30/8/26

DÍAS DE RADIO


El 27 de agosto se celebra en Argentina el Día de la Radio. La fecha recuerda aquella primera transmisión realizada en 1920 desde la terraza del Teatro Coliseo de Buenos Aires, cuando un grupo de pioneros decidió colocar un transmisor y poner en el aire una ópera. Seguramente ninguno de ellos imaginó que ese experimento iba a convertirse en uno de los medios de comunicación más importantes de nuestra historia.

Durante décadas, la radio ocupó un lugar central en la vida cotidiana. Acompañó a las familias al arrancar el día, también viajes, jornadas laborales, partidos de fútbol, madrugadas y tardes de estudio. Fue informativa, musical, deportiva, política y de entretenimiento. También construyó una relación particular con sus oyentes: una voz que hablaba desde un estudio podía terminar formando parte de la intimidad de una persona que escuchaba sola en su casa, en el auto o mientras realizaba alguna otra actividad.

Pero la radio cambió. Y no lo hizo una sola vez.

Primero fue la llegada de la televisión, que parecía destinada a convertirla en un medio del pasado. Después aparecieron las radios FM, internet, los teléfonos celulares, las plataformas de streaming y, finalmente, los podcasts. Cada innovación tecnológica pareció anunciar, de alguna manera, el final de la radio tal como la conocíamos.

Sin embargo, la radio nunca desapareció. Se reinventó.

Hoy podemos escuchar una emisora desde un receptor tradicional, desde una página web, una aplicación, YouTube o una plataforma de audio. Podemos escuchar un programa en vivo mientras ocurre o recuperar sus contenidos varias horas, días o incluso años después. El mismo material puede transmitirse por aire, convertirse en video para las redes sociales y terminar distribuido como podcast.

Entonces aparece una pregunta bastante sencilla, pero no tan fácil de responder: ¿qué es la radio hoy?

Si la definimos por su soporte tecnológico, probablemente tengamos problemas. La radio ya no necesita necesariamente una antena, una frecuencia ni siquiera un receptor tradicional. Si la definimos por su forma de producción, tampoco resulta sencillo: muchos podcasts utilizan recursos propios de la radio y muchos programas radiales se producen pensando desde el comienzo en su segunda vida digital.

Tal vez tengamos que buscar la respuesta en otro lugar: alguien tiene algo para decir, hay un micrófono y alguien está dispuesto a dar un poco de su tiempo para escuchar una historia. Mientras estos elementos estén presentes, tendremos radio para rato.

No importa si hay cámaras o por dónde se transmite. La tecnología modificó las herramientas, pero no necesariamente esa relación básica entre quien habla y quien escucha.

Claro que el cambio tecnológico produjo transformaciones profundas. Durante mucho tiempo la radio fue un medio de emisión masiva: unos pocos producían contenidos y millones de personas los recibían. El modelo era bastante claro. Había emisores, una programación determinada y una audiencia que podía elegir entre distintas propuestas.

Internet rompió esa lógica. Hoy cualquiera puede producir un contenido sonoro con un teléfono celular, subirlo a una plataforma y ponerlo potencialmente a disposición de millones de personas. La barrera de entrada técnica bajó considerablemente. Pero apareció otra dificultad: producir es sencillo, pero conseguir que alguien nos escuche es mucho más complicado.

En un ecosistema donde se publican miles de horas de contenido todos los días, competir por la atención se convirtió en el principal desafío. Y ahí aparecen los algoritmos, que deciden qué contenidos vemos, cuáles escuchamos y cuáles permanecen ocultos en esa enorme nube digital donde se guarda toda la información.

También cambió la relación con el tiempo. La radio tradicional estaba asociada al vivo. Un programa comenzaba a determinada hora y terminaba cuando el conductor se despedía. Si no estábamos escuchando en ese momento, nos lo perdíamos. El podcast alteró esa lógica al permitir que el contenido pudiera escucharse cuando el usuario quisiera.

Pero la transformación fue todavía más profunda. El podcast permitió recuperar algo que la radio había perdido: la posibilidad de producir contenidos específicamente pensados para ser escuchados sin depender de una programación.

Una entrevista puede durar una hora. Una crónica puede ocupar treinta minutos. Una historia puede desarrollarse durante varios episodios. No hay necesidad de interrumpirla porque llegó la hora del noticiero o porque hay que pasar a la tanda publicitaria.

Al mismo tiempo, el streaming está recorriendo el camino inverso. Las plataformas nacieron asociadas al consumo bajo demanda, pero cada vez incorporan más transmisiones en vivo. La imagen volvió a ganar protagonismo y muchos programas que se presentan como radio necesitan ahora cámaras, iluminación, escenografía y una estrategia específica para las redes sociales.

La radio, entonces, atraviesa una tensión de fondo: para sobrevivir en el ecosistema digital debe incorporar cada vez más recursos audiovisuales, pero cuanto más se acerca a la televisión, más se parece a aquello que históricamente la diferenció.

No importa el nombre que usemos para etiquetarla. No importa que la llamemos podcast o que le sumemos una cámara para transmitir por Twitch o YouTube desde alguna habitación perdida en la ciudad. Más allá de cómo la llamemos, es innegable que hay un cambio de paradigma que afecta tanto a quien cuenta como a quien escucha esas historias.

Porque también cambió el oyente. Ya no necesariamente espera que una emisora decida qué debe escuchar. Puede buscar un programa específico, seguir a un conductor, suscribirse a un podcast, abandonar un episodio a los cinco minutos o recomendarlo en redes sociales. Puede participar de una transmisión, comentar en un chat y convertirse, incluso, en productor de contenidos.

La audiencia dejó de ser solamente audiencia y, sin embargo, hay algo que permanece.

La radio tiene una capacidad que resulta difícil de explicar desde la tecnología: puede generar compañía aun cuando no sabemos quién está del otro lado. Una voz puede instalarse en nuestra vida cotidiana hasta convertirse en familiar. Puede hablarnos mientras manejamos, cocinamos, trabajamos o simplemente estamos solos.

Quizás allí esté la clave de su supervivencia. La radio no sobrevivió porque haya conseguido acomodarse a todas las tecnologías. Sobrevivió porque encontró nuevas formas de mantener vigente una relación humana muy antigua: alguien que tiene algo para contar y alguien que decide detenerse unos minutos para escuchar.

Mientras esos dos extremos sigan encontrándose, podrán seguir cambiando las plataformas, los micrófonos, las cámaras, los algoritmos y las formas de distribución.

Pero seguiremos teniendo radio.

Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá

 

23/8/26

WIKIPEDIA: ¿EL FIN DE UNA UTOPÍA?



A la hora de enunciar revoluciones que cambiaron al mundo, sin dudas las primeras que nos vienen a la mente son la Revolución Francesa (1789) y, más acá en el tiempo, la Revolución Rusa o la Cubana.

A principios de la década del noventa ocurrió un hecho histórico que no estuvo vinculado con la caída de un gobierno ni con el cambio de un régimen político, pero que tuvo un peso simbólico similar: una revolución que significó un cambio de época.

Internet, como red, nació décadas antes, promovida por el Pentágono durante la Guerra Fría. Había en esa tecnología una paradoja: la financiaba el poder militar estadounidense, pero la diseñaban científicos con una mentalidad descentralizada, cercana a la contracultura hippie y al ideario libertario de California, cuna de las empresas privadas que trabajan para el gobierno de los EEUU. Más allá de las intenciones de quienes ponían el dinero, sus desarrolladores soñaban con emancipar la información del poder corporativo y estatal.

Pero esa red seguía siendo, para la mayoría de la población, algo lejano y técnico. El 6 de agosto de 1991 se ponía en línea la primera página web de la historia, obra del científico británico Tim Berners-Lee en el CERN. Fue ese hito el que abrió la puerta a la Internet tal como la conocemos hoy: navegable, accesible, masiva.

Con el tiempo, gobiernos y corporaciones moldearon la web a la medida de sus intereses. Pero todavía existen proyectos que le hacen honor al espíritu de sus pioneros.

Wikipedia es uno de ellos. Una plataforma basada en la colaboración y la confianza entre pares. Fundada el 15 de enero de 2001 por Jimmy Wales y Larry Sanger, surgió como complemento de Nupedia, una enciclopedia en línea con un riguroso proceso de revisión por expertos que la hacía extremadamente lenta: en un año solo publicó 12 artículos.

Para acelerar el proceso, Wales y Sanger implementaron la tecnología "wiki", que permitía que cualquier persona con conexión a Internet pudiera editar y crear contenidos en tiempo real. El éxito fue inmediato: Wikipedia alcanzó los 1.000 artículos en apenas un mes, eclipsando a Nupedia. Hoy cuenta con más de 65 millones de artículos en más de 300 idiomas y se mantiene como uno de los diez sitios más visitados del mundo.

Hasta ese momento, las enciclopedias tradicionales se editaban en varios volúmenes, con contenido garantizado por la empresa editorial (la más prestigiosa era la Enciclopedia Británica) y redactado por especialistas y académicos de renombre.

El modelo de Wikipedia se planteó como una alternativa que solo Internet podía sostener: cualquier usuario registrado puede iniciar o corregir una entrada. Cientos de miles de voluntarios escriben, editan y verifican artículos de manera gratuita, y la plataforma se sostiene sin publicidad ni fines de lucro, financiada por donaciones.

No obstante, el modelo no está exento de críticas. La calidad de los artículos varía y existen sesgos significativos: casi el 80 % de los aportes editoriales procede de los principales países de occidente. Además, la plataforma lucha contra el vandalismo y las "guerras de ediciones" por definiciones políticas. A pesar de esto, en la era de la desinformación, Wikipedia se ha convertido en un bastión de credibilidad, donde cada afirmación debe estar respaldada por una fuente y cada cambio queda registrado en un historial público.

La IA generativa representa un peligro "existencial" para el proyecto: los chatbots se entrenan con su contenido para responder preguntas, pero al hacerlo reducen las visitas humanas al sitio, el mismo fenómeno que sufren los medios de comunicación, principalmente los diarios, con las respuestas generadas por la IA de Google.

Esta caída de tráfico amenaza la sostenibilidad: menos visitas implican menos donantes y, lo más crítico, menos voluntarios que se conviertan en editores. El registro de nuevos usuarios ya se redujo en un tercio entre 2016 y 2025, mientras la comunidad de colaboradores envejece.

Ante esta crisis, la Fundación Wikimedia aclaró que no permitirá que la IA edite artículos de forma autónoma. Jimmy Wales sostiene que las "alucinaciones" de la IA son un problema "muy grave" para la creación de conocimiento. Sin embargo, Wikipedia no rechaza la tecnología: usa algoritmos que detectan ediciones malintencionadas, lenguaje no neutral y contenido basura. Para financiar esta resistencia, creó Wikipedia Enterprise, un servicio por el cual gigantes como Google, Amazon, Meta y Microsoft pagan por acceso rápido y estable a sus páginas.

Wikipedia no es solo un repositorio de datos: es el testimonio de que la humanidad puede colaborar desinteresadamente para construir algo compartido. Y quizás ahí radique la verdadera revolución. Henry Jenkins acuñó el concepto de "cultura participativa" para describir cómo los usuarios no solo consumen contenidos, sino que también los crean, comparten y remixan.

Wikipedia representa, tal vez, una de las expresiones más concretas de esa idea: miles de personas que no se conocen entre sí trabajando voluntariamente para construir un conocimiento común, cercano a los ideales de aquellos hippies californianos que empezaron esta historia.

La paradoja es que, treinta y cinco años después de aquella primera página web, la revolución que prometía liberar el conocimiento enfrenta un nuevo desafío: que las máquinas aprendan de nosotros para luego reemplazarnos como productores y consumidores de ese mismo conocimiento.

Quizás el verdadero desafío de Wikipedia no sea sobrevivir a la IA, sino demostrar que todavía existe una sociedad dispuesta a dedicar tiempo y esfuerzo a construir conocimiento colectivamente, a pesar de que una máquina puede ofrecernos una respuesta en segundos.

Porque si esa voluntad colectiva desaparece, tal vez no estemos ante el fin de Wikipedia, sino ante el fin de la utopía que la hizo posible.

Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.


16/8/26

DE LA PANTALLA AL LIBRO


El reciente estreno cinematográfico de La Odisea, de Christopher Nolan, reflotó un fenómeno que desde hace años vincula al séptimo arte con la literatura.

De pronto, en las redes sociales aparecieron expertos en letras recomendando traducciones al español, compartiendo datos de contexto y explicando quién, cómo y cuándo escribió La Ilíada y La Odisea. Lo llamativo es que gran parte de estas menciones apuntan a adolescentes y jóvenes.

A pesar de la idea instalada de que los jóvenes no leen literatura de manera regular, las estadísticas en nuestro país sostienen lo contrario. Según la última Encuesta Nacional de Consumos Culturales (2022), el 77 por ciento de la franja de 13 a 17 años declaró haber leído al menos un libro durante el último año, y entre los 18 y 29 años ese porcentaje baja al 58 por ciento. Podemos relativizar el primer dato porque coincide con el tránsito escolar obligatorio, aunque resulta llamativo que, en general, el 77 por ciento de los lectores declare leer por entretenimiento u ocio.

Entonces, ¿qué está pasando? Referentes de la industria editorial sostienen que las películas y series basadas en novelas o sagas juveniles impactan en las ventas del libro original luego de su estreno. Pero la sinergia también funciona a la inversa: los fanáticos de la historia original esperan ansiosos el estreno de las películas, aunque sea para criticar la adaptación.

La semiología llama "transposición" al proceso por el cual un discurso cambia de lenguaje para convertirse en una nueva creación: una novela que se vuelve película, un cómic que se transforma en serie, un videojuego que llega al cine. En este proceso, la pantalla no necesariamente compite con el libro. Muchas veces funciona como una puerta de entrada.

El efecto de una película que retoma una historia clásica puede ser indirecto: no es tanto la transposición en la pantalla grande lo que lleva a los jóvenes a las librerías, sino el efecto multiplicador de las tendencias que circulan por Instagram y TikTok, capaces de viralizar libros que ya son best sellers y acercarlos a nuevos públicos. Ahí están las sagas de Harry Potter (la serie de libros más vendida de la historia), Percy Jackson o Los Juegos del Hambre, además de otras historias enmarcadas en los géneros del romance juvenil, el drama y las novelas gráficas.

Las redes sociales se transformaron en una de las principales fuentes de orientación para los lectores noveles. Hasta existe un perfil específico para el "especialista": el booktuber, o creador de contenido que anuncia lanzamientos, comparte reseñas y comenta sus lecturas en YouTube, Instagram o TikTok. En Argentina hay varios perfiles activos (Victoria Resco, Carla Dente o Fede Valotta entre otros), con un denominador común: buscan generar comunidad a partir de un nicho temático.

Otra variante aparece de la mano de famosos que aprovechan su relevancia social para hablar de autores o títulos. Oprah Winfrey lo hace desde la televisión, mientras que Emma Watson (que además de su rol protagónico en Harry Potter tiene formación académica en literatura inglesa) suele compartir sus lecturas con sus seguidores.

Dua Lipa es otra referente en este ámbito, ya que a las recomendaciones puntuales que realiza desde sus redes podemos sumarle su plataforma digital Service95, con contenido sobre estilo de vida, cultura y sociedad, donde los libros ocupan un lugar destacado.

Sin dudas, esta tarea de divulgación cultural por parte de figuras influyentes, que desde el campo de la comunicación denominamos "líderes de opinión", genera una validación de la lectura al promoverla como una actividad atractiva y moderna: "cool", dirían los más jóvenes.

Ver a sus ídolos leer un libro impreso rompe el estereotipo de que la lectura es aburrida o puramente académica, y el libro deja de ser una obligación escolar para volverse parte de una identidad cultural que también se construye en las redes.

Y aquí aparece una paradoja: las mismas plataformas que funcionan como puerta de entrada a la literatura están regidas por el consumo inmediato (videos breves, scroll infinito, estímulos diseñados para capturar la atención apenas por unos segundos). A esto se suma la "basura digital" producida en masa por la inteligencia artificial, ya bautizada como “AI Slop”. Lo que los especialistas señalan como un problema, más allá de la evidente mala calidad de buena parte de este contenido, es que a mayor volumen de producción, menos espacio queda para los contenidos originales, creativos y de calidad.

En este escenario, el libro parece ocupar un lugar particular. Leer implica detenerse. No hay scroll. No hay una nueva recomendación apareciendo inmediatamente después. No hay un algoritmo que decide qué capítulo debería interesarnos. Hay que sostener la atención, avanzar a nuestro propio ritmo y construir mentalmente aquello que el texto propone.

Tal vez por eso resulte tan interesante que los jóvenes lleguen a los libros desde lugares en apariencia alejados de la lectura: una película, un influencer o un video en TikTok. Quizás el camino hacia el libro ya no empieza necesariamente en una biblioteca o un aula. Puede empezar en una pantalla. Y, paradójicamente, esa misma pantalla que nos acostumbró al consumo breve e inmediato puede estar funcionando como puente hacia una experiencia que exige exactamente lo contrario.

¿Será el libro un refugio ante el consumo acelerado de las redes? ¿Sostener una rutina de lectura, o incluso sentarse a ver una película de tres horas sobre héroes de la Antigüedad y criaturas mitológicas, puede interpretarse como un gesto de rebeldía que reivindica la atención analógica?

Espero que me disculpe, estimado lector, si en esta nota le propongo más preguntas que certezas.

Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.

2/8/26

EL NEGOCIO DETRÁS DE LA CAMPAÑA ANTIARGENTINA



Se terminó el Mundial de Fútbol y, más allá del sabor agridulce que nos dejó la final perdida, nos queda mucho material para analizar de lo que, sin dudas, fue el evento global de mayor impacto hasta la fecha.

Uno de los fenómenos más llamativos, relacionado directamente con nuestro país y su cultura, es la campaña mediática y digital contra varios jugadores de la selección argentina y la acusación de que Argentina es el país más racista del mundo.

Seguramente todos vimos algún recorte periodístico o algún video sobre el tema. Lo que quedó oculto fue el engranaje tecnológico que permitió monetizar la indignación, transformando a los héroes de Qatar 2022 en los nuevos villanos de la narrativa digital global.

Durante años, las redes sociales se presentaron como plazas públicas digitales donde cualquiera podía expresarse libremente y participar de una conversación que, en teoría, contribuiría a mejorar la vida democrática. En la práctica, ese ideal convive con noticias falsas, discursos de odio, deepfakes, grooming, ciberbullying, troleo y un modelo de negocios que recompensa el conflicto mucho más que el consenso.

El caso de la plataforma X resulta paradigmático. Su algoritmo no busca la verdad ni promover acuerdos: intenta predecir el comportamiento de los usuarios. Para ello analiza el historial de interacciones y prioriza aquellos contenidos capaces de generar una respuesta emocional intensa, independientemente de que sean verdaderos o falsos.

En este contexto, Argentina fue víctima del denominado ragebait (cebo de ira), una técnica que premia las publicaciones que provocan enojo porque generan más interacciones y prolongan el tiempo de permanencia frente a la pantalla. Para el algoritmo no existe una diferencia sustancial entre apoyar una publicación o indignarse frente a ella. Lo único que registra es que consiguió captar nuestra atención durante algunos segundos más. En la economía digital, la emoción vale más que la razón, y el enojo suele ser la emoción más rentable.

El resultado fue un círculo perfecto: miles de argentinos respondieron a publicaciones falsas intentando defender al país y, sin saberlo, terminaron ayudando a propagar aquello que buscaban desmentir.

Esta calesita de desinformación permitió que medios internacionales tomaran publicaciones dudosas de las redes sociales, las transformaran en noticias y luego las devolvieran al ecosistema digital como supuestas pruebas de una realidad previamente fabricada.

Detrás de la viralización de las acusaciones de racismo encontramos un modelo de negocios perfectamente aceitado. Se documentaron cientos de citas inventadas, imágenes manipuladas y videos creados con inteligencia artificial que atribuían a los argentinos actitudes que nunca existieron. Gran parte de ese material fue difundido por cuentas verificadas que monetizan las visualizaciones y cuyos ingresos dependen, precisamente, de lograr que millones de personas reaccionen.

Mientras la narrativa digital describía a Argentina como "el país más racista del mundo", la evidencia disponible ofrecía un panorama muy diferente.

Estudios como la Integrated Values Survey, realizados entre 2017 y 2022, muestran que solo el 4 % de los argentinos rechazaría tener a un inmigrante como vecino y que menos del 3 % objetaría convivir con una persona de otra raza, cifras entre las más bajas del mundo y considerablemente inferiores a las registradas en Estados Unidos, Francia o España.

En la misma línea, encuestas del Pew Research Center realizadas en 2024 indican que, si bien el 66 % de los argentinos reconoce que existe discriminación étnica en el país, esa percepción es menor que la registrada en Brasil (86 %), Francia (84 %) o Alemania (77 %). En el contexto de la polémica, voces autorizadas como la del historiador Felipe Pigna, resultaban que sociedades con profundas tradiciones coloniales y sistemas de segregación institucional, como ocurrió en los EEUU hasta bien entrada la década de 1960, sean hoy las que pretendan dictar sentencia sobre la moralidad argentina.

Esto, naturalmente, no implica negar los problemas propios. Una cosa es discutir seriamente un fenómeno social complejo y otra muy distinta convertirlo en una caricatura diseñada para generar millones de clics.

Especialistas locales coinciden en que, si bien es falso que Argentina sea el país más racista del mundo, también es falso sostener que aquí no existe racismo. La diferencia radica en que, en nuestro país, suele estar atravesado por la clase social y se expresa mediante una "racialización del pobre", sintetizada en expresiones como "cabecita negra" o "negro de alma".

Ese racismo criollo, que invisibiliza los aportes afro e indígenas bajo el viejo mito del "crisol de razas europeo", forma parte del proyecto de construcción nacional del siglo XIX, que asociaba el progreso con Europa y el atraso con lo mestizo. Su persistencia explica la aparición de organizaciones como Identidad Marrón, un colectivo que combate la discriminación hacia personas con rasgos indígenas, campesinos o migrantes.

La campaña antiargentina también dejó al descubierto otro rasgo característico de nuestra época: la pérdida de valor del saber experto. En el ecosistema digital actual, la autoridad ya no se construye necesariamente a partir del conocimiento acumulado, sino de la capacidad para captar atención. La opinión de una celebridad como Samuel L. Jackson o los reposteos de Rosalía y Niall Horan (ex One Direction) pueden tener mucho más impacto que décadas de investigaciones realizadas por sociólogos, historiadores o antropólogos.

En perspectiva, más allá de la injusticia de considerar a la Argentina como el país más racista del mundo, el problema de fondo radica en comprobar cómo millones de personas discutieron durante semanas alrededor de un relato falso construido para generar clics, reproducciones y dinero.

En la economía de las plataformas, la indignación cotiza mucho más que la verdad. Ese parece haber sido, al final, el verdadero negocio detrás de la campaña antiargentina.

Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.