4/10/08

CLASE UNO: INTRODUCCION

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Cuando se definen los efectos del poder por la represión se da una concepción puramente jurídica del poder, se identifica el poder a una ley que dice no (…) Ahora bien, pienso que esta es una concepción negativa, estrecha, esquelética del poder que ha sido curiosamente compartida. Si el poder no fuera más que represivo… ¿piensan realmente que se le obedecería? Lo que hace que el poder agarre, que se le acepte, es simplemente que no pesa solamente como una fuerza prohibitiva, sino que de hecho la atraviesa, produce cosas, induce placer, forma saber, produce discursos; es preciso considerarlo como una red productiva que atraviesa todo el cuerpo social más que como una instancia negativa que tiene como función reprimir.
Michael Foucault




¿Por qué comenzar una clase sobre las teorías de la comunicación con una cita de Foucault que reflexiona sobre el poder?
Básicamente las teorías que abordaremos en las próximas páginas tratan sobre la evolución histórica, las funciones sociales, de control y construcción de valores, y el rol económico, cada vez más importante, que estas instituciones, los mass media, tuvieron durante el siglo XX. De la lectura del conjunto de las teorías se desprende como conclusión que los medios son parte fundamental del andamiaje del poder, entendido como el conjunto de instituciones y sectores sociales, que asociados o segmentadamente, pueden incidir sobre el aparato estatal, los límites represivos del mismo, la construcción del relato [1] que narra el pasado y la actualidad y, por último, sobre la subjetivad de los individuos.


Para comenzar este recorrido es necesario tomar en cuenta ciertos elementos que anteceden a la aparición de las tecnologías aplicadas a la comunicación, pero que son fundamentales para analizar este fenómeno. El primero de estos elementos es la condición social del ser humano, ya que desde su nacimiento la presencia del otro, del congénere, se hace indispensable, primero por la dependencia biológica del recién nacido y luego por la incidencia del entorno afectivo en su desarrollo físico y emocional. Inclusive nuestra subjetividad, la mirada que tenemos sobre nosotros mismos, se define en función del otro: somos en función de los que somos, pero también en función del opuesto, es decir, de lo que no somos. Esta dependencia material y simbólica, que en distinta medida y graduación prácticamente continuará de por vida, es la que caracteriza a la comunicación humana, ya que para hablar de comunicación tenemos que hablar de, por lo menos, dos actores.
Desde distintos ámbitos se trata de reforzar, a lo largo de nuestra vida, el proceso de socialización, es decir, el aprendizaje de la cultura en la cual nos insertamos. Este proceso de enculturación tiene como plataforma el lenguaje, acompañado por los ritos, valores y costumbres de cada sociedad en particular, por lo que nuestro acercamiento a la comunicación como manifestación humana estará ligado, inexorablemente, a la cultura.
De este modo nuestro desarrollo como individuos va amalgamado, y es inseparable, de nuestro rol social. Somos individuos insertos en una comunidad, y como tales, encontramos en la comunicación interpersonal el medio de integración social por excelencia, y en la comunicación social un espacio de integración simbólica con el colectivo al cual pertenecemos.
A partir de la premisa marxista que afirma que el modo de producción dominante en una sociedad determina, entre otros factores, el modo de comunicación es que podemos acercarnos a la compleja trama de intereses y acciones que dan forma a la comunicación masiva, que no deja de ser la expresión de los intereses de la clase social dominante, y que refleja en el plano social la misma lógica que la comunicación interpersonal. Es así como el intercambio entre seres humanos, que supone la comunicación, casi nunca será en igualdad de condiciones, dado que las características socio-demográficas (sexo, edad, status y clase social) de cada una de las personas serán fundamentales para determinar el tipo y la calidad del acto comunicativo.
Es por ello que la comunicación humana es un proceso de carácter complejo, donde generalmente encontramos relaciones asimétricas.
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De los primeros pasos a la actualidad

A la hora de remontarnos a las primeras reflexiones que el hombre dedica a la comunicación tenemos que retrotraernos hasta la antigua Grecia, cuna de la filosofía y de la democracia occidental, y donde la sistematización del proceso de comunicación tal vez tiene su fundamentación en la búsqueda de optimizar el uso de la palabra como herramienta para ganar consenso. Es Aristóteles (384-322 ac), autor de obras fundamentales en su tiempo, quien en el escrito titulado “El arte de la Retórica[2] define a la persuasión como el objetivo de la comunicación, y detalla los tres elementos que la conforman:
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  •  el orador
  •  el discurso
  •  el auditorio


Para Aristóteles la oratoria es el arte de la persuasión mediante la palabra hablada. El proceso persuasivo del discurso retórico se daba en un contexto político-social en el cual un ciudadano se dirigía a sus conciudadanos, un alma actuando sobre otras almas mediante el carácter, las pasiones, las emociones y las palabras elegantes bien escogidas y mejor combinadas. Según los griegos el arte de la política además de basarse en los argumentos, tiene que, prácticamente como una obligación, conmover al auditorio.
En el pasaje de la edad media a la modernidad el término comunicación adquiere un nuevo sentido: pasa de significar “actuar en común” a ser prácticamente un sinónimo de los objetos que, transformados en mercancía de la mano del capitalismo, pueden ser intercambiados.
Comunicación, además del contenido o los objetos, también se comienza a relacionar con el soporte: se empieza hablar de sistemas, canales, vías o líneas de comunicación.
En este punto, lo que se transporta por estos medios o soportes (cables del telégrafo, vías del ferrocarril, caminos viales) puede ser información, productos o personas.
Es así como pasamos de un primer sentido vinculado a lo comunitario, el compartir o poner en común, a una concepción instrumental, que entiende la comunicación como sinónimo de transmisión de un punto a otro.
De este modo, para las primeras teorías que durante el siglo XX analizan este fenómeno, los trenes, el teléfono, los diarios, la radio y la televisión son medios de comunicación, es decir vehículos para pasar de un punto A al punto B. Esta idea de transmisión es la que prima tanto en la Teoría Funcionalista como en la Teoría Crítica, que adoptan el esquema unidireccional en detrimento de la idea de proceso en el cual se comparte a partir de una acción común.
Estas primeras aproximaciones teóricas, entre las que podemos mencionar el modelo matemático y el paradigma de Lasswell, tienden a confundir con el mismo sentido los términos comunicación e información. Desde esta perspectiva los emisores/codificadores envían mensajes elaborados a partir de un código/lenguaje, que aparece como un instrumento neutro, mensajes que son recibidos y decodificados, con mayor o menor precisión, por los receptores en función del conocimiento del código/lenguaje ya mencionado [3].
Luego de décadas de evolución, la teoría culturológica y la teoría semiológica dirán que los distintos lenguajes son en realidad una práctica comunicativa que produce procesos de significación [4], es decir, espacios de interacción entre sujetos en los que se verifican procesos de producción de sentido.
Los discursos son configuraciones témporo-espaciales de sentido, es la materialidad que asumen los lenguajes puestos a circular en distintas plataformas.
Entre los muchos detractores del modelo matemático de la comunicación encontramos al semiólogo argentino Eliseo Verón (1938) que al referirse al carácter lineal de dicho esquema nos dice:

“(…) del sentido, materializado en un discurso que circula de un emisor a un receptor no se puede dar cuenta con un modelo determinista. Esto quiere decir que un discurso, producido por un emisor determinado en una situación determinada, no produce jamás un efecto y uno solo. Un discurso genera, al ser producido en un contexto social dado, lo que podemos llamar un ¨campo de efectos posibles¨. Del análisis de las propiedades de un discurso no podemos nunca deducir cuál es el efecto que será en definitiva actualizado en recepción. Lo que ocurrirá probablemente, es que entre los posibles que forman parte de ese campo, un efecto se producirá en unos receptores y otros efectos en otros. De lo que se trata es de una propiedad fundamental del funcionamiento discursivo, que podemos formular como el principio de la indeterminación relativa del sentido: el sentido no opera según una causalidad lineal”. [5]
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Pero como ya mencionamos un discurso no solo esta constituido por palabras. La complejidad del proceso de comunicación esta dada por lo que el semiólogo francés Roland Barthes (1915-1980) denomina como una “lucha contra cierta inocencia de los objetos”. Para Barthes todos los objetos que nos rodean actúan como signos, todo comunica: la ropa, un automóvil, un plato de comida, un gesto, una película, una canción, una fotografía en una publicidad, una casa, el título de un diario. La clave esta poder leer entre líneas el sentido de cada uno de estos signos, lo que Barthes denomina connotación, y develar su carácter cultural a pesar de los esfuerzos puestos por las clases sociales dominantes en disfrazarlos de naturales.

“Todas estas lecturas son muy importantes en nuestra vida, implican demasiados valores sociales, morales, ideológicos, para que una reflexión sistemática pueda dejar de intentar tomarlos en consideración: esta reflexión es la que, por el momento al menos, llamamos semiología. ¿Ciencia de los mensajes sociales? ¿De las informaciones de segundo grado? ¿Captación de todo lo que es “teatro” en el mundo, desde la pompa eclesiástica hasta el corte de pelo de los Beatles, desde el pijama de noche hasta las vicisitudes de la política internacional? Poco importa por el momento la diversidad o fluctuación de las definiciones. Lo que importa es poder someter a un principio de clasificación una masa enorme de hechos en apariencia anárquicos, y la significación es la que suministra este principio: junto a las diversas determinaciones (económicas, históricas, psicológicas) hay que prever ahora una nueva cualidad del hecho: el sentido”.[6]
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Referencias:
[1] En las ciencias sociales, diferenciándose de la interpretación literaria, “relato” no se refiere a una ficción o a un cuento sino a una construcción de sentido a partir de datos de la realidad.[2] La retórica es definida como “el arte de hablar”, encaminada prioritariamente a persuadir al otro. La retórica nació y se perfeccionó en una sociedad como la Grecia antigua, de sistema político predominantemente oral, y para la cual el dominio de la palabra era una necesidad práctica. Aunque inscrito dentro de una tradición anterior, el tratado de Aristóteles se apartó sin embargo tanto de caminos clásicos como de una retórica de corte más sofístico, para llegar a constituir, vinculando los campos de la ética, la política y la dialéctica, un texto no sólo orientado a conseguir la persuasión, sino a evaluar la realidad y a tomar las decisiones más correctas.
[3] El lenguaje se puede entender, desde el sentido instrumental que le otorgan las teorías funcionalistas, como una “herramienta que sirve para comunicar” de manera arbitraria, consciente y subjetiva, reforzando el concepto unidireccional que prevalecía en ese momento, superado, como ya veremos, por los aportes de la Escuela de Palo Alto y de la semiología.
[4] Entendemos por significación el proceso en el cual una cosa materialmente presente a la percepción del destinatario representa otra cosa a partir de reglas subyacentes.
[5] Perón o muerte, los fundamentos discursivos del fenómeno peronista. Verón, Eliseo. Editorial Legasa. Buenos Aires. 1986.
[6] Extraído del artículo: La cocina del sentido. Publicado en el periódico Le Nouvel Observateur. Paris, 10 de Diciembre de 1964.
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