19/7/26

LO VIEJO FUNCIONA (Y ESTÁ DE MODA)


Con la música tengo un vínculo muy particular. Tan particular es que me considero melómano, que según el diccionario sería alguien que siente "pasión, entusiasmo o fanatismo desmedido por la música".


En parte, mi apasionamiento tiene cierta lógica, ya que me acompaña en dos actividades que realizo desde muy joven: la radio y mi actividad como DJ. 


Entre el material que entregaban las compañías discográficas para difundir los artistas que querían vender y los CDs que fui comprando con los años, logré armar una colección importante de distintos géneros y músicos. Por ese motivo, además de melómano, también soy coleccionista. Hoy, por comodidad, busco en YouTube las canciones que quiero escuchar, pero cada tanto me tomo un tiempo para buscar un álbum en particular. Pongo el CD y lo escucho completo, en el orden que el artista dispuso las canciones, concentrándome en el sonido, sin distracciones.


Sin proponérmelo, con ese hobby estoy formando parte de un fenómeno cultural y comercial vinculado con la revalorización de distintos soportes físicos para producir y consumir música, textos, películas e imágenes. En un contexto donde todo está digitalizado y a un clic de distancia, hay un revival tecnológico que volvió a poner de moda los discos de vinilo, los CDs y los casetes. El fenómeno, sin embargo, no se agota en la música: también regresaron las cámaras Polaroid, los libros impresos, los juegos de mesa e incluso las películas en VHS o DVD.


Es que la modernidad digital nos colocó en un escenario en el que somos usuarios con escasa capacidad de incidir en las reglas del juego: pagamos abonos para leer, ver o escuchar distintas obras artísticas, pero no somos dueños de nada, las grandes empresas del consumo ondemand solamente nos permiten el acceso. Si una plataforma pierde los derechos de una película, elimina un disco de su catálogo o directamente deja de existir, desaparece también una parte de nuestra biblioteca personal. En el mundo digital ya no acumulamos objetos: acumulamos permisos temporarios de uso.


Frente a esto, algunos podrán argumentar que el modelo digital es más ecológico, porque evita fabricar infinitamente el mismo objeto físico. Pero la cuenta no es tan sencilla: los data centers que sostienen el streaming consumen enormes cantidades de energía y agua para refrigerarse, y no pocos especialistas advierten que un eventual colapso del ecosistema digital (por una falla técnica, un cierre de servidores o simplemente una decisión comercial) podría dejar a gran parte de la humanidad sin acceso a una porción importante del patrimonio cultural. Lo analógico, con toda su huella de fabricación, tiene al menos una ventaja: una vez que el objeto está en nuestras manos, nadie nos lo puede quitar.


Los especialistas en consumo sostienen que detrás del récord de ventas de vinilos o del regreso de los rollos fotográficos hay mucho más que una estrategia comercial. Millennials y centennials empiezan a manifestar cierto cansancio frente a la saturación digital y una búsqueda por recuperar el control sobre el uso de su tiempo libre, escapando del scrolleo infinito al que nos invitan algoritmos que conocen nuestros gustos e intereses y que permanentemente nos ponen la zanahoria delante de las narices. A eso se suma la nostalgia alimentada por los relatos de padres y abuelos sobre cómo era la vida unplugged, y una búsqueda más consciente de desintoxicación digital: correrse, aunque sea por un rato, de las pantallas.


No es casualidad que referentes de la industria cultural global, como Ed Sheeran, Damon Albarn o el director Christopher Nolan, hayan reemplazado sus teléfonos inteligentes por dumbphones (aparatos básicos, sin conexión permanente a internet). La explicación suele ser la misma: evitar tener siempre a mano un dispositivo que funciona como fuente inagotable de distracciones. Muchas veces la inspiración aparece justamente en esos momentos de tedio y aburrimiento que las redes sociales se encargan de eliminar.


También hay una búsqueda relacionada con los sentidos. Escuchar un vinilo nuevo, por ejemplo, implica una serie de movimientos que van mucho más allá del simple clic en el botón de reproducción de Spotify. Está el olfato, que se activa al romper el celofán y sentir el aroma de la portada de cartón y las láminas interiores, el tacto que recorre los surcos del disco y el oído, que distingue con facilidad un sonido mucho más orgánico que el del audio digital.


Esa pequeña dificultad termina formando parte de la experiencia. Elegir un disco, sacarlo de su funda, colocarlo en la bandeja o buscar un libro en la biblioteca nos obliga a detenernos unos minutos antes de consumir el contenido. En un ecosistema diseñado para que todo ocurra de manera inmediata, esa pausa adquiere un valor inesperado.


Vivimos una época marcada por el síndrome de burnout, al que algunos traducen como tener la "cabeza quemada", producto de la combinación entre el estrés laboral y el agotamiento que implica pasar horas y horas del tiempo libre inmersos en una maraña de estímulos digitales. Ahí aparece la ventaja de lo analógico: exige un esfuerzo previo para llegar al contenido, mientras que lo digital es omnipresente y nos encuentra incluso cuando no lo estamos buscando. Puede que el renovado interés por la tecnología retro se explique, en el fondo, por esa diferencia: elegir cuándo y cómo consumir, en lugar de estar disponibles todo el tiempo.


Será cuestión de observar cómo evoluciona este fenómeno cultural: si logra consolidarse como una alternativa real frente a la conexión permanente a la que nos acostumbramos, o si simplemente terminará siendo una moda pasajera.


Me gustaría cerrar esta nota diciendo que la redacté en una máquina de escribir y que la envié a la redacción por fax, pero la realidad es que no pude conseguir ni cinta entintada ni rollo de papel térmico.


Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.

12/7/26

DESDE LA SELVA (DIGITAL)

La Ciudad de Buenos Aires se destaca, a nivel internacional, por tener una de las carteleras teatrales con mayor oferta de obras y concurrencia de público.

De los últimos estrenos importantes en la escena porteña quiero destacar “Desde el jardín”, con Guillermo Francella en el papel protagónico.

La obra es una adaptación de Being There, la famosa novela satírica publicada en 1971 por el escritor polaco Jerzy Kosinski. La historia sigue a Chance Gardiner, un hombre ingenuo, con un aparente retraso madurativo, que vivió toda su vida aislado cuidando un jardín y viendo televisión. Tras quedar en la calle y recalar accidentalmente en la mansión de uno de los líderes políticos más importantes del país, sus comentarios sobre jardinería son interpretados como metáforas profundas y complejas por la élite política y los medios de los EEUU, llevándolo a convertirse en un influyente consejero del principal partido y del gobierno norteamericano.

En pocas palabras, toda la historia gira alrededor de un enorme malentendido.

En 1979 llegó al cine una adaptación dirigida por Hal Ashby y protagonizada por Peter Sellers. Como en la novela, el personaje principal carece de herramientas intelectuales y emocionales para comprender y vincularse con el mundo que lo rodea. La televisión cumple entonces la función de mediar entre el individuo y su contexto. Kosinski desarrolla esa idea en dos planos: en el personaje de Sellers, el consumo compulsivo de TV funciona como una vía de escape de un mundo que no comprende, mientras que en el plano social, desde la pantalla se fija la agenda de los temas relevantes para los ciudadanos, pero al mismo tiempo simplifica el tratamiento de dicha agenda para que todos entiendan de qué se habla.

Ahí está la clave del ascenso meteórico de un personaje sin ningún valor a la cima del poder: su discurso ya es simple, pero no por su habilidad de hacer sencillo lo complejo sino por sus carencias intelectuales.

Así, la historia de Chance es un gran malentendido: él habla desde la inocencia del personaje de la jardinería, lo único que conoce, pero todo el mundo interpreta sus palabras como una genial metáfora que describe a la sociedad, la política y la economía.

Hay algo de esa historia que resuena en nuestra actualidad. La diferencia es que, si en la novela de Kosinski el equívoco gira alrededor de un jardín y de la televisión, en la política contemporánea ese mismo proceso de construcción de sentido ocurre en el ecosistema de las redes sociales. En el caso de Manuel Adorni no podríamos recurrir al tándem jardín/TV, ya que su trascendencia pública nace en Twitter hablando de economía. Por eso me tomo la licencia de hablar, en el título de esta nota, de la selva digital.

A la distancia, su salto vertiginoso a la primera línea de los cuadros políticos del gobierno (si se me permite la licencia poética) parece responder más a un golpe de suerte que a sus méritos intelectuales: el famoso “estar en el lugar y en el momento correcto”.

Combinar esas coordenadas se transformó en el aspiracional para los millennials (nacidos entre 1981 y 1996) y la generación Z (1997 y 2012), ya que durante los últimos años “pegarla” en el universo digital se ha convertido en una de las mayores aspiraciones profesionales.

A partir de la confluencia de distintos factores se generó la fantasía de que siendo creador de contenidos o influencer, el reconocimiento social y el éxito económico parecían garantizados. Figuras como Davo Xeneize (streamer futbolero), Sofi Maure (de YouTube a OnlyFans) o Alejo Igoa (YouTuber iberoamericano con más suscriptores) se constituyen como ejemplos a seguir.

En el caso de Adorni, ex vocero, ex secretario de Comunicación y Medios y ex jefe de Gabinete del gobierno de Javier Milei, la construcción del personaje del liberal disruptivo se basó en su cuenta de Twitter y en apariciones marginales en el circuito del incipiente streaming libertario, principalmente en YouTube y Twitch.

Luego dio el salto a los medios tradicionales, como columnista en Infobae y en Radio Rivadavia. Más tarde desembarcó en La Nación+, en “Intratables”, por América, y en el Canal Metro.

Con 420.000 seguidores y una presencia diaria en la plataforma fue reconocido como "Twittero del año" en noviembre de 2023 en los premios Martín Fierro digitales poco antes de asumir como vocero presidencial.

Con un crecimiento meteórico de su figura pública, Adorni parecía encarnar el “sueño del pibe” de los millennials: de la noche a la mañana pasar del llano a la cúspide del poder. A eso podemos sumarle fama y dinero para completar el combo: de la mesa de Mirta Legrand a los viajes en avión privado a Punta del Este.

Un golpe de suerte, o una serie de casualidades encadenadas, como le pasó al señor Gardiner. Pero ya no hablamos de ficción, esto es pura realidad. Una realidad en la que no importa tanto lo que decía Adorni en Twitter como el proceso mediante el cual esas intervenciones comenzaron a ser leídas como la voz de un referente intelectual del liberalismo vernáculo.

Si hay una etiqueta que describe cabalmente al personaje que encarnó Adorni en sus distintos cargos públicos es la de “provocador”: ya sea para hostigar a la oposición, algo entendible dentro del juego político, pero mucho menos empático al anunciar despidos de empleados públicos, recortes de partidas sociales o responder preguntas de periodistas.

Cuenta la leyenda que, en la antigua sede del Ministerio de Acción Social, hay un cartel que funciona como advertencia para los noveles empleados y funcionarios: “Trate bien al de abajo cuando esté subiendo porque lo encontrará nuevamente cuando esté bajando”.

Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.

5/7/26

LA PELOTA NO SE MANCHA (EL NEGOCIO TAMPOCO)


Somos espectadores del Mundial de fútbol más importante de la historia. El que más equipos reúne, el de mayor cantidad de partidos, el que más espectadores convoca en los estadios y en los livings de todo el mundo. También es la primera Copa del Mundo que se disputa simultáneamente en tres países.

Si me permite, estimado lector, me voy a corregir: no solo somos espectadores, también somos protagonistas. La tecnología hoy nos permite generar y compartir contenido que, salvando las enormes distancias que existen entre Lionel Messi y cualquier vecino del conurbano sur bonaerense, compite en la biosfera digital con las imágenes que produce la FIFA, una de las mayores multinacionales del entretenimiento.

Hay un dato que ayuda a comprender cómo la tecnología transformó la organización del mayor evento deportivo del planeta. Las selecciones de Francia, Rumania, Bélgica y Yugoslavia tardaron aproximadamente quince días en llegar a Uruguay para disputar el Mundial de 1930. El viaje se realizó a bordo del transatlántico Conte Verde, que zarpó desde Génova y arribó a Montevideo el 4 de julio.

Una vez iniciado el torneo, en Europa los resultados llegaban a través de los diarios con, al menos, un día de demora. La información viajaba mediante cables telegráficos submarinos. Las transmisiones por onda corta permitían que algunas emisoras de radio captaran relatos en vivo o recibieran los resultados casi instantáneamente, aunque con una calidad que dependía de las condiciones atmosféricas.

Durante décadas, con la televisión consolidada como medio hegemónico, la pantalla del televisor fue prácticamente sinónimo de fútbol.

Hoy el escenario cambió por completo. La FIFA ya no comercializa únicamente los derechos para la televisión abierta o por cable. También vende licencias para plataformas de streaming, radios, YouTube, TikTok y otras redes sociales, además de derechos específicos para exhibición pública en bares, hoteles, restaurantes, centros comerciales, aviones y cruceros. El Mundial dejó de distribuirse por un solo canal para convertirse en un producto diseñado para circular simultáneamente por decenas de plataformas.

Pero además de lograr que veamos a la pelota rodando por todos lados, la tecnología también transformó el propio juego.

En este Mundial se utilizan pelotas con sensores que envían información sobre posición, trayectoria y fuerza de impacto que recibió. Cámaras de alta velocidad e inteligencia artificial analizan los movimientos de los futbolistas para construir avatares tridimensionales que permiten resolver posiciones adelantadas en cuestión de segundos. Incluso se incorporan cámaras corporales para mostrar determinadas jugadas desde la perspectiva de los árbitros.

Como ocurre con otros grandes espectáculos, en este Mundial resulta casi tan importante lo que sucede dentro de la cancha como lo que ocurre en las tribunas, en las casas o en las calles. El torneo está batiendo récords de tráfico en internet gracias al contenido generado por los propios espectadores.

Crónicas, reacciones, análisis tácticos, notas de color... la cantidad de material compartido resulta inconmensurable. Un gol filmado desde una tribuna, los festejos de Bangladesh por una victoria argentina o el abrazo que provoca un gol de Messi en un bar de Canning terminan formando parte del mismo fenómeno global. Todo suma. Todo circula. Y las métricas de los videos verticales en plataformas como Instagram y TikTok vuelven a romper récords.

En cuanto a la forma de acceder a los partidos, también se observa un cambio profundo. Si bien en Argentina la televisión sigue ocupando un lugar central, en Brasil se desarrolla un fenómeno que toda la industria observa con atención.

Casimiro Miguel Vieira, conocido como Cazé, comenzó hace pocos años como streamer en Twitch. Asociado con la agencia de marketing deportivo LiveMode consiguió los derechos para transmitir gratuitamente los 104 partidos del Mundial a través de su canal de YouTube, CazéTV.

El partido entre Brasil y Japón alcanzó los 21 millones de dispositivos conectados en simultáneo, convirtiéndose en la transmisión en vivo más vista de la historia de YouTube.

Los montos pagados por esos derechos permanecen bajo reserva, al igual que el modelo de negocios que sostiene semejante inversión. Lo que sí trascendió es que, compitiendo directamente con la televisión abierta, CazéTV perdió contra TV Globo pero duplicó la audiencia del tradicional canal SBT, algo impensado hasta hace pocos años.

Para dimensionar el fenómeno, sería como imaginar que el canal AZZ, de Flavio Azzaro, transmitiera todos los partidos del Mundial por YouTube compitiendo de igual a igual con Telefé o la TV Pública.

En la estrategia de Google de convertir a YouTube en la nueva televisión, el caso CazéTV representa un verdadero punto de inflexión.

Las claves de este cambio parecen estar en los hábitos de consumo de las generaciones más jóvenes. Prefieren el tono descontracturado del streaming, donde pueden interactuar con los conductores, antes que sentirse simples usuarios de una gran corporación mediática. El chat en vivo fortalece esa cercanía y el estilo termina de consolidarla: en los partidos nocturnos de CazéTV los conductores transmiten en piyama.

Hace casi un siglo, las noticias del Mundial llegaban a Europa con días de demora. Hoy cualquier hincha puede transmitir desde su teléfono celular y compartir imágenes que recorren el mundo en cuestión de segundos. La tecnología marca el ritmo del deporte y del negocio. Los jugadores siguen corriendo detrás de la pelota, pero todo lo que gira alrededor de ella cada vez les queda más lejos: plataformas, algoritmos, derechos audiovisuales y millones de pantallas que transforman al Mundial en algo mucho más grande que un simple campeonato de fútbol.

Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.