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17/5/26

BANALIZAR LA GUERRA

 


Esta nota se basa en el vínculo entre la guerra y la tecnología aplicada a la comunicación.

Por el impacto que me causó desde la primera vez que la vi, me parece pertinente comenzar con una escena de la película Citizen Kane (1941) de Orson Welles. Charles Foster Kane, dueño y director del diario New York Inquirer, responde a un telegrama de su corresponsal en La Habana, que le informa que no hay guerra en Cuba. Kane contesta: “Usted ponga las fotos, yo proporcionaré la guerra”, dando a entender que con técnicas sensacionalistas podía empujar a Estados Unidos a un conflicto contra España.

Lo que se retrata en la película no es un reflejo fiel de lo sucedido en 1898, ya que la guerra respondió a una combinación de tensiones diplomáticas, intereses expansionistas estadounidenses y el deseo de independencia cubana. Aun así, resulta difícil negar la influencia que tuvo la agresiva campaña de prensa para que la opinión pública apoye la guerra.

Ya entrado el siglo XX, la cobertura de las dos guerras mundiales se realizó principalmente desde los diarios, con enormes limitaciones logísticas si se las compara con los medios tecnológicos actuales.

Aunque la noticia del final de la Primera Guerra Mundial se conoció el mismo día en las tapas de los diarios argentinos, las fotografías del armisticio viajaron desde puertos europeos hasta Buenos Aires y tardaron entre dos y tres semanas en llegar.

Todo cambió con la llegada de la televisión, que todavía era una tecnología experimental durante la Segunda Guerra Mundial, pero terminó teniendo un papel decisivo en el desarrollo y el desenlace de la Guerra de Vietnam.

En una entrevista publicada por el diario Montreal Gazette el 16 de mayo de 1975, Marshall McLuhan afirmaba: “La televisión llevó la brutalidad de la guerra al confort del living. Vietnam se perdió en los living de Estados Unidos, no en los campos de batalla”.

Con los medios electrónicos se produjo un cambio de era: ya no solo informan, también transforman la manera en que las sociedades perciben, sienten y procesan políticamente los acontecimientos.

Las imágenes de jóvenes soldados mutilados transmitidas durante el prime time televisivo lograron que la guerra se volviera algo próximo para millones de familias norteamericanas, a pesar de desarrollarse a más de 10.000 kilómetros de distancia.

La primera derrota militar de la principal potencia mundial derivó en un manejo mucho más estricto de la información por parte del Pentágono. Se cerró la posibilidad de una guerra televisada sin supervisión militar.

La Guerra de las Malvinas funcionó como el primer gran laboratorio occidental para demostrar cómo un gobierno podía neutralizar el impacto de la televisión y controlar el relato bélico.

En Argentina, la dictadura militar aplicó un aceitado aparato de censura estatal. El gobierno de Margaret Thatcher, por su parte, filtró el acceso de corresponsales y monopolizó las comunicaciones, lo que permitía censurar o bloquear información.

Además, los británicos no permitían transmisiones satelitales directas. Las cintas de video debían viajar físicamente hasta la Isla Ascensión antes de emitirse en Londres, generando retrasos de hasta dos semanas. Muy parecido a los tiempos de la Primera Guerra Mundial.

En la Guerra del Golfo, las imágenes tomadas desde las cabinas de los bombarderos construían la idea de una guerra “limpia”, sin víctimas civiles y con pocas bajas propias. La cobertura periodística estuvo atravesada por propaganda, censura y desinformación.

En Sobre la televisión (1996), Pierre Bourdieu desarrolla una fuerte crítica al funcionamiento de la TV y a su influencia sobre el periodismo, la política y la cultura.

Para Bourdieu, esa enorme capacidad de influencia estaba subordinada a la lógica del rating, el impacto y la velocidad. En contextos extraordinarios, como una guerra, ese poder podía ser utilizado por los gobiernos para el control de daños mediante el manejo del flujo informativo.

El sociólogo francés sostenía además que la televisión no solo selecciona información: también condiciona la producción discursiva del periodismo, la política y los intelectuales, que terminan adaptándose a sus formatos y tiempos para no desaparecer del espacio público.

Hoy parece suceder algo similar con las redes sociales: domina lo emocional y la espectacularización, mientras que la profundidad queda desplazada por el contenido apto para el consumo rápido. Lo grave es que todos quieren subirse a ese tren a la hora de elaborar discurso.

Hace poco, el escritor iraní-estadounidense Nick Mafi publicó una columna en The New York Times sobre cómo las redes sociales transforman incluso las tragedias y las guerras en un elemento más del feed, mezclado con recetas, memes o videos triviales.

Mafi sostiene que la lógica algorítmica equipara todo: “bombas y nachos pesan lo mismo”. El consumo fragmentado y permanente de contenido debilita nuestra capacidad de registrar el horror o elaborar una memoria colectiva sobre los conflictos.

El desarrollo tecnológico no modifica el horror de la guerra, pero sí transforma la manera en que las audiencias se relacionan con él.

La guerra pasó de las páginas de los diarios a la televisión y luego a las pantallas de los teléfonos. Ya no aparece como un acontecimiento solemne capaz de detener el tiempo, sino como un contenido más dentro del scroll infinito al que nos acostumbramos.

Una bomba en una escuela primaria, una receta o un video gracioso conviven exactamente en el mismo espacio visual y cognitivo: Irán, Ucrania y gatitos volando en ala delta.

Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.

10/5/26

LA ERA DE LOS PERIODISTAS SIN MEDIOS



Marshall McLuhan encontró en la metáfora del pez que ignora el agua una forma tan efectiva como provocadora de explicar cómo vivimos: inmersos en entornos tecnológicos que nos moldean sin ser muy conscientes de ese proceso.


La frase dice: “No sabemos quién descubrió el agua, pero estamos bastante seguros de que no fue un pez. La única cosa que nunca puedes ver es el elemento en el que te mueves”.


Muchas de las columnas publicadas en este espacio apuntan, justamente, a eso: a observar cómo los medios y la tecnología digital operan sobre nuestra vida cotidiana sin que lo registremos del todo.


Hoy, la corriente de esa “agua” que no vemos tiene un sentido bastante claro. En un ecosistema digital donde los contenidos convergen hacia el video corto y vertical, los diarios tradicionales empezaron a empujar a sus periodistas fuera del texto: ahora también tienen que ponerse frente a cámara y contar las noticias.


En Argentina, La Nación y Clarín fueron pioneros en esta transición. No es casual: concentran recursos y suelen leer antes que otros las tendencias que llegan desde medios como The New York Times o The Washington Post, donde este proceso ya está más consolidado.


La implementación no fue sencilla. Para muchos periodistas formados en la cultura escrita, salir del escritorio y exponerse a una cámara, reemplazando la precisión del texto por la inmediatez de la palabra hablada, implicó una profunda incomodidad, cuando no una sensación de degradación profesional.


Pero más allá de las resistencias, hay consenso en que todas las redacciones, tarde o temprano, terminarán incorporando el formato audiovisual. Las universidades ya lo reflejan, pero también los propios estudiantes: llegan con manejo de cámara, edición desde el celular y una relación natural con la exposición. Escribir sigue siendo importante, pero ya no alcanza. El periodista también tiene que ser un performer.


En ese contexto empieza a tomar forma un fenómeno cada vez más visible: periodistas que crecen en popularidad dentro de los grandes medios y, a partir de esa exposición, deciden dar el salto a la independencia. La lógica es relativamente simple: convertir la audiencia del medio en comunidad propia. Redes sociales, newsletters o canales en YouTube funcionan como destino de esa migración.


Uno de los primeros casos fue el de Casey Newton, redactor destacado del medio especializado The Verge, quien en septiembre de 2020 se independizó para lanzar su newsletter de suscripción, Platformer, en la plataforma Substack.


Más cercano en el tiempo, Taylor Lorenz renunció a The Washington Post tras un conflicto con sus editores y lanzó su propio boletín independiente. En su caso, con una ventaja clave: ya contaba con una comunidad consolidada en redes.

 

El patrón se repite: visibilidad primero, autonomía después. Ya sea por conveniencia económica o por limitaciones editoriales, el fenómeno también llegó a los medios argentinos.


En perspectiva, podemos ver la trayectoria de Jorge Lanata como un caso anticipatorio. En 1987, con apenas 26 años, fundó Página/12, mientras expandía su presencia hacia las revistas (Página/30), la radio (Hora 25) y la televisión (Día D).


En esa primera etapa de su carrera transformó su apellido en una marca. No importaba el formato en el que se lo consumiera: había un estándar de estilo y calidad reconocible. Esa es, justamente, la lógica que hoy se potencia.


Un ejemplo más reciente es el de Alejandro Fantino. Tras consolidarse en radio y televisión, en 2023 decidió correrse de la pantalla tradicional para apostar por Neura, un canal de streaming con presencia en YouTube y Twitch, donde controla contenido, formato y vínculo con la audiencia.


En el periodismo deportivo son notorios los casos de Flavio Azzaro y Pablo Carrozza, que no solo renunciaron a trabajar en el mundo corporativo, sino que hoy lo confrontan abiertamente desde sus propios canales.


Pero en Argentina el proceso no siempre termina en ruptura. En el ecosistema local predomina un modelo híbrido: periodistas que no abandonan del todo los medios tradicionales, pero que invierten cada vez más energía en construir una marca personal en el ámbito digital.


La escala del mercado argentino limita las salidas, pero no altera la tendencia: la audiencia empieza a despegarse del medio y a vincularse directamente con las personas. Y en ese movimiento aparece una tensión difícil de resolver: los medios necesitan periodistas visibles para competir en el ecosistema digital, pero esa misma visibilidad es la que permite, llegado el momento, que los periodistas se independicen.


Si se cambia la perspectiva y se observa el fenómeno desde el lado de las audiencias, el cuadro se vuelve todavía más claro. En The Game (2019), Alessandro Baricco plantea que la revolución digital no es solo tecnológica, sino cultural: habilita un vínculo directo, sin intermediarios, con la información.


Para los usuarios, esto puede ser una expansión de posibilidades. Pero para las viejas élites que funcionaban como intermediarias entre las personas y la realidad (maestros, expertos, críticos, políticos) implica una pérdida de poder real y simbólico. Esta lógica también puede trasladarse a las instituciones: escuelas, medios de comunicación, e incluso el propio Estado, ven cuestionada su centralidad.


En la sociedad, como en los medios, nos enfrentamos a estos cambios profundos, motorizados por la tecnología, a los que nos vamos acostumbrando casi sin advertirlo. Naturalizamos la presencia de la tecnología y perdemos perspectiva sobre su impacto en la vida cotidiana.


Como los peces, que nadan incansablemente sin tener conciencia del agua en la que se mueven.


Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.

8/2/26

EL MEDIO ES EL MENSAJE


Durante muchos años ejercí la docencia como profesor de nivel secundario en distintas materias vinculadas al campo de la comunicación. Ese contacto sostenido en el tiempo con adolescentes me permitió testear, casi en tiempo real, cuáles eran las profesiones aspiracionales de distintas épocas.

¿A qué llamamos una profesión aspiracional? Si durante buena parte del siglo XX el ideal estaba sintetizado en el clásico “mi hijo el doctor”, con el correr de los años ese horizonte se fue desplazando hacia ocupaciones con alto prestigio social, buena remuneración, y asociadas a un determinado estilo de vida superior, moldeadas y amplificadas por los medios de comunicación.

Así pasé por etapas en las que todos, o casi todos, querían ser futbolistas, modelos o DJs. Más acá en el tiempo, la irrupción de las redes sociales instaló una nueva figura en el imaginario juvenil: la del influencer.

Podemos definir al influencer como una persona con credibilidad, autoridad o una audiencia propia en redes sociales, capaz de influir en las opiniones, comportamientos y decisiones de consumo de sus seguidores. Es una figura que se puede analizar desde la comunicación, pero que en la práctica está mucho más vinculada al marketing y a la lógica de las ventas.

Hago esta aclaración porque en esta columna quiero detenerme en quien considero el primer gran influencer de la comunicación, aunque sin la connotación comercial que hoy damos por sentada. Un personaje que alcanzó fama mundial mucho antes de la revolución digital.

Me refiero a Herbert Marshall McLuhan, teórico de la comunicación y profesor universitario canadiense, fallecido en 1980. Murió antes de la masificación de Internet, pero anticipó con notable lucidez muchos de los fenómenos que hoy atraviesan nuestra vida cotidiana.

McLuhan tenía una habilidad particular: condensar ideas complejas en frases breves y contundentes, que terminaron funcionando como verdaderos eslóganes. Fue uno de los pocos teóricos que logró salir del nicho académico, llevar sus libros a las listas de best sellers y utilizar la televisión como plataforma para amplificar sus conceptos. McLuhan amaba la TV, o al menos entendía perfectamente su potencia.

Incluso tuvo su momento cinematográfico. En 1977 aparece en Annie Hall, una película de Woody Allen, interpretándose a sí mismo, como toda celebridad que se precie de tal.

Convertido en un referente mediático, algo bastante cercano a lo que hoy llamaríamos un influencer, se dedicó a asesorar empresas, líderes políticos e instituciones varias. Entre sus conceptos más difundidos está el de la “aldea global”, con el que describía cómo la tecnología permitiría una interconexión humana a escala planetaria, similar a la circulación inmediata de información en una comunidad pequeña. Pensemos que esta idea la desarrolla en libros publicados en la década del sesenta, cuando ese escenario parecía ciencia ficción.

Sin embargo, su legado más potente sigue siendo una frase que se cita hasta el cansancio: “el medio es el mensaje”.

La idea central es que, a lo largo de la historia, la naturaleza de los medios que usamos para comunicarnos ha influido más en las sociedades que los contenidos que circulan por ellos. Los medios no solo transmiten información: modelan nuestra forma de pensar, sentir y actuar.

En tiempos donde se habla permanentemente de manipulación, McLuhan propone correr el foco del discurso y poner la lupa en los dispositivos. En la página 26 del libro El medio es el masaje nos dice: “Todos los medios de comunicación nos manipulan por completo. Son tan penetrantes en sus consecuencias personales, políticas, económicas, estéticas, psicológicas, morales, éticas y sociales que no dejan nada de nuestra persona intacta, inalterada, sin modificar”.

No me equivoqué, estimado lector, al escribir el nombre del libro. Publicado en 1967, por un error en la impresión de la prueba de galera se cambió “mensaje” por “masaje” en la tapa. A McLuhan le encantó la confusión y el título quedó así: El medio es el masaje.

El libro es experimental incluso para los estándares actuales. Diseñado por Quentin Fiore, combina fotografías, collages, textos superpuestos, páginas en blanco y otras invertidas. Una rareza absoluta para su época, pero sorprendentemente cercana a la lógica del remix y el mashup contemporáneo.

En uno de sus pasajes más citados, McLuhan retoma la idea de que los medios funcionan como extensiones de nuestras capacidades sensoriales: “La prolongación de cualquier sentido modifica nuestra manera de pensar y de actuar, nuestra manera de percibir el mundo. Cuando esas proporciones cambian, los hombres cambian”.

Y así, como el pez que no es consciente del agua en la que nada, todos terminamos haciendo lo mismo pero nos creemos originales, autónomos, únicos. Seguramente hoy son muchos los adolescentes que quieren ser influencers no tanto por tener algo extraordinario para comunicar, sino porque aprendieron que existir en el espacio público implica, básicamente, mostrarse. 

El medio, en este caso las redes sociales, educa más que cualquier discurso y el aspirante a influencer es su mejor alumno.


Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.

5/8/18

EL MENSAJE ES EL MEDIO

Uno de los efectos de leer un libro inteligente es que nos hace sentir así: inteligentes. Es un síntoma efímero e ilusorio, pero tan eficaz que -mientras dura- es contagioso. Bajo la resaca uno cree, por ejemplo, que esos tiburones de piscina llamados inversionistas son, en realidad, verdaderas bestias: si hubiesen leído Mediamorfosis (Granika Editores) se habrían dado cuenta que en Internet no tienen nada, absolutamente nada que hacer. Salvo perder plata. (aunque quizá ése es el objetivo principal del capitalismo higiénico, necesitado como está de lavar dólares. En ese caso, han leído el libro y lo han interpretado bien, lo cual inquieta).

Lo cierto es que Mediamorfosis es un ensayo que debería leer todo aquel que toque medios electrónicos digitales, especialmente si pretende hacer de ello una profesión. El autor de Mediamorfosis es Roger Fidler, un diseñador gráfico que debe excusarse en el prólogo por haber sido él -y no un periodista- quien dirigiera este didáctico proyecto financiado por el Freedom Forum y realizado por la Universidad de Nueva York durante un largo año. Hoy, Fidler dirige el experimento más serio sobre diarios electrónicos, mientras disfruta la fama de haber creado una palabra que recorre todos los debates sobre el futuro de la red.

Mediamorfosis es para Fidler la mejor manera de sintetizar el largo proceso que protagonizaron las comunicaciones en los últimos 200 años. Para él, las nuevas tecnologías son tan viejas como el capitalismo, ya que sobre ellas establece una sola diferenciación: umplagged o enchufadas.

El efecto más importante de esta mirada que propone Fidler es perder miedo y ganar información. Dos palabras claves y elementales para espantar la especulación, pero también los más absurdos vaticinios que se hacen sobre este tema. (Es una lástima que Fidler no cuente con la saga de artículos periodísticos que publicó el diario Clarín sobre el Efecto 2000 ni conozca los entredichos judiciales de la funcionaria a cargo de la cuestión, Claudia Bello, para ilustrar a sus lectores sobre quién gana cuando se pierde información.)

Su tesis -en una versión muy libre - podría sintetizarla así:

  • Internet nació como un sistema postal y con el uso se fue convirtiendo en un territorio de intercambio libre de ideas y debate de valores. A lo largo de los años y del uso, esta red anárquica se ha convertido en algo más complejo que lo originalmente pensado. 
  • La total libertad de movimientos, la falta absoluta de censura y la cantidad de temas que pueden allí abarcarse han fortalecido y favorecido su crecimiento. 
  • Pensada para transportar rápidamente mensajes de un punto a otro del planeta, su fenomenal crecimiento no lo ha dado sólo su velocidad. Ni siquiera el volumen del tráfico. Sino el contenido de sus mensajes. 
  • Qué distribuye y no cómo es ahora su clave. 
  • Un humorista americano retrató en un chiste su gran atractivo y misterio. Allí mostraba dos perros frente a una computadora. Y una sola frase: "Si sabés escribir nadie se va a dar cuenta que sos un perro". Es decir: la posibilidad de crear una personalidad es también una manera de crear una realidad propia. Saber escribir, saber pensar, es lo que nos diferencia de los perros. Aunque hoy en Internet muchos ladren.

Por supuesto que Fidler se detiene en aquel término ideado por McLuhan de aldea global (perdón Q.) con el que describía la realidad emitida por la televisión de su época, pero Fidler propone revisar de qué televisión estaba hablando McLuhan entonces.

Fidler apunta :
Hasta hace unas décadas, los contenidos de la tevé se filtraban y seleccionaban a gusto de los gobiernos y los anunciantes con el fin de promover una estilo de vida conservador y homogéneo. Esta versión light de la realidad - creadas a base de Familias Falcón, concursos, publicidades, celebridades y censuras- fue perdiendo espacio en la pantalla a manos de realitys shows, noticieros efectistas, dramas más audaces. (!hic!) 

Cita a Joshua Meyrowitz, cuando sostiene que la tevé de los últimos años sacó a luz "el mayor secreto de todos: el secreto del secreto". Es decir, reveló el juego. Muy pronto lo niños -expuestos sin filtro a todo tipo de mensajes- se dieron cuenta que los adultos conspiraban para censurar su conocimiento. Según Meyrowitz uno de los motivos por los cuales la actual generación de niños parece menos infantil es que desde temprana edad han tenido acceso a tantos secretos del mundo adulto a través de la tevé. 

Ahora bien: estos chicos crecieron. La tevé les reveló secretos, pero también les creó expectativas que no cumplió y necesidades que no explicitó. No crecieron con amor, sino con desconfianza. 

Esta desconfianza subyacente en relación a los medios es uno de los factores que contribuyen a la creciente popularización de Internet, alentada por la generación nacida después de los '60: la generación digital. 

Hijos del zapping, están acostumbrados (incluso malcriados) a una palabra clave del lenguaje digital: opción. Toda orden dada a un programa es la ejecución de una opción. Entrar o no a una página, clickear dentro de un banner publicitario, leer una noticia. Nada de esto es algo que pueda imponerse. Todo lo que puede imponer Internet apenas cabe en las mínimas medidas de una pantalla. Y aún dentro de ese humilde territorio tiene que someterse a que el usuario elija (o no) visitar sus profundidades. 

La generación digital (madre tevé/padre zapping) está acostumbrada a la mezcla y la fusión. Sabe cómo fundir mensajes procedentes de diferentes emisores y crear con esa mezcla otra cosa, que tiene algo de aquí y algo de allá, pero nada parecido a lo que -con idénticos elementos- hace el tipo de al lado. 

Pensemos en un día arquetípico de alguien que se despierta con una radio reloj y escucha -mientras abre un ojo- el pronóstico del tiempo. Mientras se afeita registra el estado del tránsito y la política. Mientras desayuna, hojea un diario. Luego, en el auto o en el colectivo recibe otra andanada de información entrecortada por bocinas y buenos días. Cuando llega al trabajo alguien le comenta lo que leyó, escuchó o vio en la tevé. Puede que incluso en su trabajo reciba un resumen de noticias o consulte Internet o charle del partido de fútbol con el vecino de escritorio. Lo cierto es que para cuando llegó la hora del almuerzo ya tiene un mix de fuentes de información a las que se expone voluntaria o involuntariamente. 

Una de las consecuencias que genera este flujo informativo es la sensación de la falta de tiempo. No solo por el ritmo que impone la vida moderna, sino por la cantidad de opciones de información que ofrece. 

Muchos especialistas aseguran que es por eso que la capacidad de atención y de paciencia están en proceso de reducción. Y una de las consecuencias directas es la declinación de un hábito: leer por placer.

Fidler señala entonces a los grandes perdedores de esta batalla: los medios gráficos. ¿Por qué?. Su respuesta es contundente: los editores de diarios y revistas no le aportan al lector promedio suficiente información relevante y atractiva como para justificar su tiempo y esfuerzo.

Para evitar este desinterés o aburrimiento, lo editores han ideado una estrategia: agregaron colores, agrandaron fotos, incluyeron gráficos, dibujos, tipografías de impacto. Efectos visuales todos que han condenado a los medios gráficos a librar la batalla en un terreno ajeno, desconocido y pobre.

Al comenzar su hilván histórico, Fidler recuerda la primera frase que escribió Samuel Morse cuando estrenó, en 1884, un mensaje por cable. Morse simplemente tecleó:

"¿Qué nos ha dado Dios?"

Es cierto que Morse desarrolló su método con la intención de "liberar a la ciudad de Nueva York de sus impurezas" y para difundir la prédica moral de su periódico El Journal of Comerce. También es verdad que el sitie más visitado de Internet hoy es el de Pamela Anderson. Sin embargo, su invento sirvió, más allá del aspecto moral, para disparar la misma reflexión que puede hacerse hoy con respecto a las nuevas tecnologías:

"Nos apresuramos mucho para construir un medio que conecte lo más rápidamente posible la ciudad de Maine con Texas, pero puede ser que Maine o Texas no tengan nada importante para comunicar".

La frase es del filósofo Henry David Thoreau, quien en 1854 y sin siquiera sospecharlo, estaba poniendo el mousse sobre una palabra clave del lenguaje digital: contenido.

Con este simple y contundente argumento, Fidler acusa a los medios gráficos de ser banales y nos alienta a ser incrédulos. Que así sea.

Fuente: lavaca.org

12/6/18

LA GALAXIA MC LUHAN


Son pocos los que conocen o están en condiciones de comprender la Teoría de la Relatividad. Sin embargo los descubrimientos de Einstein están presentes, para bien o para mal en la vida y el progreso de toda la humanidad, desde la bomba atómica a los viajes espaciales.
Con la obra de Marshal Mc Luhan pasa algo parecido. Cuando murió, el 31 de diciembre de 1980, no se había popularizado la Internet ni se conocían las redes sociales. Sin embargo él ya había vaticinado su irrupción y sus revolucionarios efectos en nuestra vida de todos los días.
Profesor de literatura inglesa, crítica literaria y teoría de la comunicación, Herbert Marsall Mc Luhan es reconocido como uno de los fundadores de los estudios sobre los medios y ha pasado a la posteridad como uno de los visionarios de la presente y futura sociedad de la información.
Durante el final de los años ‘60 y principios de los ‘70 acuñó el término aldea global para definir la interconexión humana a escala mundial generada por los medios electrónicos de comunicación.

El medio es el mensaje

El pensamiento de Mc Luhan respecto a los medios de comunicación se apoya en dos ideas básicas:
1) Somos lo que vemos.
2) Formamos nuestras herramientas, luego éstas nos forman (o nos deforman).
La historia de las invenciones nos muestra que cada invento es una extensión de nuestras capacidades humanas.
Así como la rueda, los carruajes y los automóviles son una extensión de nuestras piernas, para aumentar nuestra capacidad de transportarnos, los medios de comunicación de masas son una extensión de los dialectos tribales y de las pinturas rupestres, y hoy nos permiten comunicarnos con la humanidad entera.
Al manejar el concepto del medio como extensión del cuerpo humano, Mc Luhan postula que entonces el mensaje no se limita solamente a contenido o información. Mc Luhan definirá el mensaje de un medio como un todo que funciona en pareja y así nace su célebre sentencia “El Medio es el Mensaje”. 

La Galaxia de Gutenberg

En otra de sus obras más importantes, Mc Luhan analiza el período de casi cuatro siglos comprendido desde la difusión de la Imprenta en la Europa moderna hasta las primeras décadas delsiglo XIX cuando el telégrafo comenzaría el cambio en la historia de las comunicaciones humanas. 
Este período en el que predominó la Imprenta fue solo una tercera parte de la historia en el mundo occidental, y hoy la aldea global se comunicará mediante las nuevas tecnologías electrónicas e informáticas. “Situados nuestros cuerpos físicos en el centro de nuestros sistemas nerviosos, ampliados con la ayuda de los medios electrónicos, iniciamos una dinámica por las cuales todas las categorías anteriores, que son extensiones de nuestros cuerpos podrían traducirse en sistemas de información”.

Publicaciones en español

  • Comprender los medios de comunicación. Marshall McLuhan. 1996. Editorial Paidós. 
  • El medio es el masaje. Marshall McLuhan, Quentin Fiore. 1997. Editorial Paidós.
  • La Aldea Global. Marshall McLuhan, Bruce R. Powers. 2002. Editorial Gedisa.
  • La galaxia Gutenberg. Marshall McLuhan. 1993. Editorial Galaxia Gutenberg.