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25/10/26

LA PANTALLA MÁGICA



Octubre reúne dos acontecimientos significativos en la historia argentina. El 17 de octubre de 1945, una multitud de trabajadores, provenientes principalmente del conurbano bonaerense, ocupó la Plaza de Mayo para exigir la liberación de Juan Domingo Perón. Exactamente seis años después, esa misma plaza fue el escenario elegido para la primera transmisión oficial de televisión en nuestro país.

La emisión inaugural de LR3 Radio Belgrano Televisión difundió los discursos de Perón y Eva Perón ante una multitud. Como una de esas ironías de nuestra historia, el encargado de poner en marcha el nuevo medio fue Jaime Yankelevich, un empresario radial a quien el gobierno de Perón había presionado, pocos años antes, para que le vendiera sus emisoras.

Con el apoyo político del gobierno de Perón y el entusiasmo de Eva Perón por el proyecto, Yankelevich importó de Estados Unidos transmisores, cámaras y una antena de 50 metros que se instaló sobre el Ministerio de Obras Públicas, esa mole de cemento que todavía se recorta sobre la avenida 9 de Julio.

Había muy pocos televisores en los hogares argentinos. Por eso, muchos espectadores conocieron las primeras imágenes agolpados frente a las vidrieras de los locales de electrodomésticos.

Durante los años cincuenta, la programación fue una aventura artesanal. Locutores, actores y artistas provenientes de la radio aprendían a trabajar frente a las cámaras. Un mes después, el 18 de noviembre de 1951, llegó el fútbol, con un partido entre San Lorenzo y River.

En los sesenta aparecieron los canales privados y el televisor comenzó a conquistar los hogares. Ya no era necesario reunirse frente a una vidriera. La pantalla se instaló en el living y empezó a organizar buena parte de la vida familiar.

Esto permite pensar la televisión desde dos perspectivas. Una tiene que ver con los contenidos: noticieros, películas, novelas, deportes y programas de entretenimiento. La otra, con el aparato mismo, ese mueble que durante décadas ocupó un lugar privilegiado en las casas y alrededor del cual se organizaron horarios, conversaciones y distintas rutinas familiares.

Los años setenta estuvieron atravesados por la violencia política, la estatización de los principales canales privados y, durante la dictadura, la censura. El Mundial de 1978 impulsó la infraestructura para transmitir imágenes en color hacia el exterior, aunque las transmisiones locales bajo este sistema comenzaron en 1980.

Con el regreso democrático llegaron nuevos contenidos y una mayor apertura. En los noventa, el cable multiplicó las señales disponibles y la privatización de canales impulsó la concentración empresarial, con el Grupo Clarín como emblema de ese proceso. Más tarde, las productoras argentinas consiguieron exportar ficciones y formatos televisivos a buena parte del mundo.

Pero la pantalla que nació aquel 17 de octubre atraviesa hoy una transformación que afecta tanto a sus contenidos como al aparato que los reproduce.

Empecemos por el televisor.

Durante años fue una caja pesada, con una pantalla pequeña y una antena que había que acomodar para conseguir una imagen aceptable. Después llegaron el control remoto, el color, las pantallas planas y la alta definición.

Hoy los televisores son cada vez más delgados, pueden integrarse a la decoración y convertirse en cuadros que exhiben obras de arte cuando no estamos mirando un programa.

La inteligencia artificial también comienza a modificar su funcionamiento. Los nuevos equipos incorporan procesamiento de imagen, comandos de voz y asistentes de IA capaces de buscar información o responder preguntas relacionadas con lo que estamos viendo.

Funciones que hasta hace poco nos obligaban a recurrir al teléfono o a una computadora comienzan a incorporarse al televisor. Esta nueva lógica elimina la funcionalidad actual de la segunda pantalla.

Mientras tanto, la televisión como industria atraviesa una crisis profunda. La aparición de las plataformas de streaming, YouTube y las redes sociales terminó con el predominio de los canales tradicionales sobre el consumo audiovisual. Especialmente entre los jóvenes, la programación organizada por horarios perdió terreno frente a la posibilidad de elegir qué mirar, cuándo y desde qué dispositivo.

El cambio también llegó a la publicidad. Buena parte de la inversión de los anunciantes migró hacia las plataformas digitales, capaces de segmentar sus mensajes y medir con mayor precisión los resultados.

Con menos audiencia e ingresos, producir televisión se volvió cada vez más difícil. Las ficciones diarias, que durante décadas fueron uno de los grandes atractivos de la pantalla argentina, cedieron espacio a formatos más económicos, como los programas de panelistas y los realities.

Incluso los canales de streaming comenzaron a competir por el público de los programas en vivo, incorporando cámaras, conductores y escenografías que recuerdan bastante a la televisión tradicional.

Y acá aparece una paradoja interesante. Mientras la televisión abierta pierde espectadores, buena parte de los medios parece querer convertirse en televisión. La radio incorpora cámaras, los diarios producen videos, los podcasts se filman y los creadores de contenidos montan estudios para transmitir en directo: todos buscan tener una pantalla propia.

A los 75 años de su nacimiento, la televisión argentina enfrenta dificultades económicas y cambios profundos en sus formas de producción y consumo. La señal estatal, que acaba de recuperar su nombre histórico de Canal 7, tampoco escapa a las restricciones presupuestarias y a la discusión sobre el papel de los medios públicos.

Sin embargo, la televisión conserva algo que las plataformas todavía intentan reproducir, y casi nunca lo logran: su capacidad para reunir audiencia masiva alrededor de un mismo acontecimiento.

Un partido decisivo, una noticia extraordinaria o un acontecimiento político pueden volver a convocar a millones de personas frente a una transmisión en vivo.

Quizás ya no compartamos el mismo aparato ni estemos sentados a la misma hora en el living familiar. Pero seguimos buscando imágenes que nos permitan sentir que estamos participando de algo junto con los demás, como ocurrió en los últimos mundiales de fútbol.

Desde aquella multitud reunida frente a las vidrieras en 1951 hasta los televisores inteligentes que hoy decoran nuestras casas, cambiaron los aparatos, los contenidos y las maneras de mirar.

Y mientras algunos anuncian la muerte de la televisión, los demás medios siguen incorporando sus recursos y lenguajes.

Tal vez esa sea la verdadera magia de esta pantalla: después de 75 años, todos hablan de su desaparición, pero nadie parece dispuesto a dejar de hacer televisión.

Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.

30/8/26

DÍAS DE RADIO


El 27 de agosto se celebra en Argentina el Día de la Radio. La fecha recuerda aquella primera transmisión realizada en 1920 desde la terraza del Teatro Coliseo de Buenos Aires, cuando un grupo de pioneros decidió colocar un transmisor y poner en el aire una ópera. Seguramente ninguno de ellos imaginó que ese experimento iba a convertirse en uno de los medios de comunicación más importantes de nuestra historia.

Durante décadas, la radio ocupó un lugar central en la vida cotidiana. Acompañó a las familias al arrancar el día, también viajes, jornadas laborales, partidos de fútbol, madrugadas y tardes de estudio. Fue informativa, musical, deportiva, política y de entretenimiento. También construyó una relación particular con sus oyentes: una voz que hablaba desde un estudio podía terminar formando parte de la intimidad de una persona que escuchaba sola en su casa, en el auto o mientras realizaba alguna otra actividad.

Pero la radio cambió. Y no lo hizo una sola vez.

Primero fue la llegada de la televisión, que parecía destinada a convertirla en un medio del pasado. Después aparecieron las radios FM, internet, los teléfonos celulares, las plataformas de streaming y, finalmente, los podcasts. Cada innovación tecnológica pareció anunciar, de alguna manera, el final de la radio tal como la conocíamos.

Sin embargo, la radio nunca desapareció. Se reinventó.

Hoy podemos escuchar una emisora desde un receptor tradicional, desde una página web, una aplicación, YouTube o una plataforma de audio. Podemos escuchar un programa en vivo mientras ocurre o recuperar sus contenidos varias horas, días o incluso años después. El mismo material puede transmitirse por aire, convertirse en video para las redes sociales y terminar distribuido como podcast.

Entonces aparece una pregunta bastante sencilla, pero no tan fácil de responder: ¿qué es la radio hoy?

Si la definimos por su soporte tecnológico, probablemente tengamos problemas. La radio ya no necesita necesariamente una antena, una frecuencia ni siquiera un receptor tradicional. Si la definimos por su forma de producción, tampoco resulta sencillo: muchos podcasts utilizan recursos propios de la radio y muchos programas radiales se producen pensando desde el comienzo en su segunda vida digital.

Tal vez tengamos que buscar la respuesta en otro lugar: alguien tiene algo para decir, hay un micrófono y alguien está dispuesto a dar un poco de su tiempo para escuchar una historia. Mientras estos elementos estén presentes, tendremos radio para rato.

No importa si hay cámaras o por dónde se transmite. La tecnología modificó las herramientas, pero no necesariamente esa relación básica entre quien habla y quien escucha.

Claro que el cambio tecnológico produjo transformaciones profundas. Durante mucho tiempo la radio fue un medio de emisión masiva: unos pocos producían contenidos y millones de personas los recibían. El modelo era bastante claro. Había emisores, una programación determinada y una audiencia que podía elegir entre distintas propuestas.

Internet rompió esa lógica. Hoy cualquiera puede producir un contenido sonoro con un teléfono celular, subirlo a una plataforma y ponerlo potencialmente a disposición de millones de personas. La barrera de entrada técnica bajó considerablemente. Pero apareció otra dificultad: producir es sencillo, pero conseguir que alguien nos escuche es mucho más complicado.

En un ecosistema donde se publican miles de horas de contenido todos los días, competir por la atención se convirtió en el principal desafío. Y ahí aparecen los algoritmos, que deciden qué contenidos vemos, cuáles escuchamos y cuáles permanecen ocultos en esa enorme nube digital donde se guarda toda la información.

También cambió la relación con el tiempo. La radio tradicional estaba asociada al vivo. Un programa comenzaba a determinada hora y terminaba cuando el conductor se despedía. Si no estábamos escuchando en ese momento, nos lo perdíamos. El podcast alteró esa lógica al permitir que el contenido pudiera escucharse cuando el usuario quisiera.

Pero la transformación fue todavía más profunda. El podcast permitió recuperar algo que la radio había perdido: la posibilidad de producir contenidos específicamente pensados para ser escuchados sin depender de una programación.

Una entrevista puede durar una hora. Una crónica puede ocupar treinta minutos. Una historia puede desarrollarse durante varios episodios. No hay necesidad de interrumpirla porque llegó la hora del noticiero o porque hay que pasar a la tanda publicitaria.

Al mismo tiempo, el streaming está recorriendo el camino inverso. Las plataformas nacieron asociadas al consumo bajo demanda, pero cada vez incorporan más transmisiones en vivo. La imagen volvió a ganar protagonismo y muchos programas que se presentan como radio necesitan ahora cámaras, iluminación, escenografía y una estrategia específica para las redes sociales.

La radio, entonces, atraviesa una tensión de fondo: para sobrevivir en el ecosistema digital debe incorporar cada vez más recursos audiovisuales, pero cuanto más se acerca a la televisión, más se parece a aquello que históricamente la diferenció.

No importa el nombre que usemos para etiquetarla. No importa que la llamemos podcast o que le sumemos una cámara para transmitir por Twitch o YouTube desde alguna habitación perdida en la ciudad. Más allá de cómo la llamemos, es innegable que hay un cambio de paradigma que afecta tanto a quien cuenta como a quien escucha esas historias.

Porque también cambió el oyente. Ya no necesariamente espera que una emisora decida qué debe escuchar. Puede buscar un programa específico, seguir a un conductor, suscribirse a un podcast, abandonar un episodio a los cinco minutos o recomendarlo en redes sociales. Puede participar de una transmisión, comentar en un chat y convertirse, incluso, en productor de contenidos.

La audiencia dejó de ser solamente audiencia y, sin embargo, hay algo que permanece.

La radio tiene una capacidad que resulta difícil de explicar desde la tecnología: puede generar compañía aun cuando no sabemos quién está del otro lado. Una voz puede instalarse en nuestra vida cotidiana hasta convertirse en familiar. Puede hablarnos mientras manejamos, cocinamos, trabajamos o simplemente estamos solos.

Quizás allí esté la clave de su supervivencia. La radio no sobrevivió porque haya conseguido acomodarse a todas las tecnologías. Sobrevivió porque encontró nuevas formas de mantener vigente una relación humana muy antigua: alguien que tiene algo para contar y alguien que decide detenerse unos minutos para escuchar.

Mientras esos dos extremos sigan encontrándose, podrán seguir cambiando las plataformas, los micrófonos, las cámaras, los algoritmos y las formas de distribución.

Pero seguiremos teniendo radio.

Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá

 

12/7/26

DESDE LA SELVA (DIGITAL)


La Ciudad de Buenos Aires se destaca, a nivel internacional, por tener una de las carteleras teatrales con mayor oferta de obras y concurrencia de público.

De los últimos estrenos importantes en la escena porteña quiero destacar “Desde el jardín”, con Guillermo Francella en el papel protagónico.

La obra es una adaptación de Being There, la famosa novela satírica publicada en 1971 por el escritor polaco Jerzy Kosinski. La historia sigue a Chance Gardiner, un hombre ingenuo, con un aparente retraso madurativo, que vivió toda su vida aislado cuidando un jardín y viendo televisión. Tras quedar en la calle y recalar accidentalmente en la mansión de uno de los líderes políticos más importantes del país, sus comentarios sobre jardinería son interpretados como metáforas profundas y complejas por la élite política y los medios de los EEUU, llevándolo a convertirse en un influyente consejero del principal partido y del gobierno norteamericano.

En pocas palabras, toda la historia gira alrededor de un enorme malentendido.

En 1979 llegó al cine una adaptación dirigida por Hal Ashby y protagonizada por Peter Sellers. Como en la novela, el personaje principal carece de herramientas intelectuales y emocionales para comprender y vincularse con el mundo que lo rodea. La televisión cumple entonces la función de mediar entre el individuo y su contexto. Kosinski desarrolla esa idea en dos planos: en el personaje de Sellers, el consumo compulsivo de TV funciona como una vía de escape de un mundo que no comprende, mientras que en el plano social, desde la pantalla se fija la agenda de los temas relevantes para los ciudadanos, pero al mismo tiempo simplifica el tratamiento de dicha agenda para que todos entiendan de qué se habla.

Ahí está la clave del ascenso meteórico de un personaje sin ningún valor a la cima del poder: su discurso ya es simple, pero no por su habilidad de hacer sencillo lo complejo sino por sus carencias intelectuales.

Así, la historia de Chance es un gran malentendido: él habla desde la inocencia del personaje de la jardinería, lo único que conoce, pero todo el mundo interpreta sus palabras como una genial metáfora que describe a la sociedad, la política y la economía.

Hay algo de esa historia que resuena en nuestra actualidad. La diferencia es que, si en la novela de Kosinski el equívoco gira alrededor de un jardín y de la televisión, en la política contemporánea ese mismo proceso de construcción de sentido ocurre en el ecosistema de las redes sociales. En el caso de Manuel Adorni no podríamos recurrir al tándem jardín/TV, ya que su trascendencia pública nace en Twitter hablando de economía. Por eso me tomo la licencia de hablar, en el título de esta nota, de la selva digital.

A la distancia, su salto vertiginoso a la primera línea de los cuadros políticos del gobierno (si se me permite la licencia poética) parece responder más a un golpe de suerte que a sus méritos intelectuales: el famoso “estar en el lugar y en el momento correcto”.

Combinar esas coordenadas se transformó en el aspiracional para los millennials (nacidos entre 1981 y 1996) y la generación Z (1997 y 2012), ya que durante los últimos años “pegarla” en el universo digital se ha convertido en una de las mayores aspiraciones profesionales.

A partir de la confluencia de distintos factores se generó la fantasía de que siendo creador de contenidos o influencer, el reconocimiento social y el éxito económico parecían garantizados. Figuras como Davo Xeneize (streamer futbolero), Sofi Maure (de YouTube a OnlyFans) o Alejo Igoa (YouTuber iberoamericano con más suscriptores) se constituyen como ejemplos a seguir.

En el caso de Adorni, ex vocero, ex secretario de Comunicación y Medios y ex jefe de Gabinete del gobierno de Javier Milei, la construcción del personaje del liberal disruptivo se basó en su cuenta de Twitter y en apariciones marginales en el circuito del incipiente streaming libertario, principalmente en YouTube y Twitch.

Luego dio el salto a los medios tradicionales, como columnista en Infobae y en Radio Rivadavia. Más tarde desembarcó en La Nación+, en “Intratables”, por América, y en el Canal Metro.

Con 420.000 seguidores y una presencia diaria en la plataforma fue reconocido como "Twittero del año" en noviembre de 2023 en los premios Martín Fierro digitales poco antes de asumir como vocero presidencial.

Con un crecimiento meteórico de su figura pública, Adorni parecía encarnar el “sueño del pibe” de los millennials: de la noche a la mañana pasar del llano a la cúspide del poder. A eso podemos sumarle fama y dinero para completar el combo: de la mesa de Mirta Legrand a los viajes en avión privado a Punta del Este.

Un golpe de suerte, o una serie de casualidades encadenadas, como le pasó al señor Gardiner. Pero ya no hablamos de ficción, esto es pura realidad. Una realidad en la que no importa tanto lo que decía Adorni en Twitter como el proceso mediante el cual esas intervenciones comenzaron a ser leídas como la voz de un referente intelectual del liberalismo vernáculo.

Si hay una etiqueta que describe cabalmente al personaje que encarnó Adorni en sus distintos cargos públicos es la de “provocador”: ya sea para hostigar a la oposición, algo entendible dentro del juego político, pero mucho menos empático al anunciar despidos de empleados públicos, recortes de partidas sociales o responder preguntas de periodistas.

Cuenta la leyenda que, en la antigua sede del Ministerio de Acción Social, hay un cartel que funciona como advertencia para los noveles empleados y funcionarios: “Trate bien al de abajo cuando esté subiendo porque lo encontrará nuevamente cuando esté bajando”. 

Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.

14/6/26

LA RADIO SE TRANSFORMA PARA SOBREVIVIR

 

Somos contemporáneos de un proceso en el que la TV del futuro está tomando forma. Por un lado, los adelantos tecnológicos ya desarrollaron pantallas flexibles, capaces de estirarse literalmente, y que funcionan sin cables, ya que tanto la energía basada en campos electromagnéticos como las imágenes llegan de manera inalámbrica.

La tecnología nos dará acceso a contenido interactivo y a publicidad hiperpersonalizada, resultado de la combinación entre inteligencia artificial y algoritmos.

Algunos movimientos de la actualidad permiten vislumbrar cómo será esa pantalla en un futuro no muy lejano: un abono que nos permita acceder a cualquier tipo de contenido, sin importar su formato de origen.

Si bien el punto de partida de las plataformas de streaming fue el consumo on demand, cada vez avanzan más hacia la transmisión de programas en vivo. La novedad de estas semanas es la nueva propuesta de Netflix: la posibilidad de ver y escuchar en directo las emisiones diarias del programa de radio The Breakfast Club.

Se trata de un programa matutino que desde 2010 se emite por la WWPR-FM de Nueva York (y en más de cien estaciones de radio de los EEUU), con una programación basada en entrevistas a figuras del hip-hop y la cultura pop. También incluye debates sobre actualidad, farándula, la industria musical y la política estadounidense.

Si bien son innumerables las emisoras de radio que transmiten en YouTube y ofrecen el consumo en directo de su programación completa, es la primera vez que un programa de radio se integra al catálogo de Netflix. Todo indica que aquí se abrirá un nuevo frente de batalla entre las dos empresas que se disputan el reinado de las pantallas.

Hace rato que la radio tradicional se sumó a la hegemonía de la imagen, pero en este nuevo contexto ya no alcanza con una cámara fija y una iluminación deficiente. Si el futuro implica ser cada vez más TV y menos radio, la actualización técnica será imprescindible.

También debe quedar relegada la idea de competir desde la exclusividad del sonido frente a las pantallas. La radio será multiplataforma o no será nada. Hoy resulta impensable construir un modelo de negocios basado únicamente en la pauta publicitaria sin contar con streaming visual, presencia en redes sociales y videopodcasts para el consumo on demand de las transmisiones en vivo.

Podríamos decir que el podcast logró darles a los contenidos emitidos en vivo una segunda vida. Los programas de radio clásicos no solo eran etéreos (al transmitirse por aire no se podían ni ver ni tocar), sino que, una vez finalizados, esos sonidos se perdían para siempre. En la actualidad, las emisoras suben de manera inmediata recortes o programas completos recién emitidos a Spotify o YouTube.

Por eso, el podcast no solo debe entenderse como un modo de producción (pensar y crear contenidos para el consumo on demand), sino también como un modo de distribución, ya que muchos programas emitidos en vivo encuentran luego una nueva audiencia al ser publicados en plataformas digitales.

El modo “solo audio” parece quedar relegado a la escucha en los receptores de los automóviles o en algún aparato analógico que todavía sobrevive en algunas casas. En el ecosistema digital actual, todas las radios comerciales tienen presencia por streaming.

Muchas cuentan con sus propios sitios web o transmiten en video a través de YouTube, Twitch, Flow o plataformas similares. Así, los clásicos micrófonos de la radio comparten protagonismo con cámaras robóticas de alta definición, iluminación escenográfica y pantallas interactivas, transformando al otrora oyente en espectador.

Esta nueva lógica audiovisual lleva a los programas radiales a competir, en pie de igualdad, con la oferta televisiva y con los canales de streaming nativos (como Luzu TV, Olga o Blender), que apuntan especialmente al público joven. Es tan fuerte la competencia que, en el tradicional prime time radial (de 7 a 13 horas), podemos encontrar en streaming a los programas de Nico Occhiato o Migue Granados.

Los estudios de audiencia todavía le otorgan a la radio informativa tradicional la supremacía durante la primera mañana (de 6 a 10 horas), pero también muestran que los canales de streaming dominan la franja de 10 a 14 a partir de formatos de entretenimiento y conversación descontracturada.

Hace tiempo que la pérdida del público joven se transformó en un problema vital para la radio. Algunos especialistas vinculan este fenómeno con la fragmentación de las audiencias provocada por la explosión de los medios digitales. Entre las posibles causas también aparecen la edad promedio y el perfil de los conductores (en términos generales, hombres de entre 40 y 60 años), el fuerte anclaje temático en la actualidad y las noticias mientras muchos jóvenes practican una forma activa de evasión informativa.

Los nuevos formatos fueron desplazando a la radio de algunas de sus funciones históricas. TikTok, por ejemplo, le quitó el papel de vidriera para descubrir música nueva. Del mismo modo, la cercanía con las grandes figuras de la cultura, que antes se construía a través de entrevistas en profundidad, hoy aparece mediada por la desintermediación que proponen las redes sociales.

A pesar de todos estos cambios y de las adaptaciones a las que la radio debió someterse, existe cierta lógica que explica su permanencia: su capacidad para establecer una conexión humana. La posibilidad de hacernos sentir parte de una experiencia colectiva, sabiendo que hay otros escuchando lo mismo, pero convencidos de que esa voz nos está hablando exclusivamente a nosotros.

En esa contradicción reside, tal vez, la famosa magia de la radio.

Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.


10/5/26

LA ERA DE LOS PERIODISTAS SIN MEDIOS



Marshall McLuhan encontró en la metáfora del pez que ignora el agua una forma tan efectiva como provocadora de explicar cómo vivimos: inmersos en entornos tecnológicos que nos moldean sin ser muy conscientes de ese proceso.


La frase dice: “No sabemos quién descubrió el agua, pero estamos bastante seguros de que no fue un pez. La única cosa que nunca puedes ver es el elemento en el que te mueves”.


Muchas de las columnas publicadas en este espacio apuntan, justamente, a eso: a observar cómo los medios y la tecnología digital operan sobre nuestra vida cotidiana sin que lo registremos del todo.


Hoy, la corriente de esa “agua” que no vemos tiene un sentido bastante claro. En un ecosistema digital donde los contenidos convergen hacia el video corto y vertical, los diarios tradicionales empezaron a empujar a sus periodistas fuera del texto: ahora también tienen que ponerse frente a cámara y contar las noticias.


En Argentina, La Nación y Clarín fueron pioneros en esta transición. No es casual: concentran recursos y suelen leer antes que otros las tendencias que llegan desde medios como The New York Times o The Washington Post, donde este proceso ya está más consolidado.


La implementación no fue sencilla. Para muchos periodistas formados en la cultura escrita, salir del escritorio y exponerse a una cámara, reemplazando la precisión del texto por la inmediatez de la palabra hablada, implicó una profunda incomodidad, cuando no una sensación de degradación profesional.


Pero más allá de las resistencias, hay consenso en que todas las redacciones, tarde o temprano, terminarán incorporando el formato audiovisual. Las universidades ya lo reflejan, pero también los propios estudiantes: llegan con manejo de cámara, edición desde el celular y una relación natural con la exposición. Escribir sigue siendo importante, pero ya no alcanza. El periodista también tiene que ser un performer.


En ese contexto empieza a tomar forma un fenómeno cada vez más visible: periodistas que crecen en popularidad dentro de los grandes medios y, a partir de esa exposición, deciden dar el salto a la independencia. La lógica es relativamente simple: convertir la audiencia del medio en comunidad propia. Redes sociales, newsletters o canales en YouTube funcionan como destino de esa migración.


Uno de los primeros casos fue el de Casey Newton, redactor destacado del medio especializado The Verge, quien en septiembre de 2020 se independizó para lanzar su newsletter de suscripción, Platformer, en la plataforma Substack.


Más cercano en el tiempo, Taylor Lorenz renunció a The Washington Post tras un conflicto con sus editores y lanzó su propio boletín independiente. En su caso, con una ventaja clave: ya contaba con una comunidad consolidada en redes.

 

El patrón se repite: visibilidad primero, autonomía después. Ya sea por conveniencia económica o por limitaciones editoriales, el fenómeno también llegó a los medios argentinos.


En perspectiva, podemos ver la trayectoria de Jorge Lanata como un caso anticipatorio. En 1987, con apenas 26 años, fundó Página/12, mientras expandía su presencia hacia las revistas (Página/30), la radio (Hora 25) y la televisión (Día D).


En esa primera etapa de su carrera transformó su apellido en una marca. No importaba el formato en el que se lo consumiera: había un estándar de estilo y calidad reconocible. Esa es, justamente, la lógica que hoy se potencia.


Un ejemplo más reciente es el de Alejandro Fantino. Tras consolidarse en radio y televisión, en 2023 decidió correrse de la pantalla tradicional para apostar por Neura, un canal de streaming con presencia en YouTube y Twitch, donde controla contenido, formato y vínculo con la audiencia.


En el periodismo deportivo son notorios los casos de Flavio Azzaro y Pablo Carrozza, que no solo renunciaron a trabajar en el mundo corporativo, sino que hoy lo confrontan abiertamente desde sus propios canales.


Pero en Argentina el proceso no siempre termina en ruptura. En el ecosistema local predomina un modelo híbrido: periodistas que no abandonan del todo los medios tradicionales, pero que invierten cada vez más energía en construir una marca personal en el ámbito digital.


La escala del mercado argentino limita las salidas, pero no altera la tendencia: la audiencia empieza a despegarse del medio y a vincularse directamente con las personas. Y en ese movimiento aparece una tensión difícil de resolver: los medios necesitan periodistas visibles para competir en el ecosistema digital, pero esa misma visibilidad es la que permite, llegado el momento, que los periodistas se independicen.


Si se cambia la perspectiva y se observa el fenómeno desde el lado de las audiencias, el cuadro se vuelve todavía más claro. En The Game (2019), Alessandro Baricco plantea que la revolución digital no es solo tecnológica, sino cultural: habilita un vínculo directo, sin intermediarios, con la información.


Para los usuarios, esto puede ser una expansión de posibilidades. Pero para las viejas élites que funcionaban como intermediarias entre las personas y la realidad (maestros, expertos, críticos, políticos) implica una pérdida de poder real y simbólico. Esta lógica también puede trasladarse a las instituciones: escuelas, medios de comunicación, e incluso el propio Estado, ven cuestionada su centralidad.


En la sociedad, como en los medios, nos enfrentamos a estos cambios profundos, motorizados por la tecnología, a los que nos vamos acostumbrando casi sin advertirlo. Naturalizamos la presencia de la tecnología y perdemos perspectiva sobre su impacto en la vida cotidiana.


Como los peces, que nadan incansablemente sin tener conciencia del agua en la que se mueven.


Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.

15/3/26

PERGOLINI LO HIZO DE NUEVO


Mario Pergolini es, sin dudas, un personaje importante del ecosistema mediático argentino de las últimas cuatro décadas.

Convertido hoy en una marca con peso propio, podemos ubicar el origen de su carrera en 1985, con el programa “Feedback” que conducía con Ari Paluch en la trasnoche de FM Continental. Dos años después dan el salto a la FM Rock & Pop. 

Lo que sigue ya es más conocido: su éxito en la radio de la mano de las 19 temporadas de “Cuál es?”, y su presencia en la pantalla chica con “La TV ataca” y “Ritmo de la Noche”, programas que planteaban un enfrentamiento explícito con Marcelo Tinelli.

Desde sus inicios quedó clara su impronta: irreverente, sarcástico, irónico… Digamos que encarnaba el estereotipo del joven rebelde pero en una versión pasteurizada, apta para el consumo masivo en el contexto de los medios tradicionales.

Para muchos analistas de la época, la fórmula del éxito del joven Pergolini estaba en la ruptura de la distancia que tradicionalmente existía entre los conductores de radio y TV y la audiencia. Sin acartonamiento, con la jerga callejera como código básico, parecía decirles a sus seguidores: “soy uno más de ustedes”.

Era la contracara perfecta del estilo de Juan Alberto Badía, conductor en los 80 de un programa ómnibus por Canal 13 donde se presentaban los principales referentes del rock nacional… y que Badía recibía de traje y corbata. Para Pergolini, el rock no solo era un género musical sobre el que debía informar o producir contenido: era toda una filosofía de vida.

Pero en 1995, en pleno apogeo del neoliberalismo menemista, estrenó “CQC” (Caiga Quien Caiga), un proyecto televisivo con el que parecía encarar su etapa de adulto rebelde y con el que redoblaba la apuesta. Bajo el formato de un resumen irónico de noticias, ponía el foco en la clase política… en sus luces y, mucho más, en sus sombras. Podríamos decir que fue una proto versión libertaria en el combate contra la casta.

El programa fue un éxito y el formato de los conductores ingresando al estudio con anteojos de sol se exportó a varios países: España, Italia, Brasil, Chile, Francia, Portugal, Israel, México, Bolivia, Paraguay, Uruguay, Estados Unidos y Países Bajos.

Este, y otros programas, eran realizados por Cuatro Cabezas, productora que Pergolini creó junto a su socio Diego Guebel en 1993 y que 15 años después vendieron al grupo neerlandés Eyeworks por aproximadamente 40 millones de dólares.

Esta es otra faceta importante del personaje que hoy analizamos: el gen emprendedor que lo llevó a crear y dirigir más de una decena de empresas vinculadas a medios, publicidad, generación de contenidos y tecnología.

Una de esas empresas donde medios y tecnología se cruzan es Vorterix, que nació como radio (aunque hoy ya no transmite con señal analógica) y fue pionera en la transmisión por streaming desde una plataforma propia.

Hoy, con 61 años, Mario Pergolini sigue vigente en las pantallas. A punto de estrenar la segunda temporada de “Otro día perdido” por canal 13, su regreso a la TV tiene el estilo y los contenidos propios de los late night show de la TV de EEUU: banda en vivo, humor, magia y entrevistas a los invitados del día.

Con la llegada de marzo, época en la que las radios lanzan su programación anual, también estrenó programa en Vorterix. Se trata de “No preguntes por Rusia”, dos horas de lunes a viernes que rescatan la estética del streaming hogareño: se lo ve solo en el estudio, operando una consola, compartiendo música con CDs y vinculandose por videoconferencia con sus columnistas e invitados. La novedad es que habla constantemente con tres agentes de inteligencia artificial que entrenó para que lo acompañen al aire. 

De aquel joven rebelde quedó poco y nada. Hoy vemos a un conductor de 61 años que, como casi siempre en su carrera, se destaca por la innovación tecnológica y por estar un paso adelante del resto: mientras los canales de streaming cada vez se parecen más a la TV, Pergolini apuesta a un minimalismo con cierto aire retro.

Mientras la TV pierde audiencia, él tiene claro cuál es el público que se fue de ese medio y apuesta a llegarle a partir de una estrategia digital. Ya sea el programa entero disponible para el on demand (con vistas muy superiores al rating televisivo) o el clipeo que permite que por redes sociales nos llegue a todos algún fragmento de cada emisión.

Otro punto disruptivo es el cambio de tono. Se lo ve más pausado y reflexivo. De hijo díscolo pasó al rol de padre comprensivo.

Antes, con una clase política acartonada, el modus operandi era el uso de un discurso irónico para dejarla en evidencia frente a la audiencia. En la actualidad, donde el discurso es violento y prima la intolerancia antes que el diálogo, Pergolini redobla la apuesta: se rebela (que no es lo mismo que "ser rebelde").

Se lo escucha tranquilo, tolerante  (aun cuando algún invitado le recuerda lo mal que lo trataron desde sus programas), volviendo a las fuentes pero sin renunciar a la tecnología de punta.

Y sí, Mario lo hizo de nuevo.

Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.