciamos a esos derechos al firmar los términos y condiciones para desnudarnos psíquica y físicamente ante corporaciones tecnológicas y los algoritmos que determinan el flujo de datos que circulan en la web.

El panóptico de Michel Foucault ya no necesita una torre central con guardias: nos vigilamos, nos juzgamos y nos cancelamos los unos a los otros a través de la pantalla de nuestros teléfonos.

El ser humano no ha cambiado su natural curiosidad respecto a lo que pasa en su contexto, ni su necesidad de pertenencia a una comunidad: lo que cambió radicalmente es el precio que estamos dispuestos a pagar por ellas. El chisme ya no es un pecado marginal de nuestra cultura: es la cultura misma.

En la era del chisme, la intimidad ya no es un derecho a proteger, sino el combustible que alimenta la maquinaria del espectáculo digital.

Hoy René Descartes seguramente diría "me expongo, luego existo".

Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá

20/9/26

UN FUTURO SIN TELÉFONOS


Podríamos decir que las primeras computadoras que se vendieron masivamente fueron la Apple II (1977) y la IBM 5150 (1981). Fueron tan exitosas que impusieron el término "PC" y la arquitectura de navegación que usamos hoy.

Por esa época, ese tipo de adelantos tecnológicos tardaban bastante en llegar al mercado argentino. Las dificultades propias de la importación y la crónica escasez de dólares hicieron que las primeras máquinas que se popularizaron en nuestro país fueran ensambladas fronteras adentro. La Talent 200 y la Drean Commodore 64 fueron las primeras en entrar a los hogares pudientes y en llegar a las escuelas.

Los iniciados en su uso eran vistos, por el resto de los mortales, como verdaderos hechiceros: las PC encendían directamente en una interfaz de línea de comandos basada en código, es decir un lenguaje de programación llamado BASIC.

En la secundaria teníamos las máquinas cerca, pero su funcionamiento nos quedaba muy lejos. Teníamos que aprender un nuevo idioma.

Con el plan de convertibilidad de Cavallo, en los 90 llegaron masivamente las máquinas importadas con una revolucionaria interfaz gráfica: ventanas, íconos, menús y el mouse reemplazaron a los comandos escritos.

Ese hito fue revolucionario: pasamos de estar obligados a manejar el idioma de las máquinas a máquinas que hablaban el nuestro.

En las décadas siguientes, esa interfaz se volvió cada vez más sofisticada. La llegada de la World Wide Web, a comienzos de los años 90, convirtió la computadora en una puerta de entrada a un nuevo espacio de información y comunicación. El navegador pasó a ser una interfaz dentro de otra interfaz. Después llegaron los buscadores, el correo electrónico, los blogs, las redes sociales y las plataformas audiovisuales.

Por segunda vez, los adelantos tecnológicos cambiaron la relación entre las personas y las máquinas. Y cada etapa parecía amplificar las posibilidades de la anterior.

Pero en 2007 apareció un dispositivo que modificó definitivamente nuestra relación con la pantalla: el iPhone. El teléfono dejó de ser solamente un aparato para comunicarnos y se convirtió en una computadora que podíamos llevar en el bolsillo.

La pantalla táctil reemplazó al teclado y al mouse como principal forma de interacción. Las aplicaciones organizaron nuestra vida digital: una para hablar, otra para escuchar música, otra para mirar videos, otra para comprar, otra para orientarnos. El smartphone terminó convirtiéndose en la gran puerta de entrada a Internet.

Ahora la IA parece estar preparando el próximo cambio: el debate comenzó a instalarse alrededor de una pregunta que hasta hace poco hubiera parecido propia de la ciencia ficción: ¿y si el celular deja de ser necesario?

Elon Musk sostiene que los teléfonos tradicionales podrían desaparecer en unos cinco años. Su predicción no implica necesariamente que dejemos de llevar un dispositivo encima, sino que cambiaría radicalmente su función. En lugar de ser una pequeña computadora autónoma cargada de aplicaciones, podría convertirse en una interfaz conectada permanentemente con sistemas de inteligencia artificial.

La diferencia parece sutil, pero no lo es.

En el modelo actual nosotros buscamos. En el que propone Musk, la inteligencia artificial podría hacerlo por nosotros. Ya no sería necesario abrir una aplicación para escuchar una canción, buscar un bar, redactar un mensaje o consultar una información. Bastaría con pedirlo.

La interfaz dejaría entonces de estar organizada alrededor de las aplicaciones y pasaría a estar organizada alrededor de la conversación.

Esto permite recuperar una idea que el investigador Carlos Scolari planteó en "Las leyes de la interfaz" (2018). Para Scolari, una interfaz no es simplemente la pantalla, el teclado o el dispositivo que utilizamos. Es un espacio de interacción y mediación entre seres humanos, tecnologías y entornos. Y las interfaces, sostiene, evolucionan y coevolucionan con sus usuarios. Una de sus leyes resulta especialmente provocadora: las interfaces no se extinguen, se transforman.

La computadora no desapareció con Internet. Internet no desapareció con el smartphone. Las aplicaciones no desaparecerán necesariamente con la inteligencia artificial. Lo que cambia es la forma en que accedemos a ellas y, sobre todo, quién organiza esa relación.

La próxima interfaz podría ser la inteligencia artificial. Pero no necesariamente tendrá la forma de una pantalla.

Los anteojos inteligentes aparecen como una de las alternativas que buscan llevar la tecnología desde el bolsillo hasta nuestro propio campo de visión. Incorporan cámaras, micrófonos, sensores, audio y funciones de inteligencia artificial para interactuar con información digital sin necesidad de sacar el teléfono. El objetivo es que la tecnología deje de exigir nuestra atención sobre una pantalla específica y comience a integrarse con el espacio que habitamos.

La transformación no es menor, ya que durante décadas, la pantalla fue el lugar al que debíamos mirar para entrar en el mundo digital. Con los anteojos inteligentes, el mundo físico podría convertirse en la nueva superficie de interacción. La información aparecería sobre aquello que estamos viendo o sería recibida mediante audio. La inteligencia artificial podría interpretar lo que tenemos delante, responder preguntas, traducir un texto, reconocer un objeto o ayudarnos a orientarnos.

El dispositivo ya no sería solamente una herramienta que usamos. Podría convertirse en una especie de acompañante permanente durante la vigilia.

Y ahí aparecen algunas preguntas que exceden ampliamente lo tecnológico.

¿Qué ocurre cuando una cámara puede estar encendida durante buena parte del día? ¿Qué sucede con las personas que aparecen en nuestro campo visual sin haber decidido ser registradas? ¿Quién almacena esa información? ¿Quién la procesa? ¿Durante cuánto tiempo? ¿Qué puede aprender una inteligencia artificial sobre nosotros a partir de aquello que vemos, escuchamos y hacemos?

La historia de las interfaces muestra que cada avance tecnológico modifica también las relaciones sociales que se construyen alrededor de él.

Los grandes cambios tecnológicos siempre transformaron nuestra manera de comunicarnos: el teléfono acortó las distancias, la radio instaló la transmisión simultánea, la televisión llevó las imágenes a los hogares, Internet modificó la circulación de información y el smartphone convirtió la conexión permanente en algo cotidiano.

Ahora la inteligencia artificial propone un cambio diferente: no solo acceder a la información, sino delegar en un sistema su búsqueda, interpretación y elaboración.

Si los anteojos inteligentes terminan reemplazando al teléfono, estaría acompañándonos todo el día, interactuando con nuestros ojos y oídos.

No sé si en el futuro seguiremos dependiendo de la pantalla del celular, pero temo que sea un mundo en el que ya no sepamos exactamente dónde termina la pantalla y dónde comienza la realidad.

Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá

6/9/26

LOS NEGOCIOS DE LA IA


En mi época de estudiante, un profesor en una clase sobre medios de comunicación hizo una pregunta aparentemente inocente: ¿qué vende un diario? La respuesta fue casi unánime: noticias, información, primicias. Entonces preguntó qué venden la televisión y la radio. La respuesta volvió a ser la esperada.

El verdadero negocio de los medios, nos explicó, no es vender información sino vender su audiencia a los anunciantes. El precio de tapa de un diario es apenas una parte de sus ingresos; la radio y la televisión, en cambio, ni siquiera cobran directamente por el contenido que consumimos.

Como los medios tradicionales parecen ser un fenómeno del pasado, analicemos qué sucede con las redes sociales desde su inicio hasta nuestros días.

La primera red social tuvo una vida corta. Se llamaba SixDegrees, duró de 1997 a 2001 y permitía localizar a otros miembros y crear listas de amigos. Luego aparecieron Friendster, MySpace y LinkedIn, hasta llegar a los grandes jugadores: Facebook en 2004, YouTube en 2005 y Twitter en 2006.

En sus comienzos, estas plataformas dependían de fondos de inversión y capital de riesgo para solventar sus gastos y adaptarse a la creciente cantidad de usuarios que se sumaban a una segunda vida digital.

El objetivo era crecer rápido y acaparar mercado, aun sin tener demasiado claro cuál sería el negocio que generaría la facturación. A la hora de monetizar la enorme cantidad de usuarios captados, la publicidad terminó siendo la respuesta. Pero con una diferencia fundamental respecto de los medios tradicionales: las plataformas digitales no venden simplemente un espacio publicitario. Venden información sobre sus usuarios.

Ahí apareció la primera gran mutación del modelo: la hipersegmentación. Edad, lugar de residencia, nivel educativo, gustos, contactos, hábitos de consumo. Cuanto más conocen al usuario, más precisa puede ser la publicidad. Ya no se trata de ofrecer un aviso para mujeres de 20 años, sino de llegar, por ejemplo, a mujeres de 20 años que viven en Canning, estudian en colegios privados y juegan al hockey. Los algoritmos hacen el resto: analizan nuestros comportamientos, seleccionan los contenidos que pueden resultar más atractivos y buscan que permanezcamos el mayor tiempo posible frente a la pantalla. Más tiempo de consumo significa más oportunidades para mostrar publicidad.

Aquella hipersegmentación ya fue, en su momento, un salto cualitativo respecto de los medios tradicionales: por primera vez la publicidad podía dirigirse no a una audiencia masiva sino a un individuo específico, con sus gustos y comportamientos como materia prima. El modelo convirtió a las redes sociales en gigantes tecnológicos, pero también generó problemas que hoy llegan a los tribunales: desde los juicios por el impacto en la salud mental de niños y adolescentes hasta los escándalos por filtración de datos, las campañas de desinformación y manipulación electoral, el cyberbullying, las fake news y los deepfakes. En la actualidad, en Estados Unidos hay miles de demandas contra Meta, TikTok, YouTube y Snap por cuestiones vinculadas al diseño adictivo, la protección de menores y el uso de datos personales.

A esta cadena histórica hoy tenemos que sumarle un nuevo eslabón, y es ahí donde la comparación con las redes sociales deja de alcanzar. OpenAI, la empresa que gestiona ChatGPT, anunció que comenzará a mostrar anuncios publicitarios en la versión gratuita y en el plan básico de bajo costo, es decir, los segmentos más numerosos y activos.

Los anuncios aparecen identificados y separados de las respuestas, y la empresa sostiene que la publicidad no modifica ni influye en lo que responde el sistema. Al mismo tiempo, reconoce que puede utilizar el contexto de la conversación para seleccionar anuncios más relevantes.

ChatGPT ya supera los 900 millones de usuarios activos semanales a nivel global. Después de su estreno en EEUU, OpenAI extendió ChatGPT Ads primero a India y, desde el 24 de agosto, a 31 países europeos, incluyendo Alemania, España, Francia y Bélgica. Algunos usuarios en México y Brasil ya ven publicidades y se estima que esta modalidad llegará a la Argentina hacia finales de este año o principios de 2027.

Detrás de esta expansión también hay una necesidad concreta: sostener el negocio de la IA generativa exige inversiones multimillonarias en infraestructura y capacidad de procesamiento, y la publicidad aparece como una de las pocas vías capaces de financiar esa escala en los planes gratuitos.

Pero el verdadero interrogante no es solamente económico. La hipersegmentación de las redes sociales, por más invasiva que fuera, seguía operando sobre un terreno donde el usuario sabía distinguir el contenido de la publicidad: un aviso patrocinado, por más preciso que fuera su targeting, seguía apareciendo como aviso. En una conversación con una IA esa frontera se disuelve. Un anuncio podría adquirir la apariencia de una recomendación, una respuesta o incluso un consejo, formulado además con la misma voz de autoridad conversacional que usamos para pedirle una opinión médica, legal o afectiva.

Ese es el salto cualitativo: no se trata solo de saber más sobre el usuario, como ya lograban las redes sociales, sino de intervenir en el vínculo de confianza que se construye con una herramienta a la que cada vez más le pedimos que piense con nosotros (o por nosotros, en muchos casos). La hipersegmentación explotaba nuestros datos, este nuevo modelo podría explotar nuestra confianza en la respuesta misma.

En este punto, aparece la principal advertencia que dejan las redes sociales. Durante años dejamos que crecieran a una velocidad mucho mayor que nuestra capacidad para discutir sus consecuencias. Ahora son las empresas y los organismos reguladores los que intentan responder, muchas veces desde los tribunales, a problemas que podrían haberse previsto antes.

Sería deseable que esta vez empresas, usuarios y reguladores no esperemos a que los problemas lleguen a los tribunales para empezar a preguntarnos cuáles deberían ser sus límites.

Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá

30/8/26

DÍAS DE RADIO


El 27 de agosto se celebra en Argentina el Día de la Radio. La fecha recuerda aquella primera transmisión realizada en 1920 desde la terraza del Teatro Coliseo de Buenos Aires, cuando un grupo de pioneros decidió colocar un transmisor y poner en el aire una ópera. Seguramente ninguno de ellos imaginó que ese experimento iba a convertirse en uno de los medios de comunicación más importantes de nuestra historia.

Durante décadas, la radio ocupó un lugar central en la vida cotidiana. Acompañó a las familias al arrancar el día, también viajes, jornadas laborales, partidos de fútbol, madrugadas y tardes de estudio. Fue informativa, musical, deportiva, política y de entretenimiento. También construyó una relación particular con sus oyentes: una voz que hablaba desde un estudio podía terminar formando parte de la intimidad de una persona que escuchaba sola en su casa, en el auto o mientras realizaba alguna otra actividad.

Pero la radio cambió. Y no lo hizo una sola vez.

Primero fue la llegada de la televisión, que parecía destinada a convertirla en un medio del pasado. Después aparecieron las radios FM, internet, los teléfonos celulares, las plataformas de streaming y, finalmente, los podcasts. Cada innovación tecnológica pareció anunciar, de alguna manera, el final de la radio tal como la conocíamos.

Sin embargo, la radio nunca desapareció. Se reinventó.

Hoy podemos escuchar una emisora desde un receptor tradicional, desde una página web, una aplicación, YouTube o una plataforma de audio. Podemos escuchar un programa en vivo mientras ocurre o recuperar sus contenidos varias horas, días o incluso años después. El mismo material puede transmitirse por aire, convertirse en video para las redes sociales y terminar distribuido como podcast.

Entonces aparece una pregunta bastante sencilla, pero no tan fácil de responder: ¿qué es la radio hoy?

Si la definimos por su soporte tecnológico, probablemente tengamos problemas. La radio ya no necesita necesariamente una antena, una frecuencia ni siquiera un receptor tradicional. Si la definimos por su forma de producción, tampoco resulta sencillo: muchos podcasts utilizan recursos propios de la radio y muchos programas radiales se producen pensando desde el comienzo en su segunda vida digital.

Tal vez tengamos que buscar la respuesta en otro lugar: alguien tiene algo para decir, hay un micrófono y alguien está dispuesto a dar un poco de su tiempo para escuchar una historia. Mientras estos elementos estén presentes, tendremos radio para rato.

No importa si hay cámaras o por dónde se transmite. La tecnología modificó las herramientas, pero no necesariamente esa relación básica entre quien habla y quien escucha.

Claro que el cambio tecnológico produjo transformaciones profundas. Durante mucho tiempo la radio fue un medio de emisión masiva: unos pocos producían contenidos y millones de personas los recibían. El modelo era bastante claro. Había emisores, una programación determinada y una audiencia que podía elegir entre distintas propuestas.

Internet rompió esa lógica. Hoy cualquiera puede producir un contenido sonoro con un teléfono celular, subirlo a una plataforma y ponerlo potencialmente a disposición de millones de personas. La barrera de entrada técnica bajó considerablemente. Pero apareció otra dificultad: producir es sencillo, pero conseguir que alguien nos escuche es mucho más complicado.

En un ecosistema donde se publican miles de horas de contenido todos los días, competir por la atención se convirtió en el principal desafío. Y ahí aparecen los algoritmos, que deciden qué contenidos vemos, cuáles escuchamos y cuáles permanecen ocultos en esa enorme nube digital donde se guarda toda la información.

También cambió la relación con el tiempo. La radio tradicional estaba asociada al vivo. Un programa comenzaba a determinada hora y terminaba cuando el conductor se despedía. Si no estábamos escuchando en ese momento, nos lo perdíamos. El podcast alteró esa lógica al permitir que el contenido pudiera escucharse cuando el usuario quisiera.

Pero la transformación fue todavía más profunda. El podcast permitió recuperar algo que la radio había perdido: la posibilidad de producir contenidos específicamente pensados para ser escuchados sin depender de una programación.

Una entrevista puede durar una hora. Una crónica puede ocupar treinta minutos. Una historia puede desarrollarse durante varios episodios. No hay necesidad de interrumpirla porque llegó la hora del noticiero o porque hay que pasar a la tanda publicitaria.

Al mismo tiempo, el streaming está recorriendo el camino inverso. Las plataformas nacieron asociadas al consumo bajo demanda, pero cada vez incorporan más transmisiones en vivo. La imagen volvió a ganar protagonismo y muchos programas que se presentan como radio necesitan ahora cámaras, iluminación, escenografía y una estrategia específica para las redes sociales.

La radio, entonces, atraviesa una tensión de fondo: para sobrevivir en el ecosistema digital debe incorporar cada vez más recursos audiovisuales, pero cuanto más se acerca a la televisión, más se parece a aquello que históricamente la diferenció.

No importa el nombre que usemos para etiquetarla. No importa que la llamemos podcast o que le sumemos una cámara para transmitir por Twitch o YouTube desde alguna habitación perdida en la ciudad. Más allá de cómo la llamemos, es innegable que hay un cambio de paradigma que afecta tanto a quien cuenta como a quien escucha esas historias.

Porque también cambió el oyente. Ya no necesariamente espera que una emisora decida qué debe escuchar. Puede buscar un programa específico, seguir a un conductor, suscribirse a un podcast, abandonar un episodio a los cinco minutos o recomendarlo en redes sociales. Puede participar de una transmisión, comentar en un chat y convertirse, incluso, en productor de contenidos.

La audiencia dejó de ser solamente audiencia y, sin embargo, hay algo que permanece.

La radio tiene una capacidad que resulta difícil de explicar desde la tecnología: puede generar compañía aun cuando no sabemos quién está del otro lado. Una voz puede instalarse en nuestra vida cotidiana hasta convertirse en familiar. Puede hablarnos mientras manejamos, cocinamos, trabajamos o simplemente estamos solos.

Quizás allí esté la clave de su supervivencia. La radio no sobrevivió porque haya conseguido acomodarse a todas las tecnologías. Sobrevivió porque encontró nuevas formas de mantener vigente una relación humana muy antigua: alguien que tiene algo para contar y alguien que decide detenerse unos minutos para escuchar.

Mientras esos dos extremos sigan encontrándose, podrán seguir cambiando las plataformas, los micrófonos, las cámaras, los algoritmos y las formas de distribución.

Pero seguiremos teniendo radio.

Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá

 

23/8/26

WIKIPEDIA: ¿EL FIN DE UNA UTOPÍA?



A la hora de enunciar revoluciones que cambiaron al mundo, sin dudas las primeras que nos vienen a la mente son la Revolución Francesa (1789) y, más acá en el tiempo, la Revolución Rusa o la Cubana.

A principios de la década del noventa ocurrió un hecho histórico que no estuvo vinculado con la caída de un gobierno ni con el cambio de un régimen político, pero que tuvo un peso simbólico similar: una revolución que significó un cambio de época.

Internet, como red, nació décadas antes, promovida por el Pentágono durante la Guerra Fría. Había en esa tecnología una paradoja: la financiaba el poder militar estadounidense, pero la diseñaban científicos con una mentalidad descentralizada, cercana a la contracultura hippie y al ideario libertario de California, cuna de las empresas privadas que trabajan para el gobierno de los EEUU. Más allá de las intenciones de quienes ponían el dinero, sus desarrolladores soñaban con emancipar la información del poder corporativo y estatal.

Pero esa red seguía siendo, para la mayoría de la población, algo lejano y técnico. El 6 de agosto de 1991 se ponía en línea la primera página web de la historia, obra del científico británico Tim Berners-Lee en el CERN. Fue ese hito el que abrió la puerta a la Internet tal como la conocemos hoy: navegable, accesible, masiva.

Con el tiempo, gobiernos y corporaciones moldearon la web a la medida de sus intereses. Pero todavía existen proyectos que le hacen honor al espíritu de sus pioneros.

Wikipedia es uno de ellos. Una plataforma basada en la colaboración y la confianza entre pares. Fundada el 15 de enero de 2001 por Jimmy Wales y Larry Sanger, surgió como complemento de Nupedia, una enciclopedia en línea con un riguroso proceso de revisión por expertos que la hacía extremadamente lenta: en un año solo publicó 12 artículos.

Para acelerar el proceso, Wales y Sanger implementaron la tecnología "wiki", que permitía que cualquier persona con conexión a Internet pudiera editar y crear contenidos en tiempo real. El éxito fue inmediato: Wikipedia alcanzó los 1.000 artículos en apenas un mes, eclipsando a Nupedia. Hoy cuenta con más de 65 millones de artículos en más de 300 idiomas y se mantiene como uno de los diez sitios más visitados del mundo.

Hasta ese momento, las enciclopedias tradicionales se editaban en varios volúmenes, con contenido garantizado por la empresa editorial (la más prestigiosa era la Enciclopedia Británica) y redactado por especialistas y académicos de renombre.

El modelo de Wikipedia se planteó como una alternativa que solo Internet podía sostener: cualquier usuario registrado puede iniciar o corregir una entrada. Cientos de miles de voluntarios escriben, editan y verifican artículos de manera gratuita, y la plataforma se sostiene sin publicidad ni fines de lucro, financiada por donaciones.

No obstante, el modelo no está exento de críticas. La calidad de los artículos varía y existen sesgos significativos: casi el 80 % de los aportes editoriales procede de los principales países de occidente. Además, la plataforma lucha contra el vandalismo y las "guerras de ediciones" por definiciones políticas. A pesar de esto, en la era de la desinformación, Wikipedia se ha convertido en un bastión de credibilidad, donde cada afirmación debe estar respaldada por una fuente y cada cambio queda registrado en un historial público.

La IA generativa representa un peligro "existencial" para el proyecto: los chatbots se entrenan con su contenido para responder preguntas, pero al hacerlo reducen las visitas humanas al sitio, el mismo fenómeno que sufren los medios de comunicación, principalmente los diarios, con las respuestas generadas por la IA de Google.

Esta caída de tráfico amenaza la sostenibilidad: menos visitas implican menos donantes y, lo más crítico, menos voluntarios que se conviertan en editores. El registro de nuevos usuarios ya se redujo en un tercio entre 2016 y 2025, mientras la comunidad de colaboradores envejece.

Ante esta crisis, la Fundación Wikimedia aclaró que no permitirá que la IA edite artículos de forma autónoma. Jimmy Wales sostiene que las "alucinaciones" de la IA son un problema "muy grave" para la creación de conocimiento. Sin embargo, Wikipedia no rechaza la tecnología: usa algoritmos que detectan ediciones malintencionadas, lenguaje no neutral y contenido basura. Para financiar esta resistencia, creó Wikipedia Enterprise, un servicio por el cual gigantes como Google, Amazon, Meta y Microsoft pagan por acceso rápido y estable a sus páginas.

Wikipedia no es solo un repositorio de datos: es el testimonio de que la humanidad puede colaborar desinteresadamente para construir algo compartido. Y quizás ahí radique la verdadera revolución. Henry Jenkins acuñó el concepto de "cultura participativa" para describir cómo los usuarios no solo consumen contenidos, sino que también los crean, comparten y remixan.

Wikipedia representa, tal vez, una de las expresiones más concretas de esa idea: miles de personas que no se conocen entre sí trabajando voluntariamente para construir un conocimiento común, cercano a los ideales de aquellos hippies californianos que empezaron esta historia.

La paradoja es que, treinta y cinco años después de aquella primera página web, la revolución que prometía liberar el conocimiento enfrenta un nuevo desafío: que las máquinas aprendan de nosotros para luego reemplazarnos como productores y consumidores de ese mismo conocimiento.

Quizás el verdadero desafío de Wikipedia no sea sobrevivir a la IA, sino demostrar que todavía existe una sociedad dispuesta a dedicar tiempo y esfuerzo a construir conocimiento colectivamente, a pesar de que una máquina puede ofrecernos una respuesta en segundos.

Porque si esa voluntad colectiva desaparece, tal vez no estemos ante el fin de Wikipedia, sino ante el fin de la utopía que la hizo posible.

Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.


16/8/26

DE LA PANTALLA AL LIBRO


El reciente estreno cinematográfico de La Odisea, de Christopher Nolan, reflotó un fenómeno que desde hace años vincula al séptimo arte con la literatura.

De pronto, en las redes sociales aparecieron expertos en letras recomendando traducciones al español, compartiendo datos de contexto y explicando quién, cómo y cuándo escribió La Ilíada y La Odisea. Lo llamativo es que gran parte de estas menciones apuntan a adolescentes y jóvenes.

A pesar de la idea instalada de que los jóvenes no leen literatura de manera regular, las estadísticas en nuestro país sostienen lo contrario. Según la última Encuesta Nacional de Consumos Culturales (2022), el 77 por ciento de la franja de 13 a 17 años declaró haber leído al menos un libro durante el último año, y entre los 18 y 29 años ese porcentaje baja al 58 por ciento. Podemos relativizar el primer dato porque coincide con el tránsito escolar obligatorio, aunque resulta llamativo que, en general, el 77 por ciento de los lectores declare leer por entretenimiento u ocio.

Entonces, ¿qué está pasando? Referentes de la industria editorial sostienen que las películas y series basadas en novelas o sagas juveniles impactan en las ventas del libro original luego de su estreno. Pero la sinergia también funciona a la inversa: los fanáticos de la historia original esperan ansiosos el estreno de las películas, aunque sea para criticar la adaptación.

La semiología llama "transposición" al proceso por el cual un discurso cambia de lenguaje para convertirse en una nueva creación: una novela que se vuelve película, un cómic que se transforma en serie, un videojuego que llega al cine. En este proceso, la pantalla no necesariamente compite con el libro. Muchas veces funciona como una puerta de entrada.

El efecto de una película que retoma una historia clásica puede ser indirecto: no es tanto la transposición en la pantalla grande lo que lleva a los jóvenes a las librerías, sino el efecto multiplicador de las tendencias que circulan por Instagram y TikTok, capaces de viralizar libros que ya son best sellers y acercarlos a nuevos públicos. Ahí están las sagas de Harry Potter (la serie de libros más vendida de la historia), Percy Jackson o Los Juegos del Hambre, además de otras historias enmarcadas en los géneros del romance juvenil, el drama y las novelas gráficas.

Las redes sociales se transformaron en una de las principales fuentes de orientación para los lectores noveles. Hasta existe un perfil específico para el "especialista": el booktuber, o creador de contenido que anuncia lanzamientos, comparte reseñas y comenta sus lecturas en YouTube, Instagram o TikTok. En Argentina hay varios perfiles activos (Victoria Resco, Carla Dente o Fede Valotta entre otros), con un denominador común: buscan generar comunidad a partir de un nicho temático.

Otra variante aparece de la mano de famosos que aprovechan su relevancia social para hablar de autores o títulos. Oprah Winfrey lo hace desde la televisión, mientras que Emma Watson (que además de su rol protagónico en Harry Potter tiene formación académica en literatura inglesa) suele compartir sus lecturas con sus seguidores.

Dua Lipa es otra referente en este ámbito, ya que a las recomendaciones puntuales que realiza desde sus redes podemos sumarle su plataforma digital Service95, con contenido sobre estilo de vida, cultura y sociedad, donde los libros ocupan un lugar destacado.

Sin dudas, esta tarea de divulgación cultural por parte de figuras influyentes, que desde el campo de la comunicación denominamos "líderes de opinión", genera una validación de la lectura al promoverla como una actividad atractiva y moderna: "cool", dirían los más jóvenes.

Ver a sus ídolos leer un libro impreso rompe el estereotipo de que la lectura es aburrida o puramente académica, y el libro deja de ser una obligación escolar para volverse parte de una identidad cultural que también se construye en las redes.

Y aquí aparece una paradoja: las mismas plataformas que funcionan como puerta de entrada a la literatura están regidas por el consumo inmediato (videos breves, scroll infinito, estímulos diseñados para capturar la atención apenas por unos segundos). A esto se suma la "basura digital" producida en masa por la inteligencia artificial, ya bautizada como “AI Slop”. Lo que los especialistas señalan como un problema, más allá de la evidente mala calidad de buena parte de este contenido, es que a mayor volumen de producción, menos espacio queda para los contenidos originales, creativos y de calidad.

En este escenario, el libro parece ocupar un lugar particular. Leer implica detenerse. No hay scroll. No hay una nueva recomendación apareciendo inmediatamente después. No hay un algoritmo que decide qué capítulo debería interesarnos. Hay que sostener la atención, avanzar a nuestro propio ritmo y construir mentalmente aquello que el texto propone.

Tal vez por eso resulte tan interesante que los jóvenes lleguen a los libros desde lugares en apariencia alejados de la lectura: una película, un influencer o un video en TikTok. Quizás el camino hacia el libro ya no empieza necesariamente en una biblioteca o un aula. Puede empezar en una pantalla. Y, paradójicamente, esa misma pantalla que nos acostumbró al consumo breve e inmediato puede estar funcionando como puente hacia una experiencia que exige exactamente lo contrario.

¿Será el libro un refugio ante el consumo acelerado de las redes? ¿Sostener una rutina de lectura, o incluso sentarse a ver una película de tres horas sobre héroes de la Antigüedad y criaturas mitológicas, puede interpretarse como un gesto de rebeldía que reivindica la atención analógica?

Espero que me disculpe, estimado lector, si en esta nota le propongo más preguntas que certezas.

Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.

2/8/26

EL NEGOCIO DETRÁS DE LA CAMPAÑA ANTIARGENTINA



Se terminó el Mundial de Fútbol y, más allá del sabor agridulce que nos dejó la final perdida, nos queda mucho material para analizar de lo que, sin dudas, fue el evento global de mayor impacto hasta la fecha.

Uno de los fenómenos más llamativos, relacionado directamente con nuestro país y su cultura, es la campaña mediática y digital contra varios jugadores de la selección argentina y la acusación de que Argentina es el país más racista del mundo.

Seguramente todos vimos algún recorte periodístico o algún video sobre el tema. Lo que quedó oculto fue el engranaje tecnológico que permitió monetizar la indignación, transformando a los héroes de Qatar 2022 en los nuevos villanos de la narrativa digital global.

Durante años, las redes sociales se presentaron como plazas públicas digitales donde cualquiera podía expresarse libremente y participar de una conversación que, en teoría, contribuiría a mejorar la vida democrática. En la práctica, ese ideal convive con noticias falsas, discursos de odio, deepfakes, grooming, ciberbullying, troleo y un modelo de negocios que recompensa el conflicto mucho más que el consenso.

El caso de la plataforma X resulta paradigmático. Su algoritmo no busca la verdad ni promover acuerdos: intenta predecir el comportamiento de los usuarios. Para ello analiza el historial de interacciones y prioriza aquellos contenidos capaces de generar una respuesta emocional intensa, independientemente de que sean verdaderos o falsos.

En este contexto, Argentina fue víctima del denominado ragebait (cebo de ira), una técnica que premia las publicaciones que provocan enojo porque generan más interacciones y prolongan el tiempo de permanencia frente a la pantalla. Para el algoritmo no existe una diferencia sustancial entre apoyar una publicación o indignarse frente a ella. Lo único que registra es que consiguió captar nuestra atención durante algunos segundos más. En la economía digital, la emoción vale más que la razón, y el enojo suele ser la emoción más rentable.

El resultado fue un círculo perfecto: miles de argentinos respondieron a publicaciones falsas intentando defender al país y, sin saberlo, terminaron ayudando a propagar aquello que buscaban desmentir.

Esta calesita de desinformación permitió que medios internacionales tomaran publicaciones dudosas de las redes sociales, las transformaran en noticias y luego las devolvieran al ecosistema digital como supuestas pruebas de una realidad previamente fabricada.

Detrás de la viralización de las acusaciones de racismo encontramos un modelo de negocios perfectamente aceitado. Se documentaron cientos de citas inventadas, imágenes manipuladas y videos creados con inteligencia artificial que atribuían a los argentinos actitudes que nunca existieron. Gran parte de ese material fue difundido por cuentas verificadas que monetizan las visualizaciones y cuyos ingresos dependen, precisamente, de lograr que millones de personas reaccionen.

Mientras la narrativa digital describía a Argentina como "el país más racista del mundo", la evidencia disponible ofrecía un panorama muy diferente.

Estudios como la Integrated Values Survey, realizados entre 2017 y 2022, muestran que solo el 4 % de los argentinos rechazaría tener a un inmigrante como vecino y que menos del 3 % objetaría convivir con una persona de otra raza, cifras entre las más bajas del mundo y considerablemente inferiores a las registradas en Estados Unidos, Francia o España.

En la misma línea, encuestas del Pew Research Center realizadas en 2024 indican que, si bien el 66 % de los argentinos reconoce que existe discriminación étnica en el país, esa percepción es menor que la registrada en Brasil (86 %), Francia (84 %) o Alemania (77 %). En el contexto de la polémica, voces autorizadas como la del historiador Felipe Pigna, resultaban que sociedades con profundas tradiciones coloniales y sistemas de segregación institucional, como ocurrió en los EEUU hasta bien entrada la década de 1960, sean hoy las que pretendan dictar sentencia sobre la moralidad argentina.

Esto, naturalmente, no implica negar los problemas propios. Una cosa es discutir seriamente un fenómeno social complejo y otra muy distinta convertirlo en una caricatura diseñada para generar millones de clics.

Especialistas locales coinciden en que, si bien es falso que Argentina sea el país más racista del mundo, también es falso sostener que aquí no existe racismo. La diferencia radica en que, en nuestro país, suele estar atravesado por la clase social y se expresa mediante una "racialización del pobre", sintetizada en expresiones como "cabecita negra" o "negro de alma".

Ese racismo criollo, que invisibiliza los aportes afro e indígenas bajo el viejo mito del "crisol de razas europeo", forma parte del proyecto de construcción nacional del siglo XIX, que asociaba el progreso con Europa y el atraso con lo mestizo. Su persistencia explica la aparición de organizaciones como Identidad Marrón, un colectivo que combate la discriminación hacia personas con rasgos indígenas, campesinos o migrantes.

La campaña antiargentina también dejó al descubierto otro rasgo característico de nuestra época: la pérdida de valor del saber experto. En el ecosistema digital actual, la autoridad ya no se construye necesariamente a partir del conocimiento acumulado, sino de la capacidad para captar atención. La opinión de una celebridad como Samuel L. Jackson o los reposteos de Rosalía y Niall Horan (ex One Direction) pueden tener mucho más impacto que décadas de investigaciones realizadas por sociólogos, historiadores o antropólogos.

En perspectiva, más allá de la injusticia de considerar a la Argentina como el país más racista del mundo, el problema de fondo radica en comprobar cómo millones de personas discutieron durante semanas alrededor de un relato falso construido para generar clics, reproducciones y dinero.

En la economía de las plataformas, la indignación cotiza mucho más que la verdad. Ese parece haber sido, al final, el verdadero negocio detrás de la campaña antiargentina.

Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.


19/7/26

LO VIEJO FUNCIONA (Y ESTÁ DE MODA)


Con la música tengo un vínculo muy particular. Tan particular es que me considero melómano, que según el diccionario sería alguien que siente "pasión, entusiasmo o fanatismo desmedido por la música".

En parte, mi apasionamiento tiene cierta lógica, ya que me acompaña en dos actividades que realizo desde muy joven: la radio y mi actividad como DJ.

Entre el material que entregaban las compañías discográficas para difundir los artistas que querían vender y los CDs que fui comprando con los años, logré armar una colección importante de distintos géneros y músicos. Por ese motivo, además de melómano, también soy coleccionista. Hoy, por comodidad, busco en YouTube las canciones que quiero escuchar, pero cada tanto me tomo un tiempo para buscar un álbum en particular. Pongo el CD y lo escucho completo, en el orden que el artista dispuso las canciones, concentrándome en el sonido, sin distracciones.

Sin proponérmelo, con ese hobby estoy formando parte de un fenómeno cultural y comercial vinculado con la revalorización de distintos soportes físicos para producir y consumir música, textos, películas e imágenes. En un contexto donde todo está digitalizado y a un clic de distancia, hay un revival tecnológico que volvió a poner de moda los discos de vinilo, los CDs y los casetes. El fenómeno, sin embargo, no se agota en la música: también regresaron las cámaras Polaroid, los libros impresos, los juegos de mesa e incluso las películas en VHS o DVD.

Es que la modernidad digital nos colocó en un escenario en el que somos usuarios con escasa capacidad de incidir en las reglas del juego: pagamos abonos para leer, ver o escuchar distintas obras artísticas, pero no somos dueños de nada, las grandes empresas del consumo ondemand solamente nos permiten el acceso. Si una plataforma pierde los derechos de una película, elimina un disco de su catálogo o directamente deja de existir, desaparece también una parte de nuestra biblioteca personal. En el mundo digital ya no acumulamos objetos: acumulamos permisos temporarios de uso.

Frente a esto, algunos podrán argumentar que el modelo digital es más ecológico, porque evita fabricar infinitamente el mismo objeto físico. Pero la cuenta no es tan sencilla: los data centers que sostienen el streaming consumen enormes cantidades de energía y agua para refrigerarse, y no pocos especialistas advierten que un eventual colapso del ecosistema digital (por una falla técnica, un cierre de servidores o simplemente una decisión comercial) podría dejar a gran parte de la humanidad sin acceso a una porción importante del patrimonio cultural. Lo analógico, con toda su huella de fabricación, tiene al menos una ventaja: una vez que el objeto está en nuestras manos, nadie nos lo puede quitar.

Los especialistas en consumo sostienen que detrás del récord de ventas de vinilos o del regreso de los rollos fotográficos hay mucho más que una estrategia comercial. Millennials y centennials empiezan a manifestar cierto cansancio frente a la saturación digital y una búsqueda por recuperar el control sobre el uso de su tiempo libre, escapando del scrolleo infinito al que nos invitan algoritmos que conocen nuestros gustos e intereses y que permanentemente nos ponen la zanahoria delante de las narices. A eso se suma la nostalgia alimentada por los relatos de padres y abuelos sobre cómo era la vida unplugged, y una búsqueda más consciente de desintoxicación digital: correrse, aunque sea por un rato, de las pantallas.

No es casualidad que referentes de la industria cultural global, como Ed Sheeran, Damon Albarn o el director Christopher Nolan, hayan reemplazado sus teléfonos inteligentes por dumbphones (aparatos básicos, sin conexión permanente a internet). La explicación suele ser la misma: evitar tener siempre a mano un dispositivo que funciona como fuente inagotable de distracciones. Muchas veces la inspiración aparece justamente en esos momentos de tedio y aburrimiento que las redes sociales se encargan de eliminar.

También hay una búsqueda relacionada con los sentidos. Escuchar un vinilo nuevo, por ejemplo, implica una serie de movimientos que van mucho más allá del simple clic en el botón de reproducción de Spotify. Está el olfato, que se activa al romper el celofán y sentir el aroma de la portada de cartón y las láminas interiores, el tacto que recorre los surcos del disco y el oído, que distingue con facilidad un sonido mucho más orgánico que el del audio digital.

Esa pequeña dificultad termina formando parte de la experiencia. Elegir un disco, sacarlo de su funda, colocarlo en la bandeja o buscar un libro en la biblioteca nos obliga a detenernos unos minutos antes de consumir el contenido. En un ecosistema diseñado para que todo ocurra de manera inmediata, esa pausa adquiere un valor inesperado.

Vivimos una época marcada por el síndrome de burnout, al que algunos traducen como tener la "cabeza quemada", producto de la combinación entre el estrés laboral y el agotamiento que implica pasar horas y horas del tiempo libre inmersos en una maraña de estímulos digitales. Ahí aparece la ventaja de lo analógico: exige un esfuerzo previo para llegar al contenido, mientras que lo digital es omnipresente y nos encuentra incluso cuando no lo estamos buscando. Puede que el renovado interés por la tecnología retro se explique, en el fondo, por esa diferencia: elegir cuándo y cómo consumir, en lugar de estar disponibles todo el tiempo.

Será cuestión de observar cómo evoluciona este fenómeno cultural: si logra consolidarse como una alternativa real frente a la conexión permanente a la que nos acostumbramos, o si simplemente terminará siendo una moda pasajera.

Me gustaría cerrar esta nota diciendo que la redacté en una máquina de escribir y que la envié a la redacción por fax, pero la realidad es que no pude conseguir ni cinta entintada ni rollo de papel térmico.


Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.