2/11/25

IA QUE ME HICISTE MAL, PERO SIN EMBARGO TE QUIERO



Hace unas semanas participé en la ciudad de Bari, Italia, de un congreso sobre Inteligencia Artificial (IA). Más allá de las particularidades de la sede, un país desarrollado, asistieron muchos latinoamericanos, por lo que el contraste de experiencias fue positivo.

A esta altura de la historia, la mayoría de las personas ya hicieron algún uso de esta herramienta tecnológica. Pero sin dudas, el dato llamativo es que todos, o casi, todos ya oyeron algo o ya conocen el tema.

Esta omnipresencia de la IA seguro la podemos fundamentar en su potencial injerencia en el día a día de los seres humanos, comenzando en que opera en los smartphones y que casi el 80% de la población mundial mayor de 10 años tiene uno, según la Unión Internacional de Telecomunicaciones.

Pero también está presente en los sistemas de asistencia por voz y el funcionamiento de los algoritmos omnipresentes en el mundo digital. Algunas cosas como la automatización de fábricas, de hogares y de automóviles desde Argentina todavía nos quedan lejanas, pero su aplicación a la educación, la salud o en la explotación agropecuaria está a la orden del día.

Es tan grande el impacto de la IA a nivel global que son varios los autores que la colocan en la secuencia histórica de la revoluciones que fueron moldeando el mundo actual: la Revolución Industrial (máquina de vapor), la Revolución Eléctrica, la Revolución Digital (computadoras e internet) y, por último, la más reciente Revolución de la IA, que se solapa con la Digital y abarca los metadatos y la robótica.

Todos hablan de ella, pero no siempre nos referimos a lo mismo. Por eso, estimado lector, no me parece de más compartir una definición. Podríamos decir que la IA es un conjunto de tecnologías que permiten a las máquinas aprender, razonar y realizar tareas que normalmente requieren inteligencia humana, como reconocer imágenes, procesar lenguaje o tomar decisiones.

Uno de sus éxitos, a esta altura, es que ya tenemos naturalizado su uso… nos está asistiendo todo el tiempo y no somos muy conscientes de ello. Cuando manejamos y nos dice en qué calle doblar, al abrir Netflix y nos recomienda qué serie ver el fin de semana o al estar frente a una pantalla y nos sugiere la compra de un producto en función de búsquedas o compras anteriores.

En el siglo XIX, frente a la amenaza de las telares mecanizados, los ludistas expresaban su descontento con la Revolución Industrial destruyendo máquinas que veían como la causa del desempleo, la reducción de salarios y el deterioro de las condiciones laborales.

Hoy, también son muchas las voces que se levantan, en el mismo sentido, advirtiendo las consecuencias negativas del uso indiscriminado de la IA.

Argumentos como el desplazamiento del trabajo humano o la dependencia tecnológica que genera su uso en las aulas dejan de lado sus beneficios, por lo que el debate está abierto y se está dando en todo el mundo.

Como toda tecnología creada por el hombre, hay que entender que es una herramienta y que sus pro y sus contras depende de cómo se use. Y sin dudas, el debate actual debe incluir como la escuela incorpora el aprendizaje respecto al uso responsable de estos adelantos, y hablo en plural porque entiendo que es un fenómeno que excede a la IA. Los jóvenes, especialmente los más chicos, deben ser acompañados en el uso temprano de artefactos tecnológicos (las pantallas en general), las redes sociales y la IA.

Como refiere el filósofo alemán Byung-Chul Han, el peligro es terminar siendo esclavo de la tecnología que nos venía a liberar.

Si bien reconoce que la inteligencia artificial puede ser una herramienta útil en algunos campos especificos del conocimiento, afirma que “hay que ser muy cuidadosos para no caer en la esclavitud de las tecnologías y hoy nos enfrentamos a la inteligencia artificial, que nos va a embrujar, a esclavizar y va a controlar nuestras vidas”, sostuvo hace unos dias al recibir el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2025.

Si bien coincido con el fondo del planteo, no lo hago con el pesimismo del mismo. Creo que todavía estamos a tiempo de domar al dragón, de lograr que las nuevas generaciones utilicen las herramientas tecnológicas como una plataforma desde la cual leer el mundo con sentido crítico y no solo como un sedativo que nos permite mitigar la angustia existencial que esta nueva era genera.

¿De qué depende que opción prevalezca? De la educación, como en tantos otros momentos de la historia, todo depende de la educación.

Lamentablemente el panorama no es muy alentador. Hoy más que nunca, se ve al ecosistema educativo reaccionar muy lento frente a los cambios tecnológicos, un problema de sincronización que ni la IA parece poder resolver.

Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá

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