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2/3/26

LAS PANTALLAS DE GRAN HERMANO

 


Gran Hermano, Big Brother en el mercado anglosajón, es uno de los formatos televisivos más exitosos del mundo. Desde su creación en 1999 tuvo adaptaciones en más de setenta países y acumuló cientos de temporadas. Su premisa es simple: un grupo de personas se encierra voluntariamente en una casa llena de cámaras para convivir aisladas del exterior mientras el público los observa y decide eliminaciones.

El nombre no es inocente. Proviene de “1984”, la novela publicada en 1949 por George Orwell, donde el Gran Hermano encarnaba el rostro omnipresente de un régimen totalitario que vigilaba a la población a través de pantallas bidireccionales: servían para emitir propaganda, pero también funcionaban como cámaras de vigilancia. En el universo orwelliano, la tecnología no era instrumento de libertad sino de control.

Orwell, socialista democrático, escribió su novela como crítica tanto al fascismo derrotado en la Segunda Guerra Mundial como al estalinismo que consolidaba su poder en la Unión Soviética. Junto con “Un mundo feliz”, de Aldous Huxley, su obra marcó un giro en la ciencia ficción: del optimismo tecnológico se pasó a imaginar futuros distópicos, sociedades organizadas alrededor de la vigilancia, la manipulación informativa y la erosión de la autonomía individual.

Durante décadas leímos esas distopías como una exageración. Sin embargo, citando al Indio Solari hoy podemos decir que “el futuro llegó hace rato”.

Reforzando esta idea, la politóloga franco-tunecina Asma Mhalla sostiene en su libro “Cyberpunk” (2025) que la distopía dejó de ser un escenario hipotético para convertirse en una descripción plausible del presente. Hiperconectividad permanente, vigilancia digital, saturación informativa y concentración de poder en manos de grandes corporaciones tecnológicas configuran un nuevo ecosistema político.

Según Mhalla, el deterioro democrático se despliega en tres etapas. La primera fue la era de la posverdad, visible con fuerza durante la presidencia de Donald Trump. No se trató de censura clásica, sino de algo más eficaz: los hechos dejaron de organizar el debate público. La verdad perdió centralidad y la realidad comenzó a fragmentarse en distintas versiones incompatibles entre sí.

La segunda etapa es la política post derecho. Las instituciones formales (Poder Judicial, Parlamento, prensa) continúan existiendo, pero su capacidad de incidencia se reduce notablemente. El Ejecutivo se fortalece y los contrapesos se debilitan. La democracia se mantiene como procedimiento, pero pierde sustancia.

La tercera fase, aún en gestación, sería la política post estatal: la fusión casi total entre poder político y poder tecnológico. Aquí surge lo que la autora describe como la alianza entre el Big State (aparato estatal) y el Big Tech (grandes empresas tecnológicas). Los gobiernos ya no ejercen el poder en soledad; dependen de infraestructuras privadas, plataformas digitales y algoritmos capaces de organizar la información, modelar la atención y condicionar la percepción pública.

En este escenario, la legitimidad deja de ser institucional y pasa a ser atencional. No gobierna quien representa mejor, sino quien logra captar y retener mayor volumen de atención.

Es en este punto donde Gran Hermano deja de ser simplemente un programa de televisión y se convierte en metáfora cultural. La lógica del reality, exposición constante, emocionalidad extrema, eliminación por votación, espectáculo permanente, se traslada al espacio público.

Las redes sociales funcionan como nuevas plazas digitales donde bots, trolls, influencers y algoritmos amplifican mensajes breves, polarizantes y emocionalmente intensos. La inteligencia artificial permite producir contenidos y desinformación a escala industrial. El objetivo no es persuadir racionalmente, sino saturar el entorno informativo.

Cuando todo parece igualmente verdadero, o igualmente falso, el pensamiento crítico retrocede. Lo político se convierte en performance. Importa más la reacción inmediata que la deliberación. Más el clip viral que el argumento complejo.

El riesgo final no sería una dictadura visible, con censura explícita y persecución abierta, sino algo más sutil: un totalitarismo cognitivo. Un sistema que no necesita prohibir, porque logra anticipar deseos, moldear comportamientos y organizar la atención colectiva.

En la novela de Orwell, la resistencia consistía en escapar de las pantallas para evitar ser espiados. En nuestro presente ocurre lo contrario: nos sumergimos voluntariamente en ellas. Firmamos términos y condiciones sin leerlos, cedemos datos personales y aceptamos ser observados a cambio de entretenimiento, validación o pertenencia.

Tal vez el triunfo más profundo del modelo no sea la vigilancia en sí, sino su naturalización. Ya no sentimos que nos observan: participamos activamente del espectáculo. Nos exponemos, comentamos, votamos y compartimos. La cámara dejó de ser una amenaza para convertirse en un objeto de deseo.

En el universo de Orwell, el control era impuesto. En la vida real, es solicitado. Los personajes de Orwell escapaban de las pantallas, nosotros nos zambullimos en ellas alegremente.

Es evidente que el Big Brother ganó la batalla.

Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.

7/9/25

LIBERTARIOS QUE MILITAN LA CENSURA


El caso de los audios filtrados de Diego Spañolo y Karina Milei expone una paradoja: quienes enarbolan la bandera de la libertad recurren a la censura cuando la información incomoda. La medida cautelar del juez Maraniello abrió un debate que desborda lo jurídico: el desfasaje entre la letra de la ley y la práctica cotidiana de los usuarios de medios y redes.

El control de la información siempre fue una obsesión de los poderes de turno. Cuando el consenso democrático consolidó el valor de la libertad de expresión, anulando la posibilidad de la censura manifiesta, la creatividad de los gobernantes generó múltiples estrategias.

A lo largo de la historia, fueron muchos los políticos enamorados de la prensa libre que, al llegar al poder, hicieron lo posible por controlarla. Desde impuestos altos para el papel o la tinta de impresión hasta el uso de la pauta oficial para condicionar la línea editorial, más acá en el tiempo.

En El Príncipe, Maquiavelo sugiere que la libertad no es un valor absoluto. Es un medio que puede promoverse si sirve a la seguridad y estabilidad del Estado, o abandonarse si representa un riesgo. Si extendemos el concepto a la libertad de expresión, que por esa época todavía no existía, podemos inferir que Maquiavelo también la habría sometido a los objetivos del Estado.

Se dice que en una guerra la primera víctima es la verdad. En una dictadura, también. El caso de Rodolfo Walsh lo demuestra: su Carta abierta a la Junta Militar, fechada el 24 de marzo de 1977, fue un acto de resistencia frente a la censura. Para esquivar el cerrojo informativo, ideó un sistema artesanal: distribuir el texto por correo, buscando llegar a personalidades de distintos ámbitos, a periodistas de medios locales y a corresponsales extranjeros.

El control férreo sobre los medios locales era vencido, también, por los caprichos de la geografía. A escasos 50 km de la ciudad de Buenos Aires, las emisiones de Radio Colonia (Uruguay) brindaban informaciones sobre la situación política y social de Argentina.

La voz del periodista argentino Ariel Delgado, que desde Colonia leía las noticias comenzando con un “Buenos Aires”, era lo más parecido al sonido de la libertad que se podía oír por estos lares.

La historia vuelve a repetirse, con otras tecnologías. Los audios cuya difusión prohibió un juez argentino circularon sin restricciones esta semana a través de M24, una FM de Montevideo, accesible en segundos desde cualquier navegador. El fallo perdió eficacia frente a la lógica global de internet.

En el plano internacional, el caso de los Papeles del Pentágono en 1971 marcó un hito. El gobierno de Richard Nixon intentó prohibir que varios diarios publicaran unos documentos secretos en los que se exponían las mentiras del gobierno respecto a la guerra de Vietnam. El principal fundamento para promover la censura era proteger la seguridad nacional.

La Corte Suprema de Estados Unidos falló a favor de la prensa, en línea con la Primera Enmienda que garantiza la libertad de expresión. Esta semana, Carlos Pagni rescata las palabras de Hugo Black, uno de sus jueces, que al justificar su voto sostiene que nada amenaza más la seguridad de la sociedad norteamericana que limitar la libertad de prensa.

En la medida cautelar que firma Maraniello, se instruyó al ENACOM (Ente Nacional de Comunicaciones) para hacer cumplir el cese de la difusión de los audios por “cualquier medio de comunicación de forma escrita y/o audiovisual y/o a través de redes sociales desde todo sitio, plataforma y/o canal web”.

Es importante remarcar la diferencia sustancial entre un medio de comunicación, identificable legalmente y con un editor responsable, y los millones de perfiles que encontramos en las redes sociales, muchos de ellos anónimos o que suplantan la identidad de un tercero, a los que técnicamente es imposible controlar simultáneamente respecto al contenido que publican.

En este mismo sentido, todavía no existe consenso a nivel internacional sobre las plataformas digitales y su rol como mediadoras de la información y su responsabilidad en la vigencia de la libertad de expresión. En casos como el analizado en esta columna, la pregunta que se desprende es a quién castigar por no respetar una prohibición judicial: ¿a la plataforma o a los usuarios?

Por todo lo expuesto, me atrevo a sostener que vivimos tiempos maquiavélicos, capusotescos y marxistas, no por Carlos, sino por el genial Groucho Marx, que en uno de sus pasos de comedia remata una escena diciendo: “Estos son mis principios; si no le gustan, tengo otros”.

Una definición que bien podrían suscribir los libertarios que hoy militan a favor de la censura.


Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.


31/8/25

LO QUE SOMOS LOS ARGENTINOS


A lo largo de nuestra corta historia como país han sido muchos los artistas o intelectuales que intentaron definir qué somos como sociedad y como individualidad. En canciones, obras de teatro o ensayos se buscó retratar al “ser argentino”. Todos los intentos despertaron polémica. La grieta siempre estuvo presente.

Ya en tiempos de Alberdi, un prócer nacional muy de moda en estos días, el tema era de mucho interés. En el prólogo de Fragmento preliminar al estudio del derecho, resalta una cita en latín: Nosce te ipsum (conócete a ti mismo). Sin dudas, Alberdi hablaba en nombre de toda la Generación del 37.

Un siglo después, Ezequiel Martínez Estrada publicó Radiografía de la Pampa, un libro que pretendía ser definitivo al describir el "ser nacional". Alejado de los sueños de grandeza que en la década del 30 se hacían fuertes en el país, el autor nos habla de una nación fundada sobre el error, donde la llanura de la pampa puede interpretarse como un laberinto sin salida, un territorio donde conviven, en equilibrio trágico, la civilización y la barbarie.

En esta línea pesimista de Martínez Estrada, centrada en el individualismo, la falta de cohesión social y la ausencia de un proyecto común, podemos inscribir a la última película de Mariano Cohn y Gastón Duprat: Homo Argentum. Volvemos al latín, que en este caso podríamos traducir como Hombre "Argentino" o "de Plata".

Es tan grande el éxito de la película, amigo lector, que me imagino lo innecesaria que resulta la información que le comparto: batió los récords de espectadores, sorprendió con un actor interpretando 16 personajes y con un formato de 16 capítulos breves, sin relación aparente entre sí.

Pero sí me parece necesario enmarcar la película del versátil Guillermo Francella en el universo creativo de la dupla Cohn y Duprat. Su presentación en sociedad fue con Televisión Abierta (1998), un programa que se anticipó a YouTube: una cámara, y una pantalla para la difusión, para que cualquiera mostrara sus talentos o simplemente contara algo.

De ese experimento (¿democratizador?) saltaron al cine con El hombre de al lado, con un protagónico consagratorio para Daniel Aráoz y un tono narrativo que oscilaba entre el suspenso y el humor negro. Siguieron El ciudadano ilustre y Competencia oficial, además de la serie Bellas Artes, todas protagonizadas por Oscar Martínez, donde van al choque de lo políticamente correcto en general y del snobismo cultural en particular.

También merece mención la serie Nada, que los reunió con Robert De Niro, y El encargado, donde trabajaron con Francella, consolidando una nueva sociedad artística.

Medios de comunicación, arquitectura, redes sociales, sindicatos, literatura, la política, el arte moderno y la propia industria del cine aparecen dentro del abanico temático que recorren a lo largo de su obra. Y aunque muchas producciones se rodaron en el exterior, siempre lo argentino está presente. Pero no necesariamente en su costado más luminoso: sus personajes suelen ser oscuros, calculadores, cínicos, cascarrabias, poco progresistas (lo digo así, en términos amables).

En ese sentido, Homo Argentum parece una continuidad coherente dentro de un universo creativo de dos artistas que parecen cómodos en el rol de enfants terribles.

Queda, como dato llamativo, la distancia entre la crítica y el público. La primera, en general, fue muy dura al evaluar la película; mientras tanto, familias enteras o grupos de amigos peregrinaban en masa a las salas de cine de todo el país, retomando una práctica de consumo mediático impropia en la era de las plataformas de streaming.

En lo personal, creo que al abuso del estereotipo del "argentino medio" (el que se hace el "boludo", el canchero, el ventajero, el snob) le falta el balance del arquetipo que también nos define y con el que nos reconocen en el mundo: los que fundan unicornios, los que brillan en disciplinas deportivas o como referentes religiosos, los que ganan premios Nobel o se convierten en abanderados de los desposeídos, los que dejan huella en la ciencia y en las artes… como Cohn y Duprat.

Barbarie y civilización. Ni más ni menos.


Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.

3/8/25

LA VIGENCIA DEL LIBRO: DONDE EL FUTURO TODAVIA VIVE


A través de la historia, el surgimiento de cada “nuevo medio” de comunicación despertaba rápidamente voces que anunciaban la desaparición del “viejo medio”.

Así, con la llegada del cine muchos predijeron la muerte del teatro; de la mano de la radio y la televisión el difunto sería el cine y también se anunció la extinción del libro cuando internet se hizo presente.

Marshall McLuhan, el teórico canadiense autor de la famosa frase “el medio es el mensaje”, nos dice que en realidad el contenido de un nuevo medio se origina en un medio anterior. Desde esa perspectiva, nos corremos de la dualidad vida/muerte y podemos analizar el proceso desde el concepto de “evolución”.

Entonces, podemos pensar al cine como la evolución del teatro, a la televisión como la evolución del cine y a la web como la evolución de la televisión. Y al pensar en evolución abandonamos la idea de cambio radical y nos acercamos al concepto de “continuidad”.

Si coincidimos en que el contenido de los distintos medios tiene continuidad, ¿cuál es el aporte del desarrollo tecnológico? Lo que cambia de la mano de la tecnología es la interfaz.

Vamos a definir  la interfaz como el punto de interacción entre dos sistemas, o entre un sistema y un usuario, que permite el intercambio de información.

A partir de esta definición,seguramente lo primero que se nos viene a la mente es el menú de nuestro teléfono móvil donde aparecen todos los íconos de las aplicaciones que tenemos descargadas. Y esa asociación es correcta.

Estamos rodeados de interfaces: el teléfono celular, la computadora, la tableta, la pantalla del auto, el televisor, las máquinas expendedoras y un largo etcétera.

Hay un especial interés en la industria tecnológica por hacer invisibles las interfaces y de ese modo limitar la comprensión de su funcionamiento y la posibilidad de modificar los mecanismos internos de las apps.

Pero sería un error relacionar exclusivamente el concepto de interfaz a los dispositivos electrónicos.

Un libro también es una interfaz que nos permite acceder a información, ideas y a historias fantásticas, ya sean reales o de ficción. 

Las interfaces basadas en pantallas táctiles están tan naturalizadas en nuestra vida cotidiana que solo nos llaman la atención cuando funcionan mal.

Pero el libro es tan noble que nunca funciona mal. Puede estar mal impreso, le pueden faltar páginas, pero a pesar de estos accidentes siempre está a nuestra disposición. Cómo dice el "Tano" Favalli en el Eternauta: “lo viejo funciona, Juan”.

Un libro no necesita actualizar el software, no sufre por los cortes eléctricos ni las caídas de tensión ya que no tiene que cargar baterías. Son más económicos que los dispositivos electrónicos y más seguros para transportar información a muy bajo costo… no hay memoria o disco rígido que se cuelgue o se rompa.

Antes del libro impreso, durante miles de años el hombre guardó registros escritos en tablas de arcilla, papiros enrollados o códices de piel o pergamino. Pero una innovación lo cambió todo.  

¿Qué es innovar? Carlos Scolari, un especialista en el tema, nos dice que innovar es crear nuevas interfaces, es juntar elementos, no solo tecnológicos… Menciona experiencias de uso, sujetos, historias, tácticas y  estrategias de producción. Juntar cosas que antes estaban dispersas y crear una nueva interfaz.

Volvamos al teléfono. Steve Jobs es reconocido como un innovador porque se le ocurrió meter dentro de un iPhone muchos elementos que hasta ese momento estaban separados, desde un reproductor de música hasta una brújula, pasando por una linterna o un despertador.

Gutenberg hizo algo parecido hace poco más de 500 años. Como orfebre, partió de su habilidad para modelar el metal de los tipos móviles que usaría, adaptó el sistema de prensa utilizado para producir vino y usó el papel como soporte para la impresión. 

Después de 5 siglos del reinado del libro como el dispositivo más importante  para la transmisión cultural,  el surgimiento de la web impactó radicalmente en los modos de producir y hacer circular el conocimiento. Como el meteorito que acabó con los dinosaurios en la era jurásica, internet parecía condenar al objeto-libro a la extinción.

Desde los laboratorios de diseño TEC le encontraron el reemplazo acorde a estos tiempos posmodernos: una tableta que simula ser un libro, que inclusive remeda el efecto de nuestro dedo pasando la página para continuar la lectura. 

Pero, heroico, el libro resiste. Como el vinilo, resurge del abandono ingrato de los usuarios y coleccionistas que se subieron a la moda digital. Los fanáticos  reivindican el plano sensorial: la yema de los dedos recorriendo las páginas o el olor de la tinta sobre ese blanco imperfecto del papel. Pura  reivindicación de la materialidad.

Por eso, amigo lector, le voy a pedir que al terminar de leer el diario busque un libro cualquiera. Otórguese el permiso de perderse en algunas de sus páginas… estoy convencido de que ahí todavía vive el futuro.

Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.

6/7/25

¿EL FIN DEL PERIODISMO?


Durante todo el siglo XX, el periodismo cumplió un rol fundamental en las democracias occidentales. El sistema de división de poderes, en el que los estamentos legislativo, judicial y ejecutivo buscan un equilibro que les permita gobernar, delegaba en el periodismo el famoso “cuarto poder”.

La capacidad de informar y de formar opinión posicionaba a los medios como “fiscales” de la república, ya que velaban por el correcto accionar de las instituciones y de sus funcionarios.

Como en tantos otros ámbitos, la aparición de internet lo cambió todo. El ecosistema mediático lleva décadas adaptándose a las nuevas reglas de juego, pero hay una barrera que, por más estrategias que apliquen, aún no logran sortear: cómo se vinculan las nuevas generaciones con las noticias.

Según el último informe del Reuters Institute la brecha generacional es creciente. Los jóvenes entre 18 y 24 años prefieren informarse en redes sociales y video (44 %), mientras que los mayores de 55 años siguen optando por sitios web y la TV.

Algunas de las conclusiones del estudio son impactantes. La más importante, tal vez, sea que el formato video se impone sobre todos los demás. Pero no cualquier video: hablamos del formato vertical, propio de los Reels de Instagram o de TikTok, que en promedio dura menos de 1 minuto.

Otro cambio cultural importante tiene que ver con la forma en cómo accedemos a las noticias. Antes, con los medios tradicionales, los ciudadanos armaban un menú de fuentes a partir de la confiabilidad y la afinidad ideológica. La estrategia era ir “en busca” de las noticias. Hoy, la tendencia es que las noticias “nos lleguen”. Pasamos de la búsqueda activa a la pasividad inducida por el algoritmo.

Este cambio también impacta en la calidad informativa. El periodismo clásico se basaba en narrar los hechos respondiendo a las cinco preguntas clave: qué, quién, cuándo, dónde y cómo. Ese relato pasaba por la validación de un editor responsable y contaba con el respaldo institucional del medio que lo ponía en circulación. Actualmente, muchos de los videos informativos llegan cargados de opinión o editorialización, apelando más a la emoción que al análisis. Son contenidos presentados por rostros o voces aleatorias, difíciles de identificar, sin saber con claridad qué intereses representan.

De las audiencias masivas pasamos a comunidades de nicho, unidas por afinidades temáticas. De las redacciones profesionales, donde un editor jerarquizaba la información, a un universo de creadores de contenido que, en su mayoría sin retribución económica, inundan el ciberespacio. Como diría Discépolo, conviven la Biblia y el calefón: da lo mismo una crónica sobre civiles bajo bombardeos que una receta milagrosa para bajar cinco kilos en una semana.

El Digital News Report 2025 de Reuters no trae muchas buenas noticias. El uso de redes sociales y del video como fuente primaria de información crece en todos los segmentos de edad, incluso en la franja de 45 a 54 y los de 54 o más. En paralelo, los sitios de noticias pierden llegada en casi todas las franjas, con caídas de entre 6 y 9 puntos porcentuales.

En Argentina, el uso de redes sociales para informarse se mantiene estable respecto del año pasado: seis de cada diez personas las utilizan como fuente principal. Casi el 40 % consulta Facebook y un 35 % Instagram. WhatsApp muestra un leve descenso y X, comparativamente más politizada, es usada como fuente por apenas el 12 %.

Las teorías clásicas de la comunicación en EEUU ya alertaban sobre el riesgo de que un ciudadano, por el simple hecho de consumir noticias, creyera estar participando activamente en los asuntos públicos.

Hoy, frente al bombardeo informativo, las fake news, las burbujas de sentido y el exceso de editorialización, el panorama es aún más preocupante.

Especialmente si pensamos en la formación ciudadana de quienes hoy son adolescentes y dentro de 30 años van a estar al frente de las decisiones del país. ¿Qué tipo de vínculo con la realidad podrán construir si no cuentan con fuentes de información confiables?


Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.




9/4/21

CERDOS & PECES. LA REVISTA DE ESTE SITIO INMUNDO


Escribir, con pretensiones de escritor, era algo que siempre me daba vueltas por el marote pero que, como muchas otras pretensiones, quedaban archivadas en una cajita en el ropero de las ilusiones.

En los inicio del 2004 veo publicado en la revista Rolling Stone un aviso de un taller de escritura que Enrique Symns presentaba en Artilaria, un centro de comunicación del barrio de Palermo. El bichito de las letras volvía a zumbar cerca de la oreja.

El Viejo, así se lo conocía, siempre fue un personaje intrigante y oscuro, la posibilidad de tenerlo mano a mano era muy movilizante. 

Veamos por qué... a finales de los 80, yo tendría 17 años, tomé contacto con su revista, la mítica Cerdos & Peces. Eran los días de la FM Rock & Pop revolucionando la radio en Argentina y de las noches, cualquier noche de la semana, en Cemento, una especie de discoteca y sala de recitales (boliche en nuestra gerga) regenteado por Omar Chaban y Katja Alemann.

Adolescentes inquietos creciendo en un ambiente de pocos recursos y escasos estímulos, sin acceso a fuentes de información y amoldados por los parámetros de una sociedad autoritaria encontrábamos en ese pasquín mensual la puerta de entrada a poetas como Rimbaud o Artaud, escritores de la talla de Pessoa, Bukowski o Capote. También decían presente los referentes de la  generación beat, filósofos como Nietzsche o Schopenhauer y bandas de rock sobre las que leíamos pero que difícilmente podíamos escuchar en los medios tradicionales.

Por la revista pasaron el Indio Solari,  Ariel Prat, Zito Lema o Tom Lupo. Alfredo Rosso tiraba data de música, Batato Barea o Fernando Noy pasaban al papel la experiencia del Parakultural, y la lista sigue: Ragendorfer escrutando los policiales pero sin guiarse por la versión de los policias (un estilo novedoso),  Perlongher como vocero del Frente de Liberación Homosexual en Argentina, Gobello y sus crónicas incendiadas, Mariano del Mazo, Schanton, Maitena y Vera Land, la reina.

Las editoriales de Symns, el último chamán de la palabra, conmovían y las notas compartían el rechazo a la dictadura de una moral pacata y recalcitrante. Derribar los tabúes del sexo y las drogas y, sin darle crédito a Foucault, echar luz sobre la operación de pinzas que conjuntamente realizaban las instituciones educativas, religiosas, sanitarias, además de las fuerzas represivas, sobre personas desprotegidas que terminan siendo felices mirando todas las noches las recetas que la TV te vende para ser feliz.

En síntesis: sexo, droga y rock and roll como ejes de una publicación contracultural que se enfrentaba abiertamente a la normalidad instalada.

En su historial aparecen atentados con bombas, clausuras, secuestro de ejemplares o la obligación de editar la revista dentro de una bolsita negra. ¿Por qué tanta saña con una simple revista?  La respuesta está implícita en la pregunta, la Cerdos era muchas cosas, menos un simple revista.  En cualquiera de sus 59 tapas,  distribuidas en cuatro períodos a lo largo de 20 años, es fácil detectar cuál era su temática, quienes eran sus amigos y enemigos. Y esos enemigos no eran gente buena.

En su última etapa, gracias al vínculo que establecí con  Enrique a partir del taller de escritura, publiqué notas en los números 58 y 59. También pude compartir momentos en la pseudo redacción instalada sobre Hipólito Yrigoyen o por las calles de Buenos Aires, casi siempre de noche, y de esa manera pude vivir la Cerdos por dentro.

Hoy tengo en mis manos el flamante número 60, tal vez el último suspiro de un proyecto pasional, alimentado por excesos de todo tipo y siempre del otro lado de lo permitido… por este sitio inmundo.

El cierre, como corresponde, en palabras de Symns: “La revista resultara ser nada más que el gesto imposible de una promesa incumplida. Fuimos príncipes de la oscuridad y ahora somos ciegos de la luz”.

PD: 

Héroe del Whisky 
Disco: Bang! Bang!!... estás liquidado (1989) 
Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota 


El manuscrito del tema que Carlos Solari le dedica a Enrique Symns luego de una pelea que se hizo pública.

23/11/16

LA NOTA EDITORIAL EN DIARIOS


Editorial del diario La Nación

Cuando mencionamos "editorial" nos encontramos con varias acepciones, por lo cual considero pertinente destacar las más importantes: el editorial (nota de opinión sin firma que refleja la postura de un medios) y la editorial (empresa editora de diarios, revistas o libros).

Como adjetivo, el concepto se refiere a aquello perteneciente o relativo a los editores o las ediciones. Por ejemplo: “La industria editorial ha caído un 17% en el último año a causa de la piratería”, “La inclusión del novelista argentino como columnista habitual fue un gran acierto editorial del periódico”.

Un editorial, por otra parte, es un artículo periodístico no firmado que presenta un análisis y, por lo general, un juicio sobre una noticia de gran relevancia. Se trata de una nota que refleja la línea ideológica y la postura del medio de comunicación sobre el asunto en cuestión. En este sentido, el editorial también es un género periodístico: “El editorial publicado por La Nación fue muy duro con las recientes medidas del gobierno”, “El presidente se mostró ofuscado con los editoriales que los principales medios publicaron en los últimos días”.

En general, las editoriales se publican en la sección de opinión de los diarios. En una o dos páginas se publican notas basadas en la argumentación y el análisis buscando, en general, la pluralidad de voces.

El objetivo de este espacio no es informar, sino interpretar la realidad, sentar postura y fomentar el debate público.

Sección de opinión del diario Clarín


Los formatos que componen esta sección incluyen:

El Editorial: es el texto institucional por excelencia. Expresa la línea ideológica y la postura oficial del propio periódico sobre un tema de actualidad. Por lo general, carece de firma y representa la opinión unificada de la dirección del medio.

Notas o Columnas de Opinión: Artículos escritos por periodistas especializados, intelectuales, políticos o personalidades invitadas que analizan un tema bajo su propia perspectiva. Llevan la firma del autor, lo que permite identificar su nombre, y son el vehículo para interpretaciones más libres y subjetivas.

Cartas de Lectores: espacio abierto y democrático donde el público en general puede enviar sus opiniones, reflexiones, reclamos, quejas o felicitaciones sobre temas de interés general o en respuesta a artículos publicados. Suelen estar sujetas a criterios de edición (longitud, estilo formal) y requieren identificación personal.

Podríamos establecer además que existen diversos tipos de editoriales en función del objetivo concreto que persiguen y también del contenido que tienen. En concreto, entre las clases más significativas se encuentran las siguientes:
Editorial de tesis: bajo dicha denominación se encuentran los artículos en los que se intenta mostrar de manera clara y palpable la opinión a favor o en contra de un hecho o persona determinada.

Editorial interpretativa: en este caso, podríamos determinar que aquella se caracteriza porque incluye desde causas o efectos hasta conjeturas y percepciones de un hecho o cuestión.

Editorial de acción: se busca“mover” al lector, este es el principal objetivo que persigue este tipo de editorial. Se intenta conseguir que el receptor actúe y adquiera una conciencia muy clara acerca de lo que se está contando.

Editorial explicativa: es aquella que básicamente se dedica a exponer y detallar toda una relación de hechos sin que en ningún momento se puedan deducir opiniones concretas sobre los mismos.




Por último, nos queda acepción que remite a la casa editora o empresa dedicada a la impresión y distribución de publicaciones, que también recibe el nombre de editorial. Esta actividad estuvo vinculada durante muchos años a la publicación de libros, revistas y periódicos a través de sistemas de imprenta. Sin embargo, el avance de las nuevas tecnologías permite la existencia de editoriales que imprimen materiales a pedido o que se limitan a publicar los textos en formato digital.

La entrega del original, la evaluación por parte de la editorial, la corrección de estilo, la diagramación, la composición, la impresión, los acabados, la encuadernación y la puesta a la venta y circulación son concretamente todas las fases del trabajo de una empresa editora. Como ves, comprenden desde el momento en el que el autor presenta su obra ante aquella hasta que finalmente la misma se encuentra en el mercado y ofrece la posibilidad de que cualquier lector pueda comprarla en librerías y tiendas especializadas.

Las editoriales suelen organizar concursos para encontrar nuevos autores o premiar a los escritores más talentosos. Su actividad, por lo tanto, trasciende la evaluación, gestión y publicación de los libros.

Fuente: definicion.de

21/8/15

EL PERIODISMO EN LOS TIEMPOS DE LAS OPERACIONES MEDIATICAS


El 20 de junio de 1973 en los bosques de Ezeiza se produce un quiebre en la historia
argentina, Perón vuelve y ya nada será como antes. Verbitsky explica lo inexplicable.

Horacio Verbitsky (@VerbitskyH) nació en Buenos Aires el 11 de febrero de 1942. Periodista y escritor de reconocida militancia revolucionaria durante la década del 70, en la actualidad escribe para el diario argentino Página/12 y dirige el CELS (Centro de Estudios Legales y Sociales).

En su larga e intensa carrera periodística trabajó en los diarios Noticias Gráficas (1960), El Siglo (1963), El Mundo (1964), La Opinión (1971), Clarín (1972), Noticias (1973) y Página/12 (desde 1987); y en las revistas Tiempo de Cine (1962), Rebelión (1964), Confirmado (1965), Semanario CGT (1968), Cuadernos del Tercer Mundo (1973), Paz y Justicia (1982), Revista Humor (1983), El Periodista (1984) y Entre Todos (1985). En los últimos años sus notas dominicales en Página/12 se han convertido en el material informativo más candente de la semana política. 

Ha publicado, entre otros libros: Prensa y poder en el Perú (1974), La última batalla de la Tercera Guerra Mundial (1984), Ezeiza (1985), La posguerra sucia (1985), Rodolfo Walsh y la prensa clandestina (1986), Civiles y Militares (1987), Medio siglo de proclamas militares (1987), La educación presidencial (1990).

En los últimos días fue blanco de campaña del Grupo Clarín que buscó vincularlo a la última dictadura cívico-militar. La operación, orquestada por Gabriel Levinas en el programa de Jorge Lanata en Radio Mitre y repetida en el programa de Carlos Pagni en TN, constaba de dos partes: por un lado, reflotar las acusaciones de colaboracionismo vertidas desde 1991 por un libro que ayudó a escribir en 1979; y por el otro, la novedad de afirmar que había escrito el discurso de un dictador.
Más allá de las pruebas aportadas por el propio acusado que desbaratan la burda operación mediática, a lo que podemos sumar los testimonios de terceros en el mismo sentido, me parece oportuno compartir con Uds. un artículo de Horacio Gonzalez publicado hoy en la contratapa de Página/12. 

Horacio Verbitsky
Por Horacio González

Estamos acostumbrados al debate en torno del periodismo. Una vez que se tuvo la certeza absoluta del modo en que las hojas de noticias diarias influían en la vida social aconteció un inevitable rasgón filosófico: Nietzsche, ya en la década del ’70 del siglo XIX, protestaba contra los periodistas y su estilo de escritura dejaba claro que optaba por una experiencia de escucha profunda: la voz del mito. Algo a lo que el periodismo, lo decía expresamente, nunca podría llegar. No obstante, una de las críticas que en su época recibiera su libro fundamental –el Nacimiento de la tragedia–, reclamaba tanto por la ausencia de análisis científico como por su inesperada semejanza con el proceder periodístico. Formidable paradoja.

Poco después, la revista La Antorcha, de Karl Kraus, revela, a modo de una gran incógnita que arrastra la historia del periodismo hasta hoy, cómo se puede hacer un periodismo que busca constantemente las fuentes primigenias del acontecimiento, lo que es imposible sin una simultánea afirmación de la fidelidad narrativa al hecho, pero no menos imposible sin una crítica obligatoria a los habituales procedimientos de relato. Otra formidable paradoja.

En general, todas las críticas que ha recibido el periodismo (vastísima palabra en la que caben todas las escrituras, todos los sarcasmos y todas las taumaturgias) pueden transformarse en formas superiores de periodismo. Una de ellas que ahora podemos recordar puede ser incluso el íntimo diario personal, tema sobre el cual reflexiona Piglia a propósito del diario de Pasolini. Pero también pueden ser actos específicos de una operatoria complacida en crear la noticia artificiosamente, pues para ello ya se cuenta con el signo vacío del género, los centimetrajes en blanco que esperan dar albergue a las más pesadas sospechas y a todo el sistema de prejuicios que a menudo componen el tejido profundo de pensamientos de una redacción. Que no necesariamente se expresa luego en los segmentos publicables, sea por un pudor lejano o por reaseguros éticos de última instancia. Pero en el zócalo electrónico de cada nota pueden destilarse ahora los sangrientos cortejos de injurias cruzadas, que enrarecen toda la vida social.

Es posible afirmar que los grandes periodistas están siempre en el límite de lo que se ha entendido habitualmente por periodismo. Se puede decir más aún, que es artificiosa la propia noción de periodismo, si descartamos las fuerzas maquínicas que lo constituyen, las modalidades industriales que fueron su lógica sintáctica (“escribo sobre las rotativas”, dijo Arlt) o las mutaciones tecnológicas de última instancia que producen insinuadas disoluciones ante las cuales se debe reaccionar, y que aún no han conseguido que sea un mero apéndice de los procedimientos fílmicos o electrónicos. Todavía puede incorporarlos (en general sumándose a ellos), y por eso lo hace con grandes dificultades y fuerte repercusión en las modalidades clásicas de escritura, con más esfuerzos de los que notablemente requirió la fusión de la página meramente tipográfica con la fotografía. De allí resultó la expresión común, “noticias gráficas”, y una revista se llamó simplemente El Gráfico, lo que seguía el uso periodístico y no matemático o estadístico de este concepto. Gráfico (de “fotográfico”) pasó a significar la imagen que acompaña al texto, aunque en la revista que mencionamos curiosamente se transformó en sinónimo de fútbol y no de un paso adelantado hacia la televisión, un guiño tan amplio que, sin embargo, al hacerse, amenazaba a la larga a la propia revista. La televisión sintetizó el sentido real de lo gráfico, pues además ingresó en una zambullida repentina y gigantesca en el habla común y cotidiana de las naciones, de las metrópolis y de las poblaciones más retiradas.

Llamamos periodismo a lo que subsiste a partir de un núcleo originario de escritura que busca su propia objetividad (cierto: no hay una objetividad exterior que dicta la relación con la verdad del sujeto periodístico) y que la busca uniendo varias formas de conciencia en un escrito que da a conocer lo que muchos deben conocer. Objetividad entonces no es algo que haya desaparecido, es la figura misma que instituye lo desconocido que, al darse a conocer como conexión de sentido histórico, se hace parte de la subjetividad individual y del colectivo dramático de subjetividades que llamamos reproducción social de la vida, el habla y el poder. Antes que se descubriera la torpe noción de “operación periodística”, el periodismo sabía sufrir internamente por su indeterminación frente a la historia, la política o la literatura, incluso ante la Justicia, cuestión desesperante que lo llevó a rondar permanentemente sobre el “yo acuso”.

Dijimos antes noticias gráficas. Fue el nombre de un periódico que durante más de tres décadas podría representar el espíritu de esa prensa escrita que poseía el secreto del equilibrio entre el testimonio gráfico y el estilo vehemente (con distintos grados de estridencia) que tenía su cuerpo textual y sus titulares. En Noticias Gráficas comenzó su labor periodística Horacio Verbitsky, en los años ’60, dedicado en su labor diaria a dar las noticias meteorológicas. A partir de allí, la meteorología sigue siendo tan consultada como antes, pero la mayoría prende la televisión para informarse; en los diarios perdió vigencia. Pero en las agitadas décadas subsiguientes una clase especial de meteorología, el arte de escrutar la vida de los climas sigilosos y trágicos de la política, lo siguió acompañando a Verbitsky, desde que surgió la idea, lamentablemente hoy desfigurada, de “periodismo de investigación”.

Como toda gran idea, el periodismo de investigación responde a la gran tradición romántica de la escritura que emana de un protagonista individual, solitario, con olfato perruno y que, sin proponérselo, y hasta sin saber que corre riesgos en lo que hace, representa el más fundamental de los huecos sólo potencialmente habitados de nuestro pensamiento y, por eso mismo, habitados con grados diversos de indiferencia, desvanecimiento y difuminación. La gran estirpe de esos periodistas corre peligro. En los últimos años el periodismo de investigación se convirtió en una trepanadora destinada a destruir los horizontes civilizatorios a los que había llegado la trabajosa alianza entre el periodismo y las nociones de justicia que buscaban, como los viejos alquimistas, la relación entre la esquiva objetividad y las éticas utópico-científicas. Así, en algún momento reciente de esta historia, fue incautada la idea de periodismo de investigación que inventó Walsh y prosiguió Verbitsky, por las grandes corporaciones que surgen de otro estadio de la lógica del capital. Que ya son capitales simbólicos, lingüísticos, hermenéuticos, que representan en última instancia al poder financiero (en sus diversas modalidades de autocreación, expropiación de vidas y plusvalías jurídico-estatales). Y esto consiguió llegar al estadio final de lo que vendría a ser la última graduación de la investigación sobre el individuo privado y sus estructuras ilusorias de gustos y preferencias. La pugna que se libra es ardua y oscura. Los ataques a Horacio Verbitsky son en sí mismos tan graves como injustificables. Pero lo que los hace más infaustos es que significan también la pérdida devastadora de la forma clásica del periodismo, en nombre de las nuevas torres de control desde las que emanan órdenes precisas de destrucción de personas.