En las últimas semanas circularon dos noticias vinculadas con canales de televisión que me resultaron especialmente relevantes, aunque por motivos distintos. La primera tuvo impacto local: Paramount confirmó la venta de Telefe a un grupo de medios argentino encabezado por Gustavo Scaglione y José Luis Manzano.
En 2016, Telefe había sido adquirido por Viacom por 345 millones de dólares. Tres años después, Viacom se fusionó con CBS para formar la actual Paramount Global. Ahora, especialistas del sector señalan que el canal de las pelotitas regresaría a manos locales por una cifra cercana a los 100 millones. Más allá de los detalles técnicos, el dato es contundente: en menos de una década su valor se redujo a menos de un tercio.
La conclusión inmediata es clara. Se confirma una tendencia global, muy visible en Argentina también, que muestra cómo los medios tradicionales pierden audiencia y valor de mercado frente al avance de nuevas tecnologías. La televisión lineal, heredera de la vieja TV analógica con grillas fijas y cortes publicitarios, hoy compite contra un ecosistema fragmentado: el streaming a la carta de Netflix y Amazon Prime, las transmisiones sincrónicas de canales digitales como OLGA o Luzu, y un público que ya no espera que la pantalla le marque horarios.
La segunda noticia llegó de la mano de la misma empresa, pero esta vez con alcance mundial. Paramount anunció que el 31 de diciembre de 2025 cinco señales de MTV dejarán de transmitir: MTV Music, MTV 80s, MTV 90s, Club MTV y MTV Live. Para quienes pertenecemos a la Generación X, la novedad tiene un componente emocional difícil de disimular.
La primera transmisión de MTV, que terminaría marcando la historia de la cultura pop global, ocurrió el 1 de agosto de 1981. Si bien los videos musicales eran un formato que ya circulaba por distintos medios, la novedad radicaba en una transmisión de 24 horas con videos variados y con orden aleatorio.
Ese cambio fue posible gracias a la consolidación del cable como soporte de distribución de las señales de TV. Así, por esos años los televidentes de los EEUU pasaron de las 3 cadenas nacionales (ABC, CBS y NBC) que transmitían por aire, a una oferta cada vez más variada de canales temáticos que llegaban por el cable.
En Argentina, la experiencia del videoclip “non-stop” llegó recién en 1993 de la mano de MTV Latinoamérica, que tenía sede central en Miami. Con conductores argentinos entre sus figuras, el rock y el pop de nuestro país ganaron visibilidad continental, reforzando la proyección internacional que bandas como Soda Stereo, Los Fabulosos Cadillacs o Los Enanitos Verdes venían construyendo desde los años ochenta.
Aunque la música se acabe, MTV no desaparece: mantendrá un par de señales centradas en reality shows y entretenimiento. La decisión de abandonar los videoclips se justifica por una lógica similar a la del caso Telefe: los canales musicales ya no resultan rentables. En un contexto dominado por YouTube, Spotify, TikTok y algoritmos que personalizan el consumo, la idea de un canal con contenido lineal curado por programadores humanos queda obsoleta.
Este cambio de paradigma tiene efectos profundos. Pasamos de una lógica de descubrimiento musical basada en la sorpresa a una gobernada por sistemas que aprenden nuestros gustos, los refuerzan y, al hacerlo, pueden establecer un cerco invisible que limita el acceso a lo que “no encaja” con nuestro perfil algorítmico. El riesgo ya no es solo dejar de ver videoclips en un canal, sino perder la posibilidad de sorprendernos, de encontrarnos con lo inesperado.
Hace tres décadas, el teórico W. J. T. Mitchell planteó que la humanidad avanzaba hacia un “giro pictórico”: la creciente centralidad de la imagen como forma dominante de comprensión del mundo. En Teoría de la imagen (1994) sostenía que las imágenes no solo acompañan al lenguaje, sino que compiten con él e incluso lo reemplazan en la construcción del sentido cultural. Lo que llamamos “cultura común” se vuelve cada vez más visual.
La historia de MTV funciona casi como un ejemplo de manual para ilustrar esa idea. No sólo instaló un nuevo formato audiovisual, sino que moldeó estéticas enteras, formas de consumo, estilos juveniles y modos de estar en el mundo. Que sus pantallas se apaguen no significa que los videoclips desaparezcan, seguirán circulando en TikTok o en YouTube con las reacciones de un coach vocal o un músico como plus. Pero este apagón sí marca el final simbólico de una época en la que un canal podía articular la banda sonora de toda una generación.
Cuando Mitchell escribió su teoría, no existían ni las redes sociales ni la inteligencia artificial. Hoy convivimos con tecnologías que no solo distribuyen imágenes, sino que también las producen y las manipulan, multiplicando sus efectos culturales. Nuevos escenarios que refuerzan ese viejo refrán que dice que “una imagen vale por mil palabras”.
Voy terminando acá, estimado lector. Me apuran dos cosas: el cierre de la edición del diario… y la necesidad urgente de subir una selfie a Instagram.
