17/5/26

BANALIZAR LA GUERRA

 


Esta nota se basa en el vínculo entre la guerra y la tecnología aplicada a la comunicación.

Por el impacto que me causó desde la primera vez que la vi, me parece pertinente comenzar con una escena de la película Citizen Kane (1941) de Orson Welles. Charles Foster Kane, dueño y director del diario New York Inquirer, responde a un telegrama de su corresponsal en La Habana, que le informa que no hay guerra en Cuba. Kane contesta: “Usted ponga las fotos, yo proporcionaré la guerra”, dando a entender que con técnicas sensacionalistas podía empujar a Estados Unidos a un conflicto contra España.

Lo que se retrata en la película no es un reflejo fiel de lo sucedido en 1898, ya que la guerra respondió a una combinación de tensiones diplomáticas, intereses expansionistas estadounidenses y el deseo de independencia cubana. Aun así, resulta difícil negar la influencia que tuvo la agresiva campaña de prensa para que la opinión pública apoye la guerra.

Ya entrado el siglo XX, la cobertura de las dos guerras mundiales se realizó principalmente desde los diarios, con enormes limitaciones logísticas si se las compara con los medios tecnológicos actuales.

Aunque la noticia del final de la Primera Guerra Mundial se conoció el mismo día en las tapas de los diarios argentinos, las fotografías del armisticio viajaron desde puertos europeos hasta Buenos Aires y tardaron entre dos y tres semanas en llegar.

Todo cambió con la llegada de la televisión, que todavía era una tecnología experimental durante la Segunda Guerra Mundial, pero terminó teniendo un papel decisivo en el desarrollo y el desenlace de la Guerra de Vietnam.

En una entrevista publicada por el diario Montreal Gazette el 16 de mayo de 1975, Marshall McLuhan afirmaba: “La televisión llevó la brutalidad de la guerra al confort del living. Vietnam se perdió en los living de Estados Unidos, no en los campos de batalla”.

Con los medios electrónicos se produjo un cambio de era: ya no solo informan, también transforman la manera en que las sociedades perciben, sienten y procesan políticamente los acontecimientos.

Las imágenes de jóvenes soldados mutilados transmitidas durante el prime time televisivo lograron que la guerra se volviera algo próximo para millones de familias norteamericanas, a pesar de desarrollarse a más de 10.000 kilómetros de distancia.

La primera derrota militar de la principal potencia mundial derivó en un manejo mucho más estricto de la información por parte del Pentágono. Se cerró la posibilidad de una guerra televisada sin supervisión militar.

La Guerra de las Malvinas funcionó como el primer gran laboratorio occidental para demostrar cómo un gobierno podía neutralizar el impacto de la televisión y controlar el relato bélico.

En Argentina, la dictadura militar aplicó un aceitado aparato de censura estatal. El gobierno de Margaret Thatcher, por su parte, filtró el acceso de corresponsales y monopolizó las comunicaciones, lo que permitía censurar o bloquear información.

Además, los británicos no permitían transmisiones satelitales directas. Las cintas de video debían viajar físicamente hasta la Isla Ascensión antes de emitirse en Londres, generando retrasos de hasta dos semanas. Muy parecido a los tiempos de la Primera Guerra Mundial.

En la Guerra del Golfo, las imágenes tomadas desde las cabinas de los bombarderos construían la idea de una guerra “limpia”, sin víctimas civiles y con pocas bajas propias. La cobertura periodística estuvo atravesada por propaganda, censura y desinformación.

En Sobre la televisión (1996), Pierre Bourdieu desarrolla una fuerte crítica al funcionamiento de la TV y a su influencia sobre el periodismo, la política y la cultura.

Para Bourdieu, esa enorme capacidad de influencia estaba subordinada a la lógica del rating, el impacto y la velocidad. En contextos extraordinarios, como una guerra, ese poder podía ser utilizado por los gobiernos para el control de daños mediante el manejo del flujo informativo.

El sociólogo francés sostenía además que la televisión no solo selecciona información: también condiciona la producción discursiva del periodismo, la política y los intelectuales, que terminan adaptándose a sus formatos y tiempos para no desaparecer del espacio público.

Hoy parece suceder algo similar con las redes sociales: domina lo emocional y la espectacularización, mientras que la profundidad queda desplazada por el contenido apto para el consumo rápido. Lo grave es que todos quieren subirse a ese tren a la hora de elaborar discurso.

Hace poco, el escritor iraní-estadounidense Nick Mafi publicó una columna en The New York Times sobre cómo las redes sociales transforman incluso las tragedias y las guerras en un elemento más del feed, mezclado con recetas, memes o videos triviales.

Mafi sostiene que la lógica algorítmica equipara todo: “bombas y nachos pesan lo mismo”. El consumo fragmentado y permanente de contenido debilita nuestra capacidad de registrar el horror o elaborar una memoria colectiva sobre los conflictos.

El desarrollo tecnológico no modifica el horror de la guerra, pero sí transforma la manera en que las audiencias se relacionan con él.

La guerra pasó de las páginas de los diarios a la televisión y luego a las pantallas de los teléfonos. Ya no aparece como un acontecimiento solemne capaz de detener el tiempo, sino como un contenido más dentro del scroll infinito al que nos acostumbramos.

Una bomba en una escuela primaria, una receta o un video gracioso conviven exactamente en el mismo espacio visual y cognitivo: Irán, Ucrania y gatitos volando en ala delta.

Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.

10/5/26

LA ERA DE LOS PERIODISTAS SIN MEDIOS



Marshall McLuhan encontró en la metáfora del pez que ignora el agua una forma tan efectiva como provocadora de explicar cómo vivimos: inmersos en entornos tecnológicos que nos moldean sin ser muy conscientes de ese proceso.


La frase dice: “No sabemos quién descubrió el agua, pero estamos bastante seguros de que no fue un pez. La única cosa que nunca puedes ver es el elemento en el que te mueves”.


Muchas de las columnas publicadas en este espacio apuntan, justamente, a eso: a observar cómo los medios y la tecnología digital operan sobre nuestra vida cotidiana sin que lo registremos del todo.


Hoy, la corriente de esa “agua” que no vemos tiene un sentido bastante claro. En un ecosistema digital donde los contenidos convergen hacia el video corto y vertical, los diarios tradicionales empezaron a empujar a sus periodistas fuera del texto: ahora también tienen que ponerse frente a cámara y contar las noticias.


En Argentina, La Nación y Clarín fueron pioneros en esta transición. No es casual: concentran recursos y suelen leer antes que otros las tendencias que llegan desde medios como The New York Times o The Washington Post, donde este proceso ya está más consolidado.


La implementación no fue sencilla. Para muchos periodistas formados en la cultura escrita, salir del escritorio y exponerse a una cámara, reemplazando la precisión del texto por la inmediatez de la palabra hablada, implicó una profunda incomodidad, cuando no una sensación de degradación profesional.


Pero más allá de las resistencias, hay consenso en que todas las redacciones, tarde o temprano, terminarán incorporando el formato audiovisual. Las universidades ya lo reflejan, pero también los propios estudiantes: llegan con manejo de cámara, edición desde el celular y una relación natural con la exposición. Escribir sigue siendo importante, pero ya no alcanza. El periodista también tiene que ser un performer.


En ese contexto empieza a tomar forma un fenómeno cada vez más visible: periodistas que crecen en popularidad dentro de los grandes medios y, a partir de esa exposición, deciden dar el salto a la independencia. La lógica es relativamente simple: convertir la audiencia del medio en comunidad propia. Redes sociales, newsletters o canales en YouTube funcionan como destino de esa migración.


Uno de los primeros casos fue el de Casey Newton, redactor destacado del medio especializado The Verge, quien en septiembre de 2020 se independizó para lanzar su newsletter de suscripción, Platformer, en la plataforma Substack.


Más cercano en el tiempo, Taylor Lorenz renunció a The Washington Post tras un conflicto con sus editores y lanzó su propio boletín independiente. En su caso, con una ventaja clave: ya contaba con una comunidad consolidada en redes.

 

El patrón se repite: visibilidad primero, autonomía después. Ya sea por conveniencia económica o por limitaciones editoriales, el fenómeno también llegó a los medios argentinos.


En perspectiva, podemos ver la trayectoria de Jorge Lanata como un caso anticipatorio. En 1987, con apenas 26 años, fundó Página/12, mientras expandía su presencia hacia las revistas (Página/30), la radio (Hora 25) y la televisión (Día D).


En esa primera etapa de su carrera transformó su apellido en una marca. No importaba el formato en el que se lo consumiera: había un estándar de estilo y calidad reconocible. Esa es, justamente, la lógica que hoy se potencia.


Un ejemplo más reciente es el de Alejandro Fantino. Tras consolidarse en radio y televisión, en 2023 decidió correrse de la pantalla tradicional para apostar por Neura, un canal de streaming con presencia en YouTube y Twitch, donde controla contenido, formato y vínculo con la audiencia.


En el periodismo deportivo son notorios los casos de Flavio Azzaro y Pablo Carrozza, que no solo renunciaron a trabajar en el mundo corporativo, sino que hoy lo confrontan abiertamente desde sus propios canales.


Pero en Argentina el proceso no siempre termina en ruptura. En el ecosistema local predomina un modelo híbrido: periodistas que no abandonan del todo los medios tradicionales, pero que invierten cada vez más energía en construir una marca personal en el ámbito digital.


La escala del mercado argentino limita las salidas, pero no altera la tendencia: la audiencia empieza a despegarse del medio y a vincularse directamente con las personas. Y en ese movimiento aparece una tensión difícil de resolver: los medios necesitan periodistas visibles para competir en el ecosistema digital, pero esa misma visibilidad es la que permite, llegado el momento, que los periodistas se independicen.


Si se cambia la perspectiva y se observa el fenómeno desde el lado de las audiencias, el cuadro se vuelve todavía más claro. En The Game (2019), Alessandro Baricco plantea que la revolución digital no es solo tecnológica, sino cultural: habilita un vínculo directo, sin intermediarios, con la información.


Para los usuarios, esto puede ser una expansión de posibilidades. Pero para las viejas élites que funcionaban como intermediarias entre las personas y la realidad (maestros, expertos, críticos, políticos) implica una pérdida de poder real y simbólico. Esta lógica también puede trasladarse a las instituciones: escuelas, medios de comunicación, e incluso el propio Estado, ven cuestionada su centralidad.


En la sociedad, como en los medios, nos enfrentamos a estos cambios profundos, motorizados por la tecnología, a los que nos vamos acostumbrando casi sin advertirlo. Naturalizamos la presencia de la tecnología y perdemos perspectiva sobre su impacto en la vida cotidiana.


Como los peces, que nadan incansablemente sin tener conciencia del agua en la que se mueven.


Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.