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30/8/26

DÍAS DE RADIO


El 27 de agosto se celebra en Argentina el Día de la Radio. La fecha recuerda aquella primera transmisión realizada en 1920 desde la terraza del Teatro Coliseo de Buenos Aires, cuando un grupo de pioneros decidió colocar un transmisor y poner en el aire una ópera. Seguramente ninguno de ellos imaginó que ese experimento iba a convertirse en uno de los medios de comunicación más importantes de nuestra historia.

Durante décadas, la radio ocupó un lugar central en la vida cotidiana. Acompañó a las familias al arrancar el día, también viajes, jornadas laborales, partidos de fútbol, madrugadas y tardes de estudio. Fue informativa, musical, deportiva, política y de entretenimiento. También construyó una relación particular con sus oyentes: una voz que hablaba desde un estudio podía terminar formando parte de la intimidad de una persona que escuchaba sola en su casa, en el auto o mientras realizaba alguna otra actividad.

Pero la radio cambió. Y no lo hizo una sola vez.

Primero fue la llegada de la televisión, que parecía destinada a convertirla en un medio del pasado. Después aparecieron las radios FM, internet, los teléfonos celulares, las plataformas de streaming y, finalmente, los podcasts. Cada innovación tecnológica pareció anunciar, de alguna manera, el final de la radio tal como la conocíamos.

Sin embargo, la radio nunca desapareció. Se reinventó.

Hoy podemos escuchar una emisora desde un receptor tradicional, desde una página web, una aplicación, YouTube o una plataforma de audio. Podemos escuchar un programa en vivo mientras ocurre o recuperar sus contenidos varias horas, días o incluso años después. El mismo material puede transmitirse por aire, convertirse en video para las redes sociales y terminar distribuido como podcast.

Entonces aparece una pregunta bastante sencilla, pero no tan fácil de responder: ¿qué es la radio hoy?

Si la definimos por su soporte tecnológico, probablemente tengamos problemas. La radio ya no necesita necesariamente una antena, una frecuencia ni siquiera un receptor tradicional. Si la definimos por su forma de producción, tampoco resulta sencillo: muchos podcasts utilizan recursos propios de la radio y muchos programas radiales se producen pensando desde el comienzo en su segunda vida digital.

Tal vez tengamos que buscar la respuesta en otro lugar: alguien tiene algo para decir, hay un micrófono y alguien está dispuesto a dar un poco de su tiempo para escuchar una historia. Mientras estos elementos estén presentes, tendremos radio para rato.

No importa si hay cámaras o por dónde se transmite. La tecnología modificó las herramientas, pero no necesariamente esa relación básica entre quien habla y quien escucha.

Claro que el cambio tecnológico produjo transformaciones profundas. Durante mucho tiempo la radio fue un medio de emisión masiva: unos pocos producían contenidos y millones de personas los recibían. El modelo era bastante claro. Había emisores, una programación determinada y una audiencia que podía elegir entre distintas propuestas.

Internet rompió esa lógica. Hoy cualquiera puede producir un contenido sonoro con un teléfono celular, subirlo a una plataforma y ponerlo potencialmente a disposición de millones de personas. La barrera de entrada técnica bajó considerablemente. Pero apareció otra dificultad: producir es sencillo, pero conseguir que alguien nos escuche es mucho más complicado.

En un ecosistema donde se publican miles de horas de contenido todos los días, competir por la atención se convirtió en el principal desafío. Y ahí aparecen los algoritmos, que deciden qué contenidos vemos, cuáles escuchamos y cuáles permanecen ocultos en esa enorme nube digital donde se guarda toda la información.

También cambió la relación con el tiempo. La radio tradicional estaba asociada al vivo. Un programa comenzaba a determinada hora y terminaba cuando el conductor se despedía. Si no estábamos escuchando en ese momento, nos lo perdíamos. El podcast alteró esa lógica al permitir que el contenido pudiera escucharse cuando el usuario quisiera.

Pero la transformación fue todavía más profunda. El podcast permitió recuperar algo que la radio había perdido: la posibilidad de producir contenidos específicamente pensados para ser escuchados sin depender de una programación.

Una entrevista puede durar una hora. Una crónica puede ocupar treinta minutos. Una historia puede desarrollarse durante varios episodios. No hay necesidad de interrumpirla porque llegó la hora del noticiero o porque hay que pasar a la tanda publicitaria.

Al mismo tiempo, el streaming está recorriendo el camino inverso. Las plataformas nacieron asociadas al consumo bajo demanda, pero cada vez incorporan más transmisiones en vivo. La imagen volvió a ganar protagonismo y muchos programas que se presentan como radio necesitan ahora cámaras, iluminación, escenografía y una estrategia específica para las redes sociales.

La radio, entonces, atraviesa una tensión de fondo: para sobrevivir en el ecosistema digital debe incorporar cada vez más recursos audiovisuales, pero cuanto más se acerca a la televisión, más se parece a aquello que históricamente la diferenció.

No importa el nombre que usemos para etiquetarla. No importa que la llamemos podcast o que le sumemos una cámara para transmitir por Twitch o YouTube desde alguna habitación perdida en la ciudad. Más allá de cómo la llamemos, es innegable que hay un cambio de paradigma que afecta tanto a quien cuenta como a quien escucha esas historias.

Porque también cambió el oyente. Ya no necesariamente espera que una emisora decida qué debe escuchar. Puede buscar un programa específico, seguir a un conductor, suscribirse a un podcast, abandonar un episodio a los cinco minutos o recomendarlo en redes sociales. Puede participar de una transmisión, comentar en un chat y convertirse, incluso, en productor de contenidos.

La audiencia dejó de ser solamente audiencia y, sin embargo, hay algo que permanece.

La radio tiene una capacidad que resulta difícil de explicar desde la tecnología: puede generar compañía aun cuando no sabemos quién está del otro lado. Una voz puede instalarse en nuestra vida cotidiana hasta convertirse en familiar. Puede hablarnos mientras manejamos, cocinamos, trabajamos o simplemente estamos solos.

Quizás allí esté la clave de su supervivencia. La radio no sobrevivió porque haya conseguido acomodarse a todas las tecnologías. Sobrevivió porque encontró nuevas formas de mantener vigente una relación humana muy antigua: alguien que tiene algo para contar y alguien que decide detenerse unos minutos para escuchar.

Mientras esos dos extremos sigan encontrándose, podrán seguir cambiando las plataformas, los micrófonos, las cámaras, los algoritmos y las formas de distribución.

Pero seguiremos teniendo radio.

Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá

 

14/6/26

LA RADIO SE TRANSFORMA PARA SOBREVIVIR

 

Somos contemporáneos de un proceso en el que la TV del futuro está tomando forma. Por un lado, los adelantos tecnológicos ya desarrollaron pantallas flexibles, capaces de estirarse literalmente, y que funcionan sin cables, ya que tanto la energía basada en campos electromagnéticos como las imágenes llegan de manera inalámbrica.

La tecnología nos dará acceso a contenido interactivo y a publicidad hiperpersonalizada, resultado de la combinación entre inteligencia artificial y algoritmos.

Algunos movimientos de la actualidad permiten vislumbrar cómo será esa pantalla en un futuro no muy lejano: un abono que nos permita acceder a cualquier tipo de contenido, sin importar su formato de origen.

Si bien el punto de partida de las plataformas de streaming fue el consumo on demand, cada vez avanzan más hacia la transmisión de programas en vivo. La novedad de estas semanas es la nueva propuesta de Netflix: la posibilidad de ver y escuchar en directo las emisiones diarias del programa de radio The Breakfast Club.

Se trata de un programa matutino que desde 2010 se emite por la WWPR-FM de Nueva York (y en más de cien estaciones de radio de los EEUU), con una programación basada en entrevistas a figuras del hip-hop y la cultura pop. También incluye debates sobre actualidad, farándula, la industria musical y la política estadounidense.

Si bien son innumerables las emisoras de radio que transmiten en YouTube y ofrecen el consumo en directo de su programación completa, es la primera vez que un programa de radio se integra al catálogo de Netflix. Todo indica que aquí se abrirá un nuevo frente de batalla entre las dos empresas que se disputan el reinado de las pantallas.

Hace rato que la radio tradicional se sumó a la hegemonía de la imagen, pero en este nuevo contexto ya no alcanza con una cámara fija y una iluminación deficiente. Si el futuro implica ser cada vez más TV y menos radio, la actualización técnica será imprescindible.

También debe quedar relegada la idea de competir desde la exclusividad del sonido frente a las pantallas. La radio será multiplataforma o no será nada. Hoy resulta impensable construir un modelo de negocios basado únicamente en la pauta publicitaria sin contar con streaming visual, presencia en redes sociales y videopodcasts para el consumo on demand de las transmisiones en vivo.

Podríamos decir que el podcast logró darles a los contenidos emitidos en vivo una segunda vida. Los programas de radio clásicos no solo eran etéreos (al transmitirse por aire no se podían ni ver ni tocar), sino que, una vez finalizados, esos sonidos se perdían para siempre. En la actualidad, las emisoras suben de manera inmediata recortes o programas completos recién emitidos a Spotify o YouTube.

Por eso, el podcast no solo debe entenderse como un modo de producción (pensar y crear contenidos para el consumo on demand), sino también como un modo de distribución, ya que muchos programas emitidos en vivo encuentran luego una nueva audiencia al ser publicados en plataformas digitales.

El modo “solo audio” parece quedar relegado a la escucha en los receptores de los automóviles o en algún aparato analógico que todavía sobrevive en algunas casas. En el ecosistema digital actual, todas las radios comerciales tienen presencia por streaming.

Muchas cuentan con sus propios sitios web o transmiten en video a través de YouTube, Twitch, Flow o plataformas similares. Así, los clásicos micrófonos de la radio comparten protagonismo con cámaras robóticas de alta definición, iluminación escenográfica y pantallas interactivas, transformando al otrora oyente en espectador.

Esta nueva lógica audiovisual lleva a los programas radiales a competir, en pie de igualdad, con la oferta televisiva y con los canales de streaming nativos (como Luzu TV, Olga o Blender), que apuntan especialmente al público joven. Es tan fuerte la competencia que, en el tradicional prime time radial (de 7 a 13 horas), podemos encontrar en streaming a los programas de Nico Occhiato o Migue Granados.

Los estudios de audiencia todavía le otorgan a la radio informativa tradicional la supremacía durante la primera mañana (de 6 a 10 horas), pero también muestran que los canales de streaming dominan la franja de 10 a 14 a partir de formatos de entretenimiento y conversación descontracturada.

Hace tiempo que la pérdida del público joven se transformó en un problema vital para la radio. Algunos especialistas vinculan este fenómeno con la fragmentación de las audiencias provocada por la explosión de los medios digitales. Entre las posibles causas también aparecen la edad promedio y el perfil de los conductores (en términos generales, hombres de entre 40 y 60 años), el fuerte anclaje temático en la actualidad y las noticias mientras muchos jóvenes practican una forma activa de evasión informativa.

Los nuevos formatos fueron desplazando a la radio de algunas de sus funciones históricas. TikTok, por ejemplo, le quitó el papel de vidriera para descubrir música nueva. Del mismo modo, la cercanía con las grandes figuras de la cultura, que antes se construía a través de entrevistas en profundidad, hoy aparece mediada por la desintermediación que proponen las redes sociales.

A pesar de todos estos cambios y de las adaptaciones a las que la radio debió someterse, existe cierta lógica que explica su permanencia: su capacidad para establecer una conexión humana. La posibilidad de hacernos sentir parte de una experiencia colectiva, sabiendo que hay otros escuchando lo mismo, pero convencidos de que esa voz nos está hablando exclusivamente a nosotros.

En esa contradicción reside, tal vez, la famosa magia de la radio.

Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.


15/3/26

PERGOLINI LO HIZO DE NUEVO


Mario Pergolini es, sin dudas, un personaje importante del ecosistema mediático argentino de las últimas cuatro décadas.

Convertido hoy en una marca con peso propio, podemos ubicar el origen de su carrera en 1985, con el programa “Feedback” que conducía con Ari Paluch en la trasnoche de FM Continental. Dos años después dan el salto a la FM Rock & Pop. 

Lo que sigue ya es más conocido: su éxito en la radio de la mano de las 19 temporadas de “Cuál es?”, y su presencia en la pantalla chica con “La TV ataca” y “Ritmo de la Noche”, programas que planteaban un enfrentamiento explícito con Marcelo Tinelli.

Desde sus inicios quedó clara su impronta: irreverente, sarcástico, irónico… Digamos que encarnaba el estereotipo del joven rebelde pero en una versión pasteurizada, apta para el consumo masivo en el contexto de los medios tradicionales.

Para muchos analistas de la época, la fórmula del éxito del joven Pergolini estaba en la ruptura de la distancia que tradicionalmente existía entre los conductores de radio y TV y la audiencia. Sin acartonamiento, con la jerga callejera como código básico, parecía decirles a sus seguidores: “soy uno más de ustedes”.

Era la contracara perfecta del estilo de Juan Alberto Badía, conductor en los 80 de un programa ómnibus por Canal 13 donde se presentaban los principales referentes del rock nacional… y que Badía recibía de traje y corbata. Para Pergolini, el rock no solo era un género musical sobre el que debía informar o producir contenido: era toda una filosofía de vida.

Pero en 1995, en pleno apogeo del neoliberalismo menemista, estrenó “CQC” (Caiga Quien Caiga), un proyecto televisivo con el que parecía encarar su etapa de adulto rebelde y con el que redoblaba la apuesta. Bajo el formato de un resumen irónico de noticias, ponía el foco en la clase política… en sus luces y, mucho más, en sus sombras. Podríamos decir que fue una proto versión libertaria en el combate contra la casta.

El programa fue un éxito y el formato de los conductores ingresando al estudio con anteojos de sol se exportó a varios países: España, Italia, Brasil, Chile, Francia, Portugal, Israel, México, Bolivia, Paraguay, Uruguay, Estados Unidos y Países Bajos.

Este, y otros programas, eran realizados por Cuatro Cabezas, productora que Pergolini creó junto a su socio Diego Guebel en 1993 y que 15 años después vendieron al grupo neerlandés Eyeworks por aproximadamente 40 millones de dólares.

Esta es otra faceta importante del personaje que hoy analizamos: el gen emprendedor que lo llevó a crear y dirigir más de una decena de empresas vinculadas a medios, publicidad, generación de contenidos y tecnología.

Una de esas empresas donde medios y tecnología se cruzan es Vorterix, que nació como radio (aunque hoy ya no transmite con señal analógica) y fue pionera en la transmisión por streaming desde una plataforma propia.

Hoy, con 61 años, Mario Pergolini sigue vigente en las pantallas. A punto de estrenar la segunda temporada de “Otro día perdido” por canal 13, su regreso a la TV tiene el estilo y los contenidos propios de los late night show de la TV de EEUU: banda en vivo, humor, magia y entrevistas a los invitados del día.

Con la llegada de marzo, época en la que las radios lanzan su programación anual, también estrenó programa en Vorterix. Se trata de “No preguntes por Rusia, dos horas de lunes a viernes que rescatan la estética del streaming hogareño: se lo ve solo en el estudio, operando una consola, compartiendo música con CDs y vinculandose por videoconferencia con sus columnistas e invitados. La novedad es que habla constantemente con tres agentes de inteligencia artificial que entrenó para que lo acompañen al aire. 

De aquel joven rebelde quedó poco y nada. Hoy vemos a un conductor de 61 años que, como casi siempre en su carrera, se destaca por la innovación tecnológica y por estar un paso adelante del resto: mientras los canales de streaming cada vez se parecen más a la TV, Pergolini apuesta a un minimalismo con cierto aire retro.

Mientras la TV pierde audiencia, él tiene claro cuál es el público que se fue de ese medio y apuesta a llegarle a partir de una estrategia digital. Ya sea el programa entero disponible para el on demand (con vistas muy superiores al rating televisivo) o el clipeo que permite que por redes sociales nos llegue a todos algún fragmento de cada emisión.

Otro punto disruptivo es el cambio de tono. Se lo ve más pausado y reflexivo. De hijo díscolo pasó al rol de padre comprensivo.

Antes, con una clase política acartonada, el modus operandi era el uso de un discurso irónico para dejarla en evidencia frente a la audiencia. En la actualidad, donde el discurso es violento y prima la intolerancia antes que el diálogo, Pergolini redobla la apuesta: se rebela (que no es lo mismo que "ser rebelde").

Se lo escucha tranquilo, tolerante  (aun cuando algún invitado le recuerda lo mal que lo trataron desde sus programas), volviendo a las fuentes pero sin renunciar a la tecnología de punta.

Y sí, Mario lo hizo de nuevo.

Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.

1/2/26

ALGORITMOS, AUDIENCIAS Y DIVERSIDAD

 


La industria audiovisual de nuestro país tiene una historia rica y diversa. Sus hitos más reconocidos son la época de oro del cine argentino, desde mediados de los años treinta hasta mediados de los cincuenta, y los inicios de la televisión.

La primera transmisión televisiva se realizó el 17 de octubre de 1951 con la inauguración de Canal 7, lo que convirtió a la Argentina en pionera en la región.

En línea con estos antecedentes, la escena local de los canales de streaming se destaca hoy a nivel global, como una de las más pujantes e innovadoras. No se trata solo de cantidad de contenidos, sino de formatos, estilos y modos de vinculación con las audiencias que luego son replicados en otros países.

Desde lo tecnológico, el streaming habilita dos tipos de consumo. Por un lado, el modelo on demand, al estilo Netflix, con contenidos disponibles en cualquier momento y desde múltiples dispositivos. Por otro, las transmisiones en vivo a través de plataformas como YouTube, Twitch o Kick, que recuperan la lógica del directo incorporando interacción permanente con la audiencia mediante el chat con los espectadores.

Mario Pergolini fue pionero en la implementación de este formato en el ecosistema de medios locales. En 2012 inauguró Vorterix como radio y canal de streaming. En paralelo, se desarrollaba una modalidad mucho más “casera”: adolescentes que transmitían desde sus dormitorios mientras jugaban videojuegos o contaban anécdotas cotidianas. Sin estructura fija ni producción profesional, el contenido se construía en tiempo real a partir del intercambio con el chat.

Un documental que retrata esos orígenes es “Coscu, la construcción de un imperio”, basado en un archivo de más de 1200 horas de transmisiones.

Coscu introdujo en Latinoamérica conceptos como la streaming house, impulsó una gran comunidad de creadores, promovió los Coscu Army Awards (una premiación anual que llegó a llenar el Teatro Colón y el Luna Park) y popularizó neologismos como “buenardo” que marcaron a toda una generación.

De aquellos inicios a la actualidad, el panorama cambió drásticamente. YouTube se consolidó como la nueva televisión, el espacio donde los canales de streaming hicieron base. Incluso Pergolini abandonó su proyecto de plataforma propia para migrar definitivamente a YouTube. De la enorme cantidad de jóvenes que “prendían cámara” a diario quedaron pocos, aunque el recambio es constante.

Hoy es más fácil producir y transmitir, pero mucho más difícil monetizar. Para una minoría, el streaming se transformó en una profesión; para la mayoría, sigue siendo un hobby con ingresos mínimos.

Desde las Ciencias de la Comunicación, este fenómeno se analiza no solo desde las condiciones de producción, sino también desde las condiciones de recepción: cómo se conforman y actúan las audiencias.

Para quienes están del otro lado de la pantalla, los avances tecnológicos también tuvieron un impacto profundo. Se pasó de la programación lineal de la televisión tradicional a una oferta audiovisual prácticamente ilimitada, disponible en todo momento y lugar. Es como pasar del sistema de colectivos, con paradas y horarios fijos, a las aplicaciones de autos que están siempre disponibles y nos pasan a buscar por la puerta de nuestras casas.

Hablamos de audiencias en plural porque el acceso al contenido se da hoy en distintos niveles. Están quienes consumen transmisiones en vivo, quienes ven los programas en diferido y quienes acceden de manera fragmentada a través de clips que circulan en redes sociales.

En este punto, las condiciones de producción y de recepción se ven influidas por el mismo factor: los algoritmos. El contenido que más se visualiza es el video corto vertical, por lo que en los streaming en vivo se producen momentos de alto impacto específicos, que luego se editarán y se pondrán a circular en redes sociales buscando la viralización.

A esta práctica se la conoce como clipping, los clips circulan en formatos como TikToks, Reels o Shorts y su éxito depende en gran medida de los algoritmos. Ya no existe una audiencia homogénea, sino múltiples formas de acceso a un mismo contenido, con distintos grados de atención. El consumo audiovisual dejó de ser una práctica específica (sentarse a ver un programa) para convertirse en una actividad continua (scrollear durante todo el día).

Dentro de esta lógica, los contenidos que mejor circulan son los breves, emocionales o banales. Lo complejo, lo incómodo o lo denso tiende a quedar relegado.

Aunque en teoría la mayor producción de contenido que nos permite la tecnología se debería traducir en diversidad, garantizando la libertad de expresión, en la práctica la mayoría de los emisores repiten fórmulas que aseguren visibilidad.

Así, esa entelequia indefinible a la que llamamos algoritmo termina funcionando como un nuevo editor ideológico. A diferencia de los medios tradicionales, donde el editor tiene nombre y apellido, aquí no podemos identificar nombres, ni valores, ni intereses claros, y es esa falta de transparencia la nos aleja cada vez más de una lógica verdaderamente democrática.


Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.

21/9/25

CUANDO LO NUEVO ES VIEJO Y LO VIEJO ES NUEVO


En 1997, Roger Fidler publicó “Mediamorfosis: Comprender los Nuevos Medios”. Periodista e investigador de origen checo, Fidler fue pionero en el estudio de la relación entre tecnología y comunicación.

Imaginó y diseñó el prototipo de la primera tableta digital. La pensó como la sucesora del diario de papel. El concepto de mediamorfosis viene por ese lado.

Fidler utiliza la idea de ecosistema aplicada a los medios. Las nuevas tecnologías permiten que nuevas especies ingresen a ese ecosistema que, durante el siglo XX, estaba conformado por los medios gráficos, la radio, la TV y el cine.

Para retratar el choque de lo viejo y lo nuevo introduce el concepto de complementariedad. Las nuevas tecnologías no necesariamente sustituyen a las anteriores, sino que las obligan a transformarse.

Así, para no desaparecer como los dinosaurios, los viejos medios se ven obligados a una adaptación “metamórfica”. Fidler nos dice: "En vez de morir, al emerger nuevas formas, el principio de supervivencia sugiere que formas más antiguas se adaptarán y continuarán evolucionando en sus dominios".

En estos casi treinta años, la evidencia es contundente. Los medios tradicionales han debido reinventarse para sobrevivir en un ecosistema cada vez más saturado.

La televisión, audiovisual por esencia, se expandió a múltiples pantallas: clips diseñados para redes sociales, transmisiones en vivo en plataformas de streaming y repositorios en YouTube para llegar a nuevas audiencias.

Los diarios sacaron a sus periodistas de la redacción y los pusieron frente a las cámaras: Clarín y La Nación hoy incluyen en sus portales segmentos audiovisuales donde cronistas cuentan las noticias, un híbrido entre prensa escrita y noticiero televisivo.

La radio, que durante décadas se enorgulleció de su carácter sonoro, también se transformó. De las primeras cámaras fijas en los estudios pasamos a complejas instalaciones con tecnología 4K y realizaciones multicámara. Urbana Play sintetiza este cambio con un eslogan que parece una paradoja: “la radio que se ve”.

Como ya mencionamos, estimado lector, los medios tradicionales se ven obligados a evolucionar. Pero lo más interesante es que los nuevos medios también se metamorfosean para parecerse a los viejos.

Es el caso de YouTube, una de las primeras plataformas de la era digital, que terminó convertida en la “nueva televisión” para las generaciones más jóvenes. Este mes dio un paso decisivo al transmitir de manera exclusiva y global un partido de la NFL (la liga del fútbol americano), con el antecedente de ser la pantalla de los Juegos Olímpicos de 2020 y 2024. Ocupa, de a poco, un terreno colonizado por los canales de TV de aire y cable.

También Netflix, que nació para romper con la lógica de la TV, hoy replica sus estrategias: rediseñó su interfaz para acercarse a la de YouTube, incorporó videojuegos y un feed vertical al estilo TikTok o Reels. Otra novedad es la incorporación de contenido en vivo y la exploración de nuevos formatos, como los eventos deportivos. La pelea entre Canelo y Crawford, emitida sin costo adicional para los suscriptores, marcó un hito en un mercado acostumbrado al modelo de pay per view (pagar para ver). Desde la compañía norteamericana sostienen que con la nueva estrategia buscan atraer a segmentos de audiencia hasta ahora poco explotados.

Spotify, que se presentó como la revolución del audio, avanza con determinación hacia el video. Incluye podcasts filmados, videoclips musicales, fragmentos cortos bajo el nombre “Clips”, para vídeos cortos al estilo TikTok, y un refuerzo audiovisual en su pantalla principal. Su objetivo no es solo sumar usuarios; también busca competir en el terreno publicitario, donde el video sigue siendo rey.

Desde finales del siglo XIX los adelantos tecnológicos permitieron que surgieran medios de comunicación que aportaban novedades, ya sea en el plano del soporte como en el de las prácticas de consumo que imponían a las audiencias. Del trabajador que leía el diario en el tranvía regresando a su casa a la familia reunida para escuchar una radio a galena que ocupaba un lugar estelar en el living, espacio que luego le sacaría la televisión.

En la actualidad, nos enfrentamos a un escenario totalmente opuesto. La diferencia hoy es la velocidad y la dirección del cambio. La tecnología evoluciona a un ritmo mucho más acelerado que hace cien años, pero en lugar de diversificar, parece tender a la concentración.

Hoy, todos los caminos conducen a la pantalla.


Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.

7/9/25

LIBERTARIOS QUE MILITAN LA CENSURA


El caso de los audios filtrados de Diego Spañolo y Karina Milei expone una paradoja: quienes enarbolan la bandera de la libertad recurren a la censura cuando la información incomoda. La medida cautelar del juez Maraniello abrió un debate que desborda lo jurídico: el desfasaje entre la letra de la ley y la práctica cotidiana de los usuarios de medios y redes.

El control de la información siempre fue una obsesión de los poderes de turno. Cuando el consenso democrático consolidó el valor de la libertad de expresión, anulando la posibilidad de la censura manifiesta, la creatividad de los gobernantes generó múltiples estrategias.

A lo largo de la historia, fueron muchos los políticos enamorados de la prensa libre que, al llegar al poder, hicieron lo posible por controlarla. Desde impuestos altos para el papel o la tinta de impresión hasta el uso de la pauta oficial para condicionar la línea editorial, más acá en el tiempo.

En El Príncipe, Maquiavelo sugiere que la libertad no es un valor absoluto. Es un medio que puede promoverse si sirve a la seguridad y estabilidad del Estado, o abandonarse si representa un riesgo. Si extendemos el concepto a la libertad de expresión, que por esa época todavía no existía, podemos inferir que Maquiavelo también la habría sometido a los objetivos del Estado.

Se dice que en una guerra la primera víctima es la verdad. En una dictadura, también. El caso de Rodolfo Walsh lo demuestra: su Carta abierta a la Junta Militar, fechada el 24 de marzo de 1977, fue un acto de resistencia frente a la censura. Para esquivar el cerrojo informativo, ideó un sistema artesanal: distribuir el texto por correo, buscando llegar a personalidades de distintos ámbitos, a periodistas de medios locales y a corresponsales extranjeros.

El control férreo sobre los medios locales era vencido, también, por los caprichos de la geografía. A escasos 50 km de la ciudad de Buenos Aires, las emisiones de Radio Colonia (Uruguay) brindaban informaciones sobre la situación política y social de Argentina.

La voz del periodista argentino Ariel Delgado, que desde Colonia leía las noticias comenzando con un “Buenos Aires”, era lo más parecido al sonido de la libertad que se podía oír por estos lares.

La historia vuelve a repetirse, con otras tecnologías. Los audios cuya difusión prohibió un juez argentino circularon sin restricciones esta semana a través de M24, una FM de Montevideo, accesible en segundos desde cualquier navegador. El fallo perdió eficacia frente a la lógica global de internet.

En el plano internacional, el caso de los Papeles del Pentágono en 1971 marcó un hito. El gobierno de Richard Nixon intentó prohibir que varios diarios publicaran unos documentos secretos en los que se exponían las mentiras del gobierno respecto a la guerra de Vietnam. El principal fundamento para promover la censura era proteger la seguridad nacional.

La Corte Suprema de Estados Unidos falló a favor de la prensa, en línea con la Primera Enmienda que garantiza la libertad de expresión. Esta semana, Carlos Pagni rescata las palabras de Hugo Black, uno de sus jueces, que al justificar su voto sostiene que nada amenaza más la seguridad de la sociedad norteamericana que limitar la libertad de prensa.

En la medida cautelar que firma Maraniello, se instruyó al ENACOM (Ente Nacional de Comunicaciones) para hacer cumplir el cese de la difusión de los audios por “cualquier medio de comunicación de forma escrita y/o audiovisual y/o a través de redes sociales desde todo sitio, plataforma y/o canal web”.

Es importante remarcar la diferencia sustancial entre un medio de comunicación, identificable legalmente y con un editor responsable, y los millones de perfiles que encontramos en las redes sociales, muchos de ellos anónimos o que suplantan la identidad de un tercero, a los que técnicamente es imposible controlar simultáneamente respecto al contenido que publican.

En este mismo sentido, todavía no existe consenso a nivel internacional sobre las plataformas digitales y su rol como mediadoras de la información y su responsabilidad en la vigencia de la libertad de expresión. En casos como el analizado en esta columna, la pregunta que se desprende es a quién castigar por no respetar una prohibición judicial: ¿a la plataforma o a los usuarios?

Por todo lo expuesto, me atrevo a sostener que vivimos tiempos maquiavélicos, capusotescos y marxistas, no por Carlos, sino por el genial Groucho Marx, que en uno de sus pasos de comedia remata una escena diciendo: “Estos son mis principios; si no le gustan, tengo otros”.

Una definición que bien podrían suscribir los libertarios que hoy militan a favor de la censura.


Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.


24/8/25

EL ARTE DE CONTAR HISTORIAS


En estos días me llamó mucho la atención que tanto en la TV como en la gráfica apareciera contenido conmemorativo de los 35 años del final de la telenovela “La extraña dama”, protagonizada por Luisa Kuliok y Jorge Martínez.

Como no recordaba información de esa época, me puse a investigar tratando de entender por qué esta producción de Canal 9 ameritaba el homenaje, en detrimento de tantas “novelas de la tarde” que se filmaron en las últimas décadas.

Con la información recolectada, pude sacar varias conclusiones: con el rating en baja y la falta de ficciones en la TV actual, llama la atención los más de 4 millones de televidentes que vieron el capítulo final.

Otro dato llamativo es que esta novela se exhibió en varios países, abriendo mercados para otras producciones nacionales. Desde los años 50, época de oro del cine argentino, a nuestra industria audiovisual le costaba trascender fronteras.

Argentina tiene una larga tradición en el melodrama, ya que a finales del siglo XIX aparecieron las novelas de folletín. Se trataba de fragmentos o capítulos de novelas cortas que los periódicos empezaron a publicar junto a las noticias, con la intención de enganchar a los lectores con la historia y obligarlos a comprar el diario al día siguiente.

Ya entrado el siglo XX, el folletín se independizó de las noticias y comenzó a imprimirse por separado. Eran publicaciones de formato pequeño, de fácil lectura y precio económico, que a diferencia de los libros, se vendían en los puestos de diarios.

El folletín nació en Europa y sus principales géneros eran la novela rosa, la novela de aventuras y el policial. Fue la primera forma de publicación para muchas historias que aún son reconocidas, como “Los tres mosqueteros” y “El conde de Montecristo”, por ejemplo.

Con la llegada de la radio, el formato se adaptó a la necesidad de contar esas historias solo con sonidos, dando inicio al radioteatro. Durante tres décadas, historias como "Chispazos de tradición" o “Los Pérez García”, mantenían en vilo al radioyente con la evolución de la trama dramática.

Esta versión sonora del folletín fue todo un éxito. Los actores de los radioteatros hacían giras por salas de todo el país con la puesta en escena de cada obra; además, se vendían álbumes con sus fotografías y los libretos de los guiones radiofónicos.

En la era de la televisión, nos encontramos con un nuevo desafío de adaptación del melodrama, esta vez a la lógica del audiovisual. Más allá de las cuestiones técnicas, hay elementos de la trama que perduran en el tiempo y que le dan identidad al género.

¿Qué tienen en común el folletín, el radioteatro o una telenovela? Lo principal: una historia de amor entre una pareja que debe luchar contra todo tipo de obstáculos para consumarlo. Además, personajes estereotipados sin lugar para los grises: los protagonistas, aparte de lindos, son muy buenos; mientras que sus enemigos, los que quieren arruinarles la vida, son muy malos.

También hay conflictos con identidades negadas o robadas: hijos con padres falsos o desconocidos, y supuestos herederos que legalmente no merecen recibir nada. Otro elemento importante: las historias se enmarcan en un contexto de asimetría social, con choferes que se enamoran de sus patronas o secretarias flechadas por sus jefes, que en general son herederos de una gran fortuna o el CEO de una multinacional.

La revolución tecnológica les dio una segunda vida a clásicos del género, que hoy se ofrecen dentro del catálogo de distintas plataformas de streaming. Los ejemplos de “Yo soy Betty, la fea” y “Pasión de gavilanes” abrieron paso a producciones argentinas como “Muñeca brava”, protagonizada por la dupla Oreiro/Arana, y "Montecristo”, con Pablo Echarri, ambas disponibles en Netflix.

También hay una actualización del formato en función de las nuevas formas de consumo. En este sentido, las webnovelas presentan episodios cortos, diseñados para el formato de pantalla vertical, que apuntan a un público joven y se publican regularmente, siguiendo una narrativa serializada. Hay muchas en TikTok, con mucho público que las consume.

Puede ser alguien contando una aventura alrededor de un fogón, o un adolescente descubriendo una telenovela clásica junto a su mamá. No importa el momento histórico ni el soporte por el cual nos llegan las palabras. Lo importante son las historias, principalmente si terminan ganando los buenos y los malos encuentran su justo castigo. Al fin y al cabo, siempre se trató de compensar, aunque sea un poco, la dura realidad.


Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.