28/9/25

¡LA TV HA MUERTO¡ ¡VIVA EL PODSCAST! UY, EL PODSCAST HA MUERTO


En los países con tradición monárquica existe la costumbre de anunciar al mismo tiempo la salida y la entrada de un soberano. Al grito de “¡el rey ha muerto! ¡viva el rey!” se da la bienvenida al nuevo monarca.

En el ecosistema de medios sucede algo similar cada vez que se intenta dar por terminada la era de la televisión como medio preponderante. De a poco, los canales de streaming –con estructuras más livianas, caras nuevas y estilos relajados– van restando audiencia a la TV abierta y al cable. Sin prisa, pero sin pausa.

Pero el verdadero heredero de esa corona no es el streaming. Desde hace algunos años se viene instalando la idea de que el audio es la nueva revolución, con los podcasts listos para ocupar el trono.

Todo comenzó en 2019, cuando Spotify apostó fuerte por el formato. Analistas calcularon inversiones por más de 1.000 millones de dólares: compras de Gimlet Media (productora de podcasts narrativos), Anchor (plataforma de creación y distribución) y Parcast (especializada en crímenes reales y ficción); contratos exclusivos como el de “The Joe Rogan Experience” (valuado en unos 100 millones de dólares) y producciones con figuras como Michelle Obama y la pareja real Harry–Meghan.

Sin embargo, el furor inversor de Spotify duró poco. Como toda gran empresa que cotiza en bolsa, no logró demostrar a sus accionistas que el podcast fuera un negocio rentable. El mercado del audio no estaba maduro y tal vez nunca lo esté.

Hoy, se estima que hay cerca de 7 millones de episodios en la plataforma, pero solo entre el 1% y el 2% generan ganancias significativas. Un 8% a 12% obtiene algún ingreso por publicidad o suscripciones. El resto, entre el 85% y el 90%, no está monetizado: son proyectos independientes que usan Spotify como servicio gratuito, sin publicidad ni suscripción. Una diferencia abismal frente a redes sociales como YouTube, TikTok o Instagram, que facilitan la monetización.

A esto se suma la competencia. Apple Podcasts sigue siendo clave para descubrir contenidos, y YouTube ganó un rol protagónico ofreciendo experiencia visual, mejor descubrimiento de contenido similar y la posibilidad de interactuar con los creadores. Mientras Spotify redujo sus producciones originales de alto presupuesto, YouTube resignificó el formato disfrazándolo de video, pero llamándolo igual: podcast.

Detrás de esta disputa se esconde una tendencia mayor: el auge de las “marcas personales”. Creadores que construyen su identidad desde la periferia, sin depender de los medios tradicionales. Antes, la televisión, la radio o los diarios otorgaban status a partir de un mecanismo de selección difuso. Hoy se gana por mérito propio.

En Argentina, nombres como Rebord, Migue Granados, Nicolás Occhiato, Luquitas Rodríguez o Marti Benza son referentes que no le deben nada a nadie. Algunos de ellos tienen incluso más peso que figuras de los medios tradicionales.

La tendencia es global. En las plataformas y en los grandes conglomerados de medios ya hablan de la “nueva generación de los medios”, echándole el ojo a los podcasters que ya demostraron su valía con años de experiencia. Spotify tienta estos creadores para llevarlos a su plataforma –aunque en formato video–, YouTube busca fidelizar a los que ya tiene en su pantalla, Netflix explora incorporarlos a su oferta on demand y el canal Fox adquiere agencias de contenido para transformar podcasters en nuevas estrellas de televisión.

La razón es clara: estos personajes generan hábitos de consumo entre millennials y la Generación Z, producen a bajo costo y atraen pauta publicitaria. Todo lo que necesitan los medios tradicionales, que se quedaron con estructuras muy grandes y una marcada pérdida de audiencia y de anunciantes.

Vivimos una época sin certezas, de ensayo y error. Incluso Marcelo Tinelli debutó en el streaming del canal Carnaval. No por casualidad la apertura del programa se basó en la imagen de un meteorito gigante en vuelo directo hacia la tierra. Una metáfora perfecta para el ecosistema de medios que él mismo ayudó a construir.

La semana pasada en esta columna usamos la misma figura: internet como el meteorito que llegó para acabar con los viejos medios (los dinosaurios). Pero los dinosaurios se resisten a la extinción.

En 1597, Francis Bacon escribió en sus Ensayos: “Si la montaña no va a Mahoma, Mahoma va a la montaña”. La frase, ajena al islam, enseña que si un objetivo no se logra de una manera, hay que buscar otra tomando la iniciativa.

Chau, chau, chaaaaaau.


Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.

21/9/25

CUANDO LO NUEVO ES VIEJO Y LO VIEJO ES NUEVO


En 1997, Roger Fidler publicó “Mediamorfosis: Comprender los Nuevos Medios”. Periodista e investigador de origen checo, Fidler fue pionero en el estudio de la relación entre tecnología y comunicación.

Imaginó y diseñó el prototipo de la primera tableta digital. La pensó como la sucesora del diario de papel. El concepto de mediamorfosis viene por ese lado.

Fidler utiliza la idea de ecosistema aplicada a los medios. Las nuevas tecnologías permiten que nuevas especies ingresen a ese ecosistema que, durante el siglo XX, estaba conformado por los medios gráficos, la radio, la TV y el cine.

Para retratar el choque de lo viejo y lo nuevo introduce el concepto de complementariedad. Las nuevas tecnologías no necesariamente sustituyen a las anteriores, sino que las obligan a transformarse.

Así, para no desaparecer como los dinosaurios, los viejos medios se ven obligados a una adaptación “metamórfica”. Fidler nos dice: "En vez de morir, al emerger nuevas formas, el principio de supervivencia sugiere que formas más antiguas se adaptarán y continuarán evolucionando en sus dominios".

En estos casi treinta años, la evidencia es contundente. Los medios tradicionales han debido reinventarse para sobrevivir en un ecosistema cada vez más saturado.

La televisión, audiovisual por esencia, se expandió a múltiples pantallas: clips diseñados para redes sociales, transmisiones en vivo en plataformas de streaming y repositorios en YouTube para llegar a nuevas audiencias.

Los diarios sacaron a sus periodistas de la redacción y los pusieron frente a las cámaras: Clarín y La Nación hoy incluyen en sus portales segmentos audiovisuales donde cronistas cuentan las noticias, un híbrido entre prensa escrita y noticiero televisivo.

La radio, que durante décadas se enorgulleció de su carácter sonoro, también se transformó. De las primeras cámaras fijas en los estudios pasamos a complejas instalaciones con tecnología 4K y realizaciones multicámara. Urbana Play sintetiza este cambio con un eslogan que parece una paradoja: “la radio que se ve”.

Como ya mencionamos, estimado lector, los medios tradicionales se ven obligados a evolucionar. Pero lo más interesante es que los nuevos medios también se metamorfosean para parecerse a los viejos.

Es el caso de YouTube, una de las primeras plataformas de la era digital, que terminó convertida en la “nueva televisión” para las generaciones más jóvenes. Este mes dio un paso decisivo al transmitir de manera exclusiva y global un partido de la NFL (la liga del fútbol americano), con el antecedente de ser la pantalla de los Juegos Olímpicos de 2020 y 2024. Ocupa, de a poco, un terreno colonizado por los canales de TV de aire y cable.

También Netflix, que nació para romper con la lógica de la TV, hoy replica sus estrategias: rediseñó su interfaz para acercarse a la de YouTube, incorporó videojuegos y un feed vertical al estilo TikTok o Reels. Otra novedad es la incorporación de contenido en vivo y la exploración de nuevos formatos, como los eventos deportivos. La pelea entre Canelo y Crawford, emitida sin costo adicional para los suscriptores, marcó un hito en un mercado acostumbrado al modelo de pay per view (pagar para ver). Desde la compañía norteamericana sostienen que con la nueva estrategia buscan atraer a segmentos de audiencia hasta ahora poco explotados.

Spotify, que se presentó como la revolución del audio, avanza con determinación hacia el video. Incluye podcasts filmados, videoclips musicales, fragmentos cortos bajo el nombre “Clips”, para vídeos cortos al estilo TikTok, y un refuerzo audiovisual en su pantalla principal. Su objetivo no es solo sumar usuarios; también busca competir en el terreno publicitario, donde el video sigue siendo rey.

Desde finales del siglo XIX los adelantos tecnológicos permitieron que surgieran medios de comunicación que aportaban novedades, ya sea en el plano del soporte como en el de las prácticas de consumo que imponían a las audiencias. Del trabajador que leía el diario en el tranvía regresando a su casa a la familia reunida para escuchar una radio a galena que ocupaba un lugar estelar en el living, espacio que luego le sacaría la televisión.

En la actualidad, nos enfrentamos a un escenario totalmente opuesto. La diferencia hoy es la velocidad y la dirección del cambio. La tecnología evoluciona a un ritmo mucho más acelerado que hace cien años, pero en lugar de diversificar, parece tender a la concentración.

Hoy, todos los caminos conducen a la pantalla.


Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.

7/9/25

LIBERTARIOS QUE MILITAN LA ARGENTINA


El caso de los audios filtrados de Diego Spañolo y Karina Milei expone una paradoja: quienes enarbolan la bandera de la libertad recurren a la censura cuando la información incomoda. La medida cautelar del juez Maraniello abrió un debate que desborda lo jurídico: el desfasaje entre la letra de la ley y la práctica cotidiana de los usuarios de medios y redes.

El control de la información siempre fue una obsesión de los poderes de turno. Cuando el consenso democrático consolidó el valor de la libertad de expresión, anulando la posibilidad de la censura manifiesta, la creatividad de los gobernantes generó múltiples estrategias.

A lo largo de la historia, fueron muchos los políticos enamorados de la prensa libre que, al llegar al poder, hicieron lo posible por controlarla. Desde impuestos altos para el papel o la tinta de impresión hasta el uso de la pauta oficial para condicionar la línea editorial, más acá en el tiempo.

En El Príncipe, Maquiavelo sugiere que la libertad no es un valor absoluto. Es un medio que puede promoverse si sirve a la seguridad y estabilidad del Estado, o abandonarse si representa un riesgo. Si extendemos el concepto a la libertad de expresión, que por esa época todavía no existía, podemos inferir que Maquiavelo también la habría sometido a los objetivos del Estado.

Se dice que en una guerra la primera víctima es la verdad. En una dictadura, también. El caso de Rodolfo Walsh lo demuestra: su Carta abierta a la Junta Militar, fechada el 24 de marzo de 1977, fue un acto de resistencia frente a la censura. Para esquivar el cerrojo informativo, ideó un sistema artesanal: distribuir el texto por correo, buscando llegar a personalidades de distintos ámbitos, a periodistas de medios locales y a corresponsales extranjeros.

El control férreo sobre los medios locales era vencido, también, por los caprichos de la geografía. A escasos 50 km de la ciudad de Buenos Aires, las emisiones de Radio Colonia (Uruguay) brindaban informaciones sobre la situación política y social de Argentina.

La voz del periodista argentino Ariel Delgado, que desde Colonia leía las noticias comenzando con un “Buenos Aires”, era lo más parecido al sonido de la libertad que se podía oír por estos lares.

La historia vuelve a repetirse, con otras tecnologías. Los audios cuya difusión prohibió un juez argentino circularon sin restricciones esta semana a través de M24, una FM de Montevideo, accesible en segundos desde cualquier navegador. El fallo perdió eficacia frente a la lógica global de internet.

En el plano internacional, el caso de los Papeles del Pentágono en 1971 marcó un hito. El gobierno de Richard Nixon intentó prohibir que varios diarios publicaran unos documentos secretos en los que se exponían las mentiras del gobierno respecto a la guerra de Vietnam. El principal fundamento para promover la censura era proteger la seguridad nacional.

La Corte Suprema de Estados Unidos falló a favor de la prensa, en línea con la Primera Enmienda que garantiza la libertad de expresión. Esta semana, Carlos Pagni rescata las palabras de Hugo Black, uno de sus jueces, que al justificar su voto sostiene que nada amenaza más la seguridad de la sociedad norteamericana que limitar la libertad de prensa.

En la medida cautelar que firma Maraniello, se instruyó al ENACOM (Ente Nacional de Comunicaciones) para hacer cumplir el cese de la difusión de los audios por “cualquier medio de comunicación de forma escrita y/o audiovisual y/o a través de redes sociales desde todo sitio, plataforma y/o canal web”.

Es importante remarcar la diferencia sustancial entre un medio de comunicación, identificable legalmente y con un editor responsable, y los millones de perfiles que encontramos en las redes sociales, muchos de ellos anónimos o que suplantan la identidad de un tercero, a los que técnicamente es imposible controlar simultáneamente respecto al contenido que publican.

En este mismo sentido, todavía no existe consenso a nivel internacional sobre las plataformas digitales y su rol como mediadoras de la información y su responsabilidad en la vigencia de la libertad de expresión. En casos como el analizado en esta columna, la pregunta que se desprende es a quién castigar por no respetar una prohibición judicial: ¿a la plataforma o a los usuarios?

Por todo lo expuesto, me atrevo a sostener que vivimos tiempos maquiavélicos, capusotescos y marxistas, no por Carlos, sino por el genial Groucho Marx, que en uno de sus pasos de comedia remata una escena diciendo: “Estos son mis principios; si no le gustan, tengo otros”.

Una definición que bien podrían suscribir los libertarios que hoy militan a favor de la censura.


Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.