4/2/09

EL COMUNICADOR POPULAR (2º PARTE)

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Contratapa de la segunda edición (agosto de 1987)


Los Signos Compartidos

El joven profesor y periodista estaba entusiasmado: la central obrera le había pedido que diera un curso de Historia Política a los dirigentes sindicales de la organización. Preparó su clase introductoria con gran dedicación. Explicaría en ella, en la forma más clara y sencilla posible, la incidencia del imperialismo como factor clave para comprender la historia política del país.
Durante la clase, todo pareció ir bien. En la sala reinaba un profundo silencio; mirando a su nutrido auditorio, el disertante veía rostros atentos, pendientes de su palabra. Al terminar, invitó a hacer preguntas y a pedirle aclaraciones sobre cualquier duda que pudiera haber quedado. Total silencio: nadie preguntó nada. "Prueba de que he logrado ser claro -se dijo satisfecho-: todos me han seguido y comprendido". Dio, pues, por concluida la clase y se despidió hasta la siguiente.
Ya en los corrillos, en un ambiente de mayor confianza, un grupo menos cohibido que el resto se animó a acercársele y preguntarle:
- Por favor, compañero, ¿qué es "imperialismo"?
Consternado, el joven profesor comenzó a sospechar que, si al final de la clase nadie había preguntado nada, era porque no habían entendido ni siquiera lo suficiente como para poder precisar preguntas concretas...
Todos tenemos experiencias semejantes. Escribimos un artículo que nos parece diáfanamente claro. Para comprobar luego con sorpresa que la gente no nos ha entendido.
— Mira, chico no nos hables en "raro" (o en "difícil") ...
— Oye, hermano, todo esto para mí es "chino" ...
¿Qué pasó? Hemos hablado en castellano, en el mismo idioma de nuestros lectores u oyentes.
Y no nos entendieron. Algo falló.
Aquí tenemos que plantearnos el problema de los CÓDIGOS en la comunicación. Así como en el capítulo anterior nos referimos a los lenguajes, ahora debemos incorporar una característica básica de todo lenguaje: su código. Los lenguajes significan, expresan significados, porque cada uno tiene su código y se ajusta a él.
No nos atemoricemos. Veremos que captar las nociones de código y decodificación no es nada difícil. Sobre todo porque tenemos experiencia de ella. Los códigos, igual que los signos y los lenguajes, nos rodean; forman parte de nuestra vida diaria. Constantemente los seres humanos estamos codificando y decodifícando mensajes.
¿QUE ES UN CÓDIGO?
Imaginémonos en la cabina de una oficina telegráfica. El aparato receptor está funcionando y recibiendo señales: unos impulsos largos, otros cortos... El telegrafista los capta y los convierte en letras; y a su vez esas letras van agrupándose y formando palabras. Pero a nosotros, que no sabemos el código Morse, esas señales telegráficas no nos dicen nada; tan solo oímos una monótona y arrítmica sucesión de sonidos intermitentes
Sin embargo, ahí hay un mensaje. Si pudiéramos descifrarlos, decodificarlos, acaso esos sonidos, esos puntos y rayas, estarían transmitiéndonos una noticia muy importante para nosotros. Pero no podemos percibirla porque no sabemos el código.
La taquigrafía tiene también su código. Si no lo conocemos, los signos taquigráficos nos parecerán caprichosos garabatos sin ninguna significación.
Nos encontramos ante un grupo de extranjeros cuyo idioma no entendemos. Las palabras que intercambian y que para ellos resultan tan claras, son para nosotros tan sólo sonidos ininteligibles, carentes de todo significado. Uno de ellos ha dicho algo; todos lo celebran con ruidosa carcajadas. ¿Qué será lo gracioso? ¿De qué se estarán riendo: acaso de nosotros? No lo sabemos porque no poseemos ese código. Un idioma es tambien un código.
Desde la más remota antigüedad la humanidad construyó códigos para comunicarse.
Recordemos el tam-tam africano... los jeroglíficos egipcios.. las señales de humo de los pieles rojas... los "quipus" (escritura con nudos) de los incas.
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Y podríamos continuar largamente la lista.
* El código vial, de las señales de tránsito.
El lenguaje de los semáforos, aunque sólo se componga de tres simples signos cromáticos, constituye un código. Imaginemos a un campesino recién llegado por primera vez a la ciudad: esas cambiantes luces de colores no le dirán nada.
* La notación musical, la partitura, corresponde asimismo a un código gráficosonoro.
El ejecutante, que sabe música, la lee y convierte esos sig nos en sonidos, en tonos, en una melodía. Para quien no domine el código musical, en cambio, esas grafías carecen de significado?
* Existe un lenguaje político, un lenguaje diplomático, un lenguaje jurídico. Cada uno con su propio código especializado, con su propio repertorio de significaciones, que no coinciden con el habla corriente.
* Hay un código religioso. Pensemos en los gestos y actitudes del celebrante durante el ritual: en tanto un adepto los verá plenos de significación, el profano los hallará carente de sentido.
Cuando, después de ser oficiada durante siglos en latín, se implantó la misa en lengua vernácula, se cuenta que una abuela muy tradicionalista seguía yendo a la iglesia con su misal y cuando el sacerdote decía a los fieles "El Señor esté con ustedes", ella le "traducía" a su nieta: "Ahora está diciendo Dominum vobiscum". Ese seguía siendo para ella el código legitimo, el válido...
* En cada país y en cada región, según la forma de bajar o alzar la voz, según la manera de acentuar o enfatizar una palabra dentro de la oración, se da a un mismo vocablo significados e intenciones muy distintas, de acuerdo a un código sutil que los oriundos de esa comarca manejan y entienden.
* Los gestos y ademanes denotan mensajes muy diferentes en cada país y región. Constituyen un refinado código que los nativos "hablan", captan y entienden a la perfección, pero que a veces para los que son de otras latitudes no significan nada. O significan lo contrario.

Toda comunicación, pues, se realiza por medio de signos que forman parte de un código. Un código es un sistema de signos y reglas que utilizamos para transmitir mensajes; un conjunto organizado de signos.
La transmisión y recepción de todo mensaje implica:
a) Una codificación: ponemos nuestra idea en palabras o en otro tipo de signos; "ciframos" nuestro mensaje, lo transformamos en signos transmitibles.
Si se trata de una comunicación verbal, seleccionamos del conjunto de signos de que disponemos (el idioma castellano) una serie de signos (palabras) que expresen nuestra idea y los agrupamos y ordenamos de acuerdo a una determinada estructura convencional establecida (la sintaxis: sujeto, verbo, predicado). Por ejemplo, deseamos plantear el problema de la población mundial y lo codificamos: "El mundo se halla enfrentado actualmente al problema de un incremento demográfico acelerado". O bien, escogemos otras señales: "La población mundial está aumentando muy rápidamente".
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b) Una decodificación: el destinatario percibe—oye, ve o lee - estos signos, los entiende e interpreta, les da su sentido y registra la información; capta la idea que le hemos querido transmitir. Esto es, descifra, decodifica el mensaje.
Transmitir el texto de un telegrama en signos del alfabeto Morse es codificarlo; decifrarlo, volver a ponerlo en letras del alfabeto corriente, es decodificarlo.
Analógicamente, poner una música en notas, escribir la partitura, es codificar; leer las notas y tocarlas en el piano o en la guitarra, reconvertirlas en sonidos, es hacer su decodificación. (Ver figura ).

LA NECESIDAD DE UN CÓDIGO COMÚN

¿Por qué es tan importante hablar de los códigos? ¿Qué ganamos con tomar conciencia de su existencia?
Porque ello nos remite a una cuestión central de la comunicación. Como hemos venido viendo a través de numerosos ejemplos, para que el destinatario pueda decodificar la información y recibir el mensaje, necesita conocer el código utilizado, comprenderlo, dominarlo. Para que se logre la comunicación, el emisor debe emplear el mismo código que usa el destinatario; un código que a éste le resulte inteligible y claro.
En caso contrario, oirá, verá o leerá los signos, pero, como ellos le serán extraños, no conseguirá decifrarlos, interpretar su sentido; no podrá decodificarlos.
Gran parte de los fracasos en la comunicación viene del hecho frecuente de que pretendamos comunicamos con los demás usando un código diferente al suyo; un código que ellos no dominan.
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NO HAY COMUNICACIÓN POSIBLE SIN UN CÓDIGO COMÚN, SIN IDENTIDAD DE CÓDIGOS.
Para comunicarnos eficazmente, necesitamos conocer el código de nuestros destinatarios y transmitir nuestro mensaje en ese código.

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EL CÓDIGO DE LOS SIGNOS

Hay un primer nivel elemental de codificación: el de los signos que empleamos.
Podríamos llamarlo "código perceptivo", ya que corresponde a los signos que el destinatario percibe en el primer contacto inmediato con el mensaje (o, si queremos emplear un término más técnico, "código : semántico": referido a los signos y a su significado). En el caso del idioma, este código corresponde a las palabras, al vocabulario que empleamos.
Las palabras de un idioma son signos convencionales sobre los que la sociedad se ha puesto de acuerdo para asignarles un determinado significado. Por ejemplo, si utilizamos una determinada herramienta para clavar con ella, necesitamos identificarla; para eso disponemos de un signo verbal que viene a representarla: la palabra martillo.
Cuando queremos significar tal objeto, recurrimos a ese signo que, por haberlo acordado así, 'lo designa.
El objeto llamado "martillo" es una parte de la realidad; la palabra martillo es un signo representativo de esa realidad. Cuando el destinatario percibe el signo y lo asocia con el objeto a que éste alude, la palabra adquiere un significado para él, "quiere decir" algo.
Los signos, pues, no tienen significado por sí mismos. Somos los hombres, en cuanto seres sociales, los que les adjudicamos significados. Cuando el destinatario no tiene experiencia sobre algún signo mediante el cual su interlocutor intenta comunicarse con él, tampoco tiene un significado para ese signo. Simplemente, no lo entiende, no le puede asignar sentido.
Los misioneros católicos en Madagascar refieren que, cuando comenzaron a celebrar la misa para los nativos conversos, se encontraron con una inesperada dificultad. Las invocaciones a Cristo como "Cordero de Dios", tan expresivas en la simbología bíblica, no significaban absolutamente nada para los malgaches, porque en su isla no hay corderos y jamás habían visto uno en su vida. Cordero era para ellos un sonido, pero como no tenían "la experiencia cordero" no podían atribuirle ningún significado. No era posible, pues, decodificar el mensaje.
El código lingüístico o verbal que cada uno de nosotros maneja representa el conjunto de experiencias que de uno u otro modo hemos conocido y cuyo nombre hemos aprendido. Decodificamos y entendemos un mensaje si podemos asociar sus signos —las palabras— a esas experiencias; en caso contrario, ellas no "querrán decir" nada para nosotros; no suscitaran ningún significado. Y, por lo tanto, no habrá comunicación.
Cuando decimos "martillo", "silla", "mesa" o "libro", estas palabras; serán con seguridad captadas por todos cuantos hablan el castellano; todos tenemos experiencia de esos objetos y de su uso y la asociamos a esas, palabras. No es tan probable, en cambio, que expresiones tales como "explosión demográfica", "geopolítica", "producto nacional bruto", "económía de mercado", "neoliberalismo".,"transnacionales", "economía mono productora", "balanza de pagos", "términos de intercambio", "equilibrio ecológico", aunque también pertenezcan al idioma que nos es común; evoquen en la mayoría de nuestros interlocutores de los sectores populares alguna experiencia conocida; y que frases que contengan expresiónes como éstas puedan ser decodificadas,a menos que facilitemos su comprensión mediante datos y ejemplos que conecten estos vocablos con
el mundo experiencial de los destinatarios.
Otro tanto cabe decir de la terminología política que encontramos con frecuencia en muchos textos supuestamente destinados a sectores populares. Términos como "plusvalía", "neocolonialismo", "sistema", "relaciones de producción", "dialéctica", "estructuras", "concentración de la propiedad de los medios de producción", "economía de mercado", "plutocracia", "oligopolio", "filosofía monetarista", corresponden a un código técnico, especializado, que no es el de los destinatarios, con lo cual , se dificulta o, peor aún, directamente se bloquea la comunicación.
En una reciente investigación, por demás interesante y valiosa, realizada en República Dominicana, se pudo comprobar la pronunciada diferencia que existe entre la lengua popular y la "normalizada" o mal llamada "culta" respecto al conocimiento y empleo de verbos, sustantivos abstractos y concretos, adjetivos y adverbios. La comparación en base a muestras orales, se estableció entre campesinos semiproletarios, obreros urbanos, y profesionales de extracción burguesa o pequeño burguesa.
El gráfico de la página 153 ilustra las proporciones que arrojaron las transcripciones de las respectivas muestras. La desproporción se acentúa aún más en la comparación con textos escritos tomados de libros, revistas y periódicos (última gráfica).
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Y hay que añadir aún la diferencia en el número de palabras empleadas: los profesionales usaron en promedio 467 términos distintos; los obreros, 422; los campesinos, 302. (Ver Jiménez y Navarro, obra cit. en nota 4).
Pero, como podrá apreciarse en la gráfica, no se trata sólo de la cantidad de palabras conocidas y desconocidas. Se trata de dos pensamientos, de dos universos vocabulares.
El habla popular se centra en lo concreto: en sustantivos concretos, en verbos (acciones). En cambio, no ha desarrollado y le cuesta la abstracción.
Estas comprobaciones tan contrastantes deben alertarnos a los comunicadores. ¿Qué pretendemos al comunicar? ¿Lucimos, exhibir la variedad de nuestro vocabulario, la riqueza de nuestro código? ¿O comunicar realmente: esto es, ser entendidos?
La cuestión de la codificación debe convertírsenos en una preocupación prioritaria.
Hemos de revisar permanentemente nuestros textos, nuestros mensajes, y preguntamos: ¿Esta palabra será suficientemente clara y familiar para nuestra comunidad; será comprensible? ¿Esta idea no se podrá codificar en términos más sencillos y accesibles?
Retomando un ejemplo ya mencionado, ¿es imprescindible decir "incremento demográfico" cuando "aumento de la población" quiere decir lo mismo y es fácilmente comprendido por muchos más oyentes o lectores?
Fue nada menos que un enorme poeta, el español Antonio Machado, quien, en su "Juan de Mairena" imaginó este diálogo que los comunicadores debiéramos tener siempre presente:


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(Mairena en su clase de Retórica y Poética)
- Señor Pérez, salga usted a la pizarra y escriba: "Los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa".
El alumno escribe lo que se le dicta.
- Vaya usted poniendo eso en lenguaje poético.
El alumno, después de meditar, escribe: "Lo que pasa en la calle".
Mairena:

-No está mal.
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La necesidad de un código común para comunicamos no sólo concierne al lenguaje verbal. También en el caso de los códigos visuales cada grupo social, cada estrato cultural, tiene los suyos propios que necesitamos conocer.
Por ejemplo, puede afirmarse que hoy, en la cultura urbana, el de la caricatura constituye un código universalizado. Los personajes dibujados con cabezas enormes y cuerpos pequeños y con rasgos humorísticamente deformados, nos son familiares. Pero probablemente no sucede lo mismoentre campesinos. Se ha intentado utilizar la tan difundida y popular historieta para transmitir mensajes en sectores rurales. Y, en varios países de América Latina, al investigarse la comprensión y eficacia de las mismas, se descubrió con sorpresa que los campesinos rechazan este tipo de dibujo, tan corriente y aceptado en las ciudades. Aunque en la acción de las historietas los campesinos eran presentados en forma "positiva" y tratados con toda simpatía y respeto, verse representados en trazos caricaturizados, les resultaba ofensivo, agresivo. "Nosotros no somos así, no tenemos esos cuerpos y rostros grotescos -decían-; nos han querido poner en ridículo". Fue necesario emplear otro estilo de dibujo más realista, sin trazos de
caricatura: cambiar el código. Entonces sí las historietas fueron bien recibidas.

Vea compadre: los campesinos no somos así!

También el código del lenguaje cinematográfico puede parecemos hoy universal: hasta los niños pequeños —sobre todo desde que existe la televisión— están familiarizados con efectos tales como los primeros pla nos y los travellings. No obstante, para alquien que nunca haya estado en contacto con el cine, esos efectos le resultarán incomprensibles y perturbadores. Prueba de ello es lo que sucedió cuando comenzaron a ser utilizados.
Las primeras veces en que se intentó introducir en películas los primeros planos, éstos causaron angustia en los espectadores: "esas caras enormes , gigantescas, monstruosamente ampliadas..." Si los actores ... no aparecían de cuerpo entero, el público sentía desasosiego: "¿esos actores no tienen piernas? ¿Flotan en el aire?
Asimismo, en 1915, la primera vez que el director norteamericano Alian Dwan ensayó un travelling (movimiento de cámara) para seguir el desplazamiento de un actor caminando por la calle, el público se mareó; "Algunos espectadores se agarraban a sus butacas porque sentían que sé estaban moviendo"? Cosas semejantes han vuelto a suceder muchas veces, aun en nuestros días, cuando se ha querido utilizar el cine como recurso educativo con poblaciones no acostumbradas a ese medio y que no conocían el código del lenguaje cinematográfico: les resultaba imposible seguir el relato y decodificarlo.
Si realmente buscamos comunicamos, nunca será demasiada nuestra preocupación por conocer los códigos de aquellos con quienes tratamos de hacerlo; por investigar y profundizar en esos códigos.

FACILITEMOS LA COMUNICACIÓN

No se trata sólo de que nos logren entender o no. Se trata también del esfuerzo que exigimos al destinatario.
En todos los seres humanos -incluyéndonos— hay una tendencia natural a economizar fuerzas. Si algo nos demanda un esfuerzo excesivo, tendemos a renunciar a ello. Es la ley de la economía de energías o " del menor esfuerzo". (Cfr. Román Gubern. "Mensajes Iconicoa en la Cultura de Masas". Editorial Luman. Barcalona.1974.)
Los representantes de la vieja teoría de la comunicación sostienen que esta ley rige también en el proceso comunicativo. Y tienen sus razones. Cuando un mensaje es denso, está lleno de términos abstractos que nos son desconocidos o poco familiares y de frases intrincadas difíciles de seguir, lo más corriente es que tendamos a no atenderlo: nos requiere demasiado esfuerzo. Uno de estos investigadores llega a sentenciar que "el éxito o eficacia de una comunicación está en proporción inversa al esfuerzo que demanda": a menor esfuerzo mayor éxito y viceversa.
Hemos de ver luego (en el capítulo 5) que este enfoque no se debe absolutizar; requiere ser matizado y en cierto modo revisado. Pero a este nivel en el que nos estamos ubicando, a nivel del código perceptivo, creo que los autores de la vieja escuela están en lo cierto. En lo que concierne a los signos que empleamos, los comunicadores debemos tener presente esta "ley del menor esfuerzo" y facilitar en todo lo posible la rápida y sencilla comprensión de nuestros mensajes utilizando el código que tenemos en común con nuestros destinatarios; seleccionando signos familiares y accesibles.

ADOPTAR, NO SOLO ADAPTAR

Cuando plantea esta cuestión de los códigos perceptivos o lingüísticos, la escuela tradicional suele limitarse a insistir en la necesidad de prescindir de los términos poco usuales del lenguaje "culto". Esto, como ya se ha dicho, es cierto; pero es sólo parte de la cuestión. Es preciso modificar o, mejor aún, ampliar esta concepción. No se trata solo de suprimir y reemplazar palabras extrañas, sino también de abrirse al código popular.
La cultura dominante tiene su código; pero el pueblo ha creado y plasmado también el suyo propio.
Así pues, si una buena codificación implica evitar vocablos y expresiones ajenas al habla popular cotidiana, significa también incorporar muchos otros que el lenguaje "culto" desdeña e ignora. Nuestra nueva comunicación tiene que penetrar en el habla del pueblo, conocer en toda su riqueza y adoptar ese lenguaje tan lleno de sabor, de expresiones gráficas, de metáforas coloridas, de sabiduría, de hondura; tan cargado de experiencia y de vida. A veces, un refrán, un breve dicho popular, expresa más que un largo párrafo en estilo "culto".
Hace poco, un grupo popular estaba preparando un afiche destinado a formar parte de una campaña educativa para alertar a las madres sobre la importancia de amamantar a sus hijos y no dejarse llevar por la propaganda de los alimentos artificiales. Una de las integrantes del grupo, que es enfermera profesional y trabaja en una maternidad, influenciada por los textos en los que había estudiado y por el lenguaje que oía manejar a los médicos, propuso como título del afiche algo así como:


LA LACTANCIA NATURAL ES INSUSTITUIBLE
y más higiénica.


Lógicamente, semejante título no fue aceptado por el grupo. Su misma autora propuso entonces otro más sencillo:

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LA LECHE DE LA MADRE ES MEJOR QUE CUALQUIER ALIMENTO ENLATADO

El grupo encontró este texto mejor: se le había hecho una adaptación; se lo había simplificado. Hasta que otra integrante del grupo -madre y abuela ella misma— lo formuló de otra manera:

DALE LA TETA
Es más sano.

Este título, que se atrevía a romper con las convenciones del código."culto" y a hablar en el Código oral popular, fue inmediatamente el aprobado por el grupo. No sólo era más breve y más claro: tenía mucho más ¿vigor y expresividad, mucho más sabor popular.
La cuestión de los códigos verbales no se agota, pues, diciendo que hay que adaptar el código al destinatario; implica saber adoptar el código de nuestras comunidades populares.

TEMAS PAR A LA DISCUSIÓN: LA NECESIDAD DE INTRODUCIR TÉRMINOS NUEVOS

"Facilitar" así la comunicación, ¿no es dejar al pueblo en el mismo estado de ignorancia en que se encuentra? No debemos "descender" a un lenguaje vulgar; se trata, por el contrario, de que el pueblo eleve su nivel cultural. Es necesario que él vaya asimilando con el uso una nueva terminología, nuevos códigos. Ello le irá permitiendo acceder a todo un arsenal ideológico de incuestionable potencial.
Jiménez Sabater (obra citada, ver nota 4), discute este argumento y sostiene que éste "peca de una gran ingenuidad. En efecto, presume que exponer a un grupo humano a un contacto ocasional e indiscriminado con discursos o textos elaborados en un código de corte intelectual y abstrato, ajeno al uso cotidiano de dicho grupo, basta para que se asimile tal lenguaje.
"Se pasa por alto que existen características, tanto léxicas como sintácticas, que distancian radicalmente lo que llamaríamos la lengua popular —de naturaleza oral— y la lengua mal llamada "culta", de tradición escrita (....) Lo que a estas personas les exigió años y años de asidua sistematización académica para poder manejarlo cabalmente, pretenden que el pueblo lo adquiera como por arte de magia en un abrir y cerrar de ojos (...)
"Este enfoque ingenuo se halla muy generalizado en los niveles directivos, altos e intermedios, de muchas organizaciones no sólo políticas sino también sindicales y hasta campesinas. Es de lamentar que las energías desplegadas por tantos de estos luchadores —a menudo personas de ideas brillantes— se queden a medio camino por falta de una comunicación lingüística adecuada con sus grupos destinatarios".
Pero hay palabras que son insustituibles, irremplazables. Las palabras son instrumentos del ensamiento: cuando el pueblo incorpora uno de estos términos abstractos, su capacidad de análisis de la realidad se ensancha y crece.
Algunas veces quizá sea, en efecto, bueno tratar de incorporar términos ajenos al léxico corriente. Pero pondríamos al menos dos condiciones para introducirlos:
1.- Que ello se justifique plenamente; que estos términos sean realmente útiles e imprescindibles; que su introducción constituya un real aporte a la formación popular. Que hagamos esta opción conscientemente, después de haberla analizado bien y convencidos de su necesidad; y no ligeramente, por hacer gala de nuestra "cultura", o simplemente, por no advertir la dificultad que podemos estar creando en la comunicación.
2.- Que, al introducir el término, seamos pedagógicos. Que no nos limitemos a emplearlo, sino que lo expliquemos, que lo "traduzcamos" en palabras más sencillas y demos ejemplos que lo hagan comprensible y claro.

DEL SIGNO AISLADO AL MENSAJE GLOBAL

Pero el problema de una buena codificación no se reduce al vocabulario, a los signos que empleamos. Existen otros códigos, otros niveles de significación.
Más de una vez, vemos una película y decimos que "no la entendimos". Sin embargo, entendimos cada una de las escenas: podríamos describirlas y narrarlas aisladamente; pero no comprendimos "qué quiso decir finalmente la película": su intención, su sentido, su razón de ser, la relación entre unas escenas y otras. O leemos una novela y entendemos todas y cada una de las palabras; pero el propósito del autor al escribirla, el sentido, el significado total de la obra, se nos escapan, nos resultan oscuros. No hemos podido decodificarla en cuanto mensaje.
No basta, pues, con percibir y entender las palabras o los signos que componen un mensaje para decodificarlo. Esos signos no están aislados: adquieren significación en el conjunto, en la relación de unos con otros. Para captar el contenido y el sentido de un mensaje y llegar a su comprensión global, el destinatario necesita ASOCIAR los signos, establecer las relaciones entre ellos, "completar los espacios en blanco", hacer su síntesis. A este segundo nivel de significación se le podría llamar, pues, CÓDIGO ASOCIATIVO. O también "interpretativo" o "significativo".
El código del relato cinematográfico, por ejemplo, nos exige hacer permanentemente asociaciones. Se nos muestran sólo fragmentos, pasajes, escenas significativas de una historia. Lo que enlaza una escena con la otra, lo debe imaginar, inferir el espectador.
En el cine de los primeros tiempos, se intercalaban permanentemente leyendas explicativas que conectaban las escenas: "Al día siguiente"... "Horas más tarde en casa de la novia"... Ahora, el código de la narración cinematográfica es tan conocido por el público -incluso por los niños— que esas aclaraciones ya no son necesarias y se omiten.
= Vemos a un personaje pensativo, en la cama, le vemos apagar la luz de su velador; inmediatamente aparece en la calle a la luz del día, caminando con paso rápido y resuelto. Y ya sabemos que ha transcurrido la noche, que ahora es el día siguiente y que el personaje ha tomado una decisión importante y se encamina a ponerla en práctica.
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En la famosa película de Eisenstein"EI Acorazado Potemkin" se ve simple- mente un primer plano de las gafas del oficial médico colgando y oscilando de una cuerda del barco. Aunque el filme no muestra la imagen del abyecto oficial cayendo al mar, sus gafas —que el espectador reconoce y asocia al personaje— son un expresivo signo de cuál ha sido su destino. Con sólo ver esas gafas pendiendo, el público ya asocia y decodifica: el médico ha sido ahogado (ver Gubern. ob. cit.. en nota 5).
= Vemos a una joven pareja bailando; muchas escenas más tarde reaparece la misma pareja en un parque con un cochecito de bebé. Por asociación inferimos que, en el tiempo transcurrido, aquella parejita del comienzo se ha casado y ahora ya tiene un hijo.
= Muchas veces en una película se altera el orden del tiempo, se mezclan el presente y el pasado; el filme retrocede y evoca un hecho sucedido tiempo atrás. Por asociación, el espectador va ubicando esos hechos y recomponiendo la historia.

Todo muy claro, ¿verdad? Pero pensemos en alguien que nunca haya ido antes al cine y que no domine esos códigos asociativos. La película se le hará imcomprensible, indescifrable. Verá cada escena, pero, al no poder asociarlas, la trama se le escapará. Podrá hacer la decodificación perceptiva, mas no la asociativa.
El código narrativo de la fotonovela puede parecemos sumamente simple. No obstante, se hizo hace un tiempo en un país centroamericano una fotonovela de educación popular para campesinos; y cuando sus realizadores investigaron la eficacia y comprensión de la misma, se llevaron una decepción. Los campesinos describían con lujo de detalles cada fotograma: el mobiliario, las vestimentas de los personajes, sus actitudes y posiciones. Pero no habían captado el conjunto de la historia, lo que pasaba allí, lo que se había querido contar y expresar.
Como el género "fotonovela" y su código narrativo les era desconosido y extraño, la habían visto como quien mira un álbum de fotografias. Habían observado atentamente cada uno de los cuadros registrando incluso los detalles más mínimos; pero no habían asociado cada fotograma con el anterior y con el siguiente para así recomponer la trama en su totalidad.
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Percibimos los signos: carabelas, un casco de conquistador espadas,un arcabuz... una cruz de misionero; una batalla de las guerras de de independencia: carga de caballería, banderas desplegadas; un edificio que parece un palacio de gobierno o un Congreso;un libro de leyes encuadernado. Un texto: La Historia que nos contaron.
Pero el mensaje sólo será captado si el destinatario asocia todos esos signos aislados y los conecta con el texto. Entonces sí decodificará el mensaje: el cuestionamiento crítico a la Historia oficial, parcial y deformada que se enseña en la escuela, historia predominantemente colonialista (vista desde el conquistador), militar e interpretada desde el aparato de las clases dominantes. En caso contrario, verá simplemente diversos objetos, escenas, símbolos, pero no interpretará el mensaje.
Observemos el afiche reproducido en la página 160. A nivel perceptivo, vemos tres signos o elementos: a) una madre amamantando a su hijo; b) un envase de lata tachado con una cruz; c) un texto. La comprensión del mensaje -sencilla en este caso- se da cuando,, después de haber percibido y reconocido cada uno de estos signos, los asociamos y relacionamos.
Ello ha sido posible porque estos signos son coherentes, están correlacionados, y eso permite al destinatario asociarlos. Si en cambio se hubiese puesto por ilustraciones, por ejemplo: a) un niño de cinco años raquítico y b) un biberón sucio, aunque esos signos sean fácilmente reconocibles y guardan también relación con la cuestión que se quiere plantear, el destinatario difícilmente hubiese podido asociarlos entre sí y conectarlos con el texto "Dale la teta". La relación es demasiado indirecta, confusa, oscura. Habría habido una correcta codificación perceptiva pero una mala codificación asociativa.

DECODIFICAR ES ASOCIAR LOS SIGNOS

Los comunicadores necesitamos ser muy conscientes de la existencia de este proceso. Para una comunicación eficaz, tanto o más decisivo que el emplear un código perceptivo (lingüístico o de signos) accesible al destinatario, lo es el codificar la sucesión de esos signos de modo de que el destinatario pueda asociarlos, relacionarlos, conectarlos. Los bloqueos en la decodificación no se derivan sólo del uso de palabras desconocidas y extrañas; provienen en igual o mayor medida de asociaciones mal codificadas, oscuras y confusas; de desarrollos desordenados, desorganizados.
Al codificar nuestro mensaje, nosotros sabemos por qué hemos relacio- nado determinados signos o elementos; por qué a propósito de "A" hemos dicho "B"; por qué hemos ilustrado una cierta idea con un determinado dibujo o fotografía; pero, ¿lo capta el destinatario?, ¿lo tiene claro? Si él no logra interpretar esta relación, aunque entienda "A" y pueda percibir "B", le será difícil seguir el hilo del mensaje y su contenido global se le escapará.
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El orden en que presentamos los signos debe responder a una lógica interna. Un ejemplo elemental, visual, nos ayudará a comprobarlo. Si en un diapomontaje partimos de un plano general, de conjunto, luego nos vamos acercando gradualmente al detalle sobre el que queremos llamar la atención y culminamos la secuencia con un primer plano de ese detalle, la sucesión se hará comprensible, fluida, fácil de asociar; y todos captarán lo que nos propusimos con ella. Pero probemos de alterar el orden de esas tomas, de mezclarlas arbitrariamente -planos generales y enfoques de detalles entreverados— y el conjunto se hará confuso, incoherente, carente de significación. Si esto ocurre con una simple sucesión de imágenes, cuanto más sucederá cuando se trata de una sucesión de ideas.
Cuando nuestro oyente o lector nos dice que el mensaje le resultó confuso, oscuro, embrollado, quizá no pueda explicar bien la razón de ello; pero lo que le ha dificultado su captación es el desorden en que están presentados los distintos elementos, la falta de ilación, de una logica interna que los entrabe y los conecte. Lo que lo confunde, lo que.no logra comprender, lo que de alguna manera se pregunta, es: "¿Qué tiene que ver esto con lo anterior?" Este "tener que ver" de los distintos signos de un mensaje, es decisivo para su decodificación y su comprensión no pocos mensajes, encontramos saltos bruscos, cortes abruptos de un elemento y el siguiente; o exposiciones que van y vienen como culebra y que recuerdan a esos laberintos de los suplementos infantiles en que a cada momento nos encontrábamos con una calle ciega y teniamos que volver atrás. Como bien observa Jara, "una amalgama disversa y caótica de contenidos y afirmaciones" (Óscar Jara H., Educación Popular. La Dimensión Educativa de la Acción Política. CEASPA-Alforja, Panamá 1981).
Finalmente,no se capta adonde se quiere ir, qué se quiere decir, a qué se quiere llegar. Obviamente, mensajes como éstos, por sencillos que sean los términos o signos empleados, no serán comprendidos y asimilados; en todo caso, demandarán un esfuerzo de decodiñcación penoso y excesivo.
¿Por qué sucede esto? Porque el autor se ha puesto a escribir sin una reflexión anterior, sin un plan previo, sin organizar y ordenar sus ideas, y las ha ido lanzando, por asociaciones espontáneas, a medida que le brotaban. O se ha puesto a hacer su. audiovisual sin hacerse antes un plan un guión; librado a la inspiración del momento. Si procedemos así? podemos apostar al fracaso. Para codificar bien un mensaje, tiene que haber ciertos pasos previos:
1.- Decidir claramente qué es lo que queremos decir: el objetivo, el contenido básico, la idea central de nuestro mensaje. No estaría de más escribir ese objetivo en un cartel de buen tamaño y fijarlo en la pared frente a nosotros; consultarlo a cada momento mientras producimos el mensaje y preguntarnos: Esto que estamos poniendo, ¿se relaciona con nuestro objetivo o nos hemos desviado de él? Se ve claramente la relación, la asociación de este elemento con nuestra idea central? El objetivo de nuestro mensaje debe ser como el hilo conductor; como la brújula que nos marca el Norte y nos mantiene en el rumbo a correcto.
2.- Planificar el mensaje, plantearnos un esquema previo, bien pensado y meditado, en el que no sólo seleccionaremos las ideas y argumentos que pondremos sino también el ORDEN sucesivo en que los iremos organizando y articulando para que se desarrollen fluidamente; para que cada elemento se asocie, se encadene, se empalme con el siguiente. ¿Cuál es el orden más lógico, más pedagógico, más adecuado? Después de formular el dato A, ¿conviene pasar al B o resultará mejor articulado presentar primero el C? ¿Cuál es la asociación más natural, más fluida; la que más favorecerá a su decodificación?
Hacernos un esquema previo no es perder tiempo;por el contrario, es ganarlo. Y, en todo caso, es ganar en eficacia.

LA IMPORTANCIA DE ENCADENAR

Codificar bien un mensaje, supone, pues, ENCADENAR, ligar, articular sus elementos componentes para facilitar su asociación. Este encadenamiento es esencial en la codificación de todo mensaje y debemos prestarle la mayor atención. El buen artesano de la comunicación popular va construyendo a lo largo de su mensaje como puentes, como empalmes que eslabonen sus distintos elementos.
Un mensaje de comunicación popular debiera ser siempre de alguna manera, explícita o implícitamente, un diálogo con el destinatario en que éste se reconoce, interviene, participa, va haciéndose las preguntas que cada nuevo elemento le suscita y le llevan a dar junto con el comunicador el paso siguiente; nunca, por el contrario, una serie de afirmaciones, una sucesión de informaciones y conclusiones ya previamente procesadas, comprobadas y "masticadas" por su autor. Codificar en esta concepción es, sobre todo, ir dando estímulos, elementos para que el destinatario vaya procesándolos por sí mismo y haga su propio camino de razonamiento.
Pero para que se dé ese proceso, es necesario que haya una ruta trazada, ordenada; que el destinatario pueda ir asociando, relacionando, articulando las ideas. Nuestros mensajes han de semejarse a una escalera, que se puede subir gradualmente peldaño a peldaño, y no a un laberinto.

SUGERENCIAS PARA EL FACILITADOR

a) Para código perceptivo

* Buscar con el grupo ejemplos de códigos (ver págs: 149- 150). Comprobar lo que nos sucede cuando no conocemos ese código.
* Tomar dos o tres de estos códigos y hacer pequeños ejercicios de codificar y decodificar informaciones cifradas en cada uno de ellos, a fin de que el grupo incorpore experiencialmente las nociones de codificación y decodificación (por ejemplo, poner una melodía en notas, luego tocar la melodía leyendo las notas).
* Adaptar distintos mensajes al código popular prescindiendo de los términos ajenos a él y utilizando en la mayor medida posible las palabras, expresiones y signos de este código.

b) Para código asociativo

* Ver un fragmento de película y listar las elipsis (detalles salteados, omitidos) que el espectador debe llenar para poder seguir la trama y comprenderla. Conviene que la película incluya racconti, esto es, retrocesos, vueltas al pasado.
* Coger unas treinta o cuarenta fotografías o diapositivas de temas populares; "jugar" con ellas, seleccionarlas y ordenarlas hasta formar con algunas una secuencia o sucesión que tenga sentido, que expresa una idea, un mensaje. Luego, ver qué sucede si alteramos ese orden.
* Tomar distintos mensajes de comunicación popular (incluso los producidos por los propios participantes) y analizarlos desde el punto de vista del encadenamiento. Las relaciones y asociaciones entre sus elementos consecutivos, ¿son fluidos, se perciben claramente?
* Hacer ejercicios de encadenado: tomar un tema, descomponerlo en sus elementos y luego ver en qué orden conviene presentarlos para que el mensaje resulte más claro y fluido. Probar qué sucede si alteramos ese orden. Pensar qué articulación podemos introducir entre dos elementos para que el destinatario perciba la relación y los asocie; para que "participe" en ese proceso de asociación.

A las Ideas por los Hechos

Si nos examinamos a nosotros mismos y reflexionamos sobre la manera cómo hemos llegado a saber lo que hoy sabemos y a comprender lo que hoy comprendemos, comprobaremos que los hombres aprendemos por suma de experiencias sucesivas. Incorporamos un nuevo conocimiento sobre la base de algo más o menos conocido o afín con lo que ya aprendimos antes; su adquisición se hace posible en la medida en que suscita o evoca en nosotros experiencias previas conectables con él. Si un conocimiento nos llega como desde el vacío, como "en paracaídas"; si no podemos vincularlo a una experiencia anterior, se nos hace muy difícil asimilarlo y hacerlo nuestro. Así, es siempre ese caudal, ese depósito de experiencias el que nos permite seguir experimentando y ensanchando nuestro campo cognitivo. De ahí que la ciencia de la educación diga que APRENDEMOS POR Empalme de EXPERIENCIAS.

EL MANANTIAL DE LA EXPERIENCIA

Si este principio es básico en educación, no lo es menos para nosotros los comunicadores. No Basta con que haya comunidad de códigos a nivel verbal perceptivo. Para una buena codificación, la afinidad tiene que ser mayor aún: es necesario que, entre el emisor y el destinatario, haya una identidad de códigos experienciales.

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SIN EXPERIENCIAS COMUNES NO HAY COMUNICACIÓN

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Antes de intentar comunicar un hecho o una idea, el comunicador tiene, pues, que conocer cuál es la experiencia previa de la comunidad destinataria en relación con esa materia o ese hecho. Partir siempre de sitúaciones que sean conocidas y experimentadas por ella. No sólo debemos esforzarnos por hablar en el mismo lenguaje de nuestros destinatarios, sino también por encontrar qué elementos de su ámbito experimental pue- den servir de punto de partida, de imagen generadora para entablar la comunicación, de modo que ellos puedan asociar el nuevo conocimiento con situaciones y percepciones que ya han experimentado y vivido.
En cambio, si partimos de generalizaciones, de abstracciones, difícilmente lograremos movilizar su código experiencial. Como ya se ha sugerido en el capítulo anterior al caracterizar el lenguaje del pueblo.

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EL PENSAMIENTO POPULAR ES CONCRETO, NO ABSTRACTO
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De ahí que en ese encadenamiento asociativo, en ese ordenamiento de los elementos que Debemos hacer para codificar nuestro mensaje, Oscar Jara (obra cit, en nota 6), recomiende ir "de lo cercano a lo lejano, de la descripción al análisis, de la observación a la interpretación, de lo unilateral a lo multilateral".

CODIFICAR DESDE LAS EXPERIENCIAS

Supongamos que nuestro tema sea el de la llamada "deserción escolar". Si pretendemos plantearlo en términos macrosociales y estadísticos tal como aparece tratado en los estudios de los especialistas, será muy difícil que nuestra exposición tenga eco en nuestro destinatario popular. Pero si, en cambio, comenzamos reconstruyendo el caso de un niño que fracasa en la escuela y que se va rezagando respecto de sus compañeros, queda uno y otro año repetidor y termina por abandonar los estudios, allí sí podrá seguirnos: él conoce niños así, los ha visto en su barrio; quizá sea el caso de su propio hijo, tal vez su propio caso cuando niño. Y, a partir de esa experiencia concreta, podremos comenzar a analizar con él las causas de ese aparente "fracaso" del niño -que no es tal sino, en realidad, el fracaso del sistema escolar clasista- y cómo se genera el fenómeno social de la "deserción".
* La cuestión de la dependencia tecnológica de les países latinoamericanos es en sí misma un tema bastante abstracto, alejado de la percepción popular cotidiana. Si, para presentarlo, partimos de generalizaciones y afirmaciones globales —como seguramente lo haría un técnico- bloquearemos la posibilidad de su decodificación. Un guionista de radio, el venezolano Enrique Rondón, se vio una vez enfrentado a este desafío. Y es interesante ver cómo lo resolvió; cuál fue su punto de partida. Rondón comenzó su programa sobre la dependencia tecnológica con este imaginario diálogo:

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CONTROL: MÚSICA DESVANECE

LOCUTOR: (COMO PROBANDO UN MICROFONO): Probando, probando... un, dos, tres, probando... ¿Me oye perfecto? ¿Y la música cómo se oye? ¿Bien? Eso quiere decir que su receptor está bien sintonizado. Pero ya que está mirando los botones, fílese en la marca de su radioreceptor.
CONTROL: BREVE PAUSA DE MÚSICA
LOCUTOR: ¿Se había fijado en que la marca de su radio no es nacional? Piense un poco y lo reto a que en diez segundos nombre dos marcas nacionales de radioreceptores.
CONTROL: UNOS DIEZ SEGUNDOS DE MÚSICA
LOCUTOR: Lo lamento, terminó el tiempo y Ud. perdió. Y quedaría igualmente derrotado si le pido que nombre marcas nacionales de automóviles... de tractores... de bebidas gaseosas... de alimentos enlatados y de muchos otros productos .
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Así, a partir de lo cotidiano, de la experiencia inmediata del oyente, se hizo mucho más posible que éste cobrara conciencia de la omnipresencia de las transnacionales y de su hegemonía tecnológica. (7 ENRIQUE RONDÓN: Producto Importado. Guión da radio destinado a un ciclo educativo popular. Incluido en MARIO KAPLUN: Producción de Programas de Radio — El Guión, la Realización, CIESPAL, Quito 1978. Téngase en cuanta que el guión fue escrito en la Venezuela del "boom" petrolero; esto es, un país dependiente de las transnacionales incluso en alimentos, los que en su gran mayoría eran importados).
* Otro buen punto de partida para desarrollar este tema habría podido ser el de comenzar evocando el caso de una fábrica local que se equipa con moderna maquinaria automática y ese presunto progreso deriva en el despido de decenas de obreros que la nueva tecnología importada hace innecesarios. Para los trabajadores, una situación como ésta se empalma con su experiencia.
* En el Ecuador, las parasitosis gastrointestinales constituyen la principal causa de mortandad. Sin embargo, el grueso de la población desconoce la existencia de esta grave endemia que socava su salud y sus vidas: se ve enfermarse y morir a niños y adultos, pero sólo percibe los síntomas (diarreas, fiebres altas, deshidratación, etc.) mas no su origen.
En un taller de radio educativa, un equipo preparó un programa sobre este tema. He aquí cómo lo inició:

RELATOR: A lo largo y a lo ancho del Ecuador, deambulan niños con sus barriguitas hinchadas. Niños con caritas tristes y el pelo descolorido. Todos los hemos visto.

Otra vez, pues, como punto de partida, la imagen conocida y familiar al oyente: ios niños de vientres protuberantes. El programa proseguía:

RELATOR: Tal vez Ud. no lo sepa, pero dentro de esas barriguitas hinchadas se encuentra un enemigo, un enemigo oculto que mina sus vidas y los pueda conducir a la muerte. Descubramos juntos quién es ese enemigo. Vayamos hasta Mulalo, una pequeña población ubicada en la falda del volcán Cotopaxi, en la provincia del mismo nombre. Doña Sara María Chalco es una de las moradoras de este lugar. Vive en una choza de una sola pieza con piso de tierra, donde se duerme, se cocina y se crían animales domésticos.

Y a continuación, se oía la grabación de la conversación con la campesina. Ella refería que en ese momento tenía a una de sus pequeñas muy enferma: se le habían hinchado la barriguita y los pies, tenía "asientos (diarrea), mucha fiebre. Pero, a la pregunta de la entrevistadora, respondía que no sabía de qué estaba enferma la niña. Añadía que sus otros hijos también se le enfermaban con "asientos" muy a menudo.
A partir de esa percepción popular, poco a poco, a través de sucesivas grabaciones y siempre basándose en ejemplos que la mayoría podía asociar a sus propias experiencias, se iban revelando las características de la enfermedad, su magnitud y consecuencias, sus causas, sus posibles soluciones (que no son medicinales sino sociales). Pero el punto de arranque había sido no la enfermedad misma sino lo que de ella el destinatario popular conoce por experiencia: las barriguitas hinchadas.
Los variados ejemplos que acabamos de presentar ilustran cómo es posible y necesario codificar nuestros mensajes asociándolos a las experiencias y percepciones de aquellos con quienes nos comunicamos.
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La función del comunicador popular no consiste sólo ni tanto en transmitir nuevos conocimientos, sino sobre todo en presentar a la comunidad popular experienrias que esta ya esta viviendo y darle instrumentos para decodificarlas, interpretarlas, analizarlas, llegar a comprender sus causas.
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CONTAR UNA HISTORIA

Siempre que sea posible, optemos por el RELATO como forma privilegiada de comunicación popular: en lugar de hacer una exposición del tema, procuremos convertirlo en una historia.
Ya hemos visto que el destinatario popular esta "poco acostumbrado al discurso lógico del raciocinio intelectual y científico"; pero, en cambio, "maneja cotidianamente el relato como forma de comprensión e interpretación de la realidad, del universo. Reunirse para contar historias y leyendas ha sido en muchas partes una de las tradiciones campesinas más duraderas. Y estas historias y leyendas no eran solamente una forma de recreación; eran una modalidad importante de educación, de formación cultural Los conocimientos y creencias de los grupos se iban transfiriendo y modificando a través de ellas" (de Zutter, obra cit. en nota 3).

Este taller tuvo lugar en CIESPAL, Quito, en 1976. El equipo que produjo esta emisión estaba integrado por Ramiro Mac Donald II (Guatemala), Dixie vaca y i.Mercy Castro (Ecuador), Freddy Sandoval (Rea. Dominicana) y Edmundo Maldonado (Venezuela). Un resumen del guión puede encontrarse en Producción ' de Programas de Radio, op. cit. en nota 7.

Aún hoy, y no sólo en el medio campesino sino también en el suburbano, observemos cómo se comunica la gente popular, cómo es su conversación:
- ¿Te conté lo que me pasó el domingo?
- ¿Supiste lo que le sucedió a mi hermano?
- ¿Viste lo que pasó en la otra cuadra de mi casa?
Comunicarse es, sobre todo, contar, "echar el cuento". Los contadores de historias han sido y aún siguen siendo los grandes comunicadores naturales del medio popular.
Sea que hagamos un programa de radio (sobre todo si utilizamos la forma dialogada, de escenificación dramática) como un audiovisual o un folleto (al que tal vez podamos darle forma de historieta), casi siempre nos será posible desarrollar nuestro tema a través de personajes identificados, ponerlos en acción y contar una historia. Lazareff propuso una fórmula para codificar los mensajes educativos populares que nos parece certera y rica:

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IR A LAS IDEAS POR MEDIO DE LOS HOMBRES Y A LOS HOMBRES POR MEDIO DE LOS HECHOS

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Aún será más efectiva nuestra historia, más activa su decodificación, si ella aparece contada por sus propios protagonistas. Siempre que sea posible, procuremos recoger e incluir en nuestros mensajes el testimonio personal o grupal de sujetos de la clase popular, serán éstos seres reales o personajes imaginarios.
El oír hablar en primera persona a alguien -un sujeto o un grupo- que pertenece a su mismo estrato social y cultural y que ha vivido o ha sido testigo directo de la historia; a alguien que puede decir "Esto me sucedió a mí" (o "nos sucedió a nosotros") o "Yo estuve allí, yo lo vi", estimula la decodificación por parte del destinatario popular: lo hace sentirse entrando en un intercambio de experiencias con otros a quienes reconoce como sus iguales, como de los suyos. En síntesis: mejor que explicar ("Esto es así") es contar una historia: "esto es lo que sucedió". Y aún mejor, contarla testimonialmente: "Esto es lo que me (o nos) sucedió".
...

LAS CIFRAS EN EL CÓDIGO EXPERIENCIAL

El lenguaje técnico, "culto", es afecto al empleo de cifras y datos estadísticos. No hay duda de la utilidad de los guarismos para probar la real magnitud de un problema y hacer convincentes y documentadas nuestras afirmaciones. Pero no ha de olvidarse que este manejo de números también corresponde a un código especializado y que al destinatario popular le cuesta visualizar magnitudes y decodificar cifras. Debemos, puese mplearlas con mesura; dar siempre sólo unas pocas, las más significativas. Y traducirlas a su código experimental. He aquí algunas sugerenrias al respecto:
* Simplificarlas y redondearlas: "más de 500 millones" ... "alrededor de 400 mil"...
* Aun así las cifras absolutas tienen poco valor expresivo. El destinatario no visualiza esas magnitudes. Es preferible dar cifras relativas, porcentajes. Señalar por ejemplo que la deuda externa del país representa el 78o/o (o, mejor, "cerca de un 8O0/0) del valor de sus exportaciones.
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De "Nueva Esperanza", un periódico popular de Montevideo (Uruguay) tomamos este buen ejemplo de cómo presentar cifras y datos. Mejor que hablar de "disminución del poder adquisitivo" es traducirlo en kilos de pan. Más gráfico que la cifra"200.000 desocupados" es decir "tres veces el Estadio lleno".

Análogamente, para mostrar el grado de concentración en la propiedad de la tierra, mejor que consignar superficies en hectáreas, será decir que los latifundios sumados representan el 65o/o de toda la tierra cultivable del país y están en manos de sólo el 3o/o de los propietarios.
* Todavía más indicativas que los porcentajes son las proporciones. Aun mejor que "el 47o/o" es decir "casi la mitad". Más gráfico que consignar "el 75o/o" es hablar de "las tres cuartas partes". Si disponemos de cifras e índices podemos, mediante fáciles cálculos, reducirlas a proporciones y expresarlas sencillamente así:
- "En el área rural, de cada 12 viviendas sólo una tiene agua potable; y apenas una de cada 35 casas posee alcantarillado".
- "De cada dos niños que entran en primer grado, uno abandona la escuela".
- "Cada 15 minutos muere un ecuatoriano víctima de las parásitosis.
Análogamente, las dimensiones, las distancias, los pesos, se hacen más visualizables si se establecen referencias comparativas que las conecten con el código experiencial del destinatario. Así por ejemplo, si hablamos de una longitud de 140 kilómetros, a él le será más fácil apreciarla si agregamos que ella equivale aproximadamente a la distancia entre dos ciudades de la región conocidas por él. La cifra de 13.000 millones de pesos, que en sí misma quizá no le diga mucho, se hará más elocuente si añadimos que es algo así como tres barcos llenos de monedas de un peso.


PROCESO Y NIVELES DE CONCIENCIA


Aún nos queda por ver otro requisito importante para una buena codificación. Una advertencia previa: si en nada de lo que hemos venido desarrollando hasta aquí -y esperamos que el lector así lo haya percibido- existe la pretensión de afirmar verdades universales ni fórmulas infalibles, en el tema en el que hemos de entrar ahora quisiéramos especialmente que se nos leyera en esa óptica flexible. Las realidades son tan diferentes y variables en cada país, en cada sector, en cada coyuntura histórica, que toda generalización se torna simplista y poco operativa.
Así, más que una serie de afirmaciones, lo que nos proponemos presentar aquí es un tema para la reflexión y la discusión. Y el producto de una larga experiencia de trabajo popular en varios países latinoamericanos. Pero, como toda experiencia, acaso sea parcial; y se aplique bien a esos , países en que nos ha tocado actuar y a esos determinados momentos históricos, y no a otros cuya realidad puede ser bien diferente. Cada lector ha de ver en qué medida se corresponde con su propio "aquí y ahora".
Sin embargo, desde nuestra experiencia, vemos el tema como muy importante y por eso hemos creído que debíamos incluirlo aquí. Muchos desaciertos en la comunicación popular pueden cometerse -y de hecho se cometen— por no tener debidamente presente a este"código"al que vamos a referirnos.


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Asi como no todos los seres humanos hablan el mismo lenguaje ni tienen las mismas experiencias, no todos tienen tampoco el mismo nivel de conciencia; el mismo modo de pensar y de interpretar la realidad que los circunda. Forzando un tanto los términos, diríamos que existe también un "código ideológico".
La escuela, los medios de difusión masiva, en fin, todo ese conjunto que se ha dado en llamar "el aparato ideológico", tienden a fomentar en la población -e incluso en los sectores populares, que no son inmunes a su . influencia- una actitud acrítica; a reforzar y consolidar una serie de "valores" y de pautas de comportamiento. Nuestro mensaje presupone otros valores y propone otras pautas; y, en consecuencia, entra en colisión con '! aquellos que, por la influencia ambiental masiva, muchos de nuestros destinatarios se han acostumbrado a validar.
Tenemos que tomar conciencia de que, de alguna manera, nuestro mensaje crítico y problematizador va "contra la corriente". Siempre es más fácil y más cómodo seguir creyendo y pensando lo que se ha creído y pensado, "lo que todos piensan", que cuestionarse y problematizarse.
A esto queremos aludir cuando hablamos de un "código ideológico". Puede haber en muchos de nuestros destinatarios una tendencia inicial a rechazar lo nuevo, lo distinto, lo que de alguna manera cuestiona el orden existente, cuando toda una historia, toda una educación y el bombardeo permanente de los medios masivos los han condicionado para ver a ese orden como natural y legítimo, como el único posible. Pertenencia a una clase social y conciencia de clase no siempre van necesariamente unidas.
El viejo Marx aludía a este fenómeno cuando afirmaba que "la ideología dominante de una sociedad es la ideología de su clase dominante"; ésta es la que configura el código ideológico prevaleciente en esa sociedad. Y esta dominación ideológica no es exterior, como la que ejerce un ejército o una policía; el poder de la ideología consiste en que opera "desde adentro" del sujeto : el dominado la internaliza e inconscientemente la incorpora. Paulo Freiré lo formula en términos muy certeros: "El dominador introyecta su ideología en el dominado y éste piensa con las categorías del dominador". Un comunicador popular no puede dejar de considerar este condicionamiento. Basta observar la cultura popular para advertir cómo está infiltrada en ella esta ideología dominante internalizada. Analizar los refranes, por ejemplo. Ellos forman parte, evidentemente, del acervo cultural del pueblo. Pues bien: seguramente Umberto Eco exageró cuando llegó a decir que "todo refrán es reaccionario", pero tampoco estaba tan lejos de la verdad. Los que afirman valores de solidaridad y cooperación o tienen un contenido crítico de cuestionamiento y de protesta, son muchísimos menos que aquellos que, por el contrario, refuerzan actitudes de individualismo, conformismo y resistencia al cambio:
* La caridad bien entendida empieza por casa.
* Más vale malo conocido que bueno por conocer.
* Unos nacen con estrella y otros estrellados.
* Cada cual con su igual.
* Quien nada tiene nada vale.
* Divide y vencerás.
* Piensa mal y acertarás.
* Donde manda capitán no manda marinero.
* Quien se mete a redentor muere crucificado.
* El pez grande se come al chico.
Obviamente, si estamos haciendo esta reflexión no es para concluir que tal alienación es universal e irreversible. Si lo fuera, nuestro trabajo no tendría objeto ni sentido y más nos valdría retiramos al desierto a meditar. Precisamente, lo estamos planteando porque queremos superarla y creemos y sabemos que ello es posible. Pero no se puede transformar aquello que no se conoce ni se admite. Lo que tratamos de señalar es que

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EN COMUNICACIÓN POPULAR, ESTAMOS CONDICIONADOS POR EL GRADO DE PERCEPCIÓN SOCIAL EN NUESTROS DESTINATARIOS
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También aquí se aplica, pues, en cierto modo el principio de la necesaria identidad de códigos. Si nuestro mensaje choca frontalmente con el código ideológico internalizado por el destinatario, con su escala de valores, con sus categorías, con sus estereotipos, creencias y prejuicios, el mensaje no llegará, será rechazado; el destinatario se cerrará a él e incluso lo percibirá en términos de peligro, de amenaza, de agresión. Se producirá un bloqueo en la comunicación.
Así como hablábamos antes de la empatia psicológica, quizá exista también una dimensión ideológica de la empatia: la capacidad de saber medir el grado de receptividad al cambio que pueden tener nuestros destinatarios, de modo de ubicar nuestro mensaje problematizador no más acá pero tampoco más allá de la proporción que ellos están en capacidad de asimilar a esa altura de su proceso social. Lo cual implica no proponerles planteamientos o formulaciones que, en su actual estadio de conciencia, no están todavía en condiciones de comprender y aceptar.
Tal como al codificar nuestros mensajes debemos tener en cuenta el código perceptivo de aquellos a quienes éste va dirigido, es asimismo necesario adecuarlos a su "código ideológico", al nivel de conciencia social en que se encuentran. No para dejarlo incambiado, desde luego, ni para aceptarlo como una realidad inamovible; pero sí para partir de él y de ese modo, graduar pedagógicamente el diálogo. Una vez más, se trata de ' basarse en la concepción de la educación popular como un proceso. Y una exigencia de todo proceso es respetar el ritmo de los que están viviéndolo.
El propio sujeto es el que tiene que hacer su proceso de cambio; nosotros, en cuanto educadores-comunicadores, sólo podemos estimularlo y acompañarlo en él. Pero si nos le adelantamos, no podremos acompañarle; él se quedará rezagado y nos volverá la espalda. En un proceso querer quemar etapas es no sólo irrespetuoso de la personalidad del otro, sino también ineficaz y contraproducente.
(Claro está: también podemos caer en el error inverso. Esto es, utiliizar un código ideológico que esté por debajo del nivel de "conciencia imposible" de aquellos con quienes nos comunicamos. Hay momentos historicos en que un pueblo -y con él su nivel de conciencia social- se transforma y avanza muy rápidamente; y un comunicador que no perneaba e interprete ese cambio será otra vez ineficaz. De ahí que insistamos: cada quien tiene que ubicarse en la realidad del propio medio en que trabaja, en su momento histórico, en las características del sector conocer el grado de percepción social de los destinatarios a través de la convivencia con ellos, del compromiso compartido, del diálogo y de la permanente prealimentación de sus mensajes).

LA "QUIEBRA DEL SILENCIO"

Estas reflexiones se hacen aún más válidas si -como hemos venido proponiendo a lo largo de todo este libro- asumimos la comunicación popular no como un monólogo del emisor sino como un diálogo. Lo que dseamos con nuestros mensajes es generar y estimular ese dialogo: que los sectores populares comiencen a hablar ellos mismos, a decir su propia palabra, a autoexpresarse.
En todo proceso de educación popular adquiere importancia decisiva ese momento en que los participantes quiebran su dilatada "cultura del silencio" y comienza a recuperar la palabra. Sin esa instancia en la que dejan de ser meros receptores pasivos y callados y pasan a convertirse a su vez en emisores, en emirecs, no habrá un real proceso en ellos.
Ahora bien: cuando se produce esa recuperación de la palabra, es natural que en un primer momento "esta palabra no sea plenamente suya, si no, en buena, parte, la expresión de su dominación internalizada". (Rose Marie Graepp. "Algunos Problemas respecto a la Comunicación como Elemento de Educación Popular". Ponencia presentada en el Seminario "La Comunicación Popular Educativa en América Latina, Balance y Perspectivas", Quito, noviembre de 1983. La autora se basa aquí en el ensayo de García Huibro y Martinic: La Educación Popular en Chile: Algunas Proposiciones Básicas, Documentos PIIE, Santiago de Chile, 1980).
Luego, poco a poco, vendrá el progresivo análisis crítico de esas primeras manifestaciones espontáneas; su decodifícación problematizadora; la . gradual toma de conciencia de todo lo que hay en ellas de alienado y de no propio. Pero si desde el primer momento nos ubicamos en una escala crítica que está por encima de la capacidad de percepción social de los participantes y cuestionamos esas primeras e incipientes autoexpresiones , nuestros interlocutores se sentirán descalificados, otra vez, "inferiores" e "ignorantes"; retornará en ellos su arraigado sentimiento de inseguridad y ya no seguirán hablando; volverán a sumirse en el silencio. Apenas iniciado, el diálogo se cortará: y con él quedará trunco, a medio camino, el proceso que tratábamos de estimular.
Recuérdese que para la concepción educativa que asumimos, el error no es visto como fallo sancionable sino como instancia necesaria en el proceso del conocimiento.

LA PRESENCIA DE LA VISION INGENUA

A veces, bien por desconocer el código ideológico de nuestros interlocutores, bien por no tenerlo suficientemente en cuenta, codificamos nuestros mensajes en contenidos y categorías socio-políticas, estructurales alejados de su propia visión.
Por ejemplo: planteamos desde el inicio el problema del desempleo como consecuencia de una estructura social injusta, lo cual es objetivamente cierto; pero no se nos ocurre pensar que quizá muchos de nuestros destinatarios, a causa de ese condicionamiento que hemos venido señalando, de esa ideología dominante introyectada en ellos, todavía siguen pensando y creyendo que "el que no trabaja es porque no quiere", porque es un holgazán o un bebedor, porque no tiene "espíritu de superación", etc. o abordamos la cuestión de la deserción escolar en términos socioeconómicos y en cambio quienes nos leen o escuchan aún están convencidos de que, si un niño abandona la escuela, es porque "salió burro", inepto, incapaz del esfuerzo de aprender. Nos parece que con exponer la verdadera causa de un problema, ya barremos automáticamente con los estereotipos y con las explicaciones falsas e ingenuas que circulan en el ámbito cotidiano. Que es innecesario y superfluo "perder tiempo" en discutir esas explicaciones superficiales e inconsistentes.
Volvemos así a caer en el error de formular el mensaje desde nuestra propia percepción y no desde la de sus destinatarios. Quizá lo hagamos por comodidad: es más fácil ir "directamente al grano" y plantear una interpretación sólida y verdadera, que entrar a considerar esos "absurdos y tontos prejuicios" de la ideología ambiente, a los que no damos mayor valor e importancia y cuya fuerza minimizamos.
Creo que, al proceder así, cometemos un desacierto. Los prejuicios suelen estar mucho más extendidos y arraigados de lo que pensamos. Si se los omite y elude, si no se los incorpora explícitamente en el mensaje, los nuevos contenidos se yuxtapondrán a ellos y el interlocutor llevará consigo dos versiones paralelas que no se encuentran: por un lado la interpretación lógica y racional, por el otro la que siempre ha oído y sigue oyendo cotidianamente y que ha internalizado. Lo más probable en esos casos es que nuestro interlocutor nos escuche, parezca en un primer momento convencido, pero retome a su "ambiente ideológico", a leer los periódicos y revistas de siempre, a escuchar la radio y ver la televisión cotidianas; a la cantina donde se encuentra con sus amigos de todos los días; y sus estereotipos vuelven a aflorar y a anteponerse a la interpretación que le propusimos.
Creo, pues, más pedagógico y eficaz que los prejuicios y las seudo-explicaciones "ingenuas" aparezcan explicitadas en nuestro mensaje para que así afloren a la conciencia. Sólo de ese modo es posible convertirlas en objeto de análisis, desmontarlas, contraponerlas a la nueva interpretación; y hay más posibilidades de que el interlocutor, entonces sí, las cuestione y las supere.
Retomando los ejemplos ya mencionados, para analizar la cuestión de la "deserción" escolar, veo preferible empezar partiendo de la hipótesis de que el supuesto fracaso del niño en la escuela se debe a que es infradotado. Para plantear el problema del desempleo, partir asimismo de los estereotipos cotidianos que lo asocian a abulia o a holgazanería. Luego, gradualmente, ir desmontando esa versión ingenua e introduciendo los datos y elementos que nos permitirán cuestionarla y construir otra interpretación.
Coincidentemente, Antonio Gramsci asignaba fundamental importancia a esta cuestión.
El llamaba al conjunto de estas representaciones populares -es decir, a esta visión ingenua, cotidiana, cargada de prejuicios y estereotipos- sentido común. Y, en su propuesta para una educación popular, consideraba imprescindible incluir "la critica al vivo del 'sentido común' ".
Sin ella -afirmaba— el esfuerzo del educador "queda estéril"; pues, para el pensamiento popular, "esta crítica del sentido común" es el único medio de acceso a los problemas reales": "sólo ella puede incorporar a los sectores populares el proceso de toma de conciencia y a la creatividad histórica". El procedimiento de codificación que se desprende de esta propuesta pedagógica puede, pues, formularse así:

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PARTIR DE LA PERCEPCIÓN INGENUA Y DE ALLÍ PASAR A LA VISION CRITICA
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LAS PROPUESTAS DE CAMBIO

Otra tendencia que puede observarse con cierta frecuencia en los mensajes de la comunicación popular problematizadora, es la de plantear el cambio social en términos de ruptura frontal con lo presente; como el rechazo drástico de lo viejo y la adopción de algo totalmente nuevo, distinto, desconocido; como un viraje social de 180 grados.
Tenemos un estilo de pensamiento dualista que tiende a proceder por oposición, por contraposición radical entre un "antes" (que identificamos con lo equivocado, lo injusto, lo opresor, lo alienado) y un "después" a construir.
Habría que preguntarse si esta manera de presentar el cambio es la más adecuada. Todo grupo social, por una tendencia lógica y natural, ¿ se asustaun poco ante lo que se le aparece como radicalmente diferente, nuevo, innato; como un paso a dar en el vacío.
Todos tenemos una identidad cultural colectiva a la que, con justas razones, nos resistimos a renunciar. Al codificar así nuestra propuesta, creamos una resistencia y una difícultad innecesarias. Esa imagen del cambio en términos de ruptura; no es indispensable, ni siquiera es del todo fiel al proyecto histórico del movimiento popular.
El cambio que postulamos no ha nacido en el vacío, de una pura teoría estructural; tiene, por el contrario, profundas raíces históricas. Raíces que han de perdurar en la nueva sociedad y contribuir a plasmar el nuevo modelo. Eso que queremos construir tiene ya sus hondos e irrenunciables cimientos. Hemos visto ya en el pasado a nuestros pueblos luchar una y mil veces por sus derechos y por su liberación. Y esas luchas han dejado suimpronta en la cultura popular.
Si examinamos la cultura del pueblo, comprobaremos que hay en ella muchas expresiones vivas de resistencia, de cuestionamiento, de combatívidad. "Si bien no es posible asumir (todas) las manifestaciones del pue- blo como una expresión crítica e independiente de su experiencia de clases tampoco es posible negar toda manifestación cultural del pueblo y verla como mero reflejo de la cultura dominante". (Rose Marie Graepp, ob. cit.en nota 9).
La cultura popular no es unívoca. Tan desproporcionado es idealizar al pueblo y verlo como depositario de todas las virtudes y toda la verdad, como concebido en un estado de total alienación y sumisión.
Gramsci distinguía en la cultura popular la presencia de elementos"fosilizadores" y desmovilizadores (creencias, tradiciones, prejuicios, que a considerar el orden existente como natural, como incambiable) elementos dinámicos de resistencia y protesta, de cuestionamiento crítico, de lucha.
Pues bien: en lugar de plantear el cambio en términos de viraje total, era más conducente potenciar esos elementos movilizadores latentes en la cultura popular y apoyarse en ellos? Se trata de hacer con el pueblo un trabajo de recuperación de la memoria colectiva, de rescate de sus luchas pasadas, de su historia, de sus arquetipossímbolos (por no citar sino algunos de los más significativos, un Bolívar en los países andinos, un Tupac-Amaru en Peni, un Artigas en Uruguay, un Emilio Zapata en México, un Sandino en Nicaragua, un Marti en Cuba), de sus anónimos héroes, de sus tradiciones y creencias dinamizadoras; de toma de conciencia de sus valores tradicionales solidarios y combativos.
Los sectores populares podrían así visualizar el proyecto de cambio ya no en términos de RUPTURA sino en términos de CONTINUIDAD HISTÓRICA; como una fidelidad a su identidad cultural y a su historia; como la realización de reivindicaciones e ideales que siempre han llevado en su seno y por los que siempre han luchado.

SUGERENCIA PARA EL FACILITADOR

a) Para código experimental
* Plantearse dos o tres temas y buscar cómo codificarlos a partir de experiencias conocidas y vividas por los destinatarios populares (ver los ejemplos del apartado "Codificar desde las experiencias, págs. 174 - 177).
* "Contar una historia": tomar dos o tres temas y plantearse cómo transmitirlos no en forma expositiva sino de relatos; y, a ser posible, de relato testimonial

b) Para "código ideológico"
* Analizar mensajes de comunicación popular (incluso los producidos por los propios participantes): ¿son adecuados al nivel de conciencia, al grado de percepción social, de sus destinatarios?
* Tomar un tema que deseamos desarrollar en un mensaje e identificar la "visión ingenua", los prejuicios y estereotipos corrientes que circulan popularmente en relación al mismo. Para hacer esa identificación basarse en los recuerdos y experiencias de los participantes o, aún mejor, si es posible, hacer observaciones o una encuesta en comunidades populares a fin de averiguar cuál es el grado de percepción social que ellas tienen de éste, cuál es su "visión ingenua". Luego, plantearse cómo introducir esta visión en el mensaje y hacer explícitos en él los prejuicios corrientes.
* Construir un esquema gradual de un mensaje que parta de la visión ingenua y pase poco a poco a la interpretación crítica.
* Identificar en la historia y la cultura populares de nuestro país elementos de resistencia; plantearse cómo codificar un mensaje de modo de que su respuesta no aparezca en términos de ruptura frontal sino en términos de continuidad histórica.


El Mensaje Vivo


En 1920, en los comienzos del cine, un cineasta soviético llamado Kulechov realizó un experimento que se hizo clásico en la historia de ese arte.
Montó y compuso tres breves secuencias en las que intercaló primeros planos del rostro de un actor (Iván Mosjukin) entre tomas sucesivas de un plato de sopa humeante, una mujer en su lecho de muerte y un sonriente bebé.
Cuando las secuencias fueron exhibidas a distintos grupos de espectadores, éstos se manifestaron impresionados por la expresividad del actor y la intensidad con que su rostro y su mirada trasuntaban sucesivamente hambre, dolor desesperado y alegría.
Sin embargo, el primer plano del actor que Kulechov había yuxtapuesto, era siempre el mismo repetido: un único rostro invariable con una expresión neutra. Si sus espectadores "veían" en aquel rostro pasivo distinga expresiones, era porque ellos en su imaginación habían vivido las tres situaciones, habían experimentado esos sentimientos ante ellas y las habían proyectado en la imagen de Mosjukin. (Georges Sadoul. "Las Maravillas del Cine". Breviarios del Fondo de Cultura Económica. México. 2° Edición. 1965).
Este experimento tuvo gran importancia en el cine para el desarrollo de la técnica del montaje cinematográfico expresivo. Pero para nosotros encierra también otra enseñanza: muestra todo lo que el destinatario imagina, siente, rememora y pone de sí mientras decodifica un mensaje. Kulechov se había limitado a dar apenas unos pocos elementos para estimular la imaginación participante de los espectadores; todo lo demás lo ha- bían aportado estos últimos en su lectura propia, en su re-creación personal a partir de aquellas imágenes estimuladoras y de las vivencias que éstas evocaban en ellos. Valdría la pena preguntarnos si en nuestros mensajes de comunicación popular sabemos estimular y aprovechar este aporte de nuestros destinatarios: si les damos un pensamiento ya elaborado o les brindamos los elementos para que ellos mismos lo elaboren.
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Detengámonos aún un momento más en el proceso de la decodificación.
¿Qué es mejor: ofrecer una charla expositiva explicando un tema o un problema, o presentar una obra de teatro sobre ese mismo tema?
Casi todos responderemos que es mejor la obra de teatro. Pero preguntemónos por qué es mejor. Ya hemos visto algunas de las ventajas: es más atrayente, más amena; narra una historia, presenta personajes con los que el destinatario puede indentificarse. Pero hay todavía otra razón de orden pedagógico: la obra de teatro no sólo interesa y llega más sino que "enseña" más, deja un sedimento más hondo en la mente y la conciencia de sus espectadores.
Si indagamos en la causa de esa mayor eficacia pedagógica del mensaje, advertiremos que el proceso de decodificación de una charla expositiva y el de una obra de teatro son de una intensidad muy diferente. Mientras en el primer caso el expositor ya da todo explicado y expresa directamente y por sí mismo las causas del problema, sus consecuencias, las conclusiones a las que desea que sus oyentes arriben, en la representación teatral en cambio esas conclusiones no están explicitadas sino tan sólo sugeridas, expresadas a través de los hechos que les suceden en escenas a los distintos personajes.
Para captar el mensaje de la obra, los espectadores tienen, pues, que poner mucho más de sí, hacer una decodificación más activa: asociar y relacionar los hechos que van sucediéndose, completarlos imaginando e infiriendo las cosas que han ocurrido entre la escena anterior y la siguiente, empalmarlos y confrontarlos con hechos y situaciones de su propia experiencia de vida. Y luego, hacer una interpretación, sacar sus propias generalizaciones y conclusiones. Y eso determina que participen mucho más activamente en la captación del mensaje.
De esto extraemos una orientación importante para nuestra labor de comunicadores populares. Vemos que, a nivel asociativo o interpretativo, es conveniente estimular el trabajo de decodificación por parte del destinatario. No es aconsejable darle las cosas ya totalmente interpretadas y "masticadas". Es mejor codificar nuestro mensaje de tal modo que él tenga que poner algo de su parte, que participar para decodificarlo: asociar situaciones, compararlas, interpretarlas, vivirlas intelectual y emocionalmente, extraer conclusiones. Es mejor SUGERIR que DECIR; es más rico el símbolo que alude y que se abre a ser interpretado, que el análisis que el emisor presenta ya elaborado y cristalizado.
Se recordará que, al referirnos en el capitulo 3 al código perceptivo -ese nivel elemental que consiste en reconocer y entender los signos componentes de un mensaje-, señalamos que los comunicadores debemos facilitar al máximo su decodificación utilizando palabras y signos familiares al código del destinatario, de modo de que le resulten sencillos y accesibles y le eviten un esfuerzo excesivo. Sugerimos en ese momento que, en lo que atañe a la selección de las palabras y los signos, era saludable atender los consejos y advertencias de la escuela tradicional y tener en cuenta la así llamada "ley del menor esfuerzo". Pero acotamos también que esta "ley" debía ser matizada y revisada; y esperamos que ahora se vea más claro la razón de esta reserva. Si con respecto al lenguaje es preciso facilitar en la mayor medida posible su captación por el destinatario, cuando nos ubicamos en este otro nivel -el asociativo o interpretativo-esa "ley del menor esfuerzo" ya no opera con la misma vigencia.
A este nivel, ya no debemos ser tan obvios ni perseguir como objetivo el simplificarle tanto al destinatario su trabajo de decodificación, porque entonces no habrá participación de su parte sino que lo estaremos reduciendo al papel de pasivo receptáculo de información. Si el código perceptivo debe ser sencillo y facilitado, el significativo requiere ser un poco más rico y más complejo. No, por supuesto, al punto que resulte hermético y que nuestros interlocutores no puedan captar el mensaje; pero sí lo suficiente como para que ellos tengan que "completar los espacios en . blanco", "llenar los puntos suspensivos", poner algo de sí en su captación.
Se han de dar los datos del tema ordenados y articulados de tal manera que el destinatario pueda asociarlos e interpretarlos; pero demandándolé una cierta reelaboración y recreación de su parte para hacer esa interpretación. Sin esa participación, no hay proceso de conocimiento, sin ella nadie incorpora un conocimiento y lo hace suyo.

LA DECODIFICACION ACTIVADA

Proponemos llamar a este principio "decodificación activada". El postula una manera de formular el mensaje que estimule y active en el destinatario su participación para decodificarlo; que lo movilice en el acto de su interpretación.
Diríamos que hay mensajes "vivos", abiertos, y mensajes cerrados. Los cerrados son aquellos que hablan por sí mismos, que lo dicen todo; los abiertos, los que abren un espacio a la reelaboración por parte del destinatario y activan su proceso personal de decodificación.
Este principio de activar la decodificación debiera ser resueltamente asumido por nuestra comunicación popular. Nuestros mensajes debieran ser siempre "vivos", abiertos. Sin embargo, muchas veces, incluso cuando utilizamos medios propicios a una lectura abierta como una obra de teatro o un radiodrama o un audiovisual, tendemos a una formulación cerrada.
Tal vez prevalezca en nosotros el temor de que, si no lo damos todo dicho y digerido, la gente "no va a entender". Y entonces realizamos un audiovisual recargado de palabras en las que va ya todo explicado y resuelto. O realizamos una obra de teatro y, al finalizarla, nos parece que todavía no hemos sido suficientemente explícitos y hacemos que uno de nosotros salga a escena a "echar el discurso", a explicar el mensaje de la pieza y a reforzarlo con una inflamada exhortación. O, en la última escena; ponemos en boca de un personaje ad hoc una especie de sermón,de tirada final, en la que explica lo que la obra ha querido "enseñar".
Procedemos, en fin, como aquellos autores de fábulas escolares qué juzgaban que la fábula misma no era suficiente y añadían al final su moraleja explicativa. Al hacerlo así, quizá estemos echando a perder toda la fuerza de la representación. Si, en cambio, la hubiésemos culminado con una frase sugerente y problematizadora o en silencio, con un gesto expresivo de alguno de los personajes, y hubiésemos ido apagando lentamente las luces del escenario, los espectadores se habrían quedado pensando, preguntándose "¿qué mensaje hay aquí para nosotros?" y habrían participado activamente en su decodificación.
Si para todos es frustrante salir del cine sin haber entendido la película -esto es, sin haber podido decodificarla significativamente—, no es menos decepcionante sentir que nos dan todo tan explicado que nos resulta "pan comido". Es tan contraindicado emplear un código asociativo desordenado y confuso que impide captar el sentido del mensaje, como utilizar otro tan fácil y obvio que no exija el menor trabajo de decodificación. A ningún lector, espectador u oyente, por menos "culto" que sea, le agrada que le den las cosas ya procesadas y digeridas. Si todo está dicho y él no tiene que hacer el más mínimo esfuerzo mental, se aburre, se fastidia, se siente tratado como un niño (y aun este símil es improcedente, puesto que tampoco a los niños hay que ofrecerles tales mensajes); y, en todo caso, la interlección de un mensaje que no demanda su colaboración ni su participación, se hará a un nivel muy superficial y se olvidará muy rápidamente.
En cambio, todo destinatario experimenta placer al decodificar activamente un mensaje. Ese proceso le da la sensación de su propia inteligencia, de su propia capacidad para captar, interpretar y juzgar. Más importante que transmitir contenidos e informaciones, es estimular y activar ese ejercicio de la imaginación y del raciocinio. Esa práctica gratificante le permitirá ser capaz de decodificar cada vez más mensajes y mensajes cada vez más complejos; y es así como se irá ensanchando su universo de conocimientos y, sobre todo, su capacidad de razonamiento y de juicio crítico.
A guisa de ejemplo: ¿por qué un mensaje de comunicación popular ha de tener siempre necesariamente un final? ¿No será mejor muchas veces dejarlo abierto para que los grupos lo discutan y le adjudiquen el final que encuentren más apropiado? ¿0 proponer tres distintos finales posibles para que ellos escojan el que consideren más real? La reflexión y la discusión que harán grupalmente para decidir cuál es el más conveniente, será mucho más enriquecedora para ellos que ver nuestro propio final ya explicitado. Naturalmente, si nuestros mensajes son abiertos, sí están formulados desde el principio de la decodificación activada, lo que sus destinatarios decodificarán ya no será exactamente el mensaje original tal como éste se había dibujado en nuestra mente; ya estará algo modificado, precisamente porque ellos habrán participado, intervenido, puesto algo de sí en su intelección. Cada destinatario, cada grupo, captará y recreará el mensaje de otra manera, según su modo de ser .y de sentir, según su propia práctica social. Pero precisamente esto es lo educativo; que cada cual haga su propia síntesis personal.

SUGERENCIAS PARA EL FACILITADOR

* Analizar críticamente mensajes de comunicación popular -incluso los producidos por los propios participantes-: ¿son cerrados o abiertos? ¿Estimulan una decodificación activa por parte de los destinatarios, o ya lo dan todo explicado y digerido? ¿Qué experimentamos ante un mensaje que ya lo dice todo?
* Tomar uno o dos mensajes cerrados y plantearse cómo podríamos transformarlos en mensajes abiertos, tanto en su desarrollo como en su final.