28/12/25

UN ABRAZO QUE TRASPASE LA PANTALLA


Esta nota se publica en el contexto de las fiestas de fin de año. Uso el plural porque en diciembre se acumulan dos grandes rituales que movilizan a gran parte de Occidente: la Navidad y el recibimiento del Año Nuevo. Más allá de las creencias religiosas o de las tradiciones particulares, estas fechas funcionan como un momento de pausa, balance y reencuentro.

Desde la antropología, a los ritos se les atribuyen funciones fundamentales para la cohesión social. Son prácticas que se transmiten de generación en generación y que fortalecen la vinculación entre las personas, más allá de sus diferencias personales, políticas o sociales. Cumpleaños, casamientos, graduaciones, actos escolares, celebraciones religiosas, velorios, carnavales o los festejos por un triunfo deportivo forman parte de ese entramado simbólico que nos reúne y nos recuerda que no estamos solos, aun en contextos de crisis o fragmentación social.

La revolución digital de finales del siglo XX abrió un nuevo terreno donde esos encuentros podían suceder a pesar de la distancia: la virtualidad. Internet y, especialmente, las redes sociales ofrecieron la posibilidad de sostener vínculos sin necesidad de compartir un mismo espacio físico. La pantalla apareció como un puente que acortaba kilómetros, husos horarios y ausencias forzadas.

Las redes sociales habilitaron así un nuevo tipo de vinculación que, desde la interfaz de una pantalla, prescindía del contacto cara a cara. Si bien Facebook no fue la primera red social, se consolidó a mediados de los años 2000 como la más masiva, por lo que su historia resulta clave para entender el inicio de una nueva era en la comunicación.

En sus primeros años, la lógica de Facebook fue sumar la mayor cantidad posible de usuarios, aun cuando no estuviera claro cómo se monetizaría ese crecimiento. Con el tiempo, quedó definido su modelo de negocios: la publicidad segmentada, basada en el uso de datos personales. Para las empresas, pautar allí resultó más económico y efectivo que hacerlo en medios tradicionales.

La aparición de nuevas redes sociales, basadas en esquemas comerciales similares, significó un duro golpe para los medios analógicos. El dinero destinado a publicidad no aumentó: se redistribuyó. Lo que hoy cobran las plataformas digitales se descuenta de la pauta de los medios, afectando su sustentabilidad y su capacidad de producción.

Este nuevo escenario trajo un cambio paulatino en el tipo de contenidos a los que accedemos. La lógica algorítmica, que prioriza lo que genera impacto y reacción emocional, fue reduciendo la presencia de publicaciones de familiares y amigos, y aumentando la visibilidad de influencers, marcas y medios.

Volviendo a Facebook, aquella ventaja de origen que representaba estar en contacto con nuestros afectos comenzó a desdibujarse. Incluso su gran diferencial (recordarnos los cumpleaños) perdió encanto con la automatización de los mensajes: saludos prediseñados, emojis festivos y tortas virtuales. La interacción se volvió rápida, impersonal y, muchas veces, mecánica.

Las redes son hoy más comerciales que sociales. El contenido es cada vez más profesional y menos orgánico. Aquello que comenzó como una herramienta de integración social es señalado por profesionales de distintas disciplinas como perjudicial para muchos usuarios. Se cuestiona la desinformación, la promoción de estereotipos corporales irreales y el impacto negativo en la salud mental.

Hubo un tiempo en que internet y las redes sociales funcionaban como una vía de escape del mundo real. Los creadores de la web soñaban con un espacio de libertad, donde la interacción y la empatía contribuirían a una sociedad mejor.

Hoy, paradójicamente, el mundo real parece haberse convertido en una vía de escape de internet. Ese paraíso virtual fue colonizado por corporaciones y nuestros datos personales se transformaron en la materia prima de un negocio multimillonario.

Cada vez más personas prefieren vínculos más cercanos y menos mediados por pantallas. Crece un movimiento que propone dejar de lado la dopamina del scrolleo infinito y recuperar el encuentro cara a cara. Volver a las experiencias reales: una charla con mate de por medio, un llamado telefónico en lugar de un mensaje, un abrazo en vez de un emoji.

Como ocurre con muchas tecnologías, no podemos culpar al artefacto en sí. El problema está en el uso que hacemos de él. Un cuchillo puede servir para preparar una rica comida, pero también puede convertirse en un arma mortal.

Propongo, estimado lector, que aprovechemos estas fiestas para desandar, aunque sea un poco, el camino que desde hace veinte años vienen pavimentando las redes sociales. Retomar el teléfono o la videollamada para quienes están lejos. Que nos duelan las articulaciones superiores por abrazar a todos los que tengamos cerca. Que cada palabra dicha tenga un valor sincero y afectuoso, porque la tecnología nunca podrá aplacar nuestro gen constitutivo: somos seres sociales.

Salud para todos y feliz Año Nuevo.


Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.
 

21/12/25

EL MEJOR STREAMING DEL MUNDO

 

La última semana se entregaron los Martín Fierro al streaming local. ¿Es realmente una noticia relevante? Probablemente no sea un tema que le quite el sueño, estimado lector.. Saber quién ganó o perdió difícilmente cambie la vida de nadie. Pero el evento sirve como excusa para pensar un par de cosas sobre nuestro ecosistema mediático.

Para empezar, llama la atención que la asociación de periodistas del espectáculo, que a esta altura ya funciona como una PYME muy productiva, se arrogue el derecho de premiar prácticamente todo rubro vinculado al espectáculo o la cultura popular. No hay jurados académicos, especialistas en lenguajes audiovisuales, referentes artísticos ni criterios públicos claros. Los premios los otorgan periodistas. A fines de 2024, eran 96 los miembros de APTRA los que decidían, sin mayor explicación, qué y quién merece ser reconocido.

La expansión del “negocio de los premios” no es un tema menor. A las tradicionales estatuillas de televisión y radio porteña se sumaron, con los años, el Martín Fierro Federal, el de cable, el de la moda, la salud, el teatro, el cine, las series y el digital. En 2025 llegó el turno del streaming. Incluso se internacionalizó el formato con el Martín Fierro Latino desde Miami. Cada nuevo rubro parece abrir un nuevo kiosco: más sponsors, más ingresos por derechos de transmisión, más facturación. Pero también más riesgos. El paso en falso de Miami dejó al descubierto que no siempre “más” es sinónimo de “mejor”: fallas técnicas, ausencia de figuras fuertes y denuncias sobre nominaciones “comprables” erosionaron la credibilidad la marca Martín Fierro.

Todo lo descripto encaja perfectamente con lo que varios teóricos describieron como la espectacularización de la esfera pública: todo se convierte en show. El criterio editorial deja de ser la relevancia social para priorizar la polémica, la capacidad de generar ruido, el impacto emocional. El infoentretenimiento domina. La forma pesa más que el contenido. La superficie le gana a la profundidad. La noticia ya no busca explicar, sino capturar atención.

Y el problema no es solo moral. Tiene consecuencias políticas y culturales. En los años ’70, Maxwell McCombs y Donald Shaw propusieron la teoría del Agenda Setting: los medios no sólo dicen de qué hablamos, sino también de qué NO hablamos. El énfasis permanente en el chisme, el enfrentamiento de celebridades y la épica del ego desplaza debates centrales sobre calidad institucional, desigualdad social, derechos civiles y la vida cotidiana. Mientras discutimos quién ganó un premio polémico, queda fuera de escena lo que realmente debería importarnos.

Eso se vio claramente en la premiación al streaming. La ceremonia fue presentada como reconocimiento al talento digital argentino, pero terminó funcionando como un nuevo round de la pelea de fondo entre Luzu TV y Olga. Nicolás Occhiato vs Migue Granados. Una rivalidad que ya estaba instalada y que es aprovechada por APTRA para monetizar. 

También participaron otros canales valiosos como Gelatina, Futurock, Bondi, Blender, Cenital o Vorterix. Y eso habla de otra cosa importante: Argentina tiene una industria de streaming nativa enorme en proporción a su población total. Mucha producción, mucho talento, muchos equipos trabajando con imaginación y precariedad por partes iguales. Incluso, no son pocos los que afirman que en este formato también somos los campeones del mundo.

Pero un análisis un poco más profundo, y menos exitista, nos muestra otro escenario. Si el show termina comiéndose al contenido, el riesgo es que incluso los proyectos más interesantes queden subsumidos por la lógica del espectáculo. Aun así, la noche dejó una sorpresa interesante: el Martín Fierro de Oro fue para el canal del CONICET por su transmisión “Fondo del Mar”. Un reconocimiento que rompió, aunque sea por un rato, la lógica del rating disfrazado de premio y recordó que también la ciencia y el conocimiento también tienen un valor cultural.

Sin embargo, la sensación final fue la de un empate técnico entre los grandes jugadores del streaming argentino. APTRA ganó visibilidad, sponsors, minutos de aire y repercusión digital. Los canales ganaron validación simbólica. El público ganó entretenimiento, es decir, más de lo mismo.

Mientras tanto, en el Congreso se debaten leyes que definen cómo vamos a vivir los próximos años. Hay discusiones profundas sobre salud, educación, trabajo, ciencia, cultura y derechos ciudadanos que difícilmente reciban una cobertura mediática equivalente al del mundo del espectáculo. Y es ahí donde la espectacularización deja de ser simpática y pasa a ser peligrosa. Porque no es solo el chisme del día, también es el silencio sobre lo importante.

Porque mientras esperamos el próximo “round” entre Nicolas Occhiato y Miguel Granados, o entre Wanda Nara y la China Suárez, hay otra pelea (la de la vida cotidiana, la de los derechos, la del presente y el futuro) que casi nadie está transmitiendo.


Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.


14/12/25

NETFLIX EXPANDE SU IMPERIO


Hace un tiempo mencionamos en esta columna cómo la metáfora del ecosistema nos ayuda a comprender la interacción entre los medios. Medios grandes, chicos, viejos y nuevos; analógicos y digitales. Como recordaba Darwin hace más de 150 años, la evolución se basa en la supervivencia del más apto. 

Hoy ese ecosistema está dominado por la supremacía de los medios digitales sobre los analógicos. Con la salvedad de que los grandes quieren ser cada vez más grandes.

En un nuevo capítulo de esta saga, esta semana nos enteramos que el principal jugador del consumo audiovisual a la carta, Netflix, quiere comprar a Warner Bros. Discovery. La noticia sorprendió por el volumen de la operación, alrededor de 83.000 millones de dólares, pero también porque representa una vuelta de tuerca más en un proceso de concentración global que redefine el futuro del entretenimiento.

Aunque suele pensarse a Netflix como una empresa reciente, sus orígenes se remontan al siglo XX, en tiempos en que el DVD desplazaba al VHS y el CD al vinilo. La compañía nació como un videoclub que buscaba competir contra Blockbuster, por entonces el líder absoluto del rubro, con un diferencial innovador: suscripción mensual, alquiler online y envío de DVDs por correo, eliminando las multas por el retraso en la devolución.

El modelo disruptivo llevó incluso a Reed Hastings y Marc Randolph, sus fundadores, a proponer una sociedad con Blockbuster. La rechazaron, sus gerentes creían que Netflix era un negocio marginal, sin futuro. 

En 2007, Netflix habilitó el acceso a “Watch Now”, un pequeño catálogo de películas y series que podían verse on demand. Era el nacimiento de la era del streaming. En 2010 Blockbuster declaró la quiebra, cuatro años después cerraron sus últimos locales. El ecosistema le pasaba factura a la especie que no se pudo adaptar a los cambios.

El crecimiento explosivo de sus suscriptores le permitió a Netflix dar su siguiente salto evolutivo: pasar de comprar derechos de los estudios de Hollywood a producir sus propias películas y series. Si bien abundan las críticas sobre el predominio de superproducciones pochocleras, también hubo una apuesta por el cine de autor. Varias de sus películas fueron nominadas y premiadas por la Academia estadounidense: ya acumula 24 premios Oscar en distintas categorías.

Ahora el escenario vuelve a cambiar. La empresa que nació como un videoclub online quiere adquirir uno de los conglomerados mediáticos más importantes del planeta. De concretarse, la compra de Warner Bros. Discovery convertiría a Netflix en el principal actor global del entretenimiento: sumaría los estudios Warner, los catálogos de HBO y HBO Max, y varias de las sagas más influyentes de las últimas décadas: The Sopranos, Game of Thrones, Harry Potter y Friends, entre otras.

A esto se agrega un elemento clave: los videojuegos. Warner Bros. Games es una de las empresas más grandes y con licencias más valiosas del rubro.

Hace varios años que Netflix viene invirtiendo en este terreno. Expandió su oferta a juegos para móviles incluidos en la suscripción y comenzó a experimentar con títulos jugables directamente desde la TV. Su objetivo es claro: construir un ecosistema de entretenimiento integrado.

La potencial incorporación de Warner le permitiría sumar estudios de desarrollo de alto presupuesto y trabajar sobre franquicias globales como Game of Thrones y DC Comics, algo hasta ahora fuera de su alcance.

La estrategia va más allá del contenido digital. La empresa también abrió recientemente un parque temático en EEUU. No compite con Disney World, pero funciona como punta de lanza para extender su marca hacia la experiencia física y construir un modelo cercano a la narrativa transmedia: una misma historia expandida a través de múltiples plataformas y formatos interconectados.

Frente a esta megaoperación, los entes reguladores de EEUU ya advierten posibles riesgos de concentración monopólica. Y no es un temor infundado. La consolidación de un grupo tan grande implica que las decisiones sobre qué historias se cuentan, y cuáles no, queden en manos de cada vez menos actores. Menos competencia significa catálogos más uniformes y menos espacio para proyectos arriesgados o innovadores.

Para los usuarios, la integración tiene efectos ambiguos. Por un lado, puede resultar beneficiosa: más contenido reunido en una sola suscripción y una experiencia más fluida entre películas, series y videojuegos. Por otro, el poder concentrado puede derivar en menos diversidad, precios más altos y una dependencia absoluta de plataformas que pueden modificar sus catálogos sin previo aviso.

Ante tanta incertidumbre, asoma una única certeza: nos encontramos en el umbral de una nueva era, como en aquellos días en que dos aventureros fundaron una empresa en California pensando que la gente preferiría alquilar una película desde la web en lugar de acercarse a un videoclub.


Fiel a su ADN, en la actual mutación del ecosistema mediático, Netflix juega todas sus fichas para quedarse en la cima de la cadena evolutiva.



Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.


7/12/25

QUE HAYA PAZ EN TODO EL MUNDO


El primer concurso de belleza “Miss Universo” se realizó en 1952 en los EEUU. La primera ganadora fue una joven finlandesa de apenas 17 años. En plena posguerra, el certamen se presentaba como un espectáculo que promovía la unión entre los pueblos y un ideal de belleza homogeneizado.

Por esos mismos años, desde la mirada crítica de la Escuela de Frankfurt, especialmente a partir del concepto de Industria Cultural desarrollado por Adorno y Horkheimer, se advertía cómo los productos culturales se convertían en mercancías: eran refritos ofrecidos como novedades, diseñados para el consumo masivo y orientados al beneficio económico. La cultura popular y el arte pasaban a ser un producto más en el mercado.

Desde principios del siglo XX, distintas localidades del mundo habían desarrollado concursos para premiar a “la más linda del lugar”, generalmente enmarcados en fiestas populares. Aquellos rituales comunitarios, que podían leerse como celebraciones de identidad local, también fueron absorbidos por la lógica comercial. Así como la Industria Cultural transforma el arte en mercancía, estas festividades transformaron el cuerpo y la belleza femenina en negocio. Miss Universo fue, sin dudas, la versión globalizada de ese proceso.

En Argentina, la edición 2025 del certamen no tuvo demasiada repercusión mediática porque nuestra representante no llegó a la final. No hubo una reedición del “efecto Colapinto” que convirtió a la Fórmula 1 en fenómeno de consumo masivo. Sin embargo, todo el escándalo alrededor del concurso justificaba, sobradamente, que los medios locales pusieran el foco en lo que estaba ocurriendo.

El enfrentamiento entre la candidata mexicana Fátima Bosch y Nawat Itsaragrisil, organizador del certamen, escaló al punto de que hasta la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, opinara públicamente sobre el conflicto. Lo que comenzó como una disputa dentro del concurso terminó convertido en un tema político, mediático y digital de alcance internacional.

Del estereotipo histórico de la reina dócil, bella y de escaso vuelo intelectual, se pasó a la figura de jóvenes empoderadas, formadas, con discurso propio y sin temor a confrontar con la máxima autoridad del certamen. Acusada de “tonta” por Itsaragrisil, Bosch no solo respondió públicamente, sino que terminó coronándose ganadora, obteniendo así la tercera corona para México.

Esta pelea pública entre “la reina” y el dueño del negocio parece cumplir a la perfección con una de las premisas centrales de la Industria Cultural: se reciclan productos probados, con pasado exitoso, pero presentados bajo la forma de novedad. Más cerca del reality show que del concurso tradicional, lejos de los cuerpos callados que solo abrían la boca para pedir “por la paz mundial”, la versión 2025 de Miss Universo propone una imagen de mujer supuestamente aggiornada a los tiempos actuales.

Dato no menor: también se acomodó a los formatos vigentes de consumo. Como en todo reality, los roles narrativos están bien marcados: la víctima, el villano, el poder, la rebeldía, la injusticia. Cada fragmento recortado, cada respuesta en X o en Instagram, cada reacción de terceros alimenta una trama que se consume por episodios. Ya no importa tanto la gala final como el recorrido previo, el detrás de escena y el desarrollo del conflicto en tiempo real.

En México, la final del certamen se pudo ver por Imagen Televisión, un canal comercial de aire, pero también se transmitió en vivo por el canal oficial de YouTube de Miss Universe. Además de los jurados, el público podía elegir a su favorita en la categoría People’s Choice. Para votar había que descargar la aplicación oficial. Como en los realities, la participación se convirtió en negocio: tres votos por un dólar, o mil votos por apenas 35 dólares.

El conflicto genera tráfico, conversación, visibilidad y, finalmente, votos que se traducen en rentabilidad. El público cree estar participando de un debate espontáneo, pero lo hace dentro de un ecosistema cuidadosamente diseñado para capitalizar cada interacción. La indignación, la empatía, el apoyo y el rechazo también son formas de consumo.

A este esquema se le suma un componente clave de la época: el discurso del empoderamiento. Miss Universo ya no se vende solo como un certamen de belleza. Se presenta como una plataforma de mujeres “con voz”, “con proyectos”, “con causas”. La diversidad, la inclusión y la superación personal ocupan un lugar central en el relato oficial. Y, sin embargo, el formato sigue organizado bajo una lógica estricta de competencia, exposición, evaluación pública y jerarquización de los cuerpos.

Aquí aparece una tensión profundamente frankfurtiana: el sistema incorpora el discurso crítico para seguir funcionando. El empoderamiento se transforma en mercancía. La lucha simbólica se empaqueta en formato televisivo y ahora también digital. Se puede hablar de autonomía, siempre y cuando no se altere la estructura del negocio.

Las redes sociales operan como una segunda pantalla ampliada. Ya no hay espectadores pasivos. Hay comentaristas, fiscales, fans, detractores y editores amateurs que recortan, resignifican y redistribuyen cada gesto. El público se siente protagonista, pero su participación queda, otra vez, integrada al engranaje de la visibilidad comercial. La atención es el nuevo recurso a disputar, y el concurso de Miss Universo lo entiende perfectamente.

Cualquier mente malintencionada podría pensar que detrás de todo este lío hay una mente maestra redactando un guion que, por supuesto, termina con un final feliz.

Las brujas no existen… pero que las hay, las hay.


Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.

30/11/25

EL FIN DE LA ERA MTV

      

En las últimas semanas circularon dos noticias vinculadas con canales de televisión que me resultaron especialmente relevantes, aunque por motivos distintos. La primera tuvo impacto local: Paramount confirmó la venta de Telefe a un grupo de medios argentino encabezado por Gustavo Scaglione y José Luis Manzano.

En 2016, Telefe había sido adquirido por Viacom por 345 millones de dólares. Tres años después, Viacom se fusionó con CBS para formar la actual Paramount Global. Ahora, especialistas del sector señalan que el canal de las pelotitas regresaría a manos locales por una cifra cercana a los 100 millones. Más allá de los detalles técnicos, el dato es contundente: en menos de una década su valor se redujo a menos de un tercio.

La conclusión inmediata es clara. Se confirma una tendencia global, muy visible en Argentina también, que muestra cómo los medios tradicionales pierden audiencia y valor de mercado frente al avance de nuevas tecnologías. La televisión lineal, heredera de la vieja TV analógica con grillas fijas y cortes publicitarios, hoy compite contra un ecosistema fragmentado: el streaming a la carta de Netflix y Amazon Prime, las transmisiones sincrónicas de canales digitales como OLGA o Luzu, y un público que ya no espera que la pantalla le marque horarios.

La segunda noticia llegó de la mano de la misma empresa, pero esta vez con alcance mundial. Paramount anunció que el 31 de diciembre de 2025 cinco señales de MTV dejarán de transmitir: MTV Music, MTV 80s, MTV 90s, Club MTV y MTV Live. Para quienes pertenecemos a la Generación X, la novedad tiene un componente emocional difícil de disimular.

La primera transmisión de MTV, que terminaría marcando la historia de la cultura pop global, ocurrió el 1 de agosto de 1981. Si bien los videos musicales eran un formato que ya circulaba por distintos medios, la novedad radicaba en una transmisión de 24 horas con videos variados y con orden aleatorio.

Ese cambio fue posible gracias a la consolidación del cable como soporte de distribución de las señales de TV. Así, por esos años los televidentes de los EEUU pasaron de las 3 cadenas nacionales (ABC, CBS y NBC) que transmitían por aire, a una oferta cada vez más variada de canales temáticos que llegaban por el cable.

En Argentina, la experiencia del videoclip “non-stop” llegó recién en 1993 de la mano de MTV Latinoamérica, que tenía sede central en Miami. Con conductores argentinos entre sus figuras, el rock y el pop de nuestro país ganaron visibilidad continental, reforzando la proyección internacional que bandas como Soda Stereo, Los Fabulosos Cadillacs o Los Enanitos Verdes venían construyendo desde los años ochenta.

Aunque la música se acabe, MTV no desaparece: mantendrá un par de señales centradas en reality shows y entretenimiento. La decisión de abandonar los videoclips se justifica por una lógica similar a la del caso Telefe: los canales musicales ya no resultan rentables. En un contexto dominado por YouTube, Spotify, TikTok y algoritmos que personalizan el consumo, la idea de un canal con contenido lineal curado por programadores humanos queda obsoleta.

Este cambio de paradigma tiene efectos profundos. Pasamos de una lógica de descubrimiento musical basada en la sorpresa a una gobernada por sistemas que aprenden nuestros gustos, los refuerzan y, al hacerlo, pueden establecer un cerco invisible que limita el acceso a lo que “no encaja” con nuestro perfil algorítmico. El riesgo ya no es solo dejar de ver videoclips en un canal, sino perder la posibilidad de sorprendernos, de encontrarnos con lo inesperado.

Hace tres décadas, el teórico W. J. T. Mitchell planteó que la humanidad avanzaba hacia un “giro pictórico”: la creciente centralidad de la imagen como forma dominante de comprensión del mundo. En Teoría de la imagen (1994) sostenía que las imágenes no solo acompañan al lenguaje, sino que compiten con él e incluso lo reemplazan en la construcción del sentido cultural. Lo que llamamos “cultura común” se vuelve cada vez más visual.

La historia de MTV funciona casi como un ejemplo de manual para ilustrar esa idea. No sólo instaló un nuevo formato audiovisual, sino que moldeó estéticas enteras, formas de consumo, estilos juveniles y modos de estar en el mundo. Que sus pantallas se apaguen no significa que los videoclips desaparezcan, seguirán circulando en TikTok o en YouTube con las reacciones de un coach vocal o un músico como plus. Pero este apagón sí marca el final simbólico de una época en la que un canal podía articular la banda sonora de toda una generación.

Cuando Mitchell escribió su teoría, no existían ni las redes sociales ni la inteligencia artificial. Hoy convivimos con tecnologías que no solo distribuyen imágenes, sino que también las producen y las manipulan, multiplicando sus efectos culturales. Nuevos escenarios que refuerzan ese viejo refrán que dice que “una imagen vale por mil palabras”.

Voy terminando acá, estimado lector. Me apuran dos cosas: el cierre de la edición del diario… y la necesidad urgente de subir una selfie a Instagram.


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5/10/25

EL PAIS DE LA RADIO

 

El escritor norteamericano Sam Shepard publicó en 1982 Crónicas de Motel. Entre sus páginas se encuentra un breve texto titulado El país de la radio: un guitarrista que consideraba la radio su “amiga” personal, apreciando no solo la música, sino también su voz distintiva y sintética. Esa voz generaba la ilusión de proximidad con individuos distantes, al punto de dormir con el aparato y creer en un enigmático “País Lejano de la Radio”. El texto explora la profunda conexión emocional y casi mística que una persona puede establecer con un medio como la radio, transformándola en algo más que un simple dispositivo: en una entidad viva y un refugio imaginario.

Escuchar la AM de madrugada todavía genera esa conexión. Mientras la mayoría duerme, hay gente trabajando: personal médico o de seguridad, serenos, taxistas o camioneros que recorren las rutas del país. Y también hay trasnochadores, gente solitaria que se refugia en esa compañía sonora que vuelve las horas menos tediosas. Sin ser muy riguroso con la muestra, me aventuro a decir que la mayoría de esa audiencia pertenece a la tercera edad.

Esa función social que cumple la radio encuentra hoy una competencia importante en las distintas versiones de inteligencia artificial que tenemos a disposición. La IA generativa se popularizó en los últimos dos años, pero vale recordar que Apple lanzó el primer asistente virtual en 2011. SIRI venía integrado al iPhone 4S y, aunque introdujo la función de interactuar por voz, fueron pocos los que comprendieron que se abría una nueva época.

En poco tiempo, los grandes jugadores tecnológicos sumaron sus asistentes virtuales: Amazon con Alexa, Samsung con Bixby, Microsoft con Cortana y Google con Assistant. A partir de la experiencia hogareña con cada uno de ellos, y con las posibilidades abiertas por ChatGPT, muchas personas comenzaron a “humanizar” las interacciones: charlas cotidianas, pedidos de consejos y, como vemos hoy, incluso terapia virtuale.

La vida en soledad de los adultos mayores es un problema relativamente reciente. Antes era más común la interacción de tres o cuatro generaciones en el mismo hogar. El desarrollo tecnológico extendió esa sensación de aislamiento a todas las franjas etarias: herramientas que prometían más y mejor comunicación terminaron instalando, en muchos casos, la sensación de aislamiento social. Más vinculados por la tecnología, más solos en el mundo real.

Una de las aplicaciones más polémicas es Replika, un chatbot con interfaz escrita y de voz que permite generar un compañero virtual que puede actuar como mentor, confidente, pareja o terapeuta. Fue muy comentado el caso de la escritora Sara Megan Kay, que narra en sus textos cómo se “comprometió” con el avatar que creó a medida.

Los expertos recomiendan comprender cómo funciona esta tecnología para evitar confusiones: no se interactúa con un humano. Las respuestas se basan en modelos predictivos y buscan agradarnos o ponernos de buen humor. Algunas experiencias negativas encendieron las alarmas. Incluso la Autoridad de Protección de Datos de Italia sancionó a la empresa por tratamiento ilícito de datos personales, por la falta de verificación de edad —lo que permitía que la usaran menores— y por el potencial peligro para personas emocionalmente vulnerables.

Así como ya existe conciencia de que la IA puede generar fake news, estafas o delitos digitales, hay que agregar una nueva posibilidad: el “fraude emocional”. Todos necesitamos contacto cotidiano con otras personas, su atención y su empatía. Pero muchos no tienen cubierta esta necesidad básica. La tecnología entra en escena con chatbots, robots cada vez más parecidos a los humanos o incluso robots-mascotas. Se trata de paliativos, alivios temporales que en ningún caso reemplazan el vínculo humano. Ese vínculo, que a pesar de la distancia, todavía se construye en las madrugadas entre un conductor de radio sonámbulo y su audiencia.

Como docente, comparto con mis alumnos una frase de Theodore Roosevelt al comenzar cada ciclo lectivo: “Haz lo mejor que puedas, con lo que tengas, donde estés”. Como sociedad debemos evitar la estigmatización de las personas que utilizan estas herramientas digitales. No están locos ni son tontos: son personas normales que tratan de hacer lo mejor que pueden con lo que tienen a mano.

¿Aceptaremos en el futuro cercano que un amigo nos diga que está enamorado de una IA, como pasa en la película Her? Podemos imaginar futuros más o menos distópicos, pero tengamos presente que siempre nos queda la posibilidad de volver al país de la radio, donde encontraremos algún humano empático con una oreja atenta o nos podremos enamorar de una voz sin rostro.


Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.

28/9/25

¡LA TV HA MUERTO¡ ¡VIVA EL PODSCAST! UY, EL PODSCAST HA MUERTO


En los países con tradición monárquica existe la costumbre de anunciar al mismo tiempo la salida y la entrada de un soberano. Al grito de “¡el rey ha muerto! ¡viva el rey!” se da la bienvenida al nuevo monarca.

En el ecosistema de medios sucede algo similar cada vez que se intenta dar por terminada la era de la televisión como medio preponderante. De a poco, los canales de streaming –con estructuras más livianas, caras nuevas y estilos relajados– van restando audiencia a la TV abierta y al cable. Sin prisa, pero sin pausa.

Pero el verdadero heredero de esa corona no es el streaming. Desde hace algunos años se viene instalando la idea de que el audio es la nueva revolución, con los podcasts listos para ocupar el trono.

Todo comenzó en 2019, cuando Spotify apostó fuerte por el formato. Analistas calcularon inversiones por más de 1.000 millones de dólares: compras de Gimlet Media (productora de podcasts narrativos), Anchor (plataforma de creación y distribución) y Parcast (especializada en crímenes reales y ficción); contratos exclusivos como el de “The Joe Rogan Experience” (valuado en unos 100 millones de dólares) y producciones con figuras como Michelle Obama y la pareja real Harry–Meghan.

Sin embargo, el furor inversor de Spotify duró poco. Como toda gran empresa que cotiza en bolsa, no logró demostrar a sus accionistas que el podcast fuera un negocio rentable. El mercado del audio no estaba maduro y tal vez nunca lo esté.

Hoy, se estima que hay cerca de 7 millones de episodios en la plataforma, pero solo entre el 1% y el 2% generan ganancias significativas. Un 8% a 12% obtiene algún ingreso por publicidad o suscripciones. El resto, entre el 85% y el 90%, no está monetizado: son proyectos independientes que usan Spotify como servicio gratuito, sin publicidad ni suscripción. Una diferencia abismal frente a redes sociales como YouTube, TikTok o Instagram, que facilitan la monetización.

A esto se suma la competencia. Apple Podcasts sigue siendo clave para descubrir contenidos, y YouTube ganó un rol protagónico ofreciendo experiencia visual, mejor descubrimiento de contenido similar y la posibilidad de interactuar con los creadores. Mientras Spotify redujo sus producciones originales de alto presupuesto, YouTube resignificó el formato disfrazándolo de video, pero llamándolo igual: podcast.

Detrás de esta disputa se esconde una tendencia mayor: el auge de las “marcas personales”. Creadores que construyen su identidad desde la periferia, sin depender de los medios tradicionales. Antes, la televisión, la radio o los diarios otorgaban status a partir de un mecanismo de selección difuso. Hoy se gana por mérito propio.

En Argentina, nombres como Rebord, Migue Granados, Nicolás Occhiato, Luquitas Rodríguez o Marti Benza son referentes que no le deben nada a nadie. Algunos de ellos tienen incluso más peso que figuras de los medios tradicionales.

La tendencia es global. En las plataformas y en los grandes conglomerados de medios ya hablan de la “nueva generación de los medios”, echándole el ojo a los podcasters que ya demostraron su valía con años de experiencia. Spotify tienta estos creadores para llevarlos a su plataforma –aunque en formato video–, YouTube busca fidelizar a los que ya tiene en su pantalla, Netflix explora incorporarlos a su oferta on demand y el canal Fox adquiere agencias de contenido para transformar podcasters en nuevas estrellas de televisión.

La razón es clara: estos personajes generan hábitos de consumo entre millennials y la Generación Z, producen a bajo costo y atraen pauta publicitaria. Todo lo que necesitan los medios tradicionales, que se quedaron con estructuras muy grandes y una marcada pérdida de audiencia y de anunciantes.

Vivimos una época sin certezas, de ensayo y error. Incluso Marcelo Tinelli debutó en el streaming del canal Carnaval. No por casualidad la apertura del programa se basó en la imagen de un meteorito gigante en vuelo directo hacia la tierra. Una metáfora perfecta para el ecosistema de medios que él mismo ayudó a construir.

La semana pasada en esta columna usamos la misma figura: internet como el meteorito que llegó para acabar con los viejos medios (los dinosaurios). Pero los dinosaurios se resisten a la extinción.

En 1597, Francis Bacon escribió en sus Ensayos: “Si la montaña no va a Mahoma, Mahoma va a la montaña”. La frase, ajena al islam, enseña que si un objetivo no se logra de una manera, hay que buscar otra tomando la iniciativa.

Chau, chau, chaaaaaau.


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