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30/8/26

DÍAS DE RADIO


El 27 de agosto se celebra en Argentina el Día de la Radio. La fecha recuerda aquella primera transmisión realizada en 1920 desde la terraza del Teatro Coliseo de Buenos Aires, cuando un grupo de pioneros decidió colocar un transmisor y poner en el aire una ópera. Seguramente ninguno de ellos imaginó que ese experimento iba a convertirse en uno de los medios de comunicación más importantes de nuestra historia.

Durante décadas, la radio ocupó un lugar central en la vida cotidiana. Acompañó a las familias al arrancar el día, también viajes, jornadas laborales, partidos de fútbol, madrugadas y tardes de estudio. Fue informativa, musical, deportiva, política y de entretenimiento. También construyó una relación particular con sus oyentes: una voz que hablaba desde un estudio podía terminar formando parte de la intimidad de una persona que escuchaba sola en su casa, en el auto o mientras realizaba alguna otra actividad.

Pero la radio cambió. Y no lo hizo una sola vez.

Primero fue la llegada de la televisión, que parecía destinada a convertirla en un medio del pasado. Después aparecieron las radios FM, internet, los teléfonos celulares, las plataformas de streaming y, finalmente, los podcasts. Cada innovación tecnológica pareció anunciar, de alguna manera, el final de la radio tal como la conocíamos.

Sin embargo, la radio nunca desapareció. Se reinventó.

Hoy podemos escuchar una emisora desde un receptor tradicional, desde una página web, una aplicación, YouTube o una plataforma de audio. Podemos escuchar un programa en vivo mientras ocurre o recuperar sus contenidos varias horas, días o incluso años después. El mismo material puede transmitirse por aire, convertirse en video para las redes sociales y terminar distribuido como podcast.

Entonces aparece una pregunta bastante sencilla, pero no tan fácil de responder: ¿qué es la radio hoy?

Si la definimos por su soporte tecnológico, probablemente tengamos problemas. La radio ya no necesita necesariamente una antena, una frecuencia ni siquiera un receptor tradicional. Si la definimos por su forma de producción, tampoco resulta sencillo: muchos podcasts utilizan recursos propios de la radio y muchos programas radiales se producen pensando desde el comienzo en su segunda vida digital.

Tal vez tengamos que buscar la respuesta en otro lugar: alguien tiene algo para decir, hay un micrófono y alguien está dispuesto a dar un poco de su tiempo para escuchar una historia. Mientras estos elementos estén presentes, tendremos radio para rato.

No importa si hay cámaras o por dónde se transmite. La tecnología modificó las herramientas, pero no necesariamente esa relación básica entre quien habla y quien escucha.

Claro que el cambio tecnológico produjo transformaciones profundas. Durante mucho tiempo la radio fue un medio de emisión masiva: unos pocos producían contenidos y millones de personas los recibían. El modelo era bastante claro. Había emisores, una programación determinada y una audiencia que podía elegir entre distintas propuestas.

Internet rompió esa lógica. Hoy cualquiera puede producir un contenido sonoro con un teléfono celular, subirlo a una plataforma y ponerlo potencialmente a disposición de millones de personas. La barrera de entrada técnica bajó considerablemente. Pero apareció otra dificultad: producir es sencillo, pero conseguir que alguien nos escuche es mucho más complicado.

En un ecosistema donde se publican miles de horas de contenido todos los días, competir por la atención se convirtió en el principal desafío. Y ahí aparecen los algoritmos, que deciden qué contenidos vemos, cuáles escuchamos y cuáles permanecen ocultos en esa enorme nube digital donde se guarda toda la información.

También cambió la relación con el tiempo. La radio tradicional estaba asociada al vivo. Un programa comenzaba a determinada hora y terminaba cuando el conductor se despedía. Si no estábamos escuchando en ese momento, nos lo perdíamos. El podcast alteró esa lógica al permitir que el contenido pudiera escucharse cuando el usuario quisiera.

Pero la transformación fue todavía más profunda. El podcast permitió recuperar algo que la radio había perdido: la posibilidad de producir contenidos específicamente pensados para ser escuchados sin depender de una programación.

Una entrevista puede durar una hora. Una crónica puede ocupar treinta minutos. Una historia puede desarrollarse durante varios episodios. No hay necesidad de interrumpirla porque llegó la hora del noticiero o porque hay que pasar a la tanda publicitaria.

Al mismo tiempo, el streaming está recorriendo el camino inverso. Las plataformas nacieron asociadas al consumo bajo demanda, pero cada vez incorporan más transmisiones en vivo. La imagen volvió a ganar protagonismo y muchos programas que se presentan como radio necesitan ahora cámaras, iluminación, escenografía y una estrategia específica para las redes sociales.

La radio, entonces, atraviesa una tensión de fondo: para sobrevivir en el ecosistema digital debe incorporar cada vez más recursos audiovisuales, pero cuanto más se acerca a la televisión, más se parece a aquello que históricamente la diferenció.

No importa el nombre que usemos para etiquetarla. No importa que la llamemos podcast o que le sumemos una cámara para transmitir por Twitch o YouTube desde alguna habitación perdida en la ciudad. Más allá de cómo la llamemos, es innegable que hay un cambio de paradigma que afecta tanto a quien cuenta como a quien escucha esas historias.

Porque también cambió el oyente. Ya no necesariamente espera que una emisora decida qué debe escuchar. Puede buscar un programa específico, seguir a un conductor, suscribirse a un podcast, abandonar un episodio a los cinco minutos o recomendarlo en redes sociales. Puede participar de una transmisión, comentar en un chat y convertirse, incluso, en productor de contenidos.

La audiencia dejó de ser solamente audiencia y, sin embargo, hay algo que permanece.

La radio tiene una capacidad que resulta difícil de explicar desde la tecnología: puede generar compañía aun cuando no sabemos quién está del otro lado. Una voz puede instalarse en nuestra vida cotidiana hasta convertirse en familiar. Puede hablarnos mientras manejamos, cocinamos, trabajamos o simplemente estamos solos.

Quizás allí esté la clave de su supervivencia. La radio no sobrevivió porque haya conseguido acomodarse a todas las tecnologías. Sobrevivió porque encontró nuevas formas de mantener vigente una relación humana muy antigua: alguien que tiene algo para contar y alguien que decide detenerse unos minutos para escuchar.

Mientras esos dos extremos sigan encontrándose, podrán seguir cambiando las plataformas, los micrófonos, las cámaras, los algoritmos y las formas de distribución.

Pero seguiremos teniendo radio.

Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá

 

2/8/26

EL NEGOCIO DETRÁS DE LA CAMPAÑA ANTIARGENTINA



Se terminó el Mundial de Fútbol y, más allá del sabor agridulce que nos dejó la final perdida, nos queda mucho material para analizar de lo que, sin dudas, fue el evento global de mayor impacto hasta la fecha.

Uno de los fenómenos más llamativos, relacionado directamente con nuestro país y su cultura, es la campaña mediática y digital contra varios jugadores de la selección argentina y la acusación de que Argentina es el país más racista del mundo.

Seguramente todos vimos algún recorte periodístico o algún video sobre el tema. Lo que quedó oculto fue el engranaje tecnológico que permitió monetizar la indignación, transformando a los héroes de Qatar 2022 en los nuevos villanos de la narrativa digital global.

Durante años, las redes sociales se presentaron como plazas públicas digitales donde cualquiera podía expresarse libremente y participar de una conversación que, en teoría, contribuiría a mejorar la vida democrática. En la práctica, ese ideal convive con noticias falsas, discursos de odio, deepfakes, grooming, ciberbullying, troleo y un modelo de negocios que recompensa el conflicto mucho más que el consenso.

El caso de la plataforma X resulta paradigmático. Su algoritmo no busca la verdad ni promover acuerdos: intenta predecir el comportamiento de los usuarios. Para ello analiza el historial de interacciones y prioriza aquellos contenidos capaces de generar una respuesta emocional intensa, independientemente de que sean verdaderos o falsos.

En este contexto, Argentina fue víctima del denominado ragebait (cebo de ira), una técnica que premia las publicaciones que provocan enojo porque generan más interacciones y prolongan el tiempo de permanencia frente a la pantalla. Para el algoritmo no existe una diferencia sustancial entre apoyar una publicación o indignarse frente a ella. Lo único que registra es que consiguió captar nuestra atención durante algunos segundos más. En la economía digital, la emoción vale más que la razón, y el enojo suele ser la emoción más rentable.

El resultado fue un círculo perfecto: miles de argentinos respondieron a publicaciones falsas intentando defender al país y, sin saberlo, terminaron ayudando a propagar aquello que buscaban desmentir.

Esta calesita de desinformación permitió que medios internacionales tomaran publicaciones dudosas de las redes sociales, las transformaran en noticias y luego las devolvieran al ecosistema digital como supuestas pruebas de una realidad previamente fabricada.

Detrás de la viralización de las acusaciones de racismo encontramos un modelo de negocios perfectamente aceitado. Se documentaron cientos de citas inventadas, imágenes manipuladas y videos creados con inteligencia artificial que atribuían a los argentinos actitudes que nunca existieron. Gran parte de ese material fue difundido por cuentas verificadas que monetizan las visualizaciones y cuyos ingresos dependen, precisamente, de lograr que millones de personas reaccionen.

Mientras la narrativa digital describía a Argentina como "el país más racista del mundo", la evidencia disponible ofrecía un panorama muy diferente.

Estudios como la Integrated Values Survey, realizados entre 2017 y 2022, muestran que solo el 4 % de los argentinos rechazaría tener a un inmigrante como vecino y que menos del 3 % objetaría convivir con una persona de otra raza, cifras entre las más bajas del mundo y considerablemente inferiores a las registradas en Estados Unidos, Francia o España.

En la misma línea, encuestas del Pew Research Center realizadas en 2024 indican que, si bien el 66 % de los argentinos reconoce que existe discriminación étnica en el país, esa percepción es menor que la registrada en Brasil (86 %), Francia (84 %) o Alemania (77 %). En el contexto de la polémica, voces autorizadas como la del historiador Felipe Pigna, resultaban que sociedades con profundas tradiciones coloniales y sistemas de segregación institucional, como ocurrió en los EEUU hasta bien entrada la década de 1960, sean hoy las que pretendan dictar sentencia sobre la moralidad argentina.

Esto, naturalmente, no implica negar los problemas propios. Una cosa es discutir seriamente un fenómeno social complejo y otra muy distinta convertirlo en una caricatura diseñada para generar millones de clics.

Especialistas locales coinciden en que, si bien es falso que Argentina sea el país más racista del mundo, también es falso sostener que aquí no existe racismo. La diferencia radica en que, en nuestro país, suele estar atravesado por la clase social y se expresa mediante una "racialización del pobre", sintetizada en expresiones como "cabecita negra" o "negro de alma".

Ese racismo criollo, que invisibiliza los aportes afro e indígenas bajo el viejo mito del "crisol de razas europeo", forma parte del proyecto de construcción nacional del siglo XIX, que asociaba el progreso con Europa y el atraso con lo mestizo. Su persistencia explica la aparición de organizaciones como Identidad Marrón, un colectivo que combate la discriminación hacia personas con rasgos indígenas, campesinos o migrantes.

La campaña antiargentina también dejó al descubierto otro rasgo característico de nuestra época: la pérdida de valor del saber experto. En el ecosistema digital actual, la autoridad ya no se construye necesariamente a partir del conocimiento acumulado, sino de la capacidad para captar atención. La opinión de una celebridad como Samuel L. Jackson o los reposteos de Rosalía y Niall Horan (ex One Direction) pueden tener mucho más impacto que décadas de investigaciones realizadas por sociólogos, historiadores o antropólogos.

En perspectiva, más allá de la injusticia de considerar a la Argentina como el país más racista del mundo, el problema de fondo radica en comprobar cómo millones de personas discutieron durante semanas alrededor de un relato falso construido para generar clics, reproducciones y dinero.

En la economía de las plataformas, la indignación cotiza mucho más que la verdad. Ese parece haber sido, al final, el verdadero negocio detrás de la campaña antiargentina.

Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.


19/7/26

LO VIEJO FUNCIONA (Y ESTÁ DE MODA)


Con la música tengo un vínculo muy particular. Tan particular es que me considero melómano, que según el diccionario sería alguien que siente "pasión, entusiasmo o fanatismo desmedido por la música".

En parte, mi apasionamiento tiene cierta lógica, ya que me acompaña en dos actividades que realizo desde muy joven: la radio y mi actividad como DJ.

Entre el material que entregaban las compañías discográficas para difundir los artistas que querían vender y los CDs que fui comprando con los años, logré armar una colección importante de distintos géneros y músicos. Por ese motivo, además de melómano, también soy coleccionista. Hoy, por comodidad, busco en YouTube las canciones que quiero escuchar, pero cada tanto me tomo un tiempo para buscar un álbum en particular. Pongo el CD y lo escucho completo, en el orden que el artista dispuso las canciones, concentrándome en el sonido, sin distracciones.

Sin proponérmelo, con ese hobby estoy formando parte de un fenómeno cultural y comercial vinculado con la revalorización de distintos soportes físicos para producir y consumir música, textos, películas e imágenes. En un contexto donde todo está digitalizado y a un clic de distancia, hay un revival tecnológico que volvió a poner de moda los discos de vinilo, los CDs y los casetes. El fenómeno, sin embargo, no se agota en la música: también regresaron las cámaras Polaroid, los libros impresos, los juegos de mesa e incluso las películas en VHS o DVD.

Es que la modernidad digital nos colocó en un escenario en el que somos usuarios con escasa capacidad de incidir en las reglas del juego: pagamos abonos para leer, ver o escuchar distintas obras artísticas, pero no somos dueños de nada, las grandes empresas del consumo ondemand solamente nos permiten el acceso. Si una plataforma pierde los derechos de una película, elimina un disco de su catálogo o directamente deja de existir, desaparece también una parte de nuestra biblioteca personal. En el mundo digital ya no acumulamos objetos: acumulamos permisos temporarios de uso.

Frente a esto, algunos podrán argumentar que el modelo digital es más ecológico, porque evita fabricar infinitamente el mismo objeto físico. Pero la cuenta no es tan sencilla: los data centers que sostienen el streaming consumen enormes cantidades de energía y agua para refrigerarse, y no pocos especialistas advierten que un eventual colapso del ecosistema digital (por una falla técnica, un cierre de servidores o simplemente una decisión comercial) podría dejar a gran parte de la humanidad sin acceso a una porción importante del patrimonio cultural. Lo analógico, con toda su huella de fabricación, tiene al menos una ventaja: una vez que el objeto está en nuestras manos, nadie nos lo puede quitar.

Los especialistas en consumo sostienen que detrás del récord de ventas de vinilos o del regreso de los rollos fotográficos hay mucho más que una estrategia comercial. Millennials y centennials empiezan a manifestar cierto cansancio frente a la saturación digital y una búsqueda por recuperar el control sobre el uso de su tiempo libre, escapando del scrolleo infinito al que nos invitan algoritmos que conocen nuestros gustos e intereses y que permanentemente nos ponen la zanahoria delante de las narices. A eso se suma la nostalgia alimentada por los relatos de padres y abuelos sobre cómo era la vida unplugged, y una búsqueda más consciente de desintoxicación digital: correrse, aunque sea por un rato, de las pantallas.

No es casualidad que referentes de la industria cultural global, como Ed Sheeran, Damon Albarn o el director Christopher Nolan, hayan reemplazado sus teléfonos inteligentes por dumbphones (aparatos básicos, sin conexión permanente a internet). La explicación suele ser la misma: evitar tener siempre a mano un dispositivo que funciona como fuente inagotable de distracciones. Muchas veces la inspiración aparece justamente en esos momentos de tedio y aburrimiento que las redes sociales se encargan de eliminar.

También hay una búsqueda relacionada con los sentidos. Escuchar un vinilo nuevo, por ejemplo, implica una serie de movimientos que van mucho más allá del simple clic en el botón de reproducción de Spotify. Está el olfato, que se activa al romper el celofán y sentir el aroma de la portada de cartón y las láminas interiores, el tacto que recorre los surcos del disco y el oído, que distingue con facilidad un sonido mucho más orgánico que el del audio digital.

Esa pequeña dificultad termina formando parte de la experiencia. Elegir un disco, sacarlo de su funda, colocarlo en la bandeja o buscar un libro en la biblioteca nos obliga a detenernos unos minutos antes de consumir el contenido. En un ecosistema diseñado para que todo ocurra de manera inmediata, esa pausa adquiere un valor inesperado.

Vivimos una época marcada por el síndrome de burnout, al que algunos traducen como tener la "cabeza quemada", producto de la combinación entre el estrés laboral y el agotamiento que implica pasar horas y horas del tiempo libre inmersos en una maraña de estímulos digitales. Ahí aparece la ventaja de lo analógico: exige un esfuerzo previo para llegar al contenido, mientras que lo digital es omnipresente y nos encuentra incluso cuando no lo estamos buscando. Puede que el renovado interés por la tecnología retro se explique, en el fondo, por esa diferencia: elegir cuándo y cómo consumir, en lugar de estar disponibles todo el tiempo.

Será cuestión de observar cómo evoluciona este fenómeno cultural: si logra consolidarse como una alternativa real frente a la conexión permanente a la que nos acostumbramos, o si simplemente terminará siendo una moda pasajera.

Me gustaría cerrar esta nota diciendo que la redacté en una máquina de escribir y que la envié a la redacción por fax, pero la realidad es que no pude conseguir ni cinta entintada ni rollo de papel térmico.


Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.

14/6/26

LA RADIO SE TRANSFORMA PARA SOBREVIVIR

 

Somos contemporáneos de un proceso en el que la TV del futuro está tomando forma. Por un lado, los adelantos tecnológicos ya desarrollaron pantallas flexibles, capaces de estirarse literalmente, y que funcionan sin cables, ya que tanto la energía basada en campos electromagnéticos como las imágenes llegan de manera inalámbrica.

La tecnología nos dará acceso a contenido interactivo y a publicidad hiperpersonalizada, resultado de la combinación entre inteligencia artificial y algoritmos.

Algunos movimientos de la actualidad permiten vislumbrar cómo será esa pantalla en un futuro no muy lejano: un abono que nos permita acceder a cualquier tipo de contenido, sin importar su formato de origen.

Si bien el punto de partida de las plataformas de streaming fue el consumo on demand, cada vez avanzan más hacia la transmisión de programas en vivo. La novedad de estas semanas es la nueva propuesta de Netflix: la posibilidad de ver y escuchar en directo las emisiones diarias del programa de radio The Breakfast Club.

Se trata de un programa matutino que desde 2010 se emite por la WWPR-FM de Nueva York (y en más de cien estaciones de radio de los EEUU), con una programación basada en entrevistas a figuras del hip-hop y la cultura pop. También incluye debates sobre actualidad, farándula, la industria musical y la política estadounidense.

Si bien son innumerables las emisoras de radio que transmiten en YouTube y ofrecen el consumo en directo de su programación completa, es la primera vez que un programa de radio se integra al catálogo de Netflix. Todo indica que aquí se abrirá un nuevo frente de batalla entre las dos empresas que se disputan el reinado de las pantallas.

Hace rato que la radio tradicional se sumó a la hegemonía de la imagen, pero en este nuevo contexto ya no alcanza con una cámara fija y una iluminación deficiente. Si el futuro implica ser cada vez más TV y menos radio, la actualización técnica será imprescindible.

También debe quedar relegada la idea de competir desde la exclusividad del sonido frente a las pantallas. La radio será multiplataforma o no será nada. Hoy resulta impensable construir un modelo de negocios basado únicamente en la pauta publicitaria sin contar con streaming visual, presencia en redes sociales y videopodcasts para el consumo on demand de las transmisiones en vivo.

Podríamos decir que el podcast logró darles a los contenidos emitidos en vivo una segunda vida. Los programas de radio clásicos no solo eran etéreos (al transmitirse por aire no se podían ni ver ni tocar), sino que, una vez finalizados, esos sonidos se perdían para siempre. En la actualidad, las emisoras suben de manera inmediata recortes o programas completos recién emitidos a Spotify o YouTube.

Por eso, el podcast no solo debe entenderse como un modo de producción (pensar y crear contenidos para el consumo on demand), sino también como un modo de distribución, ya que muchos programas emitidos en vivo encuentran luego una nueva audiencia al ser publicados en plataformas digitales.

El modo “solo audio” parece quedar relegado a la escucha en los receptores de los automóviles o en algún aparato analógico que todavía sobrevive en algunas casas. En el ecosistema digital actual, todas las radios comerciales tienen presencia por streaming.

Muchas cuentan con sus propios sitios web o transmiten en video a través de YouTube, Twitch, Flow o plataformas similares. Así, los clásicos micrófonos de la radio comparten protagonismo con cámaras robóticas de alta definición, iluminación escenográfica y pantallas interactivas, transformando al otrora oyente en espectador.

Esta nueva lógica audiovisual lleva a los programas radiales a competir, en pie de igualdad, con la oferta televisiva y con los canales de streaming nativos (como Luzu TV, Olga o Blender), que apuntan especialmente al público joven. Es tan fuerte la competencia que, en el tradicional prime time radial (de 7 a 13 horas), podemos encontrar en streaming a los programas de Nico Occhiato o Migue Granados.

Los estudios de audiencia todavía le otorgan a la radio informativa tradicional la supremacía durante la primera mañana (de 6 a 10 horas), pero también muestran que los canales de streaming dominan la franja de 10 a 14 a partir de formatos de entretenimiento y conversación descontracturada.

Hace tiempo que la pérdida del público joven se transformó en un problema vital para la radio. Algunos especialistas vinculan este fenómeno con la fragmentación de las audiencias provocada por la explosión de los medios digitales. Entre las posibles causas también aparecen la edad promedio y el perfil de los conductores (en términos generales, hombres de entre 40 y 60 años), el fuerte anclaje temático en la actualidad y las noticias mientras muchos jóvenes practican una forma activa de evasión informativa.

Los nuevos formatos fueron desplazando a la radio de algunas de sus funciones históricas. TikTok, por ejemplo, le quitó el papel de vidriera para descubrir música nueva. Del mismo modo, la cercanía con las grandes figuras de la cultura, que antes se construía a través de entrevistas en profundidad, hoy aparece mediada por la desintermediación que proponen las redes sociales.

A pesar de todos estos cambios y de las adaptaciones a las que la radio debió someterse, existe cierta lógica que explica su permanencia: su capacidad para establecer una conexión humana. La posibilidad de hacernos sentir parte de una experiencia colectiva, sabiendo que hay otros escuchando lo mismo, pero convencidos de que esa voz nos está hablando exclusivamente a nosotros.

En esa contradicción reside, tal vez, la famosa magia de la radio.

Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.


1/6/26

LA PELEA POR LA VERDAD


Al hablar de periodismo, hoy el foco está puesto en las pantallas. Ya sea la TV tradicional, YouTube, los canales de streaming o los videos verticales de las redes sociales. Nos informamos, mayormente, a partir de esas fuentes.

Pero no siempre fue así. Durante buena parte del siglo XX, el medio que representaba más cabalmente al periodismo eran los diarios impresos. Periodistas había en todos los medios (radio, TV y revistas), pero las noticias competían en esos espacios con otros contenidos. En los diarios, en cambio, eran el producto central.

Si bien el primer canal de noticias a nivel global fue la CNN, salió al aire el 1° de junio de 1980, el formato llegó a la Argentina entrados los años 90.

Hay un dato que ayuda a entender la magnitud del fenómeno: actualmente existen siete canales de noticias en el país (Todo Noticias, C5N, A24, La Nación+, Crónica TV, IP Noticias y Canal 26), la cifra más alta de toda Latinoamérica.

El siguiente gran cambio llegó con internet. La aparición de la web obligó a todos los diarios del mundo a adaptarse a las pantallas y desarrollar versiones online.

Durante la época dorada de la prensa escrita, que podría extenderse hasta fines de los años 90, los diarios cumplían además una función social clave para el funcionamiento de la democracia: ejercer el rol de “cuarto poder”, fiscalizando a quienes gobernaban.

Así, un diputado que aumentaba sospechosamente su patrimonio, un juez que cajoneaba una causa o un ministro que hacía negocios incompatibles con la función pública quedaban bajo la lupa de periodistas que asumían una tarea esencial: controlar a quienes ejercen el poder.

En Estados Unidos hubo investigaciones periodísticas que con el tiempo adquirieron un carácter casi épico, en parte gracias al cine.

En la película “Todos los hombres del presidente” (1976) se reconstruye la investigación de Carl Bernstein y Bob Woodward sobre el caso Watergate, que terminó derivando en la renuncia de Richard Nixon. Más allá de las presiones políticas y las discusiones entre periodistas, editores y abogados del The Washington Post, hay un personaje anónimo que destraba la trama: “Garganta Profunda”, una fuente que trabajaba en el gobierno de Nixon y que aportaba información decisiva.

Algo similar ocurre en “The Post: Los oscuros secretos del Pentágono” (2017), centrada en la publicación de los Papeles del Pentágono. La filtración masiva de documentos secretos reveló que distintas administraciones estadounidenses habían engañado sistemáticamente al Congreso y a la sociedad sobre la Guerra de Vietnam y las reales posibilidades de ganarla.

Otra vez, una fuente estatal permite avanzar con la investigación. Y otra vez aparece el interrogante sobre qué impulsa a alguien a exponer a su propio gobierno: principios morales, convicciones ideológicas, resentimiento o simple venganza.

En Argentina también tuvimos grandes denuncias periodísticas impulsadas por filtraciones internas. De la mano de Página/12, dirigido por Jorge Lanata, casos como el Swiftgate, el Yomagate, el contrabando de armas a Ecuador y Croacia o el cobro de sobresueldos durante el menemismo marcaron una época.

En todos esos episodios, la punta del hilo también aparecía dentro del propio poder. Pero había una diferencia importante: las fuentes actuaban desde las sombras.

Hoy nos enfrentamos a algo distinto.

Vivimos en una época de hiperinformación: tenemos acceso constante a datos, videos, audios y documentos de todo tipo. Pero esa misma lógica también nos empuja a consumir información fragmentada, en pequeñas dosis y sin contexto.

Así, gran parte de las audiencias termina sabiendo un poco de casi todo, pero sin capacidad para vincular hechos, protagonistas y consecuencias.

A eso se suma otro fenómeno: la desintermediación. Cada vez más personas consumen información directamente desde las fuentes (políticos, influencers, empresarios o funcionarios) sin el filtro de periodistas o editores tradicionales.

En ese contexto, asistimos por estos días a un espectáculo inédito: funcionarios del gobierno de Javier Milei acusándose entre sí públicamente de negociados y operaciones.

La periodista Silvia Fesquet describió la interna de La Libertad Avanza como dirigentes que están “tirándose negocios por la cabeza”, mientras la discusión pública gira alrededor de quién filtra qué y con qué objetivo.

En el caso Adorni, fue el propio jefe de Gabinete quien denunció “fuego amigo” tras la difusión del video y de los datos sobre el polémico viaje familiar a Punta del Este en un avión privado.

Por supuesto, una vez que la información se hace pública, el periodismo retoma el tema, investiga y lo instala en agenda.

Lo verdaderamente llamativo es otra cosa: el anonimato de antaño se transformó en un pase de facturas a cielo abierto.

Del informante que protegía su identidad mientras denunciaba abusos de poder pasamos a operaciones, amenazas y aprietes mafiosos ejecutados en tiempo real desde redes sociales y cuentas oficiales.

Falta saber quién escribirá el guion de la película sobre esta época. Y, sobre todo, falta saber si terminará siendo un drama político o una comedia grotesca.

Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.

10/5/26

LA ERA DE LOS PERIODISTAS SIN MEDIOS



Marshall McLuhan encontró en la metáfora del pez que ignora el agua una forma tan efectiva como provocadora de explicar cómo vivimos: inmersos en entornos tecnológicos que nos moldean sin ser muy conscientes de ese proceso.


La frase dice: “No sabemos quién descubrió el agua, pero estamos bastante seguros de que no fue un pez. La única cosa que nunca puedes ver es el elemento en el que te mueves”.


Muchas de las columnas publicadas en este espacio apuntan, justamente, a eso: a observar cómo los medios y la tecnología digital operan sobre nuestra vida cotidiana sin que lo registremos del todo.


Hoy, la corriente de esa “agua” que no vemos tiene un sentido bastante claro. En un ecosistema digital donde los contenidos convergen hacia el video corto y vertical, los diarios tradicionales empezaron a empujar a sus periodistas fuera del texto: ahora también tienen que ponerse frente a cámara y contar las noticias.


En Argentina, La Nación y Clarín fueron pioneros en esta transición. No es casual: concentran recursos y suelen leer antes que otros las tendencias que llegan desde medios como The New York Times o The Washington Post, donde este proceso ya está más consolidado.


La implementación no fue sencilla. Para muchos periodistas formados en la cultura escrita, salir del escritorio y exponerse a una cámara, reemplazando la precisión del texto por la inmediatez de la palabra hablada, implicó una profunda incomodidad, cuando no una sensación de degradación profesional.


Pero más allá de las resistencias, hay consenso en que todas las redacciones, tarde o temprano, terminarán incorporando el formato audiovisual. Las universidades ya lo reflejan, pero también los propios estudiantes: llegan con manejo de cámara, edición desde el celular y una relación natural con la exposición. Escribir sigue siendo importante, pero ya no alcanza. El periodista también tiene que ser un performer.


En ese contexto empieza a tomar forma un fenómeno cada vez más visible: periodistas que crecen en popularidad dentro de los grandes medios y, a partir de esa exposición, deciden dar el salto a la independencia. La lógica es relativamente simple: convertir la audiencia del medio en comunidad propia. Redes sociales, newsletters o canales en YouTube funcionan como destino de esa migración.


Uno de los primeros casos fue el de Casey Newton, redactor destacado del medio especializado The Verge, quien en septiembre de 2020 se independizó para lanzar su newsletter de suscripción, Platformer, en la plataforma Substack.


Más cercano en el tiempo, Taylor Lorenz renunció a The Washington Post tras un conflicto con sus editores y lanzó su propio boletín independiente. En su caso, con una ventaja clave: ya contaba con una comunidad consolidada en redes.

 

El patrón se repite: visibilidad primero, autonomía después. Ya sea por conveniencia económica o por limitaciones editoriales, el fenómeno también llegó a los medios argentinos.


En perspectiva, podemos ver la trayectoria de Jorge Lanata como un caso anticipatorio. En 1987, con apenas 26 años, fundó Página/12, mientras expandía su presencia hacia las revistas (Página/30), la radio (Hora 25) y la televisión (Día D).


En esa primera etapa de su carrera transformó su apellido en una marca. No importaba el formato en el que se lo consumiera: había un estándar de estilo y calidad reconocible. Esa es, justamente, la lógica que hoy se potencia.


Un ejemplo más reciente es el de Alejandro Fantino. Tras consolidarse en radio y televisión, en 2023 decidió correrse de la pantalla tradicional para apostar por Neura, un canal de streaming con presencia en YouTube y Twitch, donde controla contenido, formato y vínculo con la audiencia.


En el periodismo deportivo son notorios los casos de Flavio Azzaro y Pablo Carrozza, que no solo renunciaron a trabajar en el mundo corporativo, sino que hoy lo confrontan abiertamente desde sus propios canales.


Pero en Argentina el proceso no siempre termina en ruptura. En el ecosistema local predomina un modelo híbrido: periodistas que no abandonan del todo los medios tradicionales, pero que invierten cada vez más energía en construir una marca personal en el ámbito digital.


La escala del mercado argentino limita las salidas, pero no altera la tendencia: la audiencia empieza a despegarse del medio y a vincularse directamente con las personas. Y en ese movimiento aparece una tensión difícil de resolver: los medios necesitan periodistas visibles para competir en el ecosistema digital, pero esa misma visibilidad es la que permite, llegado el momento, que los periodistas se independicen.


Si se cambia la perspectiva y se observa el fenómeno desde el lado de las audiencias, el cuadro se vuelve todavía más claro. En The Game (2019), Alessandro Baricco plantea que la revolución digital no es solo tecnológica, sino cultural: habilita un vínculo directo, sin intermediarios, con la información.


Para los usuarios, esto puede ser una expansión de posibilidades. Pero para las viejas élites que funcionaban como intermediarias entre las personas y la realidad (maestros, expertos, críticos, políticos) implica una pérdida de poder real y simbólico. Esta lógica también puede trasladarse a las instituciones: escuelas, medios de comunicación, e incluso el propio Estado, ven cuestionada su centralidad.


En la sociedad, como en los medios, nos enfrentamos a estos cambios profundos, motorizados por la tecnología, a los que nos vamos acostumbrando casi sin advertirlo. Naturalizamos la presencia de la tecnología y perdemos perspectiva sobre su impacto en la vida cotidiana.


Como los peces, que nadan incansablemente sin tener conciencia del agua en la que se mueven.


Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.

8/2/26

EL MEDIO ES EL MENSAJE


Durante muchos años ejercí la docencia como profesor de nivel secundario en distintas materias vinculadas al campo de la comunicación. Ese contacto sostenido en el tiempo con adolescentes me permitió testear, casi en tiempo real, cuáles eran las profesiones aspiracionales de distintas épocas.

¿A qué llamamos una profesión aspiracional? Si durante buena parte del siglo XX el ideal estaba sintetizado en el clásico “mi hijo el doctor”, con el correr de los años ese horizonte se fue desplazando hacia ocupaciones con alto prestigio social, buena remuneración, y asociadas a un determinado estilo de vida superior, moldeadas y amplificadas por los medios de comunicación.

Así pasé por etapas en las que todos, o casi todos, querían ser futbolistas, modelos o DJs. Más acá en el tiempo, la irrupción de las redes sociales instaló una nueva figura en el imaginario juvenil: la del influencer.

Podemos definir al influencer como una persona con credibilidad, autoridad o una audiencia propia en redes sociales, capaz de influir en las opiniones, comportamientos y decisiones de consumo de sus seguidores. Es una figura que se puede analizar desde la comunicación, pero que en la práctica está mucho más vinculada al marketing y a la lógica de las ventas.

Hago esta aclaración porque en esta columna quiero detenerme en quien considero el primer gran influencer de la comunicación, aunque sin la connotación comercial que hoy damos por sentada. Un personaje que alcanzó fama mundial mucho antes de la revolución digital.

Me refiero a Herbert Marshall McLuhan, teórico de la comunicación y profesor universitario canadiense, fallecido en 1980. Murió antes de la masificación de Internet, pero anticipó con notable lucidez muchos de los fenómenos que hoy atraviesan nuestra vida cotidiana.

McLuhan tenía una habilidad particular: condensar ideas complejas en frases breves y contundentes, que terminaron funcionando como verdaderos eslóganes. Fue uno de los pocos teóricos que logró salir del nicho académico, llevar sus libros a las listas de best sellers y utilizar la televisión como plataforma para amplificar sus conceptos. McLuhan amaba la TV, o al menos entendía perfectamente su potencia.

Incluso tuvo su momento cinematográfico. En 1977 aparece en Annie Hall, una película de Woody Allen, interpretándose a sí mismo, como toda celebridad que se precie de tal.

Convertido en un referente mediático, algo bastante cercano a lo que hoy llamaríamos un influencer, se dedicó a asesorar empresas, líderes políticos e instituciones varias. Entre sus conceptos más difundidos está el de la “aldea global”, con el que describía cómo la tecnología permitiría una interconexión humana a escala planetaria, similar a la circulación inmediata de información en una comunidad pequeña. Pensemos que esta idea la desarrolla en libros publicados en la década del sesenta, cuando ese escenario parecía ciencia ficción.

Sin embargo, su legado más potente sigue siendo una frase que se cita hasta el cansancio: “el medio es el mensaje”.

La idea central es que, a lo largo de la historia, la naturaleza de los medios que usamos para comunicarnos ha influido más en las sociedades que los contenidos que circulan por ellos. Los medios no solo transmiten información: modelan nuestra forma de pensar, sentir y actuar.

En tiempos donde se habla permanentemente de manipulación, McLuhan propone correr el foco del discurso y poner la lupa en los dispositivos. En la página 26 del libro El medio es el masaje nos dice: “Todos los medios de comunicación nos manipulan por completo. Son tan penetrantes en sus consecuencias personales, políticas, económicas, estéticas, psicológicas, morales, éticas y sociales que no dejan nada de nuestra persona intacta, inalterada, sin modificar”.

No me equivoqué, estimado lector, al escribir el nombre del libro. Publicado en 1967, por un error en la impresión de la prueba de galera se cambió “mensaje” por “masaje” en la tapa. A McLuhan le encantó la confusión y el título quedó así: El medio es el masaje.

El libro es experimental incluso para los estándares actuales. Diseñado por Quentin Fiore, combina fotografías, collages, textos superpuestos, páginas en blanco y otras invertidas. Una rareza absoluta para su época, pero sorprendentemente cercana a la lógica del remix y el mashup contemporáneo.

En uno de sus pasajes más citados, McLuhan retoma la idea de que los medios funcionan como extensiones de nuestras capacidades sensoriales: “La prolongación de cualquier sentido modifica nuestra manera de pensar y de actuar, nuestra manera de percibir el mundo. Cuando esas proporciones cambian, los hombres cambian”.

Y así, como el pez que no es consciente del agua en la que nada, todos terminamos haciendo lo mismo pero nos creemos originales, autónomos, únicos. Seguramente hoy son muchos los adolescentes que quieren ser influencers no tanto por tener algo extraordinario para comunicar, sino porque aprendieron que existir en el espacio público implica, básicamente, mostrarse. 

El medio, en este caso las redes sociales, educa más que cualquier discurso y el aspirante a influencer es su mejor alumno.


Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.