3/8/11

LA CRIMINOLOGIA MEDIATICA (DOS)


Desde el jueves 26 de mayo de 2011 el Diario Página 12 de Buenos Aires publicó semanalmente una serie de 25 entregas donde Raúl Zaffaroni, miembro de la Corte Suprema de Justicia de la República Argentina, junto las ilustraciones de Miguel Rep, despliega una mirada alternativa sobre los temas más polémicos relacionados con la delincuencia, la seguridad, el derecho, el poder punitivo, la figura del Estado gendarme y el rol de los medios. 

En el resumen del capítulo 17 se respeta la división en tres secciones que Zaffaroni eligió para la versión impresa: 

1) La criminología mediática y la víctima-héroe

La criminología mediática actual se importa de Estados Unidos. Nuestra región, en cambio, carece de las condiciones necesarias para mantener a dos millones de personas presas y para bajar el desempleo mediante los servicios de vigilancia institucional. Por lo tanto, los efectos políticos difieren totalmente.
En el hemisferio norte la criminología mediática refuerza la política de prisionización de negros y latinos, y en Europa la expulsión de extracomunitarios. Pero en América Latina es imposible prisionizar a todas las minorías molestas –que tampoco son tan minorías–, con lo cual la venganza estimulada hasta el máximo se traduce en 1) mayor violencia del sistema penal; 2) peores leyes penales; 3) mayor autonomía policial con la consiguiente corrupción y riesgo político; 4) vulgaridad de políticos oportunistas o asustados; 5) reducción a la impotencia de los jueces.
A la criminología mediática no le interesan la frecuencia criminal ni el grado de violencia en una sociedad, porque en realidad no le importan los criminales ni sus víctimas. Por eso envía el mismo mensaje desde México (con más de cuarenta mil muertos en cinco años) hasta Uruguay (con un índice casi despreciable de homicidios dolosos), desde Centroamérica con las maras y los sicarios (como los que mataron a Facundo Cabral) hasta una esquina suburbana de Buenos Aires con los pibes tomando cerveza y fumando porro.
Entre otras cosas, la criminología mediática oculta al público la potenciación del control reductor de nuestra libertad. Al crear la necesidad de protegernos de Ellos, justifica todos los controles estatales –primitivos y sofisticados– para proveer seguridad. No lo olviden: lo que al poder punitivo le interesa no es controlarlos a ellos, sino a controlarnos a nosotros.
El miedo a un objeto temible es positivo: filogenéticamente condicionado, sirve para la supervivencia. En este sentido, el miedo a la victimización es normal cuando es proporcional a la magnitud del riesgo. Pero cuando se cree que un solo objeto es la única fuente de todos los riesgos y no hay otros, el miedo consiguiente deja de ser normal.
Este miedo anormal deja de cumplir su función de supervivencia cuando no les asigno importancia a los otros riesgos, y entonces me comporto temerariamente frente a ellos. Así, me cuido del robo y no me percato de que en mi propio hogar aumenta la violencia, o todos violamos la luz roja del semáforo de la esquina o, lo que es más grave, pido más vigilancia y cuando quiero darme cuenta los que me vigilan me secuestran.
La criminología mediática latinoamericana tiene una particular preferencia por los shows que enfrentan a algunas víctimas con los responsables de la seguridad (policías, políticos y si puede algún juez). Este espectáculo fija en el imaginario colectivo la peligrosa idea de que el Estado debe ser omnipotente, capaz de prevenir hasta los delitos y accidentes más patológicos e imprevisibles, que ningún país del mundo puede evitar.
Quien no ratifica lo que las víctimas o sus deudos expresan es estigmatizado como tibio, peligroso y encubridor, además de insensible al dolor ajeno.
En algunos casos, la criminología mediática da con la víctima ideal, capaz de provocar identificación en un amplio sector social. En tal caso la convierte en vocera de su política criminológica, y la consagra como víctima-héroe.
A la víctima-héroe se le hace reclamar represión por vía mágica y se prohíbe responderle, pues cualquier objeción se proyecta como irreverente frente a su dolor. Ante el peso de la presión mediática, son pocos los que se animan a desafiarla y a objetar sus reclamos. Los que más se amedrentan son los políticos que, desconcertados, tratan de ponerla de su lado redoblando apuestas represivas y descalificando a los jueces.
Cuando este proceso se agudiza, la víctima-héroe se vuelve inmostrable por disfuncional. En ese momento la criminología mediática la abandona e ignora hasta silenciarla por completo, sin importarle el daño psíquico que le ha provocado al interrumpirle la elaboración del duelo. La trata como a una cosa que usa y arroja cuando deja de resultarle útil.

2) La criminología mediática como reproductora

La criminología mediática se atrinchera en su causalidad mágica. Ni siquiera admite sospecha alguna sobre su propio efecto reproductor del delito estereotipado funcional, que le resulta imprescindible para sostener su mensaje e infundir el pánico moral.
Al mensaje contra la pretendida impunidad cuando las cárceles están superpobladas, el ciudadano común lo percibe como un mensaje de miedo. En cambio, las personalidades frágiles de los grupos de riesgo lo entienden como una incitación pública al delito: “delincan pues hay impunidad”.
Hace pocos años, un horrible homicidio múltiple de un matrimonio y su hijo menor en Italia dio lugar a un reforzamiento del estereotipo del albanés asesino, del cual la hija sobreviviente llegó incluso a hacer un identikit. La sorpresa fue grande cuando se descubrió que la autora era la hija ayudada por su novio… En estos casos la criminología mediática enmudece.
Es sabido que el criminal que desafía al poder causa fascinación. De hecho, siempre los grandes criminales han desatado pasiones, sobre todo si son jóvenes y más o menos hermosos.
Socialmente no es nada saludable fomentar esa fascinación, pero la criminología mediática lo hace y hasta último momento los muestra duros, masculinos, impávidos ante la muerte, parecidos a los héroes de la series. Si de prevenir el delito se trata, éste no parece el mejor método.

3) La criminología mediática y la política

En términos generales, la criminología mediática impulsa la tendencia a un estado autoritario cuyo modelo desemboca en un fortalecimiento policial que a su vez refuerza la autonomización de las corporaciones policiales, lo cual se traduce en arbitrariedad, y en la participación de la propia autoridad preventiva en la comisión de delitos. También en el aumento de la llamada “criminalidad organizada”, en la pérdida de control gubernamental, en la ineficacia creciente de la prevención de delitos graves, en la corrupción de autoridades políticas, en la tolerancia burocrática judicial o directa corrupción, en el debilitamiento o supresión de todos los controles democráticos, etc.
El pánico moral se produce cuando los medios que suministran la información supuestamente seria dedican muchos más minutos de televisión al homicidio del día, cuando los diarios de igual naturaleza dedican muchos más metros cuadrado de papel a lo mismo y trasladan la noticia roja a la primera plana, cuando más expertos son entrevistados y ante más gestos de resignada impotencia o reclamos de reforma a la ley con voz ahuecada de escuela de teatro muestran los comunicadores.
Nada de esto tiene que ver con la frecuencia real de la violencia criminal.
Las dictaduras juegan al máximo con la falsa idea de que sacrificando libertad se obtiene seguridad y orden. Así seducen a las personalidades más estructuradas e inseguras frente a cualquier cambio.
En las sociedades democráticas, la criminología mediática alterna entre colocar a la seguridad en el centro del debate político (y así incidir en la decisión electoral) y limitarse a mostrar un Ellos contenido (la guerra sigue, pero sin peligro inminente). Tampoco falta la ocasión de ataque generalizado a la política misma, mostrándola como mezquina y enfrascada en discusiones inútiles que además descuidan la vida de los ciudadanos.
Esto último es la antipolítica, eje central de los totalitarismos de entreguerras, que sostenían sus regímenes de partido único con la afirmación de que el pluralismo político era un fraccionamiento debilitante de la nación.
En alguna medida, la criminología mediática parece aspirar a que la interacción humana sea siempre mediada por la televisión. De allí el desconcierto y el desagrado frente a cualquier manifestación o celebración masiva no convocada por ella misma: cuanto menos se reúnan las personas, menos se comunicarán, menos oportunidades tendrán de reflexionar y por tanto de tomar conciencia de otra realidad.
Hoy la política asume en la región formas que muchas veces difieren de los populismos pasados. Sin embargo, cada vez que en alguno de nuestros países surgen movimientos o partidos que postulan seriamente la ampliación de la ciudadanía real mediante la incorporación de nuevas capas sociales, la criminología mediática aumenta su espacio y estridencia. La táctica völkisch y el consiguiente pánico moral forman parte del arsenal destinado a derrotarlos.
La criminología mediática actual forma parte del desbaratamiento del programa de Roosevelt, o sea, del Estado de bienestar. En la Argentina estalló con el retorno a la constitucionalidad, cuando el Estado de bienestar ya no podía ser demolido en base a dictaduras militares.
La criminología mediática no es producto espontáneo de las estrellas de la comunicación televisiva que muestran sus rostros de serios formadores de opinión y de custodios de la seguridad urbana, sino que éstos son el subproducto de intereses financieros mediatizados por las empresas comunicacionales. El fenómeno es mundial y la preocupación también: no perdamos la dimensión planetaria del problema.

Fuente: http://espectadores.wordpress.com