A la hora de enunciar revoluciones que cambiaron al mundo, sin dudas las primeras que nos vienen a la mente son la Revolución Francesa (1789) y, más acá en el tiempo, la Revolución Rusa o la Cubana.
A principios de la década del noventa ocurrió un hecho histórico que no estuvo vinculado con la caída de un gobierno ni con el cambio de un régimen político, pero que tuvo un peso simbólico similar: una revolución que significó un cambio de época.
Internet, como red, nació décadas antes, promovida por el Pentágono durante la Guerra Fría. Había en esa tecnología una paradoja: la financiaba el poder militar estadounidense, pero la diseñaban científicos con una mentalidad descentralizada, cercana a la contracultura hippie y al ideario libertario de California, cuna de las empresas privadas que trabajan para el gobierno de los EEUU. Más allá de las intenciones de quienes ponían el dinero, sus desarrolladores soñaban con emancipar la información del poder corporativo y estatal.
Pero esa red seguía siendo, para la mayoría de la población, algo lejano y técnico. El 6 de agosto de 1991 se ponía en línea la primera página web de la historia, obra del científico británico Tim Berners-Lee en el CERN. Fue ese hito el que abrió la puerta a la Internet tal como la conocemos hoy: navegable, accesible, masiva.
Con el tiempo, gobiernos y corporaciones moldearon la web a la medida de sus intereses. Pero todavía existen proyectos que le hacen honor al espíritu de sus pioneros.
Wikipedia es uno de ellos. Una plataforma basada en la colaboración y la confianza entre pares. Fundada el 15 de enero de 2001 por Jimmy Wales y Larry Sanger, surgió como complemento de Nupedia, una enciclopedia en línea con un riguroso proceso de revisión por expertos que la hacía extremadamente lenta: en un año solo publicó 12 artículos.
Para acelerar el proceso, Wales y Sanger implementaron la tecnología "wiki", que permitía que cualquier persona con conexión a Internet pudiera editar y crear contenidos en tiempo real. El éxito fue inmediato: Wikipedia alcanzó los 1.000 artículos en apenas un mes, eclipsando a Nupedia. Hoy cuenta con más de 65 millones de artículos en más de 300 idiomas y se mantiene como uno de los diez sitios más visitados del mundo.
Hasta ese momento, las enciclopedias tradicionales se editaban en varios volúmenes, con contenido garantizado por la empresa editorial (la más prestigiosa era la Enciclopedia Británica) y redactado por especialistas y académicos de renombre.
El modelo de Wikipedia se planteó como una alternativa que solo Internet podía sostener: cualquier usuario registrado puede iniciar o corregir una entrada. Cientos de miles de voluntarios escriben, editan y verifican artículos de manera gratuita, y la plataforma se sostiene sin publicidad ni fines de lucro, financiada por donaciones.
No obstante, el modelo no está exento de críticas. La calidad de los artículos varía y existen sesgos significativos: casi el 80 % de los aportes editoriales procede de los principales países de occidente. Además, la plataforma lucha contra el vandalismo y las "guerras de ediciones" por definiciones políticas. A pesar de esto, en la era de la desinformación, Wikipedia se ha convertido en un bastión de credibilidad, donde cada afirmación debe estar respaldada por una fuente y cada cambio queda registrado en un historial público.
La IA generativa representa un peligro "existencial" para el proyecto: los chatbots se entrenan con su contenido para responder preguntas, pero al hacerlo reducen las visitas humanas al sitio, el mismo fenómeno que sufren los medios de comunicación, principalmente los diarios, con las respuestas generadas por la IA de Google.
Esta caída de tráfico amenaza la sostenibilidad: menos visitas implican menos donantes y, lo más crítico, menos voluntarios que se conviertan en editores. El registro de nuevos usuarios ya se redujo en un tercio entre 2016 y 2025, mientras la comunidad de colaboradores envejece.
Ante esta crisis, la Fundación Wikimedia aclaró que no permitirá que la IA edite artículos de forma autónoma. Jimmy Wales sostiene que las "alucinaciones" de la IA son un problema "muy grave" para la creación de conocimiento. Sin embargo, Wikipedia no rechaza la tecnología: usa algoritmos que detectan ediciones malintencionadas, lenguaje no neutral y contenido basura. Para financiar esta resistencia, creó Wikipedia Enterprise, un servicio por el cual gigantes como Google, Amazon, Meta y Microsoft pagan por acceso rápido y estable a sus páginas.
Wikipedia no es solo un repositorio de datos: es el testimonio de que la humanidad puede colaborar desinteresadamente para construir algo compartido. Y quizás ahí radique la verdadera revolución. Henry Jenkins acuñó el concepto de "cultura participativa" para describir cómo los usuarios no solo consumen contenidos, sino que también los crean, comparten y remixan.
Wikipedia representa, tal vez, una de las expresiones más concretas de esa idea: miles de personas que no se conocen entre sí trabajando voluntariamente para construir un conocimiento común, cercano a los ideales de aquellos hippies californianos que empezaron esta historia.
La paradoja es que, treinta y cinco años después de aquella primera página web, la revolución que prometía liberar el conocimiento enfrenta un nuevo desafío: que las máquinas aprendan de nosotros para luego reemplazarnos como productores y consumidores de ese mismo conocimiento.
Quizás el verdadero desafío de Wikipedia no sea sobrevivir a la IA, sino demostrar que todavía existe una sociedad dispuesta a dedicar tiempo y esfuerzo a construir conocimiento colectivamente, a pesar de que una máquina puede ofrecernos una respuesta en segundos.
Porque si esa voluntad colectiva desaparece, tal vez no estemos ante el fin de Wikipedia, sino ante el fin de la utopía que la hizo posible.
Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.

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