18/1/26

LA IA LLEGA A HOLLYWOOD

 


Desde el final de la Segunda Guerra Mundial se desarrolló en Estados Unidos una cultura marcadamente antisindical. No puede señalarse un evento único como origen de este fenómeno, resulta más pertinente pensarlo como un proceso histórico impulsado por la legislación laboral, la propaganda corporativa y distintas políticas gubernamentales sostenidas en el tiempo.

En ese contexto, la huelga del Sindicato de Guionistas de Estados Unidos en 2023 fue un acontecimiento de enorme impacto. Se extendió durante 148 días, desde mayo hasta septiembre, y paralizó buena parte de Hollywood. El reclamo incluyó mejoras salariales, pagos residuales más justos frente a la exhibición de series y películas en plataformas de streaming y, especialmente, la protección del oficio ante el avance de la inteligencia artificial.

El conflicto se resolvió con un acuerdo considerado histórico: aumentos salariales, la fijación de un mínimo de personal en las salas de guionistas y regulaciones explícitas sobre el uso de IA. Entre otros puntos, se estableció que las ideas originales deben provenir de humanos y que los guionistas pueden reescribir textos generados por inteligencia artificial.

A poco de iniciada la huelga, el Sindicato de Actores se sumó en solidaridad con los guionistas. Hoy, es justamente este gremio el que vuelve a encender las alarmas frente a un nuevo frente de conflicto tecnológico.

¿El motivo? Tilly Norwood, una actriz generada por inteligencia artificial que reavivó el temor a que el trabajo humano sea reemplazado por contenido sintético. Su creadora, la actriz y comediante holandesa Eline Vaner Welden, prefiere definirla como una obra de arte, una estrategia discursiva que busca mitigar las críticas.

El debut de Norwood se produjo en un sketch titulado AI Commissioner, de la productora Particle6. Desde entonces, se convirtió en una influencer con fuerte presencia digital: acumula 96.000 seguidores en Instagram y ocupa el centro del debate en Hollywood. Más allá de su apariencia física, las críticas se concentran en lo que muchos consideran una competencia desleal: una “actriz” entrenada con las performances de miles de intérpretes reales. También se señala la ausencia de una historia de vida, condición clave para representar emociones y experiencias humanas de manera genuina.

Desde el sindicato aseguran que ni los responsables de casting ni las audiencias pueden interesarse realmente en contenidos generados por computadoras, desconectados de la experiencia humana. Sin embargo, voceros de Particle6 afirman que varios managers y representantes de actores ya se muestran interesados en las posibilidades que abre esta nueva vertiente de la IA.

Como ocurre en muchos sectores de la economía, la irrupción de la inteligencia artificial plantea una tensión difícil de resolver: cómo equilibrar criterios éticos vinculados al trabajo humano frente a las ventajas económicas y empresariales que ofrece la tecnología. En el caso de Tilly Norwood, las ventajas son evidentes: puede trabajar de manera ininterrumpida, no se enferma, no envejece, no sufre adicciones y no toma vacaciones.

La gran incógnita es si en el futuro podrá despertar la admiración, y los suspiros, que generan estrellas como Scarlett Johansson o Margot Robbie.

Más allá del ámbito del espectáculo, la inteligencia artificial continúa expandiendo su presencia. Meta, la empresa dueña de Facebook, Instagram y WhatsApp, anunció recientemente un nuevo feed llamado Vibe, disponible en la app y en la web de meta.ai. Se trata de una herramienta que genera videos cortos con IA, en un formato claramente inspirado en TikTok. Los usuarios pueden crear o remezclar contenidos sintéticos y compartirlos en Instagram y Facebook. Uno de los aspectos más destacados es la posibilidad de generar videos de entre 5 y 10 segundos a partir de una imagen fija.

Mientras se navega por el feed, el algoritmo ajusta los contenidos según los gustos del usuario. El remix se vuelve central: si un video nos resulta atractivo, puede usarse como base para crear uno nuevo con un solo clic y compartirlo con amigos y seguidores.

Desde los inicios de la revolución digital, la reutilización creativa y transformadora de obras preexistentes dio lugar a una forma de “escritura popular”. Algunos autores hablan de democratización cultural, ya que cualquier persona con acceso a herramientas digitales puede reinterpretar y combinar contenidos, dando lugar a una cultura participativa que desafía las nociones tradicionales de autoría y propiedad intelectual. Los memes, los mashups y el fanfiction son ejemplos claros de este fenómeno.

Sin embargo, cuando esta lógica se industrializa y el remix deja de ser una práctica cultural para convertirse en un modelo de negocio que amenaza oficios y derechos laborales, el escenario cambia. Allí, más que ante una promesa creativa, estamos frente a un Frankenstein contemporáneo: una criatura hecha de retazos humanos que, una vez liberada, podría arrasar con todo a su paso.


Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.

11/1/26

EL DIARIO DE YRIGOYEN MULTIPLICADO POR MILLONES


Hablar de fake news está de moda. Decirlo en inglés, cuando podríamos hablar de noticias falsas o desinformación, incluso parece otorgar cierto estatus a quien las nombra.

Muchos asocian estas mentiras que circulan por distintos canales de difusión con un fenómeno propio de internet, cuando en realidad se trata de algo tan viejo como la humanidad. El ser humano no aprendió a mentir con la web: miente desde el origen de los tiempos.

Durante el golpe de Estado encabezado por José Félix Uriburu en 1930, que derrocó a Hipólito Yrigoyen, se instaló una de las noticias falsas más famosas de nuestra historia: la leyenda del “diario de Yrigoyen”.

Una forma de justificar el golpe fue retratar a un presidente senil, manipulado por su entorno, al punto de hacerle imprimir un diario exclusivo con buenas noticias, ocultándole el malestar social y las críticas de la oposición.

Con el tiempo, y gracias al trabajo de los historiadores, quedó demostrado que todo esto era una mentira. Una fake news, como se diría hoy. Pero más allá de la falsedad, me interesa la idea de un medio personalizado, pensada hace casi cien años, porque anticipa en parte lo que estamos viviendo actualmente a partir del impacto de la tecnología en el periodismo.

Durante gran parte del siglo XX, la tecnología avanzó en múltiples aspectos vinculados a la tarea de los diarios, pero sin modificar de manera sustancial cómo se producían las noticias ni cómo llegaban a las audiencias. Los procesos se aceleraban, mejoraba la calidad de impresión y las herramientas de trabajo, pero el esquema general se mantenía intacto: los diarios se seguían imprimiendo, los lectores compraban los ejemplares y los anunciantes sostenían el negocio con la pauta publicitaria.

Incluso la aparición de internet, que obligó a los diarios tradicionales a ocupar un lugar en el mundo digital, no implicó en un comienzo un cambio estructural. La verdadera ruptura llegó con las redes sociales.

En una primera etapa, estas plataformas funcionaron como difusoras del contenido de los medios tradicionales. Facebook, por ejemplo, garantizaba tráfico hacia los sitios periodísticos y sostenía un modelo basado en volumen y publicidad digital.

La etapa más negativa la encontramos en el carácter depredador que empresas como Facebook o Google desarrollaban en el mercado publicitario, captando cada vez más pauta para el mundo digital, en detrimento del ecosistema informativo tradicional.

En parte, existía un equilibrio sutil: te resto publicidad, pero te garantizo tráfico que te permite sobrevivir.

Pero cuando Mark Zuckerberg introdujo cambios en los algoritmos los medios vieron desaparecer el tráfico, es decir sus lectores, de un día para el otro.

Algo similar ocurre hoy con Google, que a partir de las respuestas basadas en IA introducidas en 2025 dejó de ser un simple intermediario para transformarse en un proveedor directo de respuestas, reduciendo la necesidad de ingresar a los sitios periodísticos.

Esto representa un nuevo golpe al tráfico que pueden recibir los medios. Hoy el reclamo de las empresas periodísticas no solo incluye el fantasma del “clic cero” (los usuarios obtienen la respuesta que buscan directamente en la página de resultados, sin necesidad de ingresar a un sitio web) sino que le reclaman a las empresas de IA el uso de su producción periodística para generar sus respuestas.

La pregunta que se hacen los diarios es cuántos de ellos cobrarán a partir del reclamo. Claramente no todos los que publican la misma información, por lo que corren con ventajas los medios con más historia y prestigio.

Pero el fenómeno más profundo se da en las redes sociales actuales. Hay muchos creadores de contenidos que compiten con las noticias.

El problema es que se basan en una estrategia de simplificación extrema, en el uso de un tono coloquial y en la búsqueda de la empatía y la emocionalidad. No hay distancia, ni pensamiento crítico.

En ese escenario, TikTok aparece como la expresión más acabada del nuevo modelo. El problema es que TikTok no se organiza en torno a la agenda pública, como lo hacían los medios tradicionales, sino a partir de una lógica de intereses individuales.

Su algoritmo construye un flujo de contenidos hiperpersonalizado. El objetivo no es informar, sino retener la atención. Ya no existe una realidad compartida, el scrolleo infinito sumerge a cada usuario en un mundo propio, donde ciertos temas aparecen una y otra vez mientras otros directamente desaparecen. Así, se consolida una experiencia informativa fragmentada.

De este modo, las noticias dejan de ser el punto de partida para interpretar el mundo. Cada persona construye su propia versión de la realidad en función del algoritmo que consume.

Como el diario de Yrigoyen, pero ahora multiplicado en millones de pantallas.


Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.


4/1/26

CÓMO SERAN LAS REDES SOCIALES (Y EL PERIODISMO) EN 2026

 

Cerramos el año y, como siempre para estas fechas, se publican varios informes de consultoras sobre la actividad en RRSS (Redes Sociales) y la conectividad a nivel global.

Para esta columna voy a utilizar los datos de Meltwater y We Are Social, que todos los años publican el Informe Digital Global, sin dudas el reporte más completo sobre el tema.

Lo primero que me impresionó tiene que ver con la conectividad a nivel mundial. Continuando con la tendencia creciente de los últimos años, el nuevo hito indica que son más de 6.000 millones las personas que tienen acceso a internet, lo que representa el 73,2% de la humanidad.

Existen 5.660 millones de perfiles activos en redes sociales, lo que representa el 68,7% de la población mundial. Facebook se mantiene como la plataforma con la audiencia más amplia, aunque WhatsApp es la preferida por los usuarios a nivel global.

Un dato llamativo es el uso generalizado de la IA generativa. Algunos analistas ya hablan de la “Era de la Inteligencia Artificial”: son más de 1.000 millones de personas las que usan modelos de lenguaje y herramientas de IA.

También se consolidaron importantes cambios en el consumo audiovisual. Los servicios de streaming ya capturan más de la mitad (50,4%) del tiempo total que las personas dedican a ver televisión.

En contraste, el uso de motores de búsqueda tradicionales (como Google o Yahoo!) cayó a su nivel histórico más bajo, con solo un 80,3% de los adultos en línea utilizándolos mensualmente.

Según los últimos datos disponibles en Argentina, había 41,6 millones de usuarios de internet en octubre de 2025 (sobre una población total de 45,9 millones). Esto significa que la tasa de penetración de internet es de 90,6%, un porcentaje muy por encima de la media global.

En lo que respecta a las RRSS, hay 32,2 millones de identidades activas en redes sociales (70,3% de la población). YouTube lidera el alcance publicitario con 32,2 millones de usuarios, seguido de cerca por Facebook (29,1 millones) e Instagram (28,9 millones).

En cuarto lugar encontramos a TikTok. La plataforma china es la que muestra un mayor crecimiento, logrando un aumento del 14,7% en su alcance publicitario entre 2024 y 2025.

A la hora de proyectar las tendencias para 2026, los especialistas hablan de un cambio de paradigma en la forma en que consumimos contenido digital. Predicen una reacción cultural contra la saturación digital y la velocidad frenética de los últimos años.

Se anticipa un giro drástico hacia RRSS más pausadas, alejándose de las publicaciones efímeras y premiando el contenido orgánico.

Después de años de saturación con videos cortos y la avalancha de contenido sintético generado por IA de los últimos meses, se espera un cambio de rumbo.

Serán tendencia los videos de larga duración, principalmente en YouTube, y un resurgimiento de los blogs, buscando espacios que nos permitan reflexionar en un contexto más tranquilo y calmado.

También nos enfrentaremos a una revalorización de lo humano frente a la IA. Tras la avalancha de contenido generado por inteligencia artificial, la tendencia para 2026 será la búsqueda de narrativas auténticas y creadores que transmitan un tono más humano y genuino.

En el terreno del periodismo se abre una gran oportunidad para competir contra el contenido hecho por máquinas.

En muchos medios es habitual encontrar la aclaración “hecho parcialmente con IA” al principio o al final de las noticias. Como sello de calidad editorial, se espera que las notas que aparezcan con el lema “escrito por un humano” tengan mejor recepción y valoración por parte de las audiencias.

No se trata de desterrar las herramientas de IA de las redacciones (ya que son muy útiles para acelerar procesos o automatizar tareas), sino de evitar que se conviertan en una “fábrica” de contenido informativo.

Para cerrar, estimado lector, podríamos pensar en una analogía gastronómica para ilustrar este proceso. Pensemos que el mundo digital ha sido hasta ahora como el fast food: comida que se hace rápido, sobresaturada en grasas y sal, y consumida al paso. La tendencia para 2026 sugiere que los usuarios están empezando a buscar una comida casera de cocción lenta, donde se valora el tiempo de preparación, la calidad de los ingredientes y la mano (y el corazón) del cocinero.

Y, como todos sabemos, un buen plato se disfruta despacio y, si se comparte en el contexto de una conversación amena, todo sabe más rico.


Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.