Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.
29/3/26
EL ETERNO REGRESO DE SODA STEREO
22/3/26
MÚSICA Y TECNOLOÍA
Una manera de vincular música y tecnología es pensar cómo los adelantos tecnológicos influyeron en la forma de componer y tocar (condiciones de producción) o cómo mejoraron, con el tiempo, la manera en que la escuchamos (condiciones de recepción).
Pero en esta columna no vamos a profundizar en esas cuestiones, estimado lector, ya que a partir de la escucha del último disco de Jorge Drexler se me ocurrió escribir sobre canciones que abordan la tecnología y los medios de comunicación.
Nacido en Montevideo, con el título de médico otorrinolaringólogo guardado en alguna caja de su departamento madrileño, hace 30 años que está instalado en España, desde donde consolidó una carrera llena de éxitos y premios, entre ellos un Óscar por la canción "Al otro lado del río" de la película Diarios de motocicleta (2005).
A pesar de un estilo marcado en sus últimos discos (minimalismo musical en base a cuerdas y algún colchón electrónico, junto a letras de corte existencial que estremecen), su última producción discográfica es un regreso a las fuentes: el sonido del tambor como base de “Frontera” (1999), su primer impacto masivo.
En “Taracá” (2026), Drexler reivindica el tambor chico, de origen africano, y toda la tradición del candombe montevideano. A partir de esa apuesta, parece sumarse al movimiento de artistas que reivindican la música folclórica (ahora denominada “de raíz”): Natalia Lafourcade en México, Bad Bunny en Puerto Rico, Milo J en Argentina o Rosalía en España.
Sin correrse de los temas que perfilan su obra (la identidad y la pertenencia, el amor, la conexión humana, el paso del tiempo y el cambio constante) entre sonidos de tamboriles y parches de cuero aparece una canción sobre la Inteligencia Artificial, coherente con el interés por la ciencia, otro de sus tópicos recurrentes. Se trata de "¿Hay alguien A.I.?", una composición que indaga qué hay de humano en esta tecnología que está transformando el mundo aceleradamente:
“Como todo niño que viene a este mundo / Traías preguntas desde un silencio lejano / Pero esta pregunta, iba más profundo / ¿Qué es lo que hace a un ser, ser un ser humano? / Me quedo pensando / ¿Será buena idea seguirte enseñando? / Pensando en la era en que tomes el mando / Y pasado mañana te pases a hermana mayor / Y de ahí a Gran Hermana (Gran Hermana, Gran Hermana, Gran Hermana)”.
En línea con el tema “Contrapunto para Humano y Computadora” del Cuarteto de Nos, Drexler plantea un diálogo con la IA donde la interroga, pero ese cúmulo de preguntas termina construyendo una reflexión filosófica sobre lo que nos define como humanos y que nos moviliza a tratar de extender esa humanidad a un agente virtual, inanimado.
En una nota reciente analizamos el “futuro distópico” que distintas obras literarias proponían a partir del avance tecnológico en la primera mitad del siglo XX, una idea que Drexler retoma al plantear la posibilidad de que esa IA que hoy nos asiste se transforme en un poder opresor, en una Gran Hermana.
Este interés del cantautor uruguayo por los adelantos científicos también está presente en “Tinta y tiempo” (2022), su disco anterior. Allí aparece “¡Oh, Algoritmo!”:
“Dime qué debo cantar / Oh, algoritmo / Sé que lo sabes mejor / Incluso que yo mismo / Por ejemplo, esta canción / ¿Qué algoritmo la parió? / Me pregunto si fui yo / ¿La elegiste o te eligió?”.
Como ya analizamos en otra nota, el impacto de la IA en la industria musical está generando un cambio estructural, ya que transforma la manera de crear, de distribuir y de lograr el éxito con una canción. Por un lado, nos encontramos con “artistas” generados por una IA entrenada con canciones con copyright, que “producen” música sintética sobre la cual alguien, a su vez, cobra derechos de autor.
Si bien las plataformas musicales utilizan algoritmos desde hace años, con el desarrollo de la IA el poder de esos agentes de recomendación se profundizó. Pero, a diferencia de los mediadores tradicionales (como los críticos musicales o los periodistas especializados), no buscan orientar el gusto en función de la calidad, sino de lo que cada usuario probablemente consuma.
Entre papers académicos, debates en congresos y columnas de crítica cultural, la inteligencia artificial y los algoritmos suelen analizarse como sistemas de poder: estructuras opacas que organizan la visibilidad, modelan el gusto y condicionan la experiencia.
Pero cuando ese abordaje se hace desde el arte, la dimensión técnica pasa a un segundo plano y lo central es la experiencia que genera ese “otro” virtual: emoción, desconfianza y extrañamiento.
Ese pasaje de lo abstracto a lo sensible genera algo que ningún paper logra del todo. El arte nos permite vincularnos con la dimensión tecnológica, cada vez más omnipresente, no solo desde el razonamiento.
Y tal vez en esa tensión entre entender y sentir se abra también una forma posible de resistencia.
Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.
15/3/26
PERGOLINI LO HIZO DE NUEVO
Mario Pergolini es, sin dudas, un personaje importante del ecosistema mediático argentino de las últimas cuatro décadas.
Convertido hoy en una marca con peso propio, podemos ubicar el origen de su carrera en 1985, con el programa “Feedback” que conducía con Ari Paluch en la trasnoche de FM Continental. Dos años después dan el salto a la FM Rock & Pop.
Lo que sigue ya es más conocido: su éxito en la radio de la mano de las 19 temporadas de “Cuál es?”, y su presencia en la pantalla chica con “La TV ataca” y “Ritmo de la Noche”, programas que planteaban un enfrentamiento explícito con Marcelo Tinelli.
Desde sus inicios quedó clara su impronta: irreverente, sarcástico, irónico… Digamos que encarnaba el estereotipo del joven rebelde pero en una versión pasteurizada, apta para el consumo masivo en el contexto de los medios tradicionales.
Para muchos analistas de la época, la fórmula del éxito del joven Pergolini estaba en la ruptura de la distancia que tradicionalmente existía entre los conductores de radio y TV y la audiencia. Sin acartonamiento, con la jerga callejera como código básico, parecía decirles a sus seguidores: “soy uno más de ustedes”.
Era la contracara perfecta del estilo de Juan Alberto Badía, conductor en los 80 de un programa ómnibus por Canal 13 donde se presentaban los principales referentes del rock nacional… y que Badía recibía de traje y corbata. Para Pergolini, el rock no solo era un género musical sobre el que debía informar o producir contenido: era toda una filosofía de vida.
Pero en 1995, en pleno apogeo del neoliberalismo menemista, estrenó “CQC” (Caiga Quien Caiga), un proyecto televisivo con el que parecía encarar su etapa de adulto rebelde y con el que redoblaba la apuesta. Bajo el formato de un resumen irónico de noticias, ponía el foco en la clase política… en sus luces y, mucho más, en sus sombras. Podríamos decir que fue una proto versión libertaria en el combate contra la casta.
El programa fue un éxito y el formato de los conductores ingresando al estudio con anteojos de sol se exportó a varios países: España, Italia, Brasil, Chile, Francia, Portugal, Israel, México, Bolivia, Paraguay, Uruguay, Estados Unidos y Países Bajos.
Este, y otros programas, eran realizados por Cuatro Cabezas, productora que Pergolini creó junto a su socio Diego Guebel en 1993 y que 15 años después vendieron al grupo neerlandés Eyeworks por aproximadamente 40 millones de dólares.
Esta es otra faceta importante del personaje que hoy analizamos: el gen emprendedor que lo llevó a crear y dirigir más de una decena de empresas vinculadas a medios, publicidad, generación de contenidos y tecnología.
Una de esas empresas donde medios y tecnología se cruzan es Vorterix, que nació como radio (aunque hoy ya no transmite con señal analógica) y fue pionera en la transmisión por streaming desde una plataforma propia.
Hoy, con 61 años, Mario Pergolini sigue vigente en las pantallas. A punto de estrenar la segunda temporada de “Otro día perdido” por canal 13, su regreso a la TV tiene el estilo y los contenidos propios de los late night show de la TV de EEUU: banda en vivo, humor, magia y entrevistas a los invitados del día.
Con la llegada de marzo, época en la que las radios lanzan su programación anual, también estrenó programa en Vorterix. Se trata de “No preguntes por Rusia”, dos horas de lunes a viernes que rescatan la estética del streaming hogareño: se lo ve solo en el estudio, operando una consola, compartiendo música con CDs y vinculandose por videoconferencia con sus columnistas e invitados. La novedad es que habla constantemente con tres agentes de inteligencia artificial que entrenó para que lo acompañen al aire.
De aquel joven rebelde quedó poco y nada. Hoy vemos a un conductor de 61 años que, como casi siempre en su carrera, se destaca por la innovación tecnológica y por estar un paso adelante del resto: mientras los canales de streaming cada vez se parecen más a la TV, Pergolini apuesta a un minimalismo con cierto aire retro.
Mientras la TV pierde audiencia, él tiene claro cuál es el público que se fue de ese medio y apuesta a llegarle a partir de una estrategia digital. Ya sea el programa entero disponible para el on demand (con vistas muy superiores al rating televisivo) o el clipeo que permite que por redes sociales nos llegue a todos algún fragmento de cada emisión.
Otro punto disruptivo es el cambio de tono. Se lo ve más pausado y reflexivo. De hijo díscolo pasó al rol de padre comprensivo.
Antes, con una clase política acartonada, el modus operandi era el uso de un discurso irónico para dejarla en evidencia frente a la audiencia. En la actualidad, donde el discurso es violento y prima la intolerancia antes que el diálogo, Pergolini redobla la apuesta: se rebela (que no es lo mismo que "ser rebelde").
Se lo escucha tranquilo, tolerante (aun cuando algún invitado le recuerda lo mal que lo trataron desde sus programas), volviendo a las fuentes pero sin renunciar a la tecnología de punta.
Y sí, Mario lo hizo de nuevo.
Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.
8/3/26
DURMIENDO CON EL ENEMIGO
Cuando comencé a estudiar periodismo en la Universidad Nacional de Lomas de Zamora, todavía no conocía ninguna redacción por dentro. Mi única referencia sobre cómo funcionaban venía del cine: periodistas que chequeaban fuentes, editores que discutían títulos y la publicación de noticias que podían incomodar a gobiernos o a grandes corporaciones.
La película más importante, sin dudas, era Todos los hombres del presidente (1976), que narraba la investigación de dos periodistas de The Washington Post que llevaría a la renuncia de Richard Nixon, presidente de los EEUU.
Otro gran film, también basado en una historia real, es El Informante (1999), protagonizado por Russell Crowe y Al Pacino. Se trata de una investigación del equipo periodístico del programa 60 minutos del canal CBS. La historia pone el foco en un científico que, trabajando para una tabacalera, descubre investigaciones internas que confirman que la nicotina y otros químicos utilizados en la producción de cigarrillos son altamente adictivos.
A pesar de esta información, los directivos de la compañía no hacen nada al respecto. El guion retrata el dilema del científico que no puede hablar por un contrato de confidencialidad, y el de los periodistas que cubren el tema, presionados por las autoridades del canal por intereses corporativos, tanto económicos como políticos. Perdón por el spoiler, pero una vez que la información se hizo pública la industria tabacalera tuvo que afrontar juicios por 200 mil millones de dólares, al comprobarse que conocía los riesgos y la adicción que causaban sus productos.
Algo parecido está pasando en estos días en los tribunales de Los Ángeles. Allí también se habla de grandes corporaciones, de productos diseñados para ser adictivos y de demandas millonarias.
En esta nueva historia, que no es una película pero que probablemente llegue pronto a la pantalla grande, los malos son los responsables de las grandes compañías tecnológicas; las víctimas, jóvenes que denuncian problemas de adicción y depresión generados por el uso de redes sociales desde la infancia; y el probable verdugo podría ser un jurado popular integrado por doce ciudadanos de la soleada California.
En un contexto en el que países como Australia, Francia, España, Dinamarca y el Reino Unido comenzaron a aplicar restricciones estrictas de edad para acceder a redes sociales, estamos siendo testigos del inicio de demandas contra las Big Tech cuyo desenlace todavía es incierto.
El caso testigo es el juicio civil promovido por K.G.M. (su identidad está reservada), una joven de 20 años que sostiene que el uso compulsivo de Instagram y YouTube incidió en el desarrollo de un cuadro complejo de dismorfia corporal, ansiedad, depresión y tendencias suicidas.
El reclamo es contra Meta (dueña de Facebook, Instagram y WhatsApp) y Google (YouTube). En la demanda se sostiene que estas empresas usaron deliberadamente en el diseño de sus productos elementos “destinados a maximizar la participación de los jóvenes para impulsar los ingresos por publicidad”, según se puede leer en la petición judicial.
El argumento apunta a cómo esa supuesta adicción generada por el uso de las redes resulta rentable: una vez que los usuarios están enganchados, las empresas pueden monetizar el tiempo frente a las pantallas mediante publicidad. Por eso no solo buscan que permanezcan el mayor tiempo posible frente a la pantalla, sino que regresen.
El juicio es histórico por el precedente que podría fijar para futuros reclamos, pero también marca un hito por la presencia de Mark Zuckerberg, CEO de Meta. Si bien se presentó en dos oportunidades ante el Congreso de los Estados Unidos, es su primera vez como testigo judicial en un juicio civil.
Desde distintas disciplinas se aportan miradas que ayudan a comprender el complejo rol que las redes sociales cumplen en la sociedad.
Por un lado, aparece la feroz competencia de las empresas tecnológicas por la atención de los usuarios. Esta disputa está bien retratada por una frase de Reed Hastings, cofundador y ex CEO de Netflix, quien afirmó: “el sueño es nuestra competencia”, para destacar que su verdadero rival no son otras plataformas como HBO o Disney+, sino el tiempo de descanso de las personas.
Los algoritmos funcionan activando un mecanismo biológico que todos tenemos, basado en la búsqueda de placer. Una vez que perfilan a cada usuario, lo bombardean con contenido capaz de activar la producción de dopamina mediante mecanismos de gratificación instantánea, como los “likes”, comentarios y notificaciones, estimulando el circuito de recompensa cerebral de manera similar a las adicciones a sustancias naturales o químicas. Por esta lógica los usuarios “no pueden parar”, ya que esas microdosis de placer alteran la percepción y el manejo del tiempo.
Por todo esto, los especialistas hablan de manipulación cognitiva. La abundante oferta digital anula la posibilidad del aburrimiento, ese espacio donde el pensamiento puede volverse reflexivo y donde suele aparecer la creatividad. Así como la pantalla mata al aburrimiento, también reduce la posibilidad del pensamiento crítico o del entendimiento de nuestro contexto relacional y material.
A diferencia de otras adicciones, donde el producto que produce placer es ilegal o difícil de conseguir, con las plataformas nos encontramos ante un fenómeno novedoso: el acceso es gratuito y está disponible las 24 horas.
Es como si el dealer durmiera con nosotros.
Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.




