20/9/26

UN FUTURO SIN TELÉFONOS


Podríamos decir que las primeras computadoras que se vendieron masivamente, incluso popularizando el término “PC”, fueron la Apple II (1977) y la IBM 5150 (1981). Fueron tan exitosas que impusieron el término "PC" y la arquitectura de navegación que usamos hoy.

Por esa época, ese tipo de adelantos tecnológicos tardaban bastante en llegar al mercado argentino. Las dificultades propias de la importación y la crónica escasez de dólares hicieron que las primeras máquinas que se popularizaron en nuestro país fueran ensambladas fronteras adentro. La Talent 200 y la Drean Commodore 64 fueron las primeras en entrar a los hogares pudientes y en llegar a las escuelas.

Los iniciados en su uso eran vistos, por el resto de los mortales, como verdaderos hechiceros: las PC encendían directamente en una interfaz de línea de comandos basada en código, es decir un lenguaje de programación llamado BASIC.

En la secundaria teníamos las máquinas cerca, pero su funcionamiento nos quedaba muy lejos. Teníamos que aprender un nuevo idioma.

Con el plan de convertibilidad de Cavallo, en los 90 llegaron masivamente las máquinas importadas con una revolucionaria interfaz gráfica: ventanas, íconos, menús y el mouse reemplazaron a los comandos escritos.

Ese hito fue revolucionario: pasamos de estar obligados a manejar el idioma de las máquinas a máquinas que hablaban el nuestro.

En las décadas siguientes, esa interfaz se volvió cada vez más sofisticada. La llegada de la World Wide Web, a comienzos de los años 90, convirtió la computadora en una puerta de entrada a un nuevo espacio de información y comunicación. El navegador pasó a ser una interfaz dentro de otra interfaz. Después llegaron los buscadores, el correo electrónico, los blogs, las redes sociales y las plataformas audiovisuales.

Por segunda vez, los adelantos tecnológicos cambiaron la relación entre las personas y las máquinas. Y cada etapa parecía amplificar las posibilidades de la anterior.

Pero en 2007 apareció un dispositivo que modificó definitivamente nuestra relación con la pantalla: el iPhone. El teléfono dejó de ser solamente un aparato para comunicarnos y se convirtió en una computadora que podíamos llevar en el bolsillo.

La pantalla táctil reemplazó al teclado y al mouse como principal forma de interacción. Las aplicaciones organizaron nuestra vida digital: una para hablar, otra para escuchar música, otra para mirar videos, otra para comprar, otra para orientarnos. El smartphone terminó convirtiéndose en la gran puerta de entrada a Internet.

Ahora la IA parece estar preparando el próximo cambio: el debate comenzó a instalarse alrededor de una pregunta que hasta hace poco hubiera parecido propia de la ciencia ficción: ¿y si el celular deja de ser necesario?

Elon Musk sostiene que los teléfonos tradicionales podrían desaparecer en unos cinco años. Su predicción no implica necesariamente que dejemos de llevar un dispositivo encima, sino que cambiaría radicalmente su función. En lugar de ser una pequeña computadora autónoma cargada de aplicaciones, podría convertirse en una interfaz conectada permanentemente con sistemas de inteligencia artificial.

La diferencia parece sutil, pero no lo es.

En el modelo actual nosotros buscamos. En el que propone Musk, la inteligencia artificial podría hacerlo por nosotros. Ya no sería necesario abrir una aplicación para escuchar una canción, buscar un bar, redactar un mensaje o consultar una información. Bastaría con pedirlo.

La interfaz dejaría entonces de estar organizada alrededor de las aplicaciones y pasaría a estar organizada alrededor de la conversación.

Esto permite recuperar una idea que el investigador Carlos Scolari planteó en "Las leyes de la interfaz" (2018). Para Scolari, una interfaz no es simplemente la pantalla, el teclado o el dispositivo que utilizamos. Es un espacio de interacción y mediación entre seres humanos, tecnologías y entornos. Y las interfaces, sostiene, evolucionan y coevolucionan con sus usuarios. Una de sus leyes resulta especialmente provocadora: las interfaces no se extinguen, se transforman.

La computadora no desapareció con Internet. Internet no desapareció con el smartphone. Las aplicaciones no desaparecerán necesariamente con la inteligencia artificial. Lo que cambia es la forma en que accedemos a ellas y, sobre todo, quién organiza esa relación.

La próxima interfaz podría ser la inteligencia artificial. Pero no necesariamente tendrá la forma de una pantalla.

Los anteojos inteligentes aparecen como una de las alternativas que buscan llevar la tecnología desde el bolsillo hasta nuestro propio campo de visión. Incorporan cámaras, micrófonos, sensores, audio y funciones de inteligencia artificial para interactuar con información digital sin necesidad de sacar el teléfono. El objetivo es que la tecnología deje de exigir nuestra atención sobre una pantalla específica y comience a integrarse con el espacio que habitamos.

La transformación no es menor, ya que durante décadas, la pantalla fue el lugar al que debíamos mirar para entrar en el mundo digital. Con los anteojos inteligentes, el mundo físico podría convertirse en la nueva superficie de interacción. La información aparecería sobre aquello que estamos viendo o sería recibida mediante audio. La inteligencia artificial podría interpretar lo que tenemos delante, responder preguntas, traducir un texto, reconocer un objeto o ayudarnos a orientarnos.

El dispositivo ya no sería solamente una herramienta que usamos. Podría convertirse en una especie de acompañante permanente durante la vigilia.

Y ahí aparecen algunas preguntas que exceden ampliamente lo tecnológico.

¿Qué ocurre cuando una cámara puede estar encendida durante buena parte del día? ¿Qué sucede con las personas que aparecen en nuestro campo visual sin haber decidido ser registradas? ¿Quién almacena esa información? ¿Quién la procesa? ¿Durante cuánto tiempo? ¿Qué puede aprender una inteligencia artificial sobre nosotros a partir de aquello que vemos, escuchamos y hacemos?

La historia de las interfaces muestra que cada avance tecnológico modifica también las relaciones sociales que se construyen alrededor de él.

Los grandes cambios tecnológicos siempre transformaron nuestra manera de comunicarnos: el teléfono acortó las distancias, la radio instaló la transmisión simultánea, la televisión llevó las imágenes a los hogares, Internet modificó la circulación de información y el smartphone convirtió la conexión permanente en algo cotidiano.

Ahora la inteligencia artificial propone un cambio diferente: no solo acceder a la información, sino delegar en un sistema su búsqueda, interpretación y elaboración.

Si los anteojos inteligentes terminan reemplazando al teléfono, estaría acompañándonos todo el día, interactuando con nuestros ojos y oídos.

No sé si en el futuro seguiremos dependiendo de la pantalla del celular, pero temo que sea un mundo en el que ya no sepamos exactamente dónde termina la pantalla y dónde comienza la realidad.

Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá

6/9/26

LOS NEGOCIOS DE LA IA


En mi época de estudiante, un profesor en una clase sobre medios de comunicación hizo una pregunta aparentemente inocente: ¿qué vende un diario? La respuesta fue casi unánime: noticias, información, primicias. Entonces preguntó qué venden la televisión y la radio. La respuesta volvió a ser la esperada.

El verdadero negocio de los medios, nos explicó, no es vender información sino vender su audiencia a los anunciantes. El precio de tapa de un diario es apenas una parte de sus ingresos; la radio y la televisión, en cambio, ni siquiera cobran directamente por el contenido que consumimos.

Como los medios tradicionales parecen ser un fenómeno del pasado, analicemos qué sucede con las redes sociales desde su inicio hasta nuestros días.

La primera red social tuvo una vida corta. Se llamaba SixDegrees, duró de 1997 a 2001 y permitía localizar a otros miembros y crear listas de amigos. Luego aparecieron Friendster, MySpace y LinkedIn, hasta llegar a los grandes jugadores: Facebook en 2004, YouTube en 2005 y Twitter en 2006.

En sus comienzos, estas plataformas dependían de fondos de inversión y capital de riesgo para solventar sus gastos y adaptarse a la creciente cantidad de usuarios que se sumaban a una segunda vida digital.

El objetivo era crecer rápido y acaparar mercado, aun sin tener demasiado claro cuál sería el negocio que generaría la facturación. A la hora de monetizar la enorme cantidad de usuarios captados, la publicidad terminó siendo la respuesta. Pero con una diferencia fundamental respecto de los medios tradicionales: las plataformas digitales no venden simplemente un espacio publicitario. Venden información sobre sus usuarios.

Ahí apareció la primera gran mutación del modelo: la hipersegmentación. Edad, lugar de residencia, nivel educativo, gustos, contactos, hábitos de consumo. Cuanto más conocen al usuario, más precisa puede ser la publicidad. Ya no se trata de ofrecer un aviso para mujeres de 20 años, sino de llegar, por ejemplo, a mujeres de 20 años que viven en Canning, estudian en colegios privados y juegan al hockey. Los algoritmos hacen el resto: analizan nuestros comportamientos, seleccionan los contenidos que pueden resultar más atractivos y buscan que permanezcamos el mayor tiempo posible frente a la pantalla. Más tiempo de consumo significa más oportunidades para mostrar publicidad.

Aquella hipersegmentación ya fue, en su momento, un salto cualitativo respecto de los medios tradicionales: por primera vez la publicidad podía dirigirse no a una audiencia masiva sino a un individuo específico, con sus gustos y comportamientos como materia prima. El modelo convirtió a las redes sociales en gigantes tecnológicos, pero también generó problemas que hoy llegan a los tribunales: desde los juicios por el impacto en la salud mental de niños y adolescentes hasta los escándalos por filtración de datos, las campañas de desinformación y manipulación electoral, el cyberbullying, las fake news y los deepfakes. En la actualidad, en Estados Unidos hay miles de demandas contra Meta, TikTok, YouTube y Snap por cuestiones vinculadas al diseño adictivo, la protección de menores y el uso de datos personales.

A esta cadena histórica hoy tenemos que sumarle un nuevo eslabón, y es ahí donde la comparación con las redes sociales deja de alcanzar. OpenAI, la empresa que gestiona ChatGPT, anunció que comenzará a mostrar anuncios publicitarios en la versión gratuita y en el plan básico de bajo costo, es decir, los segmentos más numerosos y activos.

Los anuncios aparecen identificados y separados de las respuestas, y la empresa sostiene que la publicidad no modifica ni influye en lo que responde el sistema. Al mismo tiempo, reconoce que puede utilizar el contexto de la conversación para seleccionar anuncios más relevantes.

ChatGPT ya supera los 900 millones de usuarios activos semanales a nivel global. Después de su estreno en EEUU, OpenAI extendió ChatGPT Ads primero a India y, desde el 24 de agosto, a 31 países europeos, incluyendo Alemania, España, Francia y Bélgica. Algunos usuarios en México y Brasil ya ven publicidades y se estima que esta modalidad llegará a la Argentina hacia finales de este año o principios de 2027.

Detrás de esta expansión también hay una necesidad concreta: sostener el negocio de la IA generativa exige inversiones multimillonarias en infraestructura y capacidad de procesamiento, y la publicidad aparece como una de las pocas vías capaces de financiar esa escala en los planes gratuitos.

Pero el verdadero interrogante no es solamente económico. La hipersegmentación de las redes sociales, por más invasiva que fuera, seguía operando sobre un terreno donde el usuario sabía distinguir el contenido de la publicidad: un aviso patrocinado, por más preciso que fuera su targeting, seguía apareciendo como aviso. En una conversación con una IA esa frontera se disuelve. Un anuncio podría adquirir la apariencia de una recomendación, una respuesta o incluso un consejo, formulado además con la misma voz de autoridad conversacional que usamos para pedirle una opinión médica, legal o afectiva.

Ese es el salto cualitativo: no se trata solo de saber más sobre el usuario, como ya lograban las redes sociales, sino de intervenir en el vínculo de confianza que se construye con una herramienta a la que cada vez más le pedimos que piense con nosotros (o por nosotros, en muchos casos). La hipersegmentación explotaba nuestros datos, este nuevo modelo podría explotar nuestra confianza en la respuesta misma.

En este punto, aparece la principal advertencia que dejan las redes sociales. Durante años dejamos que crecieran a una velocidad mucho mayor que nuestra capacidad para discutir sus consecuencias. Ahora son las empresas y los organismos reguladores los que intentan responder, muchas veces desde los tribunales, a problemas que podrían haberse previsto antes.

Sería deseable que esta vez empresas, usuarios y reguladores no esperemos a que los problemas lleguen a los tribunales para empezar a preguntarnos cuáles deberían ser sus límites.

Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá