31/8/25

LO QUE SOMOS LOS ARGENTINOS


A lo largo de nuestra corta historia como país han sido muchos los artistas o intelectuales que intentaron definir qué somos como sociedad y como individualidad. En canciones, obras de teatro o ensayos se buscó retratar al “ser argentino”. Todos los intentos despertaron polémica. La grieta siempre estuvo presente.

Ya en tiempos de Alberdi, un prócer nacional muy de moda en estos días, el tema era de mucho interés. En el prólogo de Fragmento preliminar al estudio del derecho, resalta una cita en latín: Nosce te ipsum (conócete a ti mismo). Sin dudas, Alberdi hablaba en nombre de toda la Generación del 37.

Un siglo después, Ezequiel Martínez Estrada publicó Radiografía de la Pampa, un libro que pretendía ser definitivo al describir el "ser nacional". Alejado de los sueños de grandeza que en la década del 30 se hacían fuertes en el país, el autor nos habla de una nación fundada sobre el error, donde la llanura de la pampa puede interpretarse como un laberinto sin salida, un territorio donde conviven, en equilibrio trágico, la civilización y la barbarie.

En esta línea pesimista de Martínez Estrada, centrada en el individualismo, la falta de cohesión social y la ausencia de un proyecto común, podemos inscribir a la última película de Mariano Cohn y Gastón Duprat: Homo Argentum. Volvemos al latín, que en este caso podríamos traducir como Hombre "Argentino" o "de Plata".

Es tan grande el éxito de la película, amigo lector, que me imagino lo innecesaria que resulta la información que le comparto: batió los récords de espectadores, sorprendió con un actor interpretando 16 personajes y con un formato de 16 capítulos breves, sin relación aparente entre sí.

Pero sí me parece necesario enmarcar la película del versátil Guillermo Francella en el universo creativo de la dupla Cohn y Duprat. Su presentación en sociedad fue con Televisión Abierta (1998), un programa que se anticipó a YouTube: una cámara, y una pantalla para la difusión, para que cualquiera mostrara sus talentos o simplemente contara algo.

De ese experimento (¿democratizador?) saltaron al cine con El hombre de al lado, con un protagónico consagratorio para Daniel Aráoz y un tono narrativo que oscilaba entre el suspenso y el humor negro. Siguieron El ciudadano ilustre y Competencia oficial, además de la serie Bellas Artes, todas protagonizadas por Oscar Martínez, donde van al choque de lo políticamente correcto en general y del snobismo cultural en particular.

También merece mención la serie Nada, que los reunió con Robert De Niro, y El encargado, donde trabajaron con Francella, consolidando una nueva sociedad artística.

Medios de comunicación, arquitectura, redes sociales, sindicatos, literatura, la política, el arte moderno y la propia industria del cine aparecen dentro del abanico temático que recorren a lo largo de su obra. Y aunque muchas producciones se rodaron en el exterior, siempre lo argentino está presente. Pero no necesariamente en su costado más luminoso: sus personajes suelen ser oscuros, calculadores, cínicos, cascarrabias, poco progresistas (lo digo así, en términos amables).

En ese sentido, Homo Argentum parece una continuidad coherente dentro de un universo creativo de dos artistas que parecen cómodos en el rol de enfants terribles.

Queda, como dato llamativo, la distancia entre la crítica y el público. La primera, en general, fue muy dura al evaluar la película; mientras tanto, familias enteras o grupos de amigos peregrinaban en masa a las salas de cine de todo el país, retomando una práctica de consumo mediático impropia en la era de las plataformas de streaming.

En lo personal, creo que al abuso del estereotipo del "argentino medio" (el que se hace el "boludo", el canchero, el ventajero, el snob) le falta el balance del arquetipo que también nos define y con el que nos reconocen en el mundo: los que fundan unicornios, los que brillan en disciplinas deportivas o como referentes religiosos, los que ganan premios Nobel o se convierten en abanderados de los desposeídos, los que dejan huella en la ciencia y en las artes… como Cohn y Duprat.

Barbarie y civilización. Ni más ni menos.


Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.

24/8/25

EL ARTE DE CONTAR HISTORIAS


En estos días me llamó mucho la atención que tanto en la TV como en la gráfica apareciera contenido conmemorativo de los 35 años del final de la telenovela “La extraña dama”, protagonizada por Luisa Kuliok y Jorge Martínez.

Como no recordaba información de esa época, me puse a investigar tratando de entender por qué esta producción de Canal 9 ameritaba el homenaje, en detrimento de tantas “novelas de la tarde” que se filmaron en las últimas décadas.

Con la información recolectada, pude sacar varias conclusiones: con el rating en baja y la falta de ficciones en la TV actual, llama la atención los más de 4 millones de televidentes que vieron el capítulo final.

Otro dato llamativo es que esta novela se exhibió en varios países, abriendo mercados para otras producciones nacionales. Desde los años 50, época de oro del cine argentino, a nuestra industria audiovisual le costaba trascender fronteras.

Argentina tiene una larga tradición en el melodrama, ya que a finales del siglo XIX aparecieron las novelas de folletín. Se trataba de fragmentos o capítulos de novelas cortas que los periódicos empezaron a publicar junto a las noticias, con la intención de enganchar a los lectores con la historia y obligarlos a comprar el diario al día siguiente.

Ya entrado el siglo XX, el folletín se independizó de las noticias y comenzó a imprimirse por separado. Eran publicaciones de formato pequeño, de fácil lectura y precio económico, que a diferencia de los libros, se vendían en los puestos de diarios.

El folletín nació en Europa y sus principales géneros eran la novela rosa, la novela de aventuras y el policial. Fue la primera forma de publicación para muchas historias que aún son reconocidas, como “Los tres mosqueteros” y “El conde de Montecristo”, por ejemplo.

Con la llegada de la radio, el formato se adaptó a la necesidad de contar esas historias solo con sonidos, dando inicio al radioteatro. Durante tres décadas, historias como "Chispazos de tradición" o “Los Pérez García”, mantenían en vilo al radioyente con la evolución de la trama dramática.

Esta versión sonora del folletín fue todo un éxito. Los actores de los radioteatros hacían giras por salas de todo el país con la puesta en escena de cada obra; además, se vendían álbumes con sus fotografías y los libretos de los guiones radiofónicos.

En la era de la televisión, nos encontramos con un nuevo desafío de adaptación del melodrama, esta vez a la lógica del audiovisual. Más allá de las cuestiones técnicas, hay elementos de la trama que perduran en el tiempo y que le dan identidad al género.

¿Qué tienen en común el folletín, el radioteatro o una telenovela? Lo principal: una historia de amor entre una pareja que debe luchar contra todo tipo de obstáculos para consumarlo. Además, personajes estereotipados sin lugar para los grises: los protagonistas, aparte de lindos, son muy buenos; mientras que sus enemigos, los que quieren arruinarles la vida, son muy malos.

También hay conflictos con identidades negadas o robadas: hijos con padres falsos o desconocidos, y supuestos herederos que legalmente no merecen recibir nada. Otro elemento importante: las historias se enmarcan en un contexto de asimetría social, con choferes que se enamoran de sus patronas o secretarias flechadas por sus jefes, que en general son herederos de una gran fortuna o el CEO de una multinacional.

La revolución tecnológica les dio una segunda vida a clásicos del género, que hoy se ofrecen dentro del catálogo de distintas plataformas de streaming. Los ejemplos de “Yo soy Betty, la fea” y “Pasión de gavilanes” abrieron paso a producciones argentinas como “Muñeca brava”, protagonizada por la dupla Oreiro/Arana, y "Montecristo”, con Pablo Echarri, ambas disponibles en Netflix.

También hay una actualización del formato en función de las nuevas formas de consumo. En este sentido, las webnovelas presentan episodios cortos, diseñados para el formato de pantalla vertical, que apuntan a un público joven y se publican regularmente, siguiendo una narrativa serializada. Hay muchas en TikTok, con mucho público que las consume.

Puede ser alguien contando una aventura alrededor de un fogón, o un adolescente descubriendo una telenovela clásica junto a su mamá. No importa el momento histórico ni el soporte por el cual nos llegan las palabras. Lo importante son las historias, principalmente si terminan ganando los buenos y los malos encuentran su justo castigo. Al fin y al cabo, siempre se trató de compensar, aunque sea un poco, la dura realidad.


Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.

17/8/25

EL NEGOCIO DE LAS IDEAS


Hace poco, se instaló en la agenda mediática la disputa entre los canales de streaming, Luzu y Olga, por los números del rating. Sus principales presentadores, Nico Ochiatto y Migue Granados respectivamente, se chicanearon sobre la cantidad de espectadores orgánicos que tienen realmente y el uso de bots que inflan las estadísticas.

Hace un par de décadas, le “combate” en la pantalla era entre Marcelo Tinelli y Mario Pergolini. Pero nos tenemos que ir muy atrás en la historia para encontrar a “la madre de todas las batallas” en el plano mediático.

Hacia finales del siglo XIX, dos periodistas de Nueva York protagonizan una dura pelea por llevar a sus respectivos diarios al primer lugar en las ventas. Hablamos de Joseph Pulitzer, al frente del New York World, y de William Hearst, dueño del New York Morning Journal.

A la luz de ese enfrentamiento, fue tomando forma un estilo periodístico que hoy llamamos sensacionalismo: titulares estridentes con grandes letras, historias truculentas, exageraciones y mentiras.

Pero la competencia también tuvo un impacto positivo: logró que el consumo del diario impreso se popularizara, llegando a venderse millones de ejemplares por día. Nacía así, con el cambio de siglo, la prensa de masas.

En la consolidación de este proceso se conjugaron otros factores: cada vez más gente sabía leer y escribir, las jornadas laborales eran más cortas y los avances técnicos, sumados a la publicidad, permitían abaratar el precio de tapa.

El objetivo de estos periodistas-empresarios era netamente comercial. Justificaban las malas prácticas bajo la premisa de que nunca permitirían que la verdad les arruine una buena historia.

Pero es obvio que los diarios no nacieron con esta historia, y lo que me interesa, estimado lector, es detenerme en la etapa anterior, la que transcurre en el siglo XIX. En Europa y en América nos encontramos con el proceso de consolidación de los estados nacionales y, en ese contexto, la prensa era un instrumento más en la disputa por el poder.

La distribución se hacía por suscripción, no existía todavía la venta callejera. Su público era la élite económica y cultural, lo que hoy llamaríamos un nicho, en parte porque el diario era un producto caro, que se limitaba a circular en la minoría que estaba alfabetizada.

Además de difundir noticias, era una herramienta muy importante en la disputa ideológica. De hecho, el diario La Nación, fundado por Bartolomé Mitre en 1870, todavía conserva su lema: "La Nación será tribuna de doctrina".

¿Y cuál es esa doctrina? Desde su nacimiento, este diario se caracteriza por la defensa y la promoción del liberalismo y la propiedad privada. De perfil conservador y tradicionalista, con el tiempo se transformó en la voz de sectores como el campo, la Iglesia católica y las Fuerzas Armadas.

En esta etapa, la prioridad no estaba en el “negocio”; el objetivo era la difusión de ideas políticas y, a medida que avanzaba el siglo, se convirtieron en herramientas clave para el cambio social y la influencia en la opinión pública.

Hoy, en nuestro ecosistema mediático, nos encontramos con una mezcla entre los dos estilos de hacer periodismo que describimos.

Por ejemplo, el empresario Augusto Marini es el accionista mayoritario en Blender y en Carajo, dos de los canales de streaming con mayor rating. Sus respectivos referentes, Tomás Rebord y el Gordo Dan, se caracterizan por su posicionamiento ideológico: Rebord en el espectro del panperonismo y Dan en el campo libertario.

Otro caso similar lo encontramos en YouTube, donde los canales Agarrá La Pala (libertario) y Revolución Popular Noticias (de la izquierda) se le atribuyen a Gastón Douek, especialista en comunicación digital. Si bien ambos canales, a priori, se ubican en los extremos opuestos del arco ideológico es común ver recortes de videos compartidos, donde solo se cambia el videograph de "X destroza a Y" por el de "Y lo domó a X". Maximizar los recursos, dirían en el barrio.

Pasa el tiempo y cambian las reglas del juego. La historia nos muestra que hace 200 años un editor encaraba la aventura de imprimir un diario más como un acto de militancia que como un negocio. La prioridad era difundir ideas.

En el siglo pasado, con el capitalismo consolidado y con la publicidad como gran soporte de los medios, pasó a tener mayor preponderancia la figura de la empresa, o los grandes grupos mediáticos, y sus negocios por sobre los contenidos.

Hoy llegamos al punto donde se hacen negocios con las ideas. Un verdadero cambalache discepoliano.

Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.

10/8/25

EL REALITY DE LA CIENCIA QUE PUEDE SALVAR A LA TV

 

Desde su nacimiento, tanto la radio como la TV se desarrollaron a partir de dos modelos claramente diferenciados.

El modelo de los EEUU se basa en la explotación, que hacen empresas privadas, de determinadas franjas del espectro radioeléctrico, que pertenecen al estado y que son concedidas mediante licencias de uso.

Este modelo se basa en el lucro y se financia con publicidad. Así, los medios generan contenidos con el objetivo principal de captar audiencias. Esos oyentes o televidentes son “vendidos” a los anunciantes.

La comunicación, en este modelo, se concibe como un negocio más dentro del mercado.

El otro modelo, nacido en Europa, entiende a la comunicación como un servicio público. Allí, el Estado se reserva la exclusividad en la explotación de las frecuencias, y la administración de las empresas públicas de radio y televisión queda en manos de representantes de los partidos con presencia parlamentaria, sin injerencia directa del poder ejecutivo de turno.

Hasta los años 80, estos medios se financiaban exclusivamente con los impuestos de los contribuyentes. Sin embargo, a partir de la oleada conservadora encabezada por Thatcher y Reagan, comenzaron a proliferar las empresas privadas de medios en Europa, y la publicidad se incorporó como una nueva fuente de financiamiento para los medios públicos.

En América Latina se impuso el modelo americano, con predominancia de empresas privadas y financiamiento publicitario. Aunque, técnicamente, podemos hablar de un sistema mixto: en la mayoría de los países de la región, los medios privados conviven con radios y canales estatales.

Pensar en el estatus legal o la forma de financiamiento, estimado lector, es importante para encarar el tema principal de esta columna: los contenidos.

Durante décadas, el contenido de los medios giró en torno a una polémica: ¿la gente ve lo que ve porque le gusta o porque no hay otras opciones? ¿Se puede moldear el gusto popular a partir de la oferta disponible?

De manera esquemática, podemos aventurar que los dos modelos antes descritos encaraban la producción de contenidos desde perspectivas muy distintas: el modelo estadounidense, desde el puro entretenimiento; el europeo, con la intención de difundir la alta cultura, con la BBC como emblema.

Aunque esta última intención puede parecer virtuosa, recibió muchas críticas a lo largo del tiempo:
  •  porque la reivindicación de la alta cultura estaba legitimada por las elites intelectuales, que eran las que generalmente llegaban a la representación parlamentaria;
  • porque partía de un prejuicio, al considerar que el público popular tenía mal gusto;
  • por su tono paternalista de “educar al pueblo”.
Otro dato, no menor en este debate, está dado por el bajo rating que en general tienen los programas o contenidos “culturales”.

En nuestro país, tuvimos experiencias valiosas que podemos sumar al análisis: Canal (á) en la televisión por cable, y las señales Encuentro y Paka Paka, disponibles tanto en la TDA como en el cable. Estas últimas lograron una síntesis interesante entre espectáculo y cultura, diversión y calidad.

Hoy se suma un nuevo fenómeno a esta lista: la sorprendente repercusión de las transmisiones en vivo desde el Cañón Submarino de Mar del Plata, como parte de la misión científica Talud Continental IV, desarrollada por investigadores del CONICET y del Schmidt Ocean Institute.

No solo impresionan los números de visualizaciones, también el impacto en la conversación pública, reflejado en miles de comentarios en redes sociales y una ola de memes virales.

Sorprende que un contenido científico supere en views a los canales de streaming con trayectoria y con personajes de renombre frente a las cámaras.

Ante tanta sorpresa, volvamos a las preguntas incómodas: ¿la ciencia y la cultura no tienen rating porque son aburridas para las audiencias masivas? ¿O porque fueron históricamente mediatizadas de forma aburrida?

Sin dudas, las transmisiones de la expedición científica Talud Continental IV son espectaculares por la calidad y la novedad de las imágenes que comparte: criaturas nunca vistas, colores vívidos y texturas asombrosas.

Pero lo que suma, al humanizar esta aventura, es escuchar las voces de los biólogos marinos que relatan lo que la cámara va descubriendo. Eso ayuda a desacralizar la ciencia, a bajar la figura del científico del pedestal.

Se oyen y se sienten cercanos, transmiten su emoción y nos emocionan a todos. Es ciencia, pero también espectáculo. Es cultura, pero es popular.

Quiso el destino, en una mueca irónica, que este boom de masividad ocurriera justo cuando la política peor trata a los científicos y a su institución más representativa, el CONICET.

Permítame, bondadoso lector, brindar —aunque sea con agua de mar— por más científicos que se conviertan en influencers, por más programas de ciencia y cultura que baten récords de audiencia, y por más medios que representen los intereses reales de nuestra sociedad, especialmente los de las minorías.

Nos quieren convencer de que la ciencia es inútil, que representa un gasto innecesario. Nos quieren hacer creer que la cultura es aburrida, aunque jamás se hayan acercado a la cultura popular.

Qué buenos tiempos estos, en los que políticos de pacotilla y programadores de TV trasnochados quedan en evidencia… gracias a una simple estrella de mar brillando a 3.900 metros de profundidad.


Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.

3/8/25

LA VIGENCIA DEL LIBRO: DONDE EL FUTURO TODAVIA VIVE


A través de la historia, el surgimiento de cada “nuevo medio” de comunicación despertaba rápidamente voces que anunciaban la desaparición del “viejo medio”.

Así, con la llegada del cine muchos predijeron la muerte del teatro; de la mano de la radio y la televisión el difunto sería el cine y también se anunció la extinción del libro cuando internet se hizo presente.

Marshall McLuhan, el teórico canadiense autor de la famosa frase “el medio es el mensaje”, nos dice que en realidad el contenido de un nuevo medio se origina en un medio anterior. Desde esa perspectiva, nos corremos de la dualidad vida/muerte y podemos analizar el proceso desde el concepto de “evolución”.

Entonces, podemos pensar al cine como la evolución del teatro, a la televisión como la evolución del cine y a la web como la evolución de la televisión. Y al pensar en evolución abandonamos la idea de cambio radical y nos acercamos al concepto de “continuidad”.

Si coincidimos en que el contenido de los distintos medios tiene continuidad, ¿cuál es el aporte del desarrollo tecnológico? Lo que cambia de la mano de la tecnología es la interfaz.

Vamos a definir  la interfaz como el punto de interacción entre dos sistemas, o entre un sistema y un usuario, que permite el intercambio de información.

A partir de esta definición,seguramente lo primero que se nos viene a la mente es el menú de nuestro teléfono móvil donde aparecen todos los íconos de las aplicaciones que tenemos descargadas. Y esa asociación es correcta.

Estamos rodeados de interfaces: el teléfono celular, la computadora, la tableta, la pantalla del auto, el televisor, las máquinas expendedoras y un largo etcétera.

Hay un especial interés en la industria tecnológica por hacer invisibles las interfaces y de ese modo limitar la comprensión de su funcionamiento y la posibilidad de modificar los mecanismos internos de las apps.

Pero sería un error relacionar exclusivamente el concepto de interfaz a los dispositivos electrónicos.

Un libro también es una interfaz que nos permite acceder a información, ideas y a historias fantásticas, ya sean reales o de ficción. 

Las interfaces basadas en pantallas táctiles están tan naturalizadas en nuestra vida cotidiana que solo nos llaman la atención cuando funcionan mal.

Pero el libro es tan noble que nunca funciona mal. Puede estar mal impreso, le pueden faltar páginas, pero a pesar de estos accidentes siempre está a nuestra disposición. Cómo dice el "Tano" Favalli en el Eternauta: “lo viejo funciona, Juan”.

Un libro no necesita actualizar el software, no sufre por los cortes eléctricos ni las caídas de tensión ya que no tiene que cargar baterías. Son más económicos que los dispositivos electrónicos y más seguros para transportar información a muy bajo costo… no hay memoria o disco rígido que se cuelgue o se rompa.

Antes del libro impreso, durante miles de años el hombre guardó registros escritos en tablas de arcilla, papiros enrollados o códices de piel o pergamino. Pero una innovación lo cambió todo.  

¿Qué es innovar? Carlos Scolari, un especialista en el tema, nos dice que innovar es crear nuevas interfaces, es juntar elementos, no solo tecnológicos… Menciona experiencias de uso, sujetos, historias, tácticas y  estrategias de producción. Juntar cosas que antes estaban dispersas y crear una nueva interfaz.

Volvamos al teléfono. Steve Jobs es reconocido como un innovador porque se le ocurrió meter dentro de un iPhone muchos elementos que hasta ese momento estaban separados, desde un reproductor de música hasta una brújula, pasando por una linterna o un despertador.

Gutenberg hizo algo parecido hace poco más de 500 años. Como orfebre, partió de su habilidad para modelar el metal de los tipos móviles que usaría, adaptó el sistema de prensa utilizado para producir vino y usó el papel como soporte para la impresión. 

Después de 5 siglos del reinado del libro como el dispositivo más importante  para la transmisión cultural,  el surgimiento de la web impactó radicalmente en los modos de producir y hacer circular el conocimiento. Como el meteorito que acabó con los dinosaurios en la era jurásica, internet parecía condenar al objeto-libro a la extinción.

Desde los laboratorios de diseño TEC le encontraron el reemplazo acorde a estos tiempos posmodernos: una tableta que simula ser un libro, que inclusive remeda el efecto de nuestro dedo pasando la página para continuar la lectura. 

Pero, heroico, el libro resiste. Como el vinilo, resurge del abandono ingrato de los usuarios y coleccionistas que se subieron a la moda digital. Los fanáticos  reivindican el plano sensorial: la yema de los dedos recorriendo las páginas o el olor de la tinta sobre ese blanco imperfecto del papel. Pura  reivindicación de la materialidad.

Por eso, amigo lector, le voy a pedir que al terminar de leer el diario busque un libro cualquiera. Otórguese el permiso de perderse en algunas de sus páginas… estoy convencido de que ahí todavía vive el futuro.

Por Francisco Monzón (@flmonzon) para @eldiariosur. Leelo acá.