Con la música tengo un vínculo muy particular. Tan particular es que me considero melómano, que según el diccionario sería alguien que siente "pasión, entusiasmo o fanatismo desmedido por la música".
En parte, mi apasionamiento tiene cierta lógica, ya que me acompaña en dos actividades que realizo desde muy joven: la radio y mi actividad como DJ.
Entre el material que entregaban las compañías discográficas para difundir los artistas que querían vender y los CDs que fui comprando con los años, logré armar una colección importante de distintos géneros y músicos. Por ese motivo, además de melómano, también soy coleccionista. Hoy, por comodidad, busco en YouTube las canciones que quiero escuchar, pero cada tanto me tomo un tiempo para buscar un álbum en particular. Pongo el CD y lo escucho completo, en el orden que el artista dispuso las canciones, concentrándome en el sonido, sin distracciones.
Sin proponérmelo, con ese hobby estoy formando parte de un fenómeno cultural y comercial vinculado con la revalorización de distintos soportes físicos para producir y consumir música, textos, películas e imágenes. En un contexto donde todo está digitalizado y a un clic de distancia, hay un revival tecnológico que volvió a poner de moda los discos de vinilo, los CDs y los casetes. El fenómeno, sin embargo, no se agota en la música: también regresaron las cámaras Polaroid, los libros impresos, los juegos de mesa e incluso las películas en VHS o DVD.
Es que la modernidad digital nos colocó en un escenario en el que somos usuarios con escasa capacidad de incidir en las reglas del juego: pagamos abonos para leer, ver o escuchar distintas obras artísticas, pero no somos dueños de nada, las grandes empresas del consumo ondemand solamente nos permiten el acceso. Si una plataforma pierde los derechos de una película, elimina un disco de su catálogo o directamente deja de existir, desaparece también una parte de nuestra biblioteca personal. En el mundo digital ya no acumulamos objetos: acumulamos permisos temporarios de uso.
Frente a esto, algunos podrán argumentar que el modelo digital es más ecológico, porque evita fabricar infinitamente el mismo objeto físico. Pero la cuenta no es tan sencilla: los data centers que sostienen el streaming consumen enormes cantidades de energía y agua para refrigerarse, y no pocos especialistas advierten que un eventual colapso del ecosistema digital (por una falla técnica, un cierre de servidores o simplemente una decisión comercial) podría dejar a gran parte de la humanidad sin acceso a una porción importante del patrimonio cultural. Lo analógico, con toda su huella de fabricación, tiene al menos una ventaja: una vez que el objeto está en nuestras manos, nadie nos lo puede quitar.
Los especialistas en consumo sostienen que detrás del récord de ventas de vinilos o del regreso de los rollos fotográficos hay mucho más que una estrategia comercial. Millennials y centennials empiezan a manifestar cierto cansancio frente a la saturación digital y una búsqueda por recuperar el control sobre el uso de su tiempo libre, escapando del scrolleo infinito al que nos invitan algoritmos que conocen nuestros gustos e intereses y que permanentemente nos ponen la zanahoria delante de las narices. A eso se suma la nostalgia alimentada por los relatos de padres y abuelos sobre cómo era la vida unplugged, y una búsqueda más consciente de desintoxicación digital: correrse, aunque sea por un rato, de las pantallas.
No es casualidad que referentes de la industria cultural global, como Ed Sheeran, Damon Albarn o el director Christopher Nolan, hayan reemplazado sus teléfonos inteligentes por dumbphones (aparatos básicos, sin conexión permanente a internet). La explicación suele ser la misma: evitar tener siempre a mano un dispositivo que funciona como fuente inagotable de distracciones. Muchas veces la inspiración aparece justamente en esos momentos de tedio y aburrimiento que las redes sociales se encargan de eliminar.
También hay una búsqueda relacionada con los sentidos. Escuchar un vinilo nuevo, por ejemplo, implica una serie de movimientos que van mucho más allá del simple clic en el botón de reproducción de Spotify. Está el olfato, que se activa al romper el celofán y sentir el aroma de la portada de cartón y las láminas interiores, el tacto que recorre los surcos del disco y el oído, que distingue con facilidad un sonido mucho más orgánico que el del audio digital.
Esa pequeña dificultad termina formando parte de la experiencia. Elegir un disco, sacarlo de su funda, colocarlo en la bandeja o buscar un libro en la biblioteca nos obliga a detenernos unos minutos antes de consumir el contenido. En un ecosistema diseñado para que todo ocurra de manera inmediata, esa pausa adquiere un valor inesperado.
Vivimos una época marcada por el síndrome de burnout, al que algunos traducen como tener la "cabeza quemada", producto de la combinación entre el estrés laboral y el agotamiento que implica pasar horas y horas del tiempo libre inmersos en una maraña de estímulos digitales. Ahí aparece la ventaja de lo analógico: exige un esfuerzo previo para llegar al contenido, mientras que lo digital es omnipresente y nos encuentra incluso cuando no lo estamos buscando. Puede que el renovado interés por la tecnología retro se explique, en el fondo, por esa diferencia: elegir cuándo y cómo consumir, en lugar de estar disponibles todo el tiempo.
Será cuestión de observar cómo evoluciona este fenómeno cultural: si logra consolidarse como una alternativa real frente a la conexión permanente a la que nos acostumbramos, o si simplemente terminará siendo una moda pasajera.
Me gustaría cerrar esta nota diciendo que la redacté en una máquina de escribir y que la envié a la redacción por fax, pero la realidad es que no pude conseguir ni cinta entintada ni rollo de papel térmico.
Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.





