Hoy ese ecosistema está dominado por la supremacía de los medios digitales sobre los analógicos. Con la salvedad de que los grandes quieren ser cada vez más grandes.
En un nuevo capítulo de esta saga, esta semana nos enteramos que el principal jugador del consumo audiovisual a la carta, Netflix, quiere comprar a Warner Bros. Discovery. La noticia sorprendió por el volumen de la operación, alrededor de 83.000 millones de dólares, pero también porque representa una vuelta de tuerca más en un proceso de concentración global que redefine el futuro del entretenimiento.
En 2007, Netflix habilitó el acceso a “Watch Now”, un pequeño catálogo de películas y series que podían verse on demand. Era el nacimiento de la era del streaming. En 2010 Blockbuster declaró la quiebra, cuatro años después cerraron sus últimos locales. El ecosistema le pasaba factura a la especie que no se pudo adaptar a los cambios.
El crecimiento explosivo de sus suscriptores le permitió a Netflix dar su siguiente salto evolutivo: pasar de comprar derechos de los estudios de Hollywood a producir sus propias películas y series. Si bien abundan las críticas sobre el predominio de superproducciones pochocleras, también hubo una apuesta por el cine de autor. Varias de sus películas fueron nominadas y premiadas por la Academia estadounidense: ya acumula 24 premios Oscar en distintas categorías.
Ahora el escenario vuelve a cambiar. La empresa que nació como un videoclub online quiere adquirir uno de los conglomerados mediáticos más importantes del planeta. De concretarse, la compra de Warner Bros. Discovery convertiría a Netflix en el principal actor global del entretenimiento: sumaría los estudios Warner, los catálogos de HBO y HBO Max, y varias de las sagas más influyentes de las últimas décadas: The Sopranos, Game of Thrones, Harry Potter y Friends, entre otras.
La estrategia va más allá del contenido digital. La empresa también abrió recientemente un parque temático en EEUU. No compite con Disney World, pero funciona como punta de lanza para extender su marca hacia la experiencia física y construir un modelo cercano a la narrativa transmedia: una misma historia expandida a través de múltiples plataformas y formatos interconectados.
Frente a esta megaoperación, los entes reguladores de EEUU ya advierten posibles riesgos de concentración monopólica. Y no es un temor infundado. La consolidación de un grupo tan grande implica que las decisiones sobre qué historias se cuentan, y cuáles no, queden en manos de cada vez menos actores. Menos competencia significa catálogos más uniformes y menos espacio para proyectos arriesgados o innovadores.
Para los usuarios, la integración tiene efectos ambiguos. Por un lado, puede resultar beneficiosa: más contenido reunido en una sola suscripción y una experiencia más fluida entre películas, series y videojuegos. Por otro, el poder concentrado puede derivar en menos diversidad, precios más altos y una dependencia absoluta de plataformas que pueden modificar sus catálogos sin previo aviso.
Ante tanta incertidumbre, asoma una única certeza: nos encontramos en el umbral de una nueva era, como en aquellos días en que dos aventureros fundaron una empresa en California pensando que la gente preferiría alquilar una película desde la web en lugar de acercarse a un videoclub.
Fiel a su ADN, en la actual mutación del ecosistema mediático, Netflix juega todas sus fichas para quedarse en la cima de la cadena evolutiva.
Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.
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