30/11/25

EL FIN DE LA ERA MTV

      

En las últimas semanas circularon dos noticias vinculadas con canales de televisión que me resultaron especialmente relevantes, aunque por motivos distintos. La primera tuvo impacto local: Paramount confirmó la venta de Telefe a un grupo de medios argentino encabezado por Gustavo Scaglione y José Luis Manzano.

En 2016, Telefe había sido adquirido por Viacom por 345 millones de dólares. Tres años después, Viacom se fusionó con CBS para formar la actual Paramount Global. Ahora, especialistas del sector señalan que el canal de las pelotitas regresaría a manos locales por una cifra cercana a los 100 millones. Más allá de los detalles técnicos, el dato es contundente: en menos de una década su valor se redujo a menos de un tercio.

La conclusión inmediata es clara. Se confirma una tendencia global, muy visible en Argentina también, que muestra cómo los medios tradicionales pierden audiencia y valor de mercado frente al avance de nuevas tecnologías. La televisión lineal, heredera de la vieja TV analógica con grillas fijas y cortes publicitarios, hoy compite contra un ecosistema fragmentado: el streaming a la carta de Netflix y Amazon Prime, las transmisiones sincrónicas de canales digitales como OLGA o Luzu, y un público que ya no espera que la pantalla le marque horarios.

La segunda noticia llegó de la mano de la misma empresa, pero esta vez con alcance mundial. Paramount anunció que el 31 de diciembre de 2025 cinco señales de MTV dejarán de transmitir: MTV Music, MTV 80s, MTV 90s, Club MTV y MTV Live. Para quienes pertenecemos a la Generación X, la novedad tiene un componente emocional difícil de disimular.

La primera transmisión de MTV, que terminaría marcando la historia de la cultura pop global, ocurrió el 1 de agosto de 1981. Si bien los videos musicales eran un formato que ya circulaba por distintos medios, la novedad radicaba en una transmisión de 24 horas con videos variados y con orden aleatorio.

Ese cambio fue posible gracias a la consolidación del cable como soporte de distribución de las señales de TV. Así, por esos años los televidentes de los EEUU pasaron de las 3 cadenas nacionales (ABC, CBS y NBC) que transmitían por aire, a una oferta cada vez más variada de canales temáticos que llegaban por el cable.

En Argentina, la experiencia del videoclip “non-stop” llegó recién en 1993 de la mano de MTV Latinoamérica, que tenía sede central en Miami. Con conductores argentinos entre sus figuras, el rock y el pop de nuestro país ganaron visibilidad continental, reforzando la proyección internacional que bandas como Soda Stereo, Los Fabulosos Cadillacs o Los Enanitos Verdes venían construyendo desde los años ochenta.

Aunque la música se acabe, MTV no desaparece: mantendrá un par de señales centradas en reality shows y entretenimiento. La decisión de abandonar los videoclips se justifica por una lógica similar a la del caso Telefe: los canales musicales ya no resultan rentables. En un contexto dominado por YouTube, Spotify, TikTok y algoritmos que personalizan el consumo, la idea de un canal con contenido lineal curado por programadores humanos queda obsoleta.

Este cambio de paradigma tiene efectos profundos. Pasamos de una lógica de descubrimiento musical basada en la sorpresa a una gobernada por sistemas que aprenden nuestros gustos, los refuerzan y, al hacerlo, pueden establecer un cerco invisible que limita el acceso a lo que “no encaja” con nuestro perfil algorítmico. El riesgo ya no es solo dejar de ver videoclips en un canal, sino perder la posibilidad de sorprendernos, de encontrarnos con lo inesperado.

Hace tres décadas, el teórico W. J. T. Mitchell planteó que la humanidad avanzaba hacia un “giro pictórico”: la creciente centralidad de la imagen como forma dominante de comprensión del mundo. En Teoría de la imagen (1994) sostenía que las imágenes no solo acompañan al lenguaje, sino que compiten con él e incluso lo reemplazan en la construcción del sentido cultural. Lo que llamamos “cultura común” se vuelve cada vez más visual.

La historia de MTV funciona casi como un ejemplo de manual para ilustrar esa idea. No sólo instaló un nuevo formato audiovisual, sino que moldeó estéticas enteras, formas de consumo, estilos juveniles y modos de estar en el mundo. Que sus pantallas se apaguen no significa que los videoclips desaparezcan, seguirán circulando en TikTok o en YouTube con las reacciones de un coach vocal o un músico como plus. Pero este apagón sí marca el final simbólico de una época en la que un canal podía articular la banda sonora de toda una generación.

Cuando Mitchell escribió su teoría, no existían ni las redes sociales ni la inteligencia artificial. Hoy convivimos con tecnologías que no solo distribuyen imágenes, sino que también las producen y las manipulan, multiplicando sus efectos culturales. Nuevos escenarios que refuerzan ese viejo refrán que dice que “una imagen vale por mil palabras”.

Voy terminando acá, estimado lector. Me apuran dos cosas: el cierre de la edición del diario… y la necesidad urgente de subir una selfie a Instagram.


Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.

2/11/25

IA QUE ME HICISTE MAL, PERO SIN EMBARGO TE QUIERO



Hace unas semanas participé en la ciudad de Bari, Italia, de un congreso sobre Inteligencia Artificial (IA). Más allá de las particularidades de la sede, un país desarrollado, asistieron muchos latinoamericanos, por lo que el contraste de experiencias fue positivo.

A esta altura de la historia, la mayoría de las personas ya hicieron algún uso de esta herramienta tecnológica. Pero sin dudas, el dato llamativo es que todos, o casi, todos ya oyeron algo o ya conocen el tema.

Esta omnipresencia de la IA seguro la podemos fundamentar en su potencial injerencia en el día a día de los seres humanos, comenzando en que opera en los smartphones y que casi el 80% de la población mundial mayor de 10 años tiene uno, según la Unión Internacional de Telecomunicaciones.

Pero también está presente en los sistemas de asistencia por voz y el funcionamiento de los algoritmos omnipresentes en el mundo digital. Algunas cosas como la automatización de fábricas, de hogares y de automóviles desde Argentina todavía nos quedan lejanas, pero su aplicación a la educación, la salud o en la explotación agropecuaria está a la orden del día.

Es tan grande el impacto de la IA a nivel global que son varios los autores que la colocan en la secuencia histórica de la revoluciones que fueron moldeando el mundo actual: la Revolución Industrial (máquina de vapor), la Revolución Eléctrica, la Revolución Digital (computadoras e internet) y, por último, la más reciente Revolución de la IA, que se solapa con la Digital y abarca los metadatos y la robótica.

Todos hablan de ella, pero no siempre nos referimos a lo mismo. Por eso, estimado lector, no me parece de más compartir una definición. Podríamos decir que la IA es un conjunto de tecnologías que permiten a las máquinas aprender, razonar y realizar tareas que normalmente requieren inteligencia humana, como reconocer imágenes, procesar lenguaje o tomar decisiones.

Uno de sus éxitos, a esta altura, es que ya tenemos naturalizado su uso… nos está asistiendo todo el tiempo y no somos muy conscientes de ello. Cuando manejamos y nos dice en qué calle doblar, al abrir Netflix y nos recomienda qué serie ver el fin de semana o al estar frente a una pantalla y nos sugiere la compra de un producto en función de búsquedas o compras anteriores.

En el siglo XIX, frente a la amenaza de las telares mecanizados, los ludistas expresaban su descontento con la Revolución Industrial destruyendo máquinas que veían como la causa del desempleo, la reducción de salarios y el deterioro de las condiciones laborales.

Hoy, también son muchas las voces que se levantan, en el mismo sentido, advirtiendo las consecuencias negativas del uso indiscriminado de la IA.

Argumentos como el desplazamiento del trabajo humano o la dependencia tecnológica que genera su uso en las aulas dejan de lado sus beneficios, por lo que el debate está abierto y se está dando en todo el mundo.

Como toda tecnología creada por el hombre, hay que entender que es una herramienta y que sus pro y sus contras depende de cómo se use. Y sin dudas, el debate actual debe incluir como la escuela incorpora el aprendizaje respecto al uso responsable de estos adelantos, y hablo en plural porque entiendo que es un fenómeno que excede a la IA. Los jóvenes, especialmente los más chicos, deben ser acompañados en el uso temprano de artefactos tecnológicos (las pantallas en general), las redes sociales y la IA.

Como refiere el filósofo alemán Byung-Chul Han, el peligro es terminar siendo esclavo de la tecnología que nos venía a liberar.

Si bien reconoce que la inteligencia artificial puede ser una herramienta útil en algunos campos especificos del conocimiento, afirma que “hay que ser muy cuidadosos para no caer en la esclavitud de las tecnologías y hoy nos enfrentamos a la inteligencia artificial, que nos va a embrujar, a esclavizar y va a controlar nuestras vidas”, sostuvo hace unos dias al recibir el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2025.

Si bien coincido con el fondo del planteo, no lo hago con el pesimismo del mismo. Creo que todavía estamos a tiempo de domar al dragón, de lograr que las nuevas generaciones utilicen las herramientas tecnológicas como una plataforma desde la cual leer el mundo con sentido crítico y no solo como un sedativo que nos permite mitigar la angustia existencial que esta nueva era genera.

¿De qué depende que opción prevalezca? De la educación, como en tantos otros momentos de la historia, todo depende de la educación.

Lamentablemente el panorama no es muy alentador. Hoy más que nunca, se ve al ecosistema educativo reaccionar muy lento frente a los cambios tecnológicos, un problema de sincronización que ni la IA parece poder resolver.

Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá