3/8/25

LA VIGENCIA DEL LIBRO: DONDE EL FUTURO TODAVIA VIVE


A través de la historia, el surgimiento de cada “nuevo medio” de comunicación despertaba rápidamente voces que anunciaban la desaparición del “viejo medio”.

Así, con la llegada del cine muchos predijeron la muerte del teatro; de la mano de la radio y la televisión el difunto sería el cine y también se anunció la extinción del libro cuando internet se hizo presente.

Marshall McLuhan, el teórico canadiense autor de la famosa frase “el medio es el mensaje”, nos dice que en realidad el contenido de un nuevo medio se origina en un medio anterior. Desde esa perspectiva, nos corremos de la dualidad vida/muerte y podemos analizar el proceso desde el concepto de “evolución”.

Entonces, podemos pensar al cine como la evolución del teatro, a la televisión como la evolución del cine y a la web como la evolución de la televisión. Y al pensar en evolución abandonamos la idea de cambio radical y nos acercamos al concepto de “continuidad”.

Si coincidimos en que el contenido de los distintos medios tiene continuidad, ¿cuál es el aporte del desarrollo tecnológico? Lo que cambia de la mano de la tecnología es la interfaz.

Vamos a definir  la interfaz como el punto de interacción entre dos sistemas, o entre un sistema y un usuario, que permite el intercambio de información.

A partir de esta definición,seguramente lo primero que se nos viene a la mente es el menú de nuestro teléfono móvil donde aparecen todos los íconos de las aplicaciones que tenemos descargadas. Y esa asociación es correcta.

Estamos rodeados de interfaces: el teléfono celular, la computadora, la tableta, la pantalla del auto, el televisor, las máquinas expendedoras y un largo etcétera.

Hay un especial interés en la industria tecnológica por hacer invisibles las interfaces y de ese modo limitar la comprensión de su funcionamiento y la posibilidad de modificar los mecanismos internos de las apps.

Pero sería un error relacionar exclusivamente el concepto de interfaz a los dispositivos electrónicos.

Un libro también es una interfaz que nos permite acceder a información, ideas y a historias fantásticas, ya sean reales o de ficción. 

Las interfaces basadas en pantallas táctiles están tan naturalizadas en nuestra vida cotidiana que solo nos llaman la atención cuando funcionan mal.

Pero el libro es tan noble que nunca funciona mal. Puede estar mal impreso, le pueden faltar páginas, pero a pesar de estos accidentes siempre está a nuestra disposición. Cómo dice el "Tano" Favalli en el Eternauta: “lo viejo funciona, Juan”.

Un libro no necesita actualizar el software, no sufre por los cortes eléctricos ni las caídas de tensión ya que no tiene que cargar baterías. Son más económicos que los dispositivos electrónicos y más seguros para transportar información a muy bajo costo… no hay memoria o disco rígido que se cuelgue o se rompa.

Antes del libro impreso, durante miles de años el hombre guardó registros escritos en tablas de arcilla, papiros enrollados o códices de piel o pergamino. Pero una innovación lo cambió todo.  

¿Qué es innovar? Carlos Scolari, un especialista en el tema, nos dice que innovar es crear nuevas interfaces, es juntar elementos, no solo tecnológicos… Menciona experiencias de uso, sujetos, historias, tácticas y  estrategias de producción. Juntar cosas que antes estaban dispersas y crear una nueva interfaz.

Volvamos al teléfono. Steve Jobs es reconocido como un innovador porque se le ocurrió meter dentro de un iPhone muchos elementos que hasta ese momento estaban separados, desde un reproductor de música hasta una brújula, pasando por una linterna o un despertador.

Gutenberg hizo algo parecido hace poco más de 500 años. Como orfebre, partió de su habilidad para modelar el metal de los tipos móviles que usaría, adaptó el sistema de prensa utilizado para producir vino y usó el papel como soporte para la impresión. 

Después de 5 siglos del reinado del libro como el dispositivo más importante  para la transmisión cultural,  el surgimiento de la web impactó radicalmente en los modos de producir y hacer circular el conocimiento. Como el meteorito que acabó con los dinosaurios en la era jurásica, internet parecía condenar al objeto-libro a la extinción.

Desde los laboratorios de diseño TEC le encontraron el reemplazo acorde a estos tiempos posmodernos: una tableta que simula ser un libro, que inclusive remeda el efecto de nuestro dedo pasando la página para continuar la lectura. 

Pero, heroico, el libro resiste. Como el vinilo, resurge del abandono ingrato de los usuarios y coleccionistas que se subieron a la moda digital. Los fanáticos  reivindican el plano sensorial: la yema de los dedos recorriendo las páginas o el olor de la tinta sobre ese blanco imperfecto del papel. Pura  reivindicación de la materialidad.

Por eso, amigo lector, le voy a pedir que al terminar de leer el diario busque un libro cualquiera. Otórguese el permiso de perderse en algunas de sus páginas… estoy convencido de que ahí todavía vive el futuro.

Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.

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