18/1/26

LA IA LLEGA A HOLLYWOOD

 


Desde el final de la Segunda Guerra Mundial se desarrolló en Estados Unidos una cultura marcadamente antisindical. No puede señalarse un evento único como origen de este fenómeno, resulta más pertinente pensarlo como un proceso histórico impulsado por la legislación laboral, la propaganda corporativa y distintas políticas gubernamentales sostenidas en el tiempo.

En ese contexto, la huelga del Sindicato de Guionistas de Estados Unidos en 2023 fue un acontecimiento de enorme impacto. Se extendió durante 148 días, desde mayo hasta septiembre, y paralizó buena parte de Hollywood. El reclamo incluyó mejoras salariales, pagos residuales más justos frente a la exhibición de series y películas en plataformas de streaming y, especialmente, la protección del oficio ante el avance de la inteligencia artificial.

El conflicto se resolvió con un acuerdo considerado histórico: aumentos salariales, la fijación de un mínimo de personal en las salas de guionistas y regulaciones explícitas sobre el uso de IA. Entre otros puntos, se estableció que las ideas originales deben provenir de humanos y que los guionistas pueden reescribir textos generados por inteligencia artificial.

A poco de iniciada la huelga, el Sindicato de Actores se sumó en solidaridad con los guionistas. Hoy, es justamente este gremio el que vuelve a encender las alarmas frente a un nuevo frente de conflicto tecnológico.

¿El motivo? Tilly Norwood, una actriz generada por inteligencia artificial que reavivó el temor a que el trabajo humano sea reemplazado por contenido sintético. Su creadora, la actriz y comediante holandesa Eline Vaner Welden, prefiere definirla como una obra de arte, una estrategia discursiva que busca mitigar las críticas.

El debut de Norwood se produjo en un sketch titulado AI Commissioner, de la productora Particle6. Desde entonces, se convirtió en una influencer con fuerte presencia digital: acumula 96.000 seguidores en Instagram y ocupa el centro del debate en Hollywood. Más allá de su apariencia física, las críticas se concentran en lo que muchos consideran una competencia desleal: una “actriz” entrenada con las performances de miles de intérpretes reales. También se señala la ausencia de una historia de vida, condición clave para representar emociones y experiencias humanas de manera genuina.

Desde el sindicato aseguran que ni los responsables de casting ni las audiencias pueden interesarse realmente en contenidos generados por computadoras, desconectados de la experiencia humana. Sin embargo, voceros de Particle6 afirman que varios managers y representantes de actores ya se muestran interesados en las posibilidades que abre esta nueva vertiente de la IA.

Como ocurre en muchos sectores de la economía, la irrupción de la inteligencia artificial plantea una tensión difícil de resolver: cómo equilibrar criterios éticos vinculados al trabajo humano frente a las ventajas económicas y empresariales que ofrece la tecnología. En el caso de Tilly Norwood, las ventajas son evidentes: puede trabajar de manera ininterrumpida, no se enferma, no envejece, no sufre adicciones y no toma vacaciones.

La gran incógnita es si en el futuro podrá despertar la admiración, y los suspiros, que generan estrellas como Scarlett Johansson o Margot Robbie.

Más allá del ámbito del espectáculo, la inteligencia artificial continúa expandiendo su presencia. Meta, la empresa dueña de Facebook, Instagram y WhatsApp, anunció recientemente un nuevo feed llamado Vibe, disponible en la app y en la web de meta.ai. Se trata de una herramienta que genera videos cortos con IA, en un formato claramente inspirado en TikTok. Los usuarios pueden crear o remezclar contenidos sintéticos y compartirlos en Instagram y Facebook. Uno de los aspectos más destacados es la posibilidad de generar videos de entre 5 y 10 segundos a partir de una imagen fija.

Mientras se navega por el feed, el algoritmo ajusta los contenidos según los gustos del usuario. El remix se vuelve central: si un video nos resulta atractivo, puede usarse como base para crear uno nuevo con un solo clic y compartirlo con amigos y seguidores.

Desde los inicios de la revolución digital, la reutilización creativa y transformadora de obras preexistentes dio lugar a una forma de “escritura popular”. Algunos autores hablan de democratización cultural, ya que cualquier persona con acceso a herramientas digitales puede reinterpretar y combinar contenidos, dando lugar a una cultura participativa que desafía las nociones tradicionales de autoría y propiedad intelectual. Los memes, los mashups y el fanfiction son ejemplos claros de este fenómeno.

Sin embargo, cuando esta lógica se industrializa y el remix deja de ser una práctica cultural para convertirse en un modelo de negocio que amenaza oficios y derechos laborales, el escenario cambia. Allí, más que ante una promesa creativa, estamos frente a un Frankenstein contemporáneo: una criatura hecha de retazos humanos que, una vez liberada, podría arrasar con todo a su paso.


Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.

11/1/26

EL DIARIO DE YRIGOYEN MULTIPLICADO POR MILLONES


Hablar de fake news está de moda. Decirlo en inglés, cuando podríamos hablar de noticias falsas o desinformación, incluso parece otorgar cierto estatus a quien las nombra.

Muchos asocian estas mentiras que circulan por distintos canales de difusión con un fenómeno propio de internet, cuando en realidad se trata de algo tan viejo como la humanidad. El ser humano no aprendió a mentir con la web: miente desde el origen de los tiempos.

Durante el golpe de Estado encabezado por José Félix Uriburu en 1930, que derrocó a Hipólito Yrigoyen, se instaló una de las noticias falsas más famosas de nuestra historia: la leyenda del “diario de Yrigoyen”.

Una forma de justificar el golpe fue retratar a un presidente senil, manipulado por su entorno, al punto de hacerle imprimir un diario exclusivo con buenas noticias, ocultándole el malestar social y las críticas de la oposición.

Con el tiempo, y gracias al trabajo de los historiadores, quedó demostrado que todo esto era una mentira. Una fake news, como se diría hoy. Pero más allá de la falsedad, me interesa la idea de un medio personalizado, pensada hace casi cien años, porque anticipa en parte lo que estamos viviendo actualmente a partir del impacto de la tecnología en el periodismo.

Durante gran parte del siglo XX, la tecnología avanzó en múltiples aspectos vinculados a la tarea de los diarios, pero sin modificar de manera sustancial cómo se producían las noticias ni cómo llegaban a las audiencias. Los procesos se aceleraban, mejoraba la calidad de impresión y las herramientas de trabajo, pero el esquema general se mantenía intacto: los diarios se seguían imprimiendo, los lectores compraban los ejemplares y los anunciantes sostenían el negocio con la pauta publicitaria.

Incluso la aparición de internet, que obligó a los diarios tradicionales a ocupar un lugar en el mundo digital, no implicó en un comienzo un cambio estructural. La verdadera ruptura llegó con las redes sociales.

En una primera etapa, estas plataformas funcionaron como difusoras del contenido de los medios tradicionales. Facebook, por ejemplo, garantizaba tráfico hacia los sitios periodísticos y sostenía un modelo basado en volumen y publicidad digital.

La etapa más negativa la encontramos en el carácter depredador que empresas como Facebook o Google desarrollaban en el mercado publicitario, captando cada vez más pauta para el mundo digital, en detrimento del ecosistema informativo tradicional.

En parte, existía un equilibrio sutil: te resto publicidad, pero te garantizo tráfico que te permite sobrevivir.

Pero cuando Mark Zuckerberg introdujo cambios en los algoritmos los medios vieron desaparecer el tráfico, es decir sus lectores, de un día para el otro.

Algo similar ocurre hoy con Google, que a partir de las respuestas basadas en IA introducidas en 2025 dejó de ser un simple intermediario para transformarse en un proveedor directo de respuestas, reduciendo la necesidad de ingresar a los sitios periodísticos.

Esto representa un nuevo golpe al tráfico que pueden recibir los medios. Hoy el reclamo de las empresas periodísticas no solo incluye el fantasma del “clic cero” (los usuarios obtienen la respuesta que buscan directamente en la página de resultados, sin necesidad de ingresar a un sitio web) sino que le reclaman a las empresas de IA el uso de su producción periodística para generar sus respuestas.

La pregunta que se hacen los diarios es cuántos de ellos cobrarán a partir del reclamo. Claramente no todos los que publican la misma información, por lo que corren con ventajas los medios con más historia y prestigio.

Pero el fenómeno más profundo se da en las redes sociales actuales. Hay muchos creadores de contenidos que compiten con las noticias.

El problema es que se basan en una estrategia de simplificación extrema, en el uso de un tono coloquial y en la búsqueda de la empatía y la emocionalidad. No hay distancia, ni pensamiento crítico.

En ese escenario, TikTok aparece como la expresión más acabada del nuevo modelo. El problema es que TikTok no se organiza en torno a la agenda pública, como lo hacían los medios tradicionales, sino a partir de una lógica de intereses individuales.

Su algoritmo construye un flujo de contenidos hiperpersonalizado. El objetivo no es informar, sino retener la atención. Ya no existe una realidad compartida, el scrolleo infinito sumerge a cada usuario en un mundo propio, donde ciertos temas aparecen una y otra vez mientras otros directamente desaparecen. Así, se consolida una experiencia informativa fragmentada.

De este modo, las noticias dejan de ser el punto de partida para interpretar el mundo. Cada persona construye su propia versión de la realidad en función del algoritmo que consume.

Como el diario de Yrigoyen, pero ahora multiplicado en millones de pantallas.


Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.


4/1/26

CÓMO SERAN LAS REDES SOCIALES (Y EL PERIODISMO) EN 2026

 

Cerramos el año y, como siempre para estas fechas, se publican varios informes de consultoras sobre la actividad en RRSS (Redes Sociales) y la conectividad a nivel global.

Para esta columna voy a utilizar los datos de Meltwater y We Are Social, que todos los años publican el Informe Digital Global, sin dudas el reporte más completo sobre el tema.

Lo primero que me impresionó tiene que ver con la conectividad a nivel mundial. Continuando con la tendencia creciente de los últimos años, el nuevo hito indica que son más de 6.000 millones las personas que tienen acceso a internet, lo que representa el 73,2% de la humanidad.

Existen 5.660 millones de perfiles activos en redes sociales, lo que representa el 68,7% de la población mundial. Facebook se mantiene como la plataforma con la audiencia más amplia, aunque WhatsApp es la preferida por los usuarios a nivel global.

Un dato llamativo es el uso generalizado de la IA generativa. Algunos analistas ya hablan de la “Era de la Inteligencia Artificial”: son más de 1.000 millones de personas las que usan modelos de lenguaje y herramientas de IA.

También se consolidaron importantes cambios en el consumo audiovisual. Los servicios de streaming ya capturan más de la mitad (50,4%) del tiempo total que las personas dedican a ver televisión.

En contraste, el uso de motores de búsqueda tradicionales (como Google o Yahoo!) cayó a su nivel histórico más bajo, con solo un 80,3% de los adultos en línea utilizándolos mensualmente.

Según los últimos datos disponibles en Argentina, había 41,6 millones de usuarios de internet en octubre de 2025 (sobre una población total de 45,9 millones). Esto significa que la tasa de penetración de internet es de 90,6%, un porcentaje muy por encima de la media global.

En lo que respecta a las RRSS, hay 32,2 millones de identidades activas en redes sociales (70,3% de la población). YouTube lidera el alcance publicitario con 32,2 millones de usuarios, seguido de cerca por Facebook (29,1 millones) e Instagram (28,9 millones).

En cuarto lugar encontramos a TikTok. La plataforma china es la que muestra un mayor crecimiento, logrando un aumento del 14,7% en su alcance publicitario entre 2024 y 2025.

A la hora de proyectar las tendencias para 2026, los especialistas hablan de un cambio de paradigma en la forma en que consumimos contenido digital. Predicen una reacción cultural contra la saturación digital y la velocidad frenética de los últimos años.

Se anticipa un giro drástico hacia RRSS más pausadas, alejándose de las publicaciones efímeras y premiando el contenido orgánico.

Después de años de saturación con videos cortos y la avalancha de contenido sintético generado por IA de los últimos meses, se espera un cambio de rumbo.

Serán tendencia los videos de larga duración, principalmente en YouTube, y un resurgimiento de los blogs, buscando espacios que nos permitan reflexionar en un contexto más tranquilo y calmado.

También nos enfrentaremos a una revalorización de lo humano frente a la IA. Tras la avalancha de contenido generado por inteligencia artificial, la tendencia para 2026 será la búsqueda de narrativas auténticas y creadores que transmitan un tono más humano y genuino.

En el terreno del periodismo se abre una gran oportunidad para competir contra el contenido hecho por máquinas.

En muchos medios es habitual encontrar la aclaración “hecho parcialmente con IA” al principio o al final de las noticias. Como sello de calidad editorial, se espera que las notas que aparezcan con el lema “escrito por un humano” tengan mejor recepción y valoración por parte de las audiencias.

No se trata de desterrar las herramientas de IA de las redacciones (ya que son muy útiles para acelerar procesos o automatizar tareas), sino de evitar que se conviertan en una “fábrica” de contenido informativo.

Para cerrar, estimado lector, podríamos pensar en una analogía gastronómica para ilustrar este proceso. Pensemos que el mundo digital ha sido hasta ahora como el fast food: comida que se hace rápido, sobresaturada en grasas y sal, y consumida al paso. La tendencia para 2026 sugiere que los usuarios están empezando a buscar una comida casera de cocción lenta, donde se valora el tiempo de preparación, la calidad de los ingredientes y la mano (y el corazón) del cocinero.

Y, como todos sabemos, un buen plato se disfruta despacio y, si se comparte en el contexto de una conversación amena, todo sabe más rico.


Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.


28/12/25

UN ABRAZO QUE TRASPASE LA PANTALLA


Esta nota se publica en el contexto de las fiestas de fin de año. Uso el plural porque en diciembre se acumulan dos grandes rituales que movilizan a gran parte de Occidente: la Navidad y el recibimiento del Año Nuevo. Más allá de las creencias religiosas o de las tradiciones particulares, estas fechas funcionan como un momento de pausa, balance y reencuentro.

Desde la antropología, a los ritos se les atribuyen funciones fundamentales para la cohesión social. Son prácticas que se transmiten de generación en generación y que fortalecen la vinculación entre las personas, más allá de sus diferencias personales, políticas o sociales. Cumpleaños, casamientos, graduaciones, actos escolares, celebraciones religiosas, velorios, carnavales o los festejos por un triunfo deportivo forman parte de ese entramado simbólico que nos reúne y nos recuerda que no estamos solos, aun en contextos de crisis o fragmentación social.

La revolución digital de finales del siglo XX abrió un nuevo terreno donde esos encuentros podían suceder a pesar de la distancia: la virtualidad. Internet y, especialmente, las redes sociales ofrecieron la posibilidad de sostener vínculos sin necesidad de compartir un mismo espacio físico. La pantalla apareció como un puente que acortaba kilómetros, husos horarios y ausencias forzadas.

Las redes sociales habilitaron así un nuevo tipo de vinculación que, desde la interfaz de una pantalla, prescindía del contacto cara a cara. Si bien Facebook no fue la primera red social, se consolidó a mediados de los años 2000 como la más masiva, por lo que su historia resulta clave para entender el inicio de una nueva era en la comunicación.

En sus primeros años, la lógica de Facebook fue sumar la mayor cantidad posible de usuarios, aun cuando no estuviera claro cómo se monetizaría ese crecimiento. Con el tiempo, quedó definido su modelo de negocios: la publicidad segmentada, basada en el uso de datos personales. Para las empresas, pautar allí resultó más económico y efectivo que hacerlo en medios tradicionales.

La aparición de nuevas redes sociales, basadas en esquemas comerciales similares, significó un duro golpe para los medios analógicos. El dinero destinado a publicidad no aumentó: se redistribuyó. Lo que hoy cobran las plataformas digitales se descuenta de la pauta de los medios, afectando su sustentabilidad y su capacidad de producción.

Este nuevo escenario trajo un cambio paulatino en el tipo de contenidos a los que accedemos. La lógica algorítmica, que prioriza lo que genera impacto y reacción emocional, fue reduciendo la presencia de publicaciones de familiares y amigos, y aumentando la visibilidad de influencers, marcas y medios.

Volviendo a Facebook, aquella ventaja de origen que representaba estar en contacto con nuestros afectos comenzó a desdibujarse. Incluso su gran diferencial (recordarnos los cumpleaños) perdió encanto con la automatización de los mensajes: saludos prediseñados, emojis festivos y tortas virtuales. La interacción se volvió rápida, impersonal y, muchas veces, mecánica.

Las redes son hoy más comerciales que sociales. El contenido es cada vez más profesional y menos orgánico. Aquello que comenzó como una herramienta de integración social es señalado por profesionales de distintas disciplinas como perjudicial para muchos usuarios. Se cuestiona la desinformación, la promoción de estereotipos corporales irreales y el impacto negativo en la salud mental.

Hubo un tiempo en que internet y las redes sociales funcionaban como una vía de escape del mundo real. Los creadores de la web soñaban con un espacio de libertad, donde la interacción y la empatía contribuirían a una sociedad mejor.

Hoy, paradójicamente, el mundo real parece haberse convertido en una vía de escape de internet. Ese paraíso virtual fue colonizado por corporaciones y nuestros datos personales se transformaron en la materia prima de un negocio multimillonario.

Cada vez más personas prefieren vínculos más cercanos y menos mediados por pantallas. Crece un movimiento que propone dejar de lado la dopamina del scrolleo infinito y recuperar el encuentro cara a cara. Volver a las experiencias reales: una charla con mate de por medio, un llamado telefónico en lugar de un mensaje, un abrazo en vez de un emoji.

Como ocurre con muchas tecnologías, no podemos culpar al artefacto en sí. El problema está en el uso que hacemos de él. Un cuchillo puede servir para preparar una rica comida, pero también puede convertirse en un arma mortal.

Propongo, estimado lector, que aprovechemos estas fiestas para desandar, aunque sea un poco, el camino que desde hace veinte años vienen pavimentando las redes sociales. Retomar el teléfono o la videollamada para quienes están lejos. Que nos duelan las articulaciones superiores por abrazar a todos los que tengamos cerca. Que cada palabra dicha tenga un valor sincero y afectuoso, porque la tecnología nunca podrá aplacar nuestro gen constitutivo: somos seres sociales.

Salud para todos y feliz Año Nuevo.


Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.
 

21/12/25

EL MEJOR STREAMING DEL MUNDO

 

La última semana se entregaron los Martín Fierro al streaming local. ¿Es realmente una noticia relevante? Probablemente no sea un tema que le quite el sueño, estimado lector.. Saber quién ganó o perdió difícilmente cambie la vida de nadie. Pero el evento sirve como excusa para pensar un par de cosas sobre nuestro ecosistema mediático.

Para empezar, llama la atención que la asociación de periodistas del espectáculo, que a esta altura ya funciona como una PYME muy productiva, se arrogue el derecho de premiar prácticamente todo rubro vinculado al espectáculo o la cultura popular. No hay jurados académicos, especialistas en lenguajes audiovisuales, referentes artísticos ni criterios públicos claros. Los premios los otorgan periodistas. A fines de 2024, eran 96 los miembros de APTRA los que decidían, sin mayor explicación, qué y quién merece ser reconocido.

La expansión del “negocio de los premios” no es un tema menor. A las tradicionales estatuillas de televisión y radio porteña se sumaron, con los años, el Martín Fierro Federal, el de cable, el de la moda, la salud, el teatro, el cine, las series y el digital. En 2025 llegó el turno del streaming. Incluso se internacionalizó el formato con el Martín Fierro Latino desde Miami. Cada nuevo rubro parece abrir un nuevo kiosco: más sponsors, más ingresos por derechos de transmisión, más facturación. Pero también más riesgos. El paso en falso de Miami dejó al descubierto que no siempre “más” es sinónimo de “mejor”: fallas técnicas, ausencia de figuras fuertes y denuncias sobre nominaciones “comprables” erosionaron la credibilidad la marca Martín Fierro.

Todo lo descripto encaja perfectamente con lo que varios teóricos describieron como la espectacularización de la esfera pública: todo se convierte en show. El criterio editorial deja de ser la relevancia social para priorizar la polémica, la capacidad de generar ruido, el impacto emocional. El infoentretenimiento domina. La forma pesa más que el contenido. La superficie le gana a la profundidad. La noticia ya no busca explicar, sino capturar atención.

Y el problema no es solo moral. Tiene consecuencias políticas y culturales. En los años ’70, Maxwell McCombs y Donald Shaw propusieron la teoría del Agenda Setting: los medios no sólo dicen de qué hablamos, sino también de qué NO hablamos. El énfasis permanente en el chisme, el enfrentamiento de celebridades y la épica del ego desplaza debates centrales sobre calidad institucional, desigualdad social, derechos civiles y la vida cotidiana. Mientras discutimos quién ganó un premio polémico, queda fuera de escena lo que realmente debería importarnos.

Eso se vio claramente en la premiación al streaming. La ceremonia fue presentada como reconocimiento al talento digital argentino, pero terminó funcionando como un nuevo round de la pelea de fondo entre Luzu TV y Olga. Nicolás Occhiato vs Migue Granados. Una rivalidad que ya estaba instalada y que es aprovechada por APTRA para monetizar. 

También participaron otros canales valiosos como Gelatina, Futurock, Bondi, Blender, Cenital o Vorterix. Y eso habla de otra cosa importante: Argentina tiene una industria de streaming nativa enorme en proporción a su población total. Mucha producción, mucho talento, muchos equipos trabajando con imaginación y precariedad por partes iguales. Incluso, no son pocos los que afirman que en este formato también somos los campeones del mundo.

Pero un análisis un poco más profundo, y menos exitista, nos muestra otro escenario. Si el show termina comiéndose al contenido, el riesgo es que incluso los proyectos más interesantes queden subsumidos por la lógica del espectáculo. Aun así, la noche dejó una sorpresa interesante: el Martín Fierro de Oro fue para el canal del CONICET por su transmisión “Fondo del Mar”. Un reconocimiento que rompió, aunque sea por un rato, la lógica del rating disfrazado de premio y recordó que también la ciencia y el conocimiento también tienen un valor cultural.

Sin embargo, la sensación final fue la de un empate técnico entre los grandes jugadores del streaming argentino. APTRA ganó visibilidad, sponsors, minutos de aire y repercusión digital. Los canales ganaron validación simbólica. El público ganó entretenimiento, es decir, más de lo mismo.

Mientras tanto, en el Congreso se debaten leyes que definen cómo vamos a vivir los próximos años. Hay discusiones profundas sobre salud, educación, trabajo, ciencia, cultura y derechos ciudadanos que difícilmente reciban una cobertura mediática equivalente al del mundo del espectáculo. Y es ahí donde la espectacularización deja de ser simpática y pasa a ser peligrosa. Porque no es solo el chisme del día, también es el silencio sobre lo importante.

Porque mientras esperamos el próximo “round” entre Nicolas Occhiato y Miguel Granados, o entre Wanda Nara y la China Suárez, hay otra pelea (la de la vida cotidiana, la de los derechos, la del presente y el futuro) que casi nadie está transmitiendo.


Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.


14/12/25

NETFLIX EXPANDE SU IMPERIO


Hace un tiempo mencionamos en esta columna cómo la metáfora del ecosistema nos ayuda a comprender la interacción entre los medios. Medios grandes, chicos, viejos y nuevos; analógicos y digitales. Como recordaba Darwin hace más de 150 años, la evolución se basa en la supervivencia del más apto. 

Hoy ese ecosistema está dominado por la supremacía de los medios digitales sobre los analógicos. Con la salvedad de que los grandes quieren ser cada vez más grandes.

En un nuevo capítulo de esta saga, esta semana nos enteramos que el principal jugador del consumo audiovisual a la carta, Netflix, quiere comprar a Warner Bros. Discovery. La noticia sorprendió por el volumen de la operación, alrededor de 83.000 millones de dólares, pero también porque representa una vuelta de tuerca más en un proceso de concentración global que redefine el futuro del entretenimiento.

Aunque suele pensarse a Netflix como una empresa reciente, sus orígenes se remontan al siglo XX, en tiempos en que el DVD desplazaba al VHS y el CD al vinilo. La compañía nació como un videoclub que buscaba competir contra Blockbuster, por entonces el líder absoluto del rubro, con un diferencial innovador: suscripción mensual, alquiler online y envío de DVDs por correo, eliminando las multas por el retraso en la devolución.

El modelo disruptivo llevó incluso a Reed Hastings y Marc Randolph, sus fundadores, a proponer una sociedad con Blockbuster. La rechazaron, sus gerentes creían que Netflix era un negocio marginal, sin futuro. 

En 2007, Netflix habilitó el acceso a “Watch Now”, un pequeño catálogo de películas y series que podían verse on demand. Era el nacimiento de la era del streaming. En 2010 Blockbuster declaró la quiebra, cuatro años después cerraron sus últimos locales. El ecosistema le pasaba factura a la especie que no se pudo adaptar a los cambios.

El crecimiento explosivo de sus suscriptores le permitió a Netflix dar su siguiente salto evolutivo: pasar de comprar derechos de los estudios de Hollywood a producir sus propias películas y series. Si bien abundan las críticas sobre el predominio de superproducciones pochocleras, también hubo una apuesta por el cine de autor. Varias de sus películas fueron nominadas y premiadas por la Academia estadounidense: ya acumula 24 premios Oscar en distintas categorías.

Ahora el escenario vuelve a cambiar. La empresa que nació como un videoclub online quiere adquirir uno de los conglomerados mediáticos más importantes del planeta. De concretarse, la compra de Warner Bros. Discovery convertiría a Netflix en el principal actor global del entretenimiento: sumaría los estudios Warner, los catálogos de HBO y HBO Max, y varias de las sagas más influyentes de las últimas décadas: The Sopranos, Game of Thrones, Harry Potter y Friends, entre otras.

A esto se agrega un elemento clave: los videojuegos. Warner Bros. Games es una de las empresas más grandes y con licencias más valiosas del rubro.

Hace varios años que Netflix viene invirtiendo en este terreno. Expandió su oferta a juegos para móviles incluidos en la suscripción y comenzó a experimentar con títulos jugables directamente desde la TV. Su objetivo es claro: construir un ecosistema de entretenimiento integrado.

La potencial incorporación de Warner le permitiría sumar estudios de desarrollo de alto presupuesto y trabajar sobre franquicias globales como Game of Thrones y DC Comics, algo hasta ahora fuera de su alcance.

La estrategia va más allá del contenido digital. La empresa también abrió recientemente un parque temático en EEUU. No compite con Disney World, pero funciona como punta de lanza para extender su marca hacia la experiencia física y construir un modelo cercano a la narrativa transmedia: una misma historia expandida a través de múltiples plataformas y formatos interconectados.

Frente a esta megaoperación, los entes reguladores de EEUU ya advierten posibles riesgos de concentración monopólica. Y no es un temor infundado. La consolidación de un grupo tan grande implica que las decisiones sobre qué historias se cuentan, y cuáles no, queden en manos de cada vez menos actores. Menos competencia significa catálogos más uniformes y menos espacio para proyectos arriesgados o innovadores.

Para los usuarios, la integración tiene efectos ambiguos. Por un lado, puede resultar beneficiosa: más contenido reunido en una sola suscripción y una experiencia más fluida entre películas, series y videojuegos. Por otro, el poder concentrado puede derivar en menos diversidad, precios más altos y una dependencia absoluta de plataformas que pueden modificar sus catálogos sin previo aviso.

Ante tanta incertidumbre, asoma una única certeza: nos encontramos en el umbral de una nueva era, como en aquellos días en que dos aventureros fundaron una empresa en California pensando que la gente preferiría alquilar una película desde la web en lugar de acercarse a un videoclub.


Fiel a su ADN, en la actual mutación del ecosistema mediático, Netflix juega todas sus fichas para quedarse en la cima de la cadena evolutiva.



Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.


7/12/25

QUE HAYA PAZ EN TODO EL MUNDO


El primer concurso de belleza “Miss Universo” se realizó en 1952 en los EEUU. La primera ganadora fue una joven finlandesa de apenas 17 años. En plena posguerra, el certamen se presentaba como un espectáculo que promovía la unión entre los pueblos y un ideal de belleza homogeneizado.

Por esos mismos años, desde la mirada crítica de la Escuela de Frankfurt, especialmente a partir del concepto de Industria Cultural desarrollado por Adorno y Horkheimer, se advertía cómo los productos culturales se convertían en mercancías: eran refritos ofrecidos como novedades, diseñados para el consumo masivo y orientados al beneficio económico. La cultura popular y el arte pasaban a ser un producto más en el mercado.

Desde principios del siglo XX, distintas localidades del mundo habían desarrollado concursos para premiar a “la más linda del lugar”, generalmente enmarcados en fiestas populares. Aquellos rituales comunitarios, que podían leerse como celebraciones de identidad local, también fueron absorbidos por la lógica comercial. Así como la Industria Cultural transforma el arte en mercancía, estas festividades transformaron el cuerpo y la belleza femenina en negocio. Miss Universo fue, sin dudas, la versión globalizada de ese proceso.

En Argentina, la edición 2025 del certamen no tuvo demasiada repercusión mediática porque nuestra representante no llegó a la final. No hubo una reedición del “efecto Colapinto” que convirtió a la Fórmula 1 en fenómeno de consumo masivo. Sin embargo, todo el escándalo alrededor del concurso justificaba, sobradamente, que los medios locales pusieran el foco en lo que estaba ocurriendo.

El enfrentamiento entre la candidata mexicana Fátima Bosch y Nawat Itsaragrisil, organizador del certamen, escaló al punto de que hasta la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, opinara públicamente sobre el conflicto. Lo que comenzó como una disputa dentro del concurso terminó convertido en un tema político, mediático y digital de alcance internacional.

Del estereotipo histórico de la reina dócil, bella y de escaso vuelo intelectual, se pasó a la figura de jóvenes empoderadas, formadas, con discurso propio y sin temor a confrontar con la máxima autoridad del certamen. Acusada de “tonta” por Itsaragrisil, Bosch no solo respondió públicamente, sino que terminó coronándose ganadora, obteniendo así la tercera corona para México.

Esta pelea pública entre “la reina” y el dueño del negocio parece cumplir a la perfección con una de las premisas centrales de la Industria Cultural: se reciclan productos probados, con pasado exitoso, pero presentados bajo la forma de novedad. Más cerca del reality show que del concurso tradicional, lejos de los cuerpos callados que solo abrían la boca para pedir “por la paz mundial”, la versión 2025 de Miss Universo propone una imagen de mujer supuestamente aggiornada a los tiempos actuales.

Dato no menor: también se acomodó a los formatos vigentes de consumo. Como en todo reality, los roles narrativos están bien marcados: la víctima, el villano, el poder, la rebeldía, la injusticia. Cada fragmento recortado, cada respuesta en X o en Instagram, cada reacción de terceros alimenta una trama que se consume por episodios. Ya no importa tanto la gala final como el recorrido previo, el detrás de escena y el desarrollo del conflicto en tiempo real.

En México, la final del certamen se pudo ver por Imagen Televisión, un canal comercial de aire, pero también se transmitió en vivo por el canal oficial de YouTube de Miss Universe. Además de los jurados, el público podía elegir a su favorita en la categoría People’s Choice. Para votar había que descargar la aplicación oficial. Como en los realities, la participación se convirtió en negocio: tres votos por un dólar, o mil votos por apenas 35 dólares.

El conflicto genera tráfico, conversación, visibilidad y, finalmente, votos que se traducen en rentabilidad. El público cree estar participando de un debate espontáneo, pero lo hace dentro de un ecosistema cuidadosamente diseñado para capitalizar cada interacción. La indignación, la empatía, el apoyo y el rechazo también son formas de consumo.

A este esquema se le suma un componente clave de la época: el discurso del empoderamiento. Miss Universo ya no se vende solo como un certamen de belleza. Se presenta como una plataforma de mujeres “con voz”, “con proyectos”, “con causas”. La diversidad, la inclusión y la superación personal ocupan un lugar central en el relato oficial. Y, sin embargo, el formato sigue organizado bajo una lógica estricta de competencia, exposición, evaluación pública y jerarquización de los cuerpos.

Aquí aparece una tensión profundamente frankfurtiana: el sistema incorpora el discurso crítico para seguir funcionando. El empoderamiento se transforma en mercancía. La lucha simbólica se empaqueta en formato televisivo y ahora también digital. Se puede hablar de autonomía, siempre y cuando no se altere la estructura del negocio.

Las redes sociales operan como una segunda pantalla ampliada. Ya no hay espectadores pasivos. Hay comentaristas, fiscales, fans, detractores y editores amateurs que recortan, resignifican y redistribuyen cada gesto. El público se siente protagonista, pero su participación queda, otra vez, integrada al engranaje de la visibilidad comercial. La atención es el nuevo recurso a disputar, y el concurso de Miss Universo lo entiende perfectamente.

Cualquier mente malintencionada podría pensar que detrás de todo este lío hay una mente maestra redactando un guion que, por supuesto, termina con un final feliz.

Las brujas no existen… pero que las hay, las hay.


Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.