20/7/25

CUANDO LA TECNOLOGIA DESAFINA


El fin de semana pasado vi en vivo a Edelmiro Molinari en el Teatro Carlos Gardel de Valentín Alsina.

Pionero del rock argentino, tenía 22 años cuando en 1970 se editó “Almendra”, el primer disco de la banda que conformaba junto a Emilio del Guercio y Luis Alberto Spinetta.

Ese long play -el formato más importante de esa época- tuvo dos singles que pasaron desapercibidos. Pero todo cambió cuando una publicidad usó la canción “Muchacha (ojos de papel)”. El resto es historia conocida.

Durante la segunda mitad del siglo XX, la industria de la música se sostenía por la producción y comercialización de formatos físicos: vinilo, casete o CD. Los medios tradicionales cumplían un rol clave al difundir los cortes de difusión, funcionando como amplificadores de artistas y sellos discográficos.

Para los artistas más importantes, o aquellos que las compañías editoras querían transformar en importantes, se organizaban grandes campañas publicitarias y se invertía mucho dinero para que sus canciones se escucharan en la radio, la TV o en los cines.

Las grandes discográficas invertían millones para que sus artistas sonaran en la radio, la televisión e incluso en el cine. Se creía, y en parte era cierto, que la repetición lograba que termináramos comprando el disco. Esa canción que al principio nos parecía mediocre, tras semanas de bombardeo, se volvía un hit. Así, a la hora de comprarle un regalo a la tía Marta, salíamos de la disquería con lo nuevo de Palito Ortega.

La industria sacaba discos como un “producto”, ya que en la mayoría de los casos el factor artístico no era lo prioritario. En ese contexto, eran muy cotizados los productores que fabricaban éxitos, como el Club del Clan en la década de los 60. Hoy podríamos compararlos con cualquier boy band creada en laboratorio.

En los 90, la irrupción de Internet sacudió ese modelo. Con la digitalización de archivos musicales y el nacimiento de plataformas como Napster, millones de personas comenzaron a compartir sus colecciones de MP3.

El negocio discográfico tardó en reaccionar. Pero todo cambió otra vez en 2006, cuando en Suecia nació Spotify: una plataforma de streaming que prometía monetizar la música digital y pagar regalías a los artistas por cada reproducción.

Desde entonces, Spotify ha estado envuelta en múltiples polémicas: por lo poco que paga a los artistas, por la calidad del sonido, por haber sido rentable recién en 2024 e incluso por las inversiones de su fundador, Daniel Ek, en la industria bélica.

Y ahora, a esa lista se suma un nuevo capítulo: la inteligencia artificial.

La banda The Velvet Sundown es el nuevo fenómeno viral de Spotify. Cuatro discos en apenas un mes. Más de un millón de oyentes mensuales. N°1 en el ranking Viral 50 en varios países de Europa. Pero nadie sabe con certeza quién está detrás del proyecto.

La sospecha más inquietante: que Spotify sea la creadora de la banda, o al menos, quien esté detrás de su promoción masiva.

¿Por qué esto es un problema?

Porque, como toda IA, estas canciones surgen del análisis de obras previas. Así, se generan patrones compositivos y ejecuciones para tener el “éxito asegurado”. Y en este punto, regresamos al concepto de la música como “producto”. También surgen nuevos interrogantes: ¿es necesario un reconocimiento a los autores de las obras con las que se entrenó la IA?

La música sintética, diseñada para liderar las listas de reproducciones, no solo reemplaza artistas, sino que además los desplaza del reparto económico. El riesgo no es solo la falta de humanidad: es la desigualdad.

Y como si fuera poco, hay sospechas de que la popularidad de la banda fue impulsada con bots pagos, que la insertaron artificialmente en cientos de playlists, acelerando su descubrimiento.

Así como antes una compañía decidía qué temas se escuchaban en la radio, hoy una plataforma puede orientar nuestras escuchas a través de algoritmos y promoción paga.

Las plataformas se volvieron más poderosas que los medios tradicionales, por concentración (seis empresas dominan el 86% del mercado) y por su alcance global. Por último, por la capacidad de difundir música y podcasts a partir de sus algoritmos, a lo que se suma, ahora, la posibilidad de producirlos gracias a la IA.

Una industria que históricamente se basó en la sensibilidad artística de los humanos para producir música, ya cuenta con las herramientas para prescindir de ellos. Una herramienta que produce mucho, por lo que compite en desigualdad de condiciones con los que componen y ejecutan música a pulso.

Poco queda de esa promesa que la revolución tecnológica nos hacía: “acceder a toda la música del mundo”. Por cómo se fue configurando el negocio, solo conseguimos más concentración corporativa, más orientación del consumo y, cada vez más, producción de música sintética.

Una revolución que cada vez suena peor.


Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.

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