Al hablar de periodismo, hoy el foco está puesto en las pantallas. Ya sea la
TV tradicional, YouTube, los canales de streaming o los videos verticales de
las redes sociales. Nos informamos, mayormente, a partir de esas fuentes.
Pero no siempre fue así. Durante buena parte del siglo XX, el medio que
representaba más cabalmente al periodismo eran los diarios impresos.
Periodistas había en todos los medios (radio, TV y revistas), pero las
noticias competían en esos espacios con otros contenidos. En los diarios, en
cambio, eran el producto central.
Si bien el primer canal de noticias a nivel global fue la CNN, salió al aire
el 1° de junio de 1980, el formato llegó a la Argentina entrados los años 90.
Hay un dato que ayuda a entender la magnitud del fenómeno: actualmente existen
siete canales de noticias en el país (Todo Noticias, C5N, A24, La Nación+,
Crónica TV, IP Noticias y Canal 26), la cifra más alta de toda Latinoamérica.
El siguiente gran cambio llegó con internet. La aparición de la web obligó a
todos los diarios del mundo a adaptarse a las pantallas y desarrollar
versiones online.
Durante la época dorada de la prensa escrita, que podría extenderse hasta
fines de los años 90, los diarios cumplían además una función social clave
para el funcionamiento de la democracia: ejercer el rol de “cuarto poder”,
fiscalizando a quienes gobernaban.
Así, un diputado que aumentaba sospechosamente su patrimonio, un juez que
cajoneaba una causa o un ministro que hacía negocios incompatibles con la
función pública quedaban bajo la lupa de periodistas que asumían una tarea
esencial: controlar a quienes ejercen el poder.
En Estados Unidos hubo investigaciones periodísticas que con el tiempo
adquirieron un carácter casi épico, en parte gracias al cine.
En la película “Todos los hombres del presidente” (1976) se reconstruye
la investigación de Carl Bernstein y Bob Woodward sobre el caso Watergate, que
terminó derivando en la renuncia de Richard Nixon. Más allá de las presiones
políticas y las discusiones entre periodistas, editores y abogados del The
Washington Post, hay un personaje anónimo que destraba la trama: “Garganta Profunda”, una fuente que trabajaba en el gobierno de Nixon y que aportaba
información decisiva.
Algo similar ocurre en “The Post: Los oscuros secretos del Pentágono”
(2017), centrada en la publicación de los Papeles del Pentágono. La filtración
masiva de documentos secretos reveló que distintas administraciones
estadounidenses habían engañado sistemáticamente al Congreso y a la sociedad
sobre la Guerra de Vietnam y las reales posibilidades de ganarla.
Otra vez, una fuente estatal permite avanzar con la investigación. Y otra vez
aparece el interrogante sobre qué impulsa a alguien a exponer a su propio
gobierno: principios morales, convicciones ideológicas, resentimiento o simple
venganza.
En Argentina también tuvimos grandes denuncias periodísticas impulsadas por
filtraciones internas. De la mano de Página/12, dirigido por Jorge Lanata,
casos como el Swiftgate, el Yomagate, el contrabando de armas a Ecuador y
Croacia o el cobro de sobresueldos durante el menemismo marcaron una época.
En todos esos episodios, la punta del hilo también aparecía dentro del propio
poder. Pero había una diferencia importante: las fuentes actuaban desde las
sombras.
Hoy nos enfrentamos a algo distinto.
Vivimos en una época de hiperinformación: tenemos acceso constante a datos,
videos, audios y documentos de todo tipo. Pero esa misma lógica también nos
empuja a consumir información fragmentada, en pequeñas dosis y sin contexto.
Así, gran parte de las audiencias termina sabiendo un poco de casi todo, pero
sin capacidad para vincular hechos, protagonistas y consecuencias.
A eso se suma otro fenómeno: la desintermediación. Cada vez más personas
consumen información directamente desde las fuentes (políticos, influencers,
empresarios o funcionarios) sin el filtro de periodistas o editores
tradicionales.
En ese contexto, asistimos por estos días a un espectáculo inédito:
funcionarios del gobierno de Javier Milei acusándose entre sí públicamente de
negociados y operaciones.
La periodista Silvia Fesquet describió la interna de La Libertad Avanza como
dirigentes que están “tirándose negocios por la cabeza”, mientras la
discusión pública gira alrededor de quién filtra qué y con qué objetivo.
En el caso Adorni, fue el propio jefe de Gabinete quien denunció “fuego amigo” tras la difusión del video y de los datos sobre el polémico viaje familiar
a Punta del Este en un avión privado.
Por supuesto, una vez que la información se hace pública, el periodismo retoma
el tema, investiga y lo instala en agenda.
Lo verdaderamente llamativo es otra cosa: el anonimato de antaño se transformó
en un pase de facturas a cielo abierto.
Del informante que protegía su identidad mientras denunciaba abusos de poder
pasamos a operaciones, amenazas y aprietes mafiosos ejecutados en tiempo real
desde redes sociales y cuentas oficiales.
Falta saber quién escribirá el guion de la película sobre esta época. Y, sobre
todo, falta saber si terminará siendo un drama político o una comedia
grotesca.
Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.

No hay comentarios:
Publicar un comentario