24/8/25

EL ARTE DE CONTAR HISTORIAS


En estos días me llamó mucho la atención que tanto en la TV como en la gráfica apareciera contenido conmemorativo de los 35 años del final de la telenovela “La extraña dama”, protagonizada por Luisa Kuliok y Jorge Martínez.

Como no recordaba información de esa época, me puse a investigar tratando de entender por qué esta producción de Canal 9 ameritaba el homenaje, en detrimento de tantas “novelas de la tarde” que se filmaron en las últimas décadas.

Con la información recolectada, pude sacar varias conclusiones: con el rating en baja y la falta de ficciones en la TV actual, llama la atención los más de 4 millones de televidentes que vieron el capítulo final.

Otro dato llamativo es que esta novela se exhibió en varios países, abriendo mercados para otras producciones nacionales. Desde los años 50, época de oro del cine argentino, a nuestra industria audiovisual le costaba trascender fronteras.

Argentina tiene una larga tradición en el melodrama, ya que a finales del siglo XIX aparecieron las novelas de folletín. Se trataba de fragmentos o capítulos de novelas cortas que los periódicos empezaron a publicar junto a las noticias, con la intención de enganchar a los lectores con la historia y obligarlos a comprar el diario al día siguiente.

Ya entrado el siglo XX, el folletín se independizó de las noticias y comenzó a imprimirse por separado. Eran publicaciones de formato pequeño, de fácil lectura y precio económico, que a diferencia de los libros, se vendían en los puestos de diarios.

El folletín nació en Europa y sus principales géneros eran la novela rosa, la novela de aventuras y el policial. Fue la primera forma de publicación para muchas historias que aún son reconocidas, como “Los tres mosqueteros” y “El conde de Montecristo”, por ejemplo.

Con la llegada de la radio, el formato se adaptó a la necesidad de contar esas historias solo con sonidos, dando inicio al radioteatro. Durante tres décadas, historias como "Chispazos de tradición" o “Los Pérez García”, mantenían en vilo al radioyente con la evolución de la trama dramática.

Esta versión sonora del folletín fue todo un éxito. Los actores de los radioteatros hacían giras por salas de todo el país con la puesta en escena de cada obra; además, se vendían álbumes con sus fotografías y los libretos de los guiones radiofónicos.

En la era de la televisión, nos encontramos con un nuevo desafío de adaptación del melodrama, esta vez a la lógica del audiovisual. Más allá de las cuestiones técnicas, hay elementos de la trama que perduran en el tiempo y que le dan identidad al género.

¿Qué tienen en común el folletín, el radioteatro o una telenovela? Lo principal: una historia de amor entre una pareja que debe luchar contra todo tipo de obstáculos para consumarlo. Además, personajes estereotipados sin lugar para los grises: los protagonistas, aparte de lindos, son muy buenos; mientras que sus enemigos, los que quieren arruinarles la vida, son muy malos.

También hay conflictos con identidades negadas o robadas: hijos con padres falsos o desconocidos, y supuestos herederos que legalmente no merecen recibir nada. Otro elemento importante: las historias se enmarcan en un contexto de asimetría social, con choferes que se enamoran de sus patronas o secretarias flechadas por sus jefes, que en general son herederos de una gran fortuna o el CEO de una multinacional.

La revolución tecnológica les dio una segunda vida a clásicos del género, que hoy se ofrecen dentro del catálogo de distintas plataformas de streaming. Los ejemplos de “Yo soy Betty, la fea” y “Pasión de gavilanes” abrieron paso a producciones argentinas como “Muñeca brava”, protagonizada por la dupla Oreiro/Arana, y "Montecristo”, con Pablo Echarri, ambas disponibles en Netflix.

También hay una actualización del formato en función de las nuevas formas de consumo. En este sentido, las webnovelas presentan episodios cortos, diseñados para el formato de pantalla vertical, que apuntan a un público joven y se publican regularmente, siguiendo una narrativa serializada. Hay muchas en TikTok, con mucho público que las consume.

Puede ser alguien contando una aventura alrededor de un fogón, o un adolescente descubriendo una telenovela clásica junto a su mamá. No importa el momento histórico ni el soporte por el cual nos llegan las palabras. Lo importante son las historias, principalmente si terminan ganando los buenos y los malos encuentran su justo castigo. Al fin y al cabo, siempre se trató de compensar, aunque sea un poco, la dura realidad.


Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.

17/8/25

EL NEGOCIO DE LAS IDEAS


Hace poco, se instaló en la agenda mediática la disputa entre los canales de streaming, Luzu y Olga, por los números del rating. Sus principales presentadores, Nico Ochiatto y Migue Granados respectivamente, se chicanearon sobre la cantidad de espectadores orgánicos que tienen realmente y el uso de bots que inflan las estadísticas.

Hace un par de décadas, le “combate” en la pantalla era entre Marcelo Tinelli y Mario Pergolini. Pero nos tenemos que ir muy atrás en la historia para encontrar a “la madre de todas las batallas” en el plano mediático.

Hacia finales del siglo XIX, dos periodistas de Nueva York protagonizan una dura pelea por llevar a sus respectivos diarios al primer lugar en las ventas. Hablamos de Joseph Pulitzer, al frente del New York World, y de William Hearst, dueño del New York Morning Journal.

A la luz de ese enfrentamiento, fue tomando forma un estilo periodístico que hoy llamamos sensacionalismo: titulares estridentes con grandes letras, historias truculentas, exageraciones y mentiras.

Pero la competencia también tuvo un impacto positivo: logró que el consumo del diario impreso se popularizara, llegando a venderse millones de ejemplares por día. Nacía así, con el cambio de siglo, la prensa de masas.

En la consolidación de este proceso se conjugaron otros factores: cada vez más gente sabía leer y escribir, las jornadas laborales eran más cortas y los avances técnicos, sumados a la publicidad, permitían abaratar el precio de tapa.

El objetivo de estos periodistas-empresarios era netamente comercial. Justificaban las malas prácticas bajo la premisa de que nunca permitirían que la verdad les arruine una buena historia.

Pero es obvio que los diarios no nacieron con esta historia, y lo que me interesa, estimado lector, es detenerme en la etapa anterior, la que transcurre en el siglo XIX. En Europa y en América nos encontramos con el proceso de consolidación de los estados nacionales y, en ese contexto, la prensa era un instrumento más en la disputa por el poder.

La distribución se hacía por suscripción, no existía todavía la venta callejera. Su público era la élite económica y cultural, lo que hoy llamaríamos un nicho, en parte porque el diario era un producto caro, que se limitaba a circular en la minoría que estaba alfabetizada.

Además de difundir noticias, era una herramienta muy importante en la disputa ideológica. De hecho, el diario La Nación, fundado por Bartolomé Mitre en 1870, todavía conserva su lema: "La Nación será tribuna de doctrina".

¿Y cuál es esa doctrina? Desde su nacimiento, este diario se caracteriza por la defensa y la promoción del liberalismo y la propiedad privada. De perfil conservador y tradicionalista, con el tiempo se transformó en la voz de sectores como el campo, la Iglesia católica y las Fuerzas Armadas.

En esta etapa, la prioridad no estaba en el “negocio”; el objetivo era la difusión de ideas políticas y, a medida que avanzaba el siglo, se convirtieron en herramientas clave para el cambio social y la influencia en la opinión pública.

Hoy, en nuestro ecosistema mediático, nos encontramos con una mezcla entre los dos estilos de hacer periodismo que describimos.

Por ejemplo, el empresario Augusto Marini es el accionista mayoritario en Blender y en Carajo, dos de los canales de streaming con mayor rating. Sus respectivos referentes, Tomás Rebord y el Gordo Dan, se caracterizan por su posicionamiento ideológico: Rebord en el espectro del panperonismo y Dan en el campo libertario.

Otro caso similar lo encontramos en YouTube, donde los canales Agarrá La Pala (libertario) y Revolución Popular Noticias (de la izquierda) se le atribuyen a Gastón Douek, especialista en comunicación digital. Si bien ambos canales, a priori, se ubican en los extremos opuestos del arco ideológico es común ver recortes de videos compartidos, donde solo se cambia el videograph de "X destroza a Y" por el de "Y lo domó a X". Maximizar los recursos, dirían en el barrio.

Pasa el tiempo y cambian las reglas del juego. La historia nos muestra que hace 200 años un editor encaraba la aventura de imprimir un diario más como un acto de militancia que como un negocio. La prioridad era difundir ideas.

En el siglo pasado, con el capitalismo consolidado y con la publicidad como gran soporte de los medios, pasó a tener mayor preponderancia la figura de la empresa, o los grandes grupos mediáticos, y sus negocios por sobre los contenidos.

Hoy llegamos al punto donde se hacen negocios con las ideas. Un verdadero cambalache discepoliano.

Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.

10/8/25

EL REALITY DE LA CIENCIA QUE PUEDE SALVAR A LA TV

 

Desde su nacimiento, tanto la radio como la TV se desarrollaron a partir de dos modelos claramente diferenciados.

El modelo de los EEUU se basa en la explotación, que hacen empresas privadas, de determinadas franjas del espectro radioeléctrico, que pertenecen al estado y que son concedidas mediante licencias de uso.

Este modelo se basa en el lucro y se financia con publicidad. Así, los medios generan contenidos con el objetivo principal de captar audiencias. Esos oyentes o televidentes son “vendidos” a los anunciantes.

La comunicación, en este modelo, se concibe como un negocio más dentro del mercado.

El otro modelo, nacido en Europa, entiende a la comunicación como un servicio público. Allí, el Estado se reserva la exclusividad en la explotación de las frecuencias, y la administración de las empresas públicas de radio y televisión queda en manos de representantes de los partidos con presencia parlamentaria, sin injerencia directa del poder ejecutivo de turno.

Hasta los años 80, estos medios se financiaban exclusivamente con los impuestos de los contribuyentes. Sin embargo, a partir de la oleada conservadora encabezada por Thatcher y Reagan, comenzaron a proliferar las empresas privadas de medios en Europa, y la publicidad se incorporó como una nueva fuente de financiamiento para los medios públicos.

En América Latina se impuso el modelo americano, con predominancia de empresas privadas y financiamiento publicitario. Aunque, técnicamente, podemos hablar de un sistema mixto: en la mayoría de los países de la región, los medios privados conviven con radios y canales estatales.

Pensar en el estatus legal o la forma de financiamiento, estimado lector, es importante para encarar el tema principal de esta columna: los contenidos.

Durante décadas, el contenido de los medios giró en torno a una polémica: ¿la gente ve lo que ve porque le gusta o porque no hay otras opciones? ¿Se puede moldear el gusto popular a partir de la oferta disponible?

De manera esquemática, podemos aventurar que los dos modelos antes descritos encaraban la producción de contenidos desde perspectivas muy distintas: el modelo estadounidense, desde el puro entretenimiento; el europeo, con la intención de difundir la alta cultura, con la BBC como emblema.

Aunque esta última intención puede parecer virtuosa, recibió muchas críticas a lo largo del tiempo:
  •  porque la reivindicación de la alta cultura estaba legitimada por las elites intelectuales, que eran las que generalmente llegaban a la representación parlamentaria;
  • porque partía de un prejuicio, al considerar que el público popular tenía mal gusto;
  • por su tono paternalista de “educar al pueblo”.
Otro dato, no menor en este debate, está dado por el bajo rating que en general tienen los programas o contenidos “culturales”.

En nuestro país, tuvimos experiencias valiosas que podemos sumar al análisis: Canal (á) en la televisión por cable, y las señales Encuentro y Paka Paka, disponibles tanto en la TDA como en el cable. Estas últimas lograron una síntesis interesante entre espectáculo y cultura, diversión y calidad.

Hoy se suma un nuevo fenómeno a esta lista: la sorprendente repercusión de las transmisiones en vivo desde el Cañón Submarino de Mar del Plata, como parte de la misión científica Talud Continental IV, desarrollada por investigadores del CONICET y del Schmidt Ocean Institute.

No solo impresionan los números de visualizaciones, también el impacto en la conversación pública, reflejado en miles de comentarios en redes sociales y una ola de memes virales.

Sorprende que un contenido científico supere en views a los canales de streaming con trayectoria y con personajes de renombre frente a las cámaras.

Ante tanta sorpresa, volvamos a las preguntas incómodas: ¿la ciencia y la cultura no tienen rating porque son aburridas para las audiencias masivas? ¿O porque fueron históricamente mediatizadas de forma aburrida?

Sin dudas, las transmisiones de la expedición científica Talud Continental IV son espectaculares por la calidad y la novedad de las imágenes que comparte: criaturas nunca vistas, colores vívidos y texturas asombrosas.

Pero lo que suma, al humanizar esta aventura, es escuchar las voces de los biólogos marinos que relatan lo que la cámara va descubriendo. Eso ayuda a desacralizar la ciencia, a bajar la figura del científico del pedestal.

Se oyen y se sienten cercanos, transmiten su emoción y nos emocionan a todos. Es ciencia, pero también espectáculo. Es cultura, pero es popular.

Quiso el destino, en una mueca irónica, que este boom de masividad ocurriera justo cuando la política peor trata a los científicos y a su institución más representativa, el CONICET.

Permítame, bondadoso lector, brindar —aunque sea con agua de mar— por más científicos que se conviertan en influencers, por más programas de ciencia y cultura que baten récords de audiencia, y por más medios que representen los intereses reales de nuestra sociedad, especialmente los de las minorías.

Nos quieren convencer de que la ciencia es inútil, que representa un gasto innecesario. Nos quieren hacer creer que la cultura es aburrida, aunque jamás se hayan acercado a la cultura popular.

Qué buenos tiempos estos, en los que políticos de pacotilla y programadores de TV trasnochados quedan en evidencia… gracias a una simple estrella de mar brillando a 3.900 metros de profundidad.


Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.

3/8/25

LA VIGENCIA DEL LIBRO: DONDE EL FUTURO TODAVIA VIVE


A través de la historia, el surgimiento de cada “nuevo medio” de comunicación despertaba rápidamente voces que anunciaban la desaparición del “viejo medio”.

Así, con la llegada del cine muchos predijeron la muerte del teatro; de la mano de la radio y la televisión el difunto sería el cine y también se anunció la extinción del libro cuando internet se hizo presente.

Marshall McLuhan, el teórico canadiense autor de la famosa frase “el medio es el mensaje”, nos dice que en realidad el contenido de un nuevo medio se origina en un medio anterior. Desde esa perspectiva, nos corremos de la dualidad vida/muerte y podemos analizar el proceso desde el concepto de “evolución”.

Entonces, podemos pensar al cine como la evolución del teatro, a la televisión como la evolución del cine y a la web como la evolución de la televisión. Y al pensar en evolución abandonamos la idea de cambio radical y nos acercamos al concepto de “continuidad”.

Si coincidimos en que el contenido de los distintos medios tiene continuidad, ¿cuál es el aporte del desarrollo tecnológico? Lo que cambia de la mano de la tecnología es la interfaz.

Vamos a definir  la interfaz como el punto de interacción entre dos sistemas, o entre un sistema y un usuario, que permite el intercambio de información.

A partir de esta definición,seguramente lo primero que se nos viene a la mente es el menú de nuestro teléfono móvil donde aparecen todos los íconos de las aplicaciones que tenemos descargadas. Y esa asociación es correcta.

Estamos rodeados de interfaces: el teléfono celular, la computadora, la tableta, la pantalla del auto, el televisor, las máquinas expendedoras y un largo etcétera.

Hay un especial interés en la industria tecnológica por hacer invisibles las interfaces y de ese modo limitar la comprensión de su funcionamiento y la posibilidad de modificar los mecanismos internos de las apps.

Pero sería un error relacionar exclusivamente el concepto de interfaz a los dispositivos electrónicos.

Un libro también es una interfaz que nos permite acceder a información, ideas y a historias fantásticas, ya sean reales o de ficción. 

Las interfaces basadas en pantallas táctiles están tan naturalizadas en nuestra vida cotidiana que solo nos llaman la atención cuando funcionan mal.

Pero el libro es tan noble que nunca funciona mal. Puede estar mal impreso, le pueden faltar páginas, pero a pesar de estos accidentes siempre está a nuestra disposición. Cómo dice el "Tano" Favalli en el Eternauta: “lo viejo funciona, Juan”.

Un libro no necesita actualizar el software, no sufre por los cortes eléctricos ni las caídas de tensión ya que no tiene que cargar baterías. Son más económicos que los dispositivos electrónicos y más seguros para transportar información a muy bajo costo… no hay memoria o disco rígido que se cuelgue o se rompa.

Antes del libro impreso, durante miles de años el hombre guardó registros escritos en tablas de arcilla, papiros enrollados o códices de piel o pergamino. Pero una innovación lo cambió todo.  

¿Qué es innovar? Carlos Scolari, un especialista en el tema, nos dice que innovar es crear nuevas interfaces, es juntar elementos, no solo tecnológicos… Menciona experiencias de uso, sujetos, historias, tácticas y  estrategias de producción. Juntar cosas que antes estaban dispersas y crear una nueva interfaz.

Volvamos al teléfono. Steve Jobs es reconocido como un innovador porque se le ocurrió meter dentro de un iPhone muchos elementos que hasta ese momento estaban separados, desde un reproductor de música hasta una brújula, pasando por una linterna o un despertador.

Gutenberg hizo algo parecido hace poco más de 500 años. Como orfebre, partió de su habilidad para modelar el metal de los tipos móviles que usaría, adaptó el sistema de prensa utilizado para producir vino y usó el papel como soporte para la impresión. 

Después de 5 siglos del reinado del libro como el dispositivo más importante  para la transmisión cultural,  el surgimiento de la web impactó radicalmente en los modos de producir y hacer circular el conocimiento. Como el meteorito que acabó con los dinosaurios en la era jurásica, internet parecía condenar al objeto-libro a la extinción.

Desde los laboratorios de diseño TEC le encontraron el reemplazo acorde a estos tiempos posmodernos: una tableta que simula ser un libro, que inclusive remeda el efecto de nuestro dedo pasando la página para continuar la lectura. 

Pero, heroico, el libro resiste. Como el vinilo, resurge del abandono ingrato de los usuarios y coleccionistas que se subieron a la moda digital. Los fanáticos  reivindican el plano sensorial: la yema de los dedos recorriendo las páginas o el olor de la tinta sobre ese blanco imperfecto del papel. Pura  reivindicación de la materialidad.

Por eso, amigo lector, le voy a pedir que al terminar de leer el diario busque un libro cualquiera. Otórguese el permiso de perderse en algunas de sus páginas… estoy convencido de que ahí todavía vive el futuro.

Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.

20/7/25

CUANDO LA TECNOLOGIA DESAFINA


El fin de semana pasado vi en vivo a Edelmiro Molinari en el Teatro Carlos Gardel de Valentín Alsina.

Pionero del rock argentino, tenía 22 años cuando en 1970 se editó “Almendra”, el primer disco de la banda que conformaba junto a Emilio del Guercio y Luis Alberto Spinetta.

Ese long play -el formato más importante de esa época- tuvo dos singles que pasaron desapercibidos. Pero todo cambió cuando una publicidad usó la canción “Muchacha (ojos de papel)”. El resto es historia conocida.

Durante la segunda mitad del siglo XX, la industria de la música se sostenía por la producción y comercialización de formatos físicos: vinilo, casete o CD. Los medios tradicionales cumplían un rol clave al difundir los cortes de difusión, funcionando como amplificadores de artistas y sellos discográficos.

Para los artistas más importantes, o aquellos que las compañías editoras querían transformar en importantes, se organizaban grandes campañas publicitarias y se invertía mucho dinero para que sus canciones se escucharan en la radio, la TV o en los cines.

Las grandes discográficas invertían millones para que sus artistas sonaran en la radio, la televisión e incluso en el cine. Se creía, y en parte era cierto, que la repetición lograba que termináramos comprando el disco. Esa canción que al principio nos parecía mediocre, tras semanas de bombardeo, se volvía un hit. Así, a la hora de comprarle un regalo a la tía Marta, salíamos de la disquería con lo nuevo de Palito Ortega.

La industria sacaba discos como un “producto”, ya que en la mayoría de los casos el factor artístico no era lo prioritario. En ese contexto, eran muy cotizados los productores que fabricaban éxitos, como el Club del Clan en la década de los 60. Hoy podríamos compararlos con cualquier boy band creada en laboratorio.

En los 90, la irrupción de Internet sacudió ese modelo. Con la digitalización de archivos musicales y el nacimiento de plataformas como Napster, millones de personas comenzaron a compartir sus colecciones de MP3.

El negocio discográfico tardó en reaccionar. Pero todo cambió otra vez en 2006, cuando en Suecia nació Spotify: una plataforma de streaming que prometía monetizar la música digital y pagar regalías a los artistas por cada reproducción.

Desde entonces, Spotify ha estado envuelta en múltiples polémicas: por lo poco que paga a los artistas, por la calidad del sonido, por haber sido rentable recién en 2024 e incluso por las inversiones de su fundador, Daniel Ek, en la industria bélica.

Y ahora, a esa lista se suma un nuevo capítulo: la inteligencia artificial.

La banda The Velvet Sundown es el nuevo fenómeno viral de Spotify. Cuatro discos en apenas un mes. Más de un millón de oyentes mensuales. N°1 en el ranking Viral 50 en varios países de Europa. Pero nadie sabe con certeza quién está detrás del proyecto.

La sospecha más inquietante: que Spotify sea la creadora de la banda, o al menos, quien esté detrás de su promoción masiva.

¿Por qué esto es un problema?

Porque, como toda IA, estas canciones surgen del análisis de obras previas. Así, se generan patrones compositivos y ejecuciones para tener el “éxito asegurado”. Y en este punto, regresamos al concepto de la música como “producto”. También surgen nuevos interrogantes: ¿es necesario un reconocimiento a los autores de las obras con las que se entrenó la IA?

La música sintética, diseñada para liderar las listas de reproducciones, no solo reemplaza artistas, sino que además los desplaza del reparto económico. El riesgo no es solo la falta de humanidad: es la desigualdad.

Y como si fuera poco, hay sospechas de que la popularidad de la banda fue impulsada con bots pagos, que la insertaron artificialmente en cientos de playlists, acelerando su descubrimiento.

Así como antes una compañía decidía qué temas se escuchaban en la radio, hoy una plataforma puede orientar nuestras escuchas a través de algoritmos y promoción paga.

Las plataformas se volvieron más poderosas que los medios tradicionales, por concentración (seis empresas dominan el 86% del mercado) y por su alcance global. Por último, por la capacidad de difundir música y podcasts a partir de sus algoritmos, a lo que se suma, ahora, la posibilidad de producirlos gracias a la IA.

Una industria que históricamente se basó en la sensibilidad artística de los humanos para producir música, ya cuenta con las herramientas para prescindir de ellos. Una herramienta que produce mucho, por lo que compite en desigualdad de condiciones con los que componen y ejecutan música a pulso.

Poco queda de esa promesa que la revolución tecnológica nos hacía: “acceder a toda la música del mundo”. Por cómo se fue configurando el negocio, solo conseguimos más concentración corporativa, más orientación del consumo y, cada vez más, producción de música sintética.

Una revolución que cada vez suena peor.


Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.

13/7/25

LA NUEVA VIEJA TELEVISION


Hay muchas televisiones. Y no me refiero a los aparatos receptores, hablo de los distintos tipos de televisión que podemos consumir desde una pantalla.

Y cuando hablamos de pantallas tampoco nos limitamos al televisor del living: hoy la TV está en todos lados, en todos los formatos y dispositivos.

La vieja televisión, con casi cien años de historia, se construyó sobre la lógica de grilla: una programación que acompañaba la rutina familiar durante todo el día. Noticias por la mañana y la noche. Dibujitos animados al mediodía. Telenovelas a la hora de la siesta. Programas estelares o películas en el prime time.

Los productores pensaban el contenido en función de “llenar” la grilla. La audiencia, con el tiempo, se acostumbró a tener el aparato encendido todo el tiempo. No importaba si había alguien frente a la pantalla. En detrimento de la imagen, la transmisión se volvió un “ruido de fondo”.

Esa TV se medía en tiempo “aire”, la nueva TV se mide en tiempo “clip”.

En la actualidad, la programación, los estudios y los invitados pasaron a un segundo plano. Lo más importante es generar “momentos” aptos para el clípeo: fragmentos cortos, aptos para ser viralizados en TikTok o Instagram bajo el formato predominante por estos días: el video vertical.

La nueva TV está más cerca de la pantalla del teléfono que de la del living.

La nueva TV nace con el streaming. Netflix, con su oferta de películas y series para consumo a la carta, fue pionera y se consolidó rápidamente como referente en el negocio.

El desarrollo tecnológico que permite streamear impactó también en la audiencia. Pasamos de “matar” el tiempo con la TV abierta a “invertir” el tiempo con el consumo on demand.

En Argentina, el año 2012 fue un punto de inflexión para la historia de la nueva TV: Mario Pergolini comenzó a transmitir en vivo la programación de Vorterix desde su propia web y, en paralelo, Coscu abrió su canal “Shacoscu” en Twitch.

Desde entonces, la evolución del stream en nuestro país no dejó de crecer. Hoy tenemos un ecosistema consolidado y diverso, con señales nativas como Luzu TV, Olga, Blender o Gelatina, que compiten por la atención de audiencias jóvenes (generación Z y millennials).

Mientras tanto, la TV tradicional parece estar en caída libre. Es víctima de una crisis generada por dos factores concurrentes: menos audiencia y menos ingresos por publicidad. El resultado: pantallas con contenido de baja calidad, con predominio de un panelismo polémico, en el peor sentido con el que se pueda interpretar dicho adjetivo.

En este nuevo escenario, aparecen estrategias mixtas. Por un lado, TELEFE incorpora figuras del streaming, como Nico Occhiato y comparte sus contenidos desde la pantalla de Luzu. Como contraparte, vemos la intención de grandes plataformas de parecerse cada vez más a la TV tradicional: desde hace un par de años, Netflix apunta a las transmisiones en vivo de eventos de distinta naturaleza, además de ofrecer planes más baratos pero que abren la puerta a la publicidad.

Más parecido a la TV no se consigue. La pueden imitar ¿la podrán superar?

Aunque muchos firmaron su acta de defunción, la TV no pierde centralidad. Casi nadie la ve, pero todos hablamos de sus contenidos: realities, coberturas periodísticas, eventos deportivos. Su capacidad de generar conversación aún la mantiene vigente.

Hay algo de la supremacía de la imagen que tal vez le garantice la supervivencia. Spotify, la plataforma de audio por excelencia, apuesta cada vez más al video. Quiere ser más YouTube que Spotify.

Por último, queda abierta la puerta al impacto de la IA en el ecosistema audiovisual. Ya se están haciendo películas donde imagen y sonido son generados íntegramente por IA. También, ya se han hecho doblajes donde cambia el idioma pero se mantiene la voz del actor original.

¿Llegaremos a ver una ultra nueva televisión? La respuesta, la semana que viene, en este horario, por este mismo canal.


Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.

6/7/25

¿EL FIN DEL PERIODISMO?


Durante todo el siglo XX, el periodismo cumplió un rol fundamental en las democracias occidentales. El sistema de división de poderes, en el que los estamentos legislativo, judicial y ejecutivo buscan un equilibro que les permita gobernar, delegaba en el periodismo el famoso “cuarto poder”.

La capacidad de informar y de formar opinión posicionaba a los medios como “fiscales” de la república, ya que velaban por el correcto accionar de las instituciones y de sus funcionarios.

Como en tantos otros ámbitos, la aparición de internet lo cambió todo. El ecosistema mediático lleva décadas adaptándose a las nuevas reglas de juego, pero hay una barrera que, por más estrategias que apliquen, aún no logran sortear: cómo se vinculan las nuevas generaciones con las noticias.

Según el último informe del Reuters Institute la brecha generacional es creciente. Los jóvenes entre 18 y 24 años prefieren informarse en redes sociales y video (44 %), mientras que los mayores de 55 años siguen optando por sitios web y la TV.

Algunas de las conclusiones del estudio son impactantes. La más importante, tal vez, sea que el formato video se impone sobre todos los demás. Pero no cualquier video: hablamos del formato vertical, propio de los Reels de Instagram o de TikTok, que en promedio dura menos de 1 minuto.

Otro cambio cultural importante tiene que ver con la forma en cómo accedemos a las noticias. Antes, con los medios tradicionales, los ciudadanos armaban un menú de fuentes a partir de la confiabilidad y la afinidad ideológica. La estrategia era ir “en busca” de las noticias. Hoy, la tendencia es que las noticias “nos lleguen”. Pasamos de la búsqueda activa a la pasividad inducida por el algoritmo.

Este cambio también impacta en la calidad informativa. El periodismo clásico se basaba en narrar los hechos respondiendo a las cinco preguntas clave: qué, quién, cuándo, dónde y cómo. Ese relato pasaba por la validación de un editor responsable y contaba con el respaldo institucional del medio que lo ponía en circulación. Actualmente, muchos de los videos informativos llegan cargados de opinión o editorialización, apelando más a la emoción que al análisis. Son contenidos presentados por rostros o voces aleatorias, difíciles de identificar, sin saber con claridad qué intereses representan.

De las audiencias masivas pasamos a comunidades de nicho, unidas por afinidades temáticas. De las redacciones profesionales, donde un editor jerarquizaba la información, a un universo de creadores de contenido que, en su mayoría sin retribución económica, inundan el ciberespacio. Como diría Discépolo, conviven la Biblia y el calefón: da lo mismo una crónica sobre civiles bajo bombardeos que una receta milagrosa para bajar cinco kilos en una semana.

El Digital News Report 2025 de Reuters no trae muchas buenas noticias. El uso de redes sociales y del video como fuente primaria de información crece en todos los segmentos de edad, incluso en la franja de 45 a 54 y los de 54 o más. En paralelo, los sitios de noticias pierden llegada en casi todas las franjas, con caídas de entre 6 y 9 puntos porcentuales.

En Argentina, el uso de redes sociales para informarse se mantiene estable respecto del año pasado: seis de cada diez personas las utilizan como fuente principal. Casi el 40 % consulta Facebook y un 35 % Instagram. WhatsApp muestra un leve descenso y X, comparativamente más politizada, es usada como fuente por apenas el 12 %.

Las teorías clásicas de la comunicación en EEUU ya alertaban sobre el riesgo de que un ciudadano, por el simple hecho de consumir noticias, creyera estar participando activamente en los asuntos públicos.

Hoy, frente al bombardeo informativo, las fake news, las burbujas de sentido y el exceso de editorialización, el panorama es aún más preocupante.

Especialmente si pensamos en la formación ciudadana de quienes hoy son adolescentes y dentro de 30 años van a estar al frente de las decisiones del país. ¿Qué tipo de vínculo con la realidad podrán construir si no cuentan con fuentes de información confiables?


Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.




14/7/23

HACER O NO HACER... ESA ES LA CUESTIÓN


En una época sobresaturada de discursos, de todas formas y colores, que compiten por nuestra atención, tomar la decisión de ponernos el traje de "realizador" de contenidos nos enfrenta al abismo de la incertidumbre... ¿encontraremos alguien que esté interesado en lo que hacemos? ¿superamos la media de calidad para tener reconocimiento público?

El tema de la "calidad" no es menor, ya que siempre vamos a pretender acercarnos a los referentes que tenemos en el área en la que nos desenvolvemos.

Si la idea es stremear en Twitch todos queremos tener el carisma (y el setup) de Ibai Llanos, si la intención es hacer un podcast de entrevistas ansiamos el timing y las ocurrentes preguntas de Rebord o Migue Granados. Si a la hora de escribir un newsletter ponemos la vara a la altura del "Diario de la Procrastinación" de Diego Geddes... Si estos son los espejos en los que nos miramos, es evidente que tenemos un grave problema.

Escuchando el episodio número 151 del podcast "No Stupid Questions" (No hay preguntas tontas), que se titula "Is it Okay to be Average?" (Esta bien ser común?) me encontré con una pregunta más que inquietante: ¿es necesario compararnos con el que está en la cúspide, con el tope de gama, con el "más mejor"?

Es interesante como Angela Duckworth se especula sobre el perfeccionismo y cómo esas expectativas maximizadas que cargamos en nuestra mochila la hace tan pesada que nos impide movernos.

En el podcast dicen que la actitud de medir todo a partir de una calidad "profesional, repercute en que las personas tengan cada vez menos hobbies, ya que nos estamos acostumbrando a dejar de hacer, o no animarnos a empezar, actividades o proyectos en los que, probablemente, nos vaya mal o no lo logremos ser muy buenos.

Es parte del espíritu de época... como un freno que nos impide hacer una variedad de cosas y que nos obliga a vivir con la frustración de lo que no fue antes de la frustración por lo que salió mal. Es como una autoprofecia cumplida: para que lo voy a intentar si ya sé que lo voy a hacer mal.

En una sociedad que nos impone modelos vitales basados en el éxito, dónde sos un fracasado si no llegas al cargo más importante, a ser el que más seguidores tiene o a la cuenta bancaria más abultada, correrse de la competencia permanente y aceptar el mundo de lo posible seguramente nos hará vivir menos estresados y más humanizados.

Entonces, ¿por qué no estremear, grabar un podcast o despuntar nuestra creatividad en un blog o una newsletter... aunque tengamos poca audiencia? Espero que te animes, que disfrutes, te rías y la pases bien, que de eso se trata, un poco, estar vivo.

1/5/23

SERIAL: UNA HISTORIA CONTADA SEMANA A SEMANA


En 2010 Enrique Piñeyro y Pablo Tesoriere estrenaron el documental El Rati Horror Show. En la película se cuenta como se condenó injustamente a Fernando Ariel Carrera a 30 años de prisión en el caso conocido como la Masacre de Pompeya. Dos años después del estreno, y a partir de los testimonios y la evidencia compartida en el documental, la Corte Suprema de Justicia revocó el fallo de primera y segunda instancia.

Seguramente vieron, o tomaron conocimiento de este caso. ¿Cómo vinculamos a Piñeyro con el mundo podcast?

“Del programa 'This American Life' a través de la emisora WBEZ Chicago, esto es ´Serial´, una historia contada semana a semana. Soy Sarah Koenig”. Así comenzaba, en 2014, el podcast de periodismo de investigación que se desprendía del programa de radial “This American Life”, que se emitía por la radio pública de los EEUU.

El podcast alcanza un impacto masivo, con millones de descargas de cada episodio, a partir de la cobertura periodística de un caso penal similar al de Carrera. Pero no era un audiovisual, era un podcast que puso al formato en boca, y en el oído, de todo el mundo.

La repercusión fue tan importante que generó todo un fenómeno de oyentes convertidos en detectives. Aparecieron hilos en foros como Reddit, podcast que analizaban cada episodio y videos en YouTube que debatían sobre las irregularidades de la investigación y cuestionaban a la policía y al sistema judicial.

Pero Serial no tenía como objetivo incidir en el rumbo legal del caso, sino de explorar todos los hechos que llevaron a la cárcel a un joven paquistaní de 17 años acusado de asesinar a su novia, Hae Min Lee.

Fueron 12 episodios, en esa primera temporada, en los que se trataron temas relacionados con el sistema educativo norteamericano, los prejuicios raciales o la versión de personas implicadas en el caso.

Fueron 12 episodios que cambiaron la historia del podcasting. Serial es considerado el primer podcast de masas, concitando el interés de la opinión pública y monopolizando la conversación en los EEUU.