28/12/25

UN ABRAZO QUE TRASPASE LA PANTALLA


Esta nota se publica en el contexto de las fiestas de fin de año. Uso el plural porque en diciembre se acumulan dos grandes rituales que movilizan a gran parte de Occidente: la Navidad y el recibimiento del Año Nuevo. Más allá de las creencias religiosas o de las tradiciones particulares, estas fechas funcionan como un momento de pausa, balance y reencuentro.

Desde la antropología, a los ritos se les atribuyen funciones fundamentales para la cohesión social. Son prácticas que se transmiten de generación en generación y que fortalecen la vinculación entre las personas, más allá de sus diferencias personales, políticas o sociales. Cumpleaños, casamientos, graduaciones, actos escolares, celebraciones religiosas, velorios, carnavales o los festejos por un triunfo deportivo forman parte de ese entramado simbólico que nos reúne y nos recuerda que no estamos solos, aun en contextos de crisis o fragmentación social.

La revolución digital de finales del siglo XX abrió un nuevo terreno donde esos encuentros podían suceder a pesar de la distancia: la virtualidad. Internet y, especialmente, las redes sociales ofrecieron la posibilidad de sostener vínculos sin necesidad de compartir un mismo espacio físico. La pantalla apareció como un puente que acortaba kilómetros, husos horarios y ausencias forzadas.

Las redes sociales habilitaron así un nuevo tipo de vinculación que, desde la interfaz de una pantalla, prescindía del contacto cara a cara. Si bien Facebook no fue la primera red social, se consolidó a mediados de los años 2000 como la más masiva, por lo que su historia resulta clave para entender el inicio de una nueva era en la comunicación.

En sus primeros años, la lógica de Facebook fue sumar la mayor cantidad posible de usuarios, aun cuando no estuviera claro cómo se monetizaría ese crecimiento. Con el tiempo, quedó definido su modelo de negocios: la publicidad segmentada, basada en el uso de datos personales. Para las empresas, pautar allí resultó más económico y efectivo que hacerlo en medios tradicionales.

La aparición de nuevas redes sociales, basadas en esquemas comerciales similares, significó un duro golpe para los medios analógicos. El dinero destinado a publicidad no aumentó: se redistribuyó. Lo que hoy cobran las plataformas digitales se descuenta de la pauta de los medios, afectando su sustentabilidad y su capacidad de producción.

Este nuevo escenario trajo un cambio paulatino en el tipo de contenidos a los que accedemos. La lógica algorítmica, que prioriza lo que genera impacto y reacción emocional, fue reduciendo la presencia de publicaciones de familiares y amigos, y aumentando la visibilidad de influencers, marcas y medios.

Volviendo a Facebook, aquella ventaja de origen que representaba estar en contacto con nuestros afectos comenzó a desdibujarse. Incluso su gran diferencial (recordarnos los cumpleaños) perdió encanto con la automatización de los mensajes: saludos prediseñados, emojis festivos y tortas virtuales. La interacción se volvió rápida, impersonal y, muchas veces, mecánica.

Las redes son hoy más comerciales que sociales. El contenido es cada vez más profesional y menos orgánico. Aquello que comenzó como una herramienta de integración social es señalado por profesionales de distintas disciplinas como perjudicial para muchos usuarios. Se cuestiona la desinformación, la promoción de estereotipos corporales irreales y el impacto negativo en la salud mental.

Hubo un tiempo en que internet y las redes sociales funcionaban como una vía de escape del mundo real. Los creadores de la web soñaban con un espacio de libertad, donde la interacción y la empatía contribuirían a una sociedad mejor.

Hoy, paradójicamente, el mundo real parece haberse convertido en una vía de escape de internet. Ese paraíso virtual fue colonizado por corporaciones y nuestros datos personales se transformaron en la materia prima de un negocio multimillonario.

Cada vez más personas prefieren vínculos más cercanos y menos mediados por pantallas. Crece un movimiento que propone dejar de lado la dopamina del scrolleo infinito y recuperar el encuentro cara a cara. Volver a las experiencias reales: una charla con mate de por medio, un llamado telefónico en lugar de un mensaje, un abrazo en vez de un emoji.

Como ocurre con muchas tecnologías, no podemos culpar al artefacto en sí. El problema está en el uso que hacemos de él. Un cuchillo puede servir para preparar una rica comida, pero también puede convertirse en un arma mortal.

Propongo, estimado lector, que aprovechemos estas fiestas para desandar, aunque sea un poco, el camino que desde hace veinte años vienen pavimentando las redes sociales. Retomar el teléfono o la videollamada para quienes están lejos. Que nos duelan las articulaciones superiores por abrazar a todos los que tengamos cerca. Que cada palabra dicha tenga un valor sincero y afectuoso, porque la tecnología nunca podrá aplacar nuestro gen constitutivo: somos seres sociales.

Salud para todos y feliz Año Nuevo.


Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.
 

21/12/25

EL MEJOR STREAMING DEL MUNDO

 

La última semana se entregaron los Martín Fierro al streaming local. ¿Es realmente una noticia relevante? Probablemente no sea un tema que le quite el sueño, estimado lector.. Saber quién ganó o perdió difícilmente cambie la vida de nadie. Pero el evento sirve como excusa para pensar un par de cosas sobre nuestro ecosistema mediático.

Para empezar, llama la atención que la asociación de periodistas del espectáculo, que a esta altura ya funciona como una PYME muy productiva, se arrogue el derecho de premiar prácticamente todo rubro vinculado al espectáculo o la cultura popular. No hay jurados académicos, especialistas en lenguajes audiovisuales, referentes artísticos ni criterios públicos claros. Los premios los otorgan periodistas. A fines de 2024, eran 96 los miembros de APTRA los que decidían, sin mayor explicación, qué y quién merece ser reconocido.

La expansión del “negocio de los premios” no es un tema menor. A las tradicionales estatuillas de televisión y radio porteña se sumaron, con los años, el Martín Fierro Federal, el de cable, el de la moda, la salud, el teatro, el cine, las series y el digital. En 2025 llegó el turno del streaming. Incluso se internacionalizó el formato con el Martín Fierro Latino desde Miami. Cada nuevo rubro parece abrir un nuevo kiosco: más sponsors, más ingresos por derechos de transmisión, más facturación. Pero también más riesgos. El paso en falso de Miami dejó al descubierto que no siempre “más” es sinónimo de “mejor”: fallas técnicas, ausencia de figuras fuertes y denuncias sobre nominaciones “comprables” erosionaron la credibilidad la marca Martín Fierro.

Todo lo descripto encaja perfectamente con lo que varios teóricos describieron como la espectacularización de la esfera pública: todo se convierte en show. El criterio editorial deja de ser la relevancia social para priorizar la polémica, la capacidad de generar ruido, el impacto emocional. El infoentretenimiento domina. La forma pesa más que el contenido. La superficie le gana a la profundidad. La noticia ya no busca explicar, sino capturar atención.

Y el problema no es solo moral. Tiene consecuencias políticas y culturales. En los años ’70, Maxwell McCombs y Donald Shaw propusieron la teoría del Agenda Setting: los medios no sólo dicen de qué hablamos, sino también de qué NO hablamos. El énfasis permanente en el chisme, el enfrentamiento de celebridades y la épica del ego desplaza debates centrales sobre calidad institucional, desigualdad social, derechos civiles y la vida cotidiana. Mientras discutimos quién ganó un premio polémico, queda fuera de escena lo que realmente debería importarnos.

Eso se vio claramente en la premiación al streaming. La ceremonia fue presentada como reconocimiento al talento digital argentino, pero terminó funcionando como un nuevo round de la pelea de fondo entre Luzu TV y Olga. Nicolás Occhiato vs Migue Granados. Una rivalidad que ya estaba instalada y que es aprovechada por APTRA para monetizar. 

También participaron otros canales valiosos como Gelatina, Futurock, Bondi, Blender, Cenital o Vorterix. Y eso habla de otra cosa importante: Argentina tiene una industria de streaming nativa enorme en proporción a su población total. Mucha producción, mucho talento, muchos equipos trabajando con imaginación y precariedad por partes iguales. Incluso, no son pocos los que afirman que en este formato también somos los campeones del mundo.

Pero un análisis un poco más profundo, y menos exitista, nos muestra otro escenario. Si el show termina comiéndose al contenido, el riesgo es que incluso los proyectos más interesantes queden subsumidos por la lógica del espectáculo. Aun así, la noche dejó una sorpresa interesante: el Martín Fierro de Oro fue para el canal del CONICET por su transmisión “Fondo del Mar”. Un reconocimiento que rompió, aunque sea por un rato, la lógica del rating disfrazado de premio y recordó que también la ciencia y el conocimiento también tienen un valor cultural.

Sin embargo, la sensación final fue la de un empate técnico entre los grandes jugadores del streaming argentino. APTRA ganó visibilidad, sponsors, minutos de aire y repercusión digital. Los canales ganaron validación simbólica. El público ganó entretenimiento, es decir, más de lo mismo.

Mientras tanto, en el Congreso se debaten leyes que definen cómo vamos a vivir los próximos años. Hay discusiones profundas sobre salud, educación, trabajo, ciencia, cultura y derechos ciudadanos que difícilmente reciban una cobertura mediática equivalente al del mundo del espectáculo. Y es ahí donde la espectacularización deja de ser simpática y pasa a ser peligrosa. Porque no es solo el chisme del día, también es el silencio sobre lo importante.

Porque mientras esperamos el próximo “round” entre Nicolas Occhiato y Miguel Granados, o entre Wanda Nara y la China Suárez, hay otra pelea (la de la vida cotidiana, la de los derechos, la del presente y el futuro) que casi nadie está transmitiendo.


Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.


14/12/25

NETFLIX EXPANDE SU IMPERIO


Hace un tiempo mencionamos en esta columna cómo la metáfora del ecosistema nos ayuda a comprender la interacción entre los medios. Medios grandes, chicos, viejos y nuevos; analógicos y digitales. Como recordaba Darwin hace más de 150 años, la evolución se basa en la supervivencia del más apto. 

Hoy ese ecosistema está dominado por la supremacía de los medios digitales sobre los analógicos. Con la salvedad de que los grandes quieren ser cada vez más grandes.

En un nuevo capítulo de esta saga, esta semana nos enteramos que el principal jugador del consumo audiovisual a la carta, Netflix, quiere comprar a Warner Bros. Discovery. La noticia sorprendió por el volumen de la operación, alrededor de 83.000 millones de dólares, pero también porque representa una vuelta de tuerca más en un proceso de concentración global que redefine el futuro del entretenimiento.

Aunque suele pensarse a Netflix como una empresa reciente, sus orígenes se remontan al siglo XX, en tiempos en que el DVD desplazaba al VHS y el CD al vinilo. La compañía nació como un videoclub que buscaba competir contra Blockbuster, por entonces el líder absoluto del rubro, con un diferencial innovador: suscripción mensual, alquiler online y envío de DVDs por correo, eliminando las multas por el retraso en la devolución.

El modelo disruptivo llevó incluso a Reed Hastings y Marc Randolph, sus fundadores, a proponer una sociedad con Blockbuster. La rechazaron, sus gerentes creían que Netflix era un negocio marginal, sin futuro. 

En 2007, Netflix habilitó el acceso a “Watch Now”, un pequeño catálogo de películas y series que podían verse on demand. Era el nacimiento de la era del streaming. En 2010 Blockbuster declaró la quiebra, cuatro años después cerraron sus últimos locales. El ecosistema le pasaba factura a la especie que no se pudo adaptar a los cambios.

El crecimiento explosivo de sus suscriptores le permitió a Netflix dar su siguiente salto evolutivo: pasar de comprar derechos de los estudios de Hollywood a producir sus propias películas y series. Si bien abundan las críticas sobre el predominio de superproducciones pochocleras, también hubo una apuesta por el cine de autor. Varias de sus películas fueron nominadas y premiadas por la Academia estadounidense: ya acumula 24 premios Oscar en distintas categorías.

Ahora el escenario vuelve a cambiar. La empresa que nació como un videoclub online quiere adquirir uno de los conglomerados mediáticos más importantes del planeta. De concretarse, la compra de Warner Bros. Discovery convertiría a Netflix en el principal actor global del entretenimiento: sumaría los estudios Warner, los catálogos de HBO y HBO Max, y varias de las sagas más influyentes de las últimas décadas: The Sopranos, Game of Thrones, Harry Potter y Friends, entre otras.

A esto se agrega un elemento clave: los videojuegos. Warner Bros. Games es una de las empresas más grandes y con licencias más valiosas del rubro.

Hace varios años que Netflix viene invirtiendo en este terreno. Expandió su oferta a juegos para móviles incluidos en la suscripción y comenzó a experimentar con títulos jugables directamente desde la TV. Su objetivo es claro: construir un ecosistema de entretenimiento integrado.

La potencial incorporación de Warner le permitiría sumar estudios de desarrollo de alto presupuesto y trabajar sobre franquicias globales como Game of Thrones y DC Comics, algo hasta ahora fuera de su alcance.

La estrategia va más allá del contenido digital. La empresa también abrió recientemente un parque temático en EEUU. No compite con Disney World, pero funciona como punta de lanza para extender su marca hacia la experiencia física y construir un modelo cercano a la narrativa transmedia: una misma historia expandida a través de múltiples plataformas y formatos interconectados.

Frente a esta megaoperación, los entes reguladores de EEUU ya advierten posibles riesgos de concentración monopólica. Y no es un temor infundado. La consolidación de un grupo tan grande implica que las decisiones sobre qué historias se cuentan, y cuáles no, queden en manos de cada vez menos actores. Menos competencia significa catálogos más uniformes y menos espacio para proyectos arriesgados o innovadores.

Para los usuarios, la integración tiene efectos ambiguos. Por un lado, puede resultar beneficiosa: más contenido reunido en una sola suscripción y una experiencia más fluida entre películas, series y videojuegos. Por otro, el poder concentrado puede derivar en menos diversidad, precios más altos y una dependencia absoluta de plataformas que pueden modificar sus catálogos sin previo aviso.

Ante tanta incertidumbre, asoma una única certeza: nos encontramos en el umbral de una nueva era, como en aquellos días en que dos aventureros fundaron una empresa en California pensando que la gente preferiría alquilar una película desde la web en lugar de acercarse a un videoclub.


Fiel a su ADN, en la actual mutación del ecosistema mediático, Netflix juega todas sus fichas para quedarse en la cima de la cadena evolutiva.



Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.


7/12/25

QUE HAYA PAZ EN TODO EL MUNDO


El primer concurso de belleza “Miss Universo” se realizó en 1952 en los EEUU. La primera ganadora fue una joven finlandesa de apenas 17 años. En plena posguerra, el certamen se presentaba como un espectáculo que promovía la unión entre los pueblos y un ideal de belleza homogeneizado.

Por esos mismos años, desde la mirada crítica de la Escuela de Frankfurt, especialmente a partir del concepto de Industria Cultural desarrollado por Adorno y Horkheimer, se advertía cómo los productos culturales se convertían en mercancías: eran refritos ofrecidos como novedades, diseñados para el consumo masivo y orientados al beneficio económico. La cultura popular y el arte pasaban a ser un producto más en el mercado.

Desde principios del siglo XX, distintas localidades del mundo habían desarrollado concursos para premiar a “la más linda del lugar”, generalmente enmarcados en fiestas populares. Aquellos rituales comunitarios, que podían leerse como celebraciones de identidad local, también fueron absorbidos por la lógica comercial. Así como la Industria Cultural transforma el arte en mercancía, estas festividades transformaron el cuerpo y la belleza femenina en negocio. Miss Universo fue, sin dudas, la versión globalizada de ese proceso.

En Argentina, la edición 2025 del certamen no tuvo demasiada repercusión mediática porque nuestra representante no llegó a la final. No hubo una reedición del “efecto Colapinto” que convirtió a la Fórmula 1 en fenómeno de consumo masivo. Sin embargo, todo el escándalo alrededor del concurso justificaba, sobradamente, que los medios locales pusieran el foco en lo que estaba ocurriendo.

El enfrentamiento entre la candidata mexicana Fátima Bosch y Nawat Itsaragrisil, organizador del certamen, escaló al punto de que hasta la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, opinara públicamente sobre el conflicto. Lo que comenzó como una disputa dentro del concurso terminó convertido en un tema político, mediático y digital de alcance internacional.

Del estereotipo histórico de la reina dócil, bella y de escaso vuelo intelectual, se pasó a la figura de jóvenes empoderadas, formadas, con discurso propio y sin temor a confrontar con la máxima autoridad del certamen. Acusada de “tonta” por Itsaragrisil, Bosch no solo respondió públicamente, sino que terminó coronándose ganadora, obteniendo así la tercera corona para México.

Esta pelea pública entre “la reina” y el dueño del negocio parece cumplir a la perfección con una de las premisas centrales de la Industria Cultural: se reciclan productos probados, con pasado exitoso, pero presentados bajo la forma de novedad. Más cerca del reality show que del concurso tradicional, lejos de los cuerpos callados que solo abrían la boca para pedir “por la paz mundial”, la versión 2025 de Miss Universo propone una imagen de mujer supuestamente aggiornada a los tiempos actuales.

Dato no menor: también se acomodó a los formatos vigentes de consumo. Como en todo reality, los roles narrativos están bien marcados: la víctima, el villano, el poder, la rebeldía, la injusticia. Cada fragmento recortado, cada respuesta en X o en Instagram, cada reacción de terceros alimenta una trama que se consume por episodios. Ya no importa tanto la gala final como el recorrido previo, el detrás de escena y el desarrollo del conflicto en tiempo real.

En México, la final del certamen se pudo ver por Imagen Televisión, un canal comercial de aire, pero también se transmitió en vivo por el canal oficial de YouTube de Miss Universe. Además de los jurados, el público podía elegir a su favorita en la categoría People’s Choice. Para votar había que descargar la aplicación oficial. Como en los realities, la participación se convirtió en negocio: tres votos por un dólar, o mil votos por apenas 35 dólares.

El conflicto genera tráfico, conversación, visibilidad y, finalmente, votos que se traducen en rentabilidad. El público cree estar participando de un debate espontáneo, pero lo hace dentro de un ecosistema cuidadosamente diseñado para capitalizar cada interacción. La indignación, la empatía, el apoyo y el rechazo también son formas de consumo.

A este esquema se le suma un componente clave de la época: el discurso del empoderamiento. Miss Universo ya no se vende solo como un certamen de belleza. Se presenta como una plataforma de mujeres “con voz”, “con proyectos”, “con causas”. La diversidad, la inclusión y la superación personal ocupan un lugar central en el relato oficial. Y, sin embargo, el formato sigue organizado bajo una lógica estricta de competencia, exposición, evaluación pública y jerarquización de los cuerpos.

Aquí aparece una tensión profundamente frankfurtiana: el sistema incorpora el discurso crítico para seguir funcionando. El empoderamiento se transforma en mercancía. La lucha simbólica se empaqueta en formato televisivo y ahora también digital. Se puede hablar de autonomía, siempre y cuando no se altere la estructura del negocio.

Las redes sociales operan como una segunda pantalla ampliada. Ya no hay espectadores pasivos. Hay comentaristas, fiscales, fans, detractores y editores amateurs que recortan, resignifican y redistribuyen cada gesto. El público se siente protagonista, pero su participación queda, otra vez, integrada al engranaje de la visibilidad comercial. La atención es el nuevo recurso a disputar, y el concurso de Miss Universo lo entiende perfectamente.

Cualquier mente malintencionada podría pensar que detrás de todo este lío hay una mente maestra redactando un guion que, por supuesto, termina con un final feliz.

Las brujas no existen… pero que las hay, las hay.


Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.