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2/3/26

LAS PANTALLAS DE GRAN HERMANO

 


Gran Hermano, Big Brother en el mercado anglosajón, es uno de los formatos televisivos más exitosos del mundo. Desde su creación en 1999 tuvo adaptaciones en más de setenta países y acumuló cientos de temporadas. Su premisa es simple: un grupo de personas se encierra voluntariamente en una casa llena de cámaras para convivir aisladas del exterior mientras el público los observa y decide eliminaciones.

El nombre no es inocente. Proviene de “1984”, la novela publicada en 1949 por George Orwell, donde el Gran Hermano encarnaba el rostro omnipresente de un régimen totalitario que vigilaba a la población a través de pantallas bidireccionales: servían para emitir propaganda, pero también funcionaban como cámaras de vigilancia. En el universo orwelliano, la tecnología no era instrumento de libertad sino de control.

Orwell, socialista democrático, escribió su novela como crítica tanto al fascismo derrotado en la Segunda Guerra Mundial como al estalinismo que consolidaba su poder en la Unión Soviética. Junto con “Un mundo feliz”, de Aldous Huxley, su obra marcó un giro en la ciencia ficción: del optimismo tecnológico se pasó a imaginar futuros distópicos, sociedades organizadas alrededor de la vigilancia, la manipulación informativa y la erosión de la autonomía individual.

Durante décadas leímos esas distopías como una exageración. Sin embargo, citando al Indio Solari hoy podemos decir que “el futuro llegó hace rato”.

Reforzando esta idea, la politóloga franco-tunecina Asma Mhalla sostiene en su libro “Cyberpunk” (2025) que la distopía dejó de ser un escenario hipotético para convertirse en una descripción plausible del presente. Hiperconectividad permanente, vigilancia digital, saturación informativa y concentración de poder en manos de grandes corporaciones tecnológicas configuran un nuevo ecosistema político.

Según Mhalla, el deterioro democrático se despliega en tres etapas. La primera fue la era de la posverdad, visible con fuerza durante la presidencia de Donald Trump. No se trató de censura clásica, sino de algo más eficaz: los hechos dejaron de organizar el debate público. La verdad perdió centralidad y la realidad comenzó a fragmentarse en distintas versiones incompatibles entre sí.

La segunda etapa es la política post derecho. Las instituciones formales (Poder Judicial, Parlamento, prensa) continúan existiendo, pero su capacidad de incidencia se reduce notablemente. El Ejecutivo se fortalece y los contrapesos se debilitan. La democracia se mantiene como procedimiento, pero pierde sustancia.

La tercera fase, aún en gestación, sería la política post estatal: la fusión casi total entre poder político y poder tecnológico. Aquí surge lo que la autora describe como la alianza entre el Big State (aparato estatal) y el Big Tech (grandes empresas tecnológicas). Los gobiernos ya no ejercen el poder en soledad; dependen de infraestructuras privadas, plataformas digitales y algoritmos capaces de organizar la información, modelar la atención y condicionar la percepción pública.

En este escenario, la legitimidad deja de ser institucional y pasa a ser atencional. No gobierna quien representa mejor, sino quien logra captar y retener mayor volumen de atención.

Es en este punto donde Gran Hermano deja de ser simplemente un programa de televisión y se convierte en metáfora cultural. La lógica del reality, exposición constante, emocionalidad extrema, eliminación por votación, espectáculo permanente, se traslada al espacio público.

Las redes sociales funcionan como nuevas plazas digitales donde bots, trolls, influencers y algoritmos amplifican mensajes breves, polarizantes y emocionalmente intensos. La inteligencia artificial permite producir contenidos y desinformación a escala industrial. El objetivo no es persuadir racionalmente, sino saturar el entorno informativo.

Cuando todo parece igualmente verdadero, o igualmente falso, el pensamiento crítico retrocede. Lo político se convierte en performance. Importa más la reacción inmediata que la deliberación. Más el clip viral que el argumento complejo.

El riesgo final no sería una dictadura visible, con censura explícita y persecución abierta, sino algo más sutil: un totalitarismo cognitivo. Un sistema que no necesita prohibir, porque logra anticipar deseos, moldear comportamientos y organizar la atención colectiva.

En la novela de Orwell, la resistencia consistía en escapar de las pantallas para evitar ser espiados. En nuestro presente ocurre lo contrario: nos sumergimos voluntariamente en ellas. Firmamos términos y condiciones sin leerlos, cedemos datos personales y aceptamos ser observados a cambio de entretenimiento, validación o pertenencia.

Tal vez el triunfo más profundo del modelo no sea la vigilancia en sí, sino su naturalización. Ya no sentimos que nos observan: participamos activamente del espectáculo. Nos exponemos, comentamos, votamos y compartimos. La cámara dejó de ser una amenaza para convertirse en un objeto de deseo.

En el universo de Orwell, el control era impuesto. En la vida real, es solicitado. Los personajes de Orwell escapaban de las pantallas, nosotros nos zambullimos en ellas alegremente.

Es evidente que el Big Brother ganó la batalla.

Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.

9/4/21

CERDOS & PECES. LA REVISTA DE ESTE SITIO INMUNDO


Escribir, con pretensiones de escritor, era algo que siempre me daba vueltas por el marote pero que, como muchas otras pretensiones, quedaban archivadas en una cajita en el ropero de las ilusiones.

En los inicio del 2004 veo publicado en la revista Rolling Stone un aviso de un taller de escritura que Enrique Symns presentaba en Artilaria, un centro de comunicación del barrio de Palermo. El bichito de las letras volvía a zumbar cerca de la oreja.

El Viejo, así se lo conocía, siempre fue un personaje intrigante y oscuro, la posibilidad de tenerlo mano a mano era muy movilizante. 

Veamos por qué... a finales de los 80, yo tendría 17 años, tomé contacto con su revista, la mítica Cerdos & Peces. Eran los días de la FM Rock & Pop revolucionando la radio en Argentina y de las noches, cualquier noche de la semana, en Cemento, una especie de discoteca y sala de recitales (boliche en nuestra gerga) regenteado por Omar Chaban y Katja Alemann.

Adolescentes inquietos creciendo en un ambiente de pocos recursos y escasos estímulos, sin acceso a fuentes de información y amoldados por los parámetros de una sociedad autoritaria encontrábamos en ese pasquín mensual la puerta de entrada a poetas como Rimbaud o Artaud, escritores de la talla de Pessoa, Bukowski o Capote. También decían presente los referentes de la  generación beat, filósofos como Nietzsche o Schopenhauer y bandas de rock sobre las que leíamos pero que difícilmente podíamos escuchar en los medios tradicionales.

Por la revista pasaron el Indio Solari,  Ariel Prat, Zito Lema o Tom Lupo. Alfredo Rosso tiraba data de música, Batato Barea o Fernando Noy pasaban al papel la experiencia del Parakultural, y la lista sigue: Ragendorfer escrutando los policiales pero sin guiarse por la versión de los policias (un estilo novedoso),  Perlongher como vocero del Frente de Liberación Homosexual en Argentina, Gobello y sus crónicas incendiadas, Mariano del Mazo, Schanton, Maitena y Vera Land, la reina.

Las editoriales de Symns, el último chamán de la palabra, conmovían y las notas compartían el rechazo a la dictadura de una moral pacata y recalcitrante. Derribar los tabúes del sexo y las drogas y, sin darle crédito a Foucault, echar luz sobre la operación de pinzas que conjuntamente realizaban las instituciones educativas, religiosas, sanitarias, además de las fuerzas represivas, sobre personas desprotegidas que terminan siendo felices mirando todas las noches las recetas que la TV te vende para ser feliz.

En síntesis: sexo, droga y rock and roll como ejes de una publicación contracultural que se enfrentaba abiertamente a la normalidad instalada.

En su historial aparecen atentados con bombas, clausuras, secuestro de ejemplares o la obligación de editar la revista dentro de una bolsita negra. ¿Por qué tanta saña con una simple revista?  La respuesta está implícita en la pregunta, la Cerdos era muchas cosas, menos un simple revista.  En cualquiera de sus 59 tapas,  distribuidas en cuatro períodos a lo largo de 20 años, es fácil detectar cuál era su temática, quienes eran sus amigos y enemigos. Y esos enemigos no eran gente buena.

En su última etapa, gracias al vínculo que establecí con  Enrique a partir del taller de escritura, publiqué notas en los números 58 y 59. También pude compartir momentos en la pseudo redacción instalada sobre Hipólito Yrigoyen o por las calles de Buenos Aires, casi siempre de noche, y de esa manera pude vivir la Cerdos por dentro.

Hoy tengo en mis manos el flamante número 60, tal vez el último suspiro de un proyecto pasional, alimentado por excesos de todo tipo y siempre del otro lado de lo permitido… por este sitio inmundo.

El cierre, como corresponde, en palabras de Symns: “La revista resultara ser nada más que el gesto imposible de una promesa incumplida. Fuimos príncipes de la oscuridad y ahora somos ciegos de la luz”.

PD: 

Héroe del Whisky 
Disco: Bang! Bang!!... estás liquidado (1989) 
Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota 


El manuscrito del tema que Carlos Solari le dedica a Enrique Symns luego de una pelea que se hizo pública.

9/2/15

INDIO EN LA BIBLIOTECA

"Indio en la Biblioteca. El tesoro de los inocentes" es una exposición que ofrece una aproximación a uno de los hechos artísticos más relevantes y populares de la cultura argentina contemporánea: la obra de Carlos “Indio” Solari. 

Recorrer el proceso creativo de sus composiciones y conocer algunas de las piezas que constituyen la genealogía de sus influencias artísticas e intelectuales, son algunos de los propósitos que guían esta muestra. 
Exhibir sus manuscritos, ensayos, dibujos, pinturas, publicaciones, objetos personales y visitar su universo de lecturas y canciones escogidas, es una invitación a explorar nuevas interpretaciones sobre esta enigmática obra, y es una forma, también, de celebrar una manifestación del arte que ha logrado conmover la sensibilidad de multitudes argentinas.




Estas son las palabras que el Director de la Biblioteca Nacional aporta al catálogo de la muestra:


Del último hombre a los hombres ultimados 


El fastuoso e indiscernible mundo del rock es heredero de las más antiguas formas poéticas y musicales, pero sus antecedentes están desperdigados en algún párrafo perdido, a veces es apenas una frase o una sílaba, de Ovidio, Juvenal o Aristófanes. Sin olvidar la Biblia o el conde Lucanor. O Rabelais. Bastaría que nos olvidemos por un momento de la era electrónica, de esta edad donde son habituales expresiones como “columnas de sonido” y “micrófono inalámbrico”, para que veamos al rock como uno de los tantos pactos que intenta la humanidad artística entre la plegaria y la demasía, entre el rezo y la insensatez, entre lo sagrado y la locura, entre el suicidio y el mercado cultural, entre la peregrinación y la promesa del elixir irrevocable. Pasaron siglos antes de que el rock se formase, y probablemente estemos viendo ahora las infinitas formas de su transmutación. De poco serviría que para descubrirlas hagamos una historia social de los instrumentos (que sería una historia de los árboles, del viento y de la razón) o de las tecnicismos poéticos (alegorías, rimas, sonetos, endecasílabos, hexámetros, catarsis cómica), sino que deberíamos ocuparnos de la historia del ascenso y caída de las utopías de una juvenilia promesante, y un poco más allá, de una retórica cuyo misterio —por más vulnerado que se halle—, se debe bucear en el descontento trágico con la existencia, y en los vestigios de felicidad que a veces nos concede. 

En la poética del Indio Solari podemos percibir, sin dejar de estar preparados para cualquier desmentida —de él mismo y sus andarillos—, el proyecto de comentar la voz inaudible de los “suicidados por la sociedad”, y un tipo de acción poética que no tan poco remotamente se inspira en el haiku, con su inocente cadencia que se hilvana sobre la eternidad de lo aparentemente insignificante. Con su caligrafía experimentada, recoge emociones últimas, les ofrece un pequeño comentario y produce una pequeña adivinación —un acto de libertad hermenéutica—, ligando dos situaciones cuyos nombres operan de distinta manera en la conciencia contemporánea. Caryl Chessman y Brigitte Bardot. ¿Pero cuáles son esas enormes diferencias? Casi las sabemos por el simple empleo del sentido común —que nos provee distancias, existencias diversas, separaciones convenientes para pensar cada cosa—, pero en la poética del Indio Solari se amenaza, con un tridente interno de raspones meditantes y doloridos, para que esto que sabemos diferente, se convierta en una invitación a dejar flotar dos nombres juntos. Que enlacen su heterogeneidad. Alguna veta oculta se desata para pensarlos en una misma agujeta provocativa. 

Muchos años después, en “Me matan Limón!”, aparece escondida en estas imploraciones un episodio policial, que en la pequeña célula historietística del Indio Solari, expresa la lacrada simpatía por el traficante perseguido, no con los emblemas de la apología, como en el payador perseguido, sino por la curiosidad de saber o imaginar cómo son los últimos momentos de un hombre. Si un filósofo profirió su sentencia sobre el último hombre, Indio Solari piensa en los últimos dichos de un hombre cuando hay enfrentamiento. De una manera u otra, la poética y la voz ásperamente melancólica de Indio Solari tratan la cuestión del enfrentamiento, palabra que tiene visos policiales, religiosos, metafísicos, hegelianos y de lucha. Comprueba hechos. No llama a la paz. Pero deja entrever los elementos que alguna vez deberían tener los grandes llamados a la paz. Vemos sus dibujos: enfrentamiento pacífico entre formas de la naturaleza vegetal y la figura humana. Enfrentamiento entre un “buen diablo” y el paseo meditativo entre las “ruinas de Pompeya” (Las fotos de Epecuén). Los mitos saben muy bien vivir la vida de su propio pasado. El Indio Solari llama “rock” a una de las tantas forman de vivirse en el presente del mito. 

Escribo estos párrafos con temor. Soy de los tantos que sospechan que en los grandes tramos del rock que se hacen entre nosotros, habitan fragmentos díscolos de poderosas filosofías aún sin descifrar. 

Horacio González 
Director de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno





Palabras de Indio

Sobre la lectura: "Con mis lecturas, a través del tiempo, me he comportado como un peregrino revoltoso. He curioseado todo lo que trajo hasta mí la cultura rock. Así como un músico me invitó a otro, mi guía fueron los escritores de esa nueva izquierda quienes me acercaron a otros autores que el sistema había desechado y hasta prohibido por 'inadecuados' y peligrosos. Nada de orientación académica ni notas reflexivas en el margen de las páginas. Una diversidad producto de la renuncia al sentido común de la sociedad que me arrastró de Gurdjieff a Conrad, de Artaud a Cooper y Laing. De Schwob a Roussel. La generación beatnik, Idries Shah, autobiografías de cineastas, haikus y Kenneth White, correspondencias (Wagner y Liszt, los hermanos Van Gogh), Durrel, Vonnegut, Capote, Wolfe, Vian, Cohen, etc, etc..."


Sobre la escritura: "Escribo canciones en la creencia de que:
- El efecto poético se produce por la capacidad de un texto de continuar generando lecturas diferentes sin ser consumido nunca por completo.
- La poesía no debe invitar solo a escuchar, debe invitar fundamentalmente a imaginar.
- La poesía es subjetiva, se vuelve objetiva cuando sus destinatarios, después, se dejan envolver por ella.
- La principal regla poética es conmover, todas las demás no se han inventado sino para conseguir eso.
- La poesía no puede ser definida con precisión porque no nos es dado conocer su esencia, sino sentirla.
- La poesía crea realidades intelectuales que se presentan emocionalmente. No como un pensamiento reflexivo ni filosófico, sino como un pensamiento rítmico.
- Una buena canción (su lírica) debe parecer que no pudo ser escrita de otra manera. Debe tener poder de seducción y comportarse como un enigma del cual uno presenta, para su resolución, solo indicios".
 



La muestra "Indio en la Biblioteca. El tesoro de los inocentes" se puede visitar de lunes a viernes de 9 a 21 hs y los sábados y domingos de 12 a 19 hs.