En 1920 aparece un nuevo medio de comunicación: la radio. Si bien la tecnología en la que se basaba era fruto de décadas de desarrollo, la verdadera novedad estaba en su uso: un punto emisor con la intención de llegar a una audiencia masiva con contenidos informativos y de entretenimiento.
El determinismo tecnológico sostiene que la tecnología es la principal fuerza que impulsa los cambios sociales, culturales y económicos. La radio es un buen ejemplo de ese proceso. No solo transformó la circulación de la información, sino también los usos y costumbres dentro del hogar: el aparato pasó a ocupar un lugar central en el living, ese espacio compartido por toda la familia.
Hacia 1960, con la consolidación de la televisión como medio dominante, la radio cedió ese lugar privilegiado. El televisor se convirtió en el nuevo centro de gravedad del hogar.
Sesenta años después, y a pesar de la competencia feroz de las pantallas del teléfono celular, esa centralidad de la pantalla grande en el living conserva un valor simbólico innegable.
Sin embargo, desde hace tiempo la televisión tradicional pierde relevancia de manera sostenida. ¿Quiénes disputan hoy el reinado del audiovisual? Principalmente, las OTT (Over-The-Top): plataformas que distribuyen contenido por internet sin depender de operadores de cable o satélite. Es decir, servicios de streaming como Netflix, Amazon Prime Video, Disney+ o YouTube.
Pero suponer que compiten en igualdad de condiciones sería un error. Dentro del universo de las plataformas basadas en películas y series, hay un líder claro: Netflix. Ni HBO, ni Amazon Prime Video ni Disney+ se acercan a sus niveles de suscriptores y horas de visualización. Con presencia en más de 190 países y cientos de millones de hogares, su escala sigue siendo difícil de igualar.
Sin embargo, esa supremacía no alcanza para coronarla como ganadora definitiva. Porque su verdadero competidor no está en ese mismo segmento, sino en otro terreno: YouTube.
Ahí es donde la disputa se vuelve más compleja, ya que se enfrentan dos modelos de negocio profundamente distintos.
Netflix funciona como un ecosistema cerrado: selecciona proyectos, financia producciones y adquiere derechos de exhibición. De este modo, controla prácticamente la totalidad de lo que ofrece y basa su negocio casi exclusivamente en suscripciones.
YouTube, en cambio, es una plataforma abierta: cualquier usuario puede subir contenido sin costo, mientras la empresa monetiza la atención a través de publicidad, con un algoritmo que decide qué mostrar en función de los intereses de cada usuario.
Ambos coinciden en algo clave: la verdadera batalla es por el tiempo de las personas. Reed Hastings, cofundador de Netflix, lo resumió de forma provocadora al afirmar que “en cierto punto competimos contra el sueño”. La disputa ya no es solo por la calidad del contenido, sino por capturar el tiempo de ocio.
En ese terreno, YouTube parece tener ventaja. Integra lógicas propias de las redes sociales (como el video vertical, los Shorts y la reproducción automática) y cuenta con una oferta prácticamente infinita de contenidos y formatos. A comienzos de 2026, se estima que la plataforma supera los 14.000 millones de videos.
Además, su modelo reduce el riesgo: a diferencia de Netflix, que invierte por adelantado sin garantías de éxito, YouTube remunera en base a los contenidos más vistos.
Los resultados reflejan esas diferencias. Según datos de Nielsen, en diciembre de 2025 YouTube alcanzó el 12,7% del consumo total de televisión en Estados Unidos, mientras que Netflix se ubicó en torno al 9%.
Pero lo más interesante es cómo ambas plataformas avanzan sobre territorios que antes eran exclusivos de la televisión tradicional.
Netflix incorporó videojuegos y comenzó a transmitir eventos en vivo, como partidos de la NFL, peleas de boxeo o shows de la WWE (lucha libre). También experimenta con formatos de video vertical pensados para dispositivos móviles.
YouTube, por su parte, hace tiempo funciona como el “lado B” de la televisión: video podcasts, transmisiones en vivo y una fuerte presencia en mercados como el argentino, con proyectos como Luzu u Olga. A eso se suma la adquisición de derechos deportivos, como el NFL Sunday Ticket, comercializado como una suscripción premium.
Otra dimensión de la competencia es la asociación con creadores. YouTube lo hace con figuras como MrBeast, que invierte millones de dólares por video, en producciones cada vez más ambiciosas. Aquella etapa inicial de contenido amateur, muchas veces idealizada, va quedando cada vez más lejos.
Mientras tanto, la televisión tradicional resiste apoyada en tres pilares: los grandes eventos deportivos globales, la cobertura de noticias de alto impacto y algunos formatos capaces de generar conversación social, como Gran Hermano.
Pero incluso esos bastiones empiezan a mostrar fisuras. La cobertura transmedia del próximo Mundial de fútbol y la proliferación de contenidos producidos directamente para plataformas digitales anticipan una nueva pérdida de audiencia y de inversión publicitaria para los canales tradicionales.
El living ya no es lo que era. O mejor dicho, sigue siendo el mismo espacio, pero con nuevas reglas de juego. Y en esa reconfiguración, ni siquiera Hollywood, el gran legitimador histórico del audiovisual, parece dispuesto a quedarse del lado de la vieja televisión: desde 2029 la transmisión oficial y exclusiva de la entrega de los premios Oscars se mudará a YouTube.





