La industria audiovisual de nuestro país tiene una historia rica y diversa. Sus hitos más reconocidos son la época de oro del cine argentino, desde mediados de los años treinta hasta mediados de los cincuenta, y los inicios de la televisión.
La primera transmisión televisiva se realizó el 17 de octubre de 1951 con la inauguración de Canal 7, lo que convirtió a la Argentina en pionera en la región.
En línea con estos antecedentes, la escena local de los canales de streaming se destaca hoy a nivel global, como una de las más pujantes e innovadoras. No se trata solo de cantidad de contenidos, sino de formatos, estilos y modos de vinculación con las audiencias que luego son replicados en otros países.
Desde lo tecnológico, el streaming habilita dos tipos de consumo. Por un lado, el modelo on demand, al estilo Netflix, con contenidos disponibles en cualquier momento y desde múltiples dispositivos. Por otro, las transmisiones en vivo a través de plataformas como YouTube, Twitch o Kick, que recuperan la lógica del directo incorporando interacción permanente con la audiencia mediante el chat con los espectadores.
Mario Pergolini fue pionero en la implementación de este formato en el ecosistema de medios locales. En 2012 inauguró Vorterix como radio y canal de streaming. En paralelo, se desarrollaba una modalidad mucho más “casera”: adolescentes que transmitían desde sus dormitorios mientras jugaban videojuegos o contaban anécdotas cotidianas. Sin estructura fija ni producción profesional, el contenido se construía en tiempo real a partir del intercambio con el chat.
Un documental que retrata esos orígenes es “Coscu, la construcción de un imperio”, basado en un archivo de más de 1200 horas de transmisiones.
Coscu introdujo en Latinoamérica conceptos como la streaming house, impulsó una gran comunidad de creadores, promovió los Coscu Army Awards (una premiación anual que llegó a llenar el Teatro Colón y el Luna Park) y popularizó neologismos como “buenardo” que marcaron a toda una generación.
De aquellos inicios a la actualidad, el panorama cambió drásticamente. YouTube se consolidó como la nueva televisión, el espacio donde los canales de streaming hicieron base. Incluso Pergolini abandonó su proyecto de plataforma propia para migrar definitivamente a YouTube. De la enorme cantidad de jóvenes que “prendían cámara” a diario quedaron pocos, aunque el recambio es constante.
Hoy es más fácil producir y transmitir, pero mucho más difícil monetizar. Para una minoría, el streaming se transformó en una profesión; para la mayoría, sigue siendo un hobby con ingresos mínimos.
Desde las Ciencias de la Comunicación, este fenómeno se analiza no solo desde las condiciones de producción, sino también desde las condiciones de recepción: cómo se conforman y actúan las audiencias.
Para quienes están del otro lado de la pantalla, los avances tecnológicos también tuvieron un impacto profundo. Se pasó de la programación lineal de la televisión tradicional a una oferta audiovisual prácticamente ilimitada, disponible en todo momento y lugar. Es como pasar del sistema de colectivos, con paradas y horarios fijos, a las aplicaciones de autos que están siempre disponibles y nos pasan a buscar por la puerta de nuestras casas.
Hablamos de audiencias en plural porque el acceso al contenido se da hoy en distintos niveles. Están quienes consumen transmisiones en vivo, quienes ven los programas en diferido y quienes acceden de manera fragmentada a través de clips que circulan en redes sociales.
En este punto, las condiciones de producción y de recepción se ven influidas por el mismo factor: los algoritmos. El contenido que más se visualiza es el video corto vertical, por lo que en los streaming en vivo se producen momentos de alto impacto específicos, que luego se editarán y se pondrán a circular en redes sociales buscando la viralización.
A esta práctica se la conoce como clipping, los clips circulan en formatos como TikToks, Reels o Shorts y su éxito depende en gran medida de los algoritmos. Ya no existe una audiencia homogénea, sino múltiples formas de acceso a un mismo contenido, con distintos grados de atención. El consumo audiovisual dejó de ser una práctica específica (sentarse a ver un programa) para convertirse en una actividad continua (scrollear durante todo el día).
Dentro de esta lógica, los contenidos que mejor circulan son los breves, emocionales o banales. Lo complejo, lo incómodo o lo denso tiende a quedar relegado.
Aunque en teoría la mayor producción de contenido que nos permite la tecnología se debería traducir en diversidad, garantizando la libertad de expresión, en la práctica la mayoría de los emisores repiten fórmulas que aseguren visibilidad.
Así, esa entelequia indefinible a la que llamamos algoritmo termina funcionando como un nuevo editor ideológico. A diferencia de los medios tradicionales, donde el editor tiene nombre y apellido, aquí no podemos identificar nombres, ni valores, ni intereses claros, y es esa falta de transparencia la nos aleja cada vez más de una lógica verdaderamente democrática.

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