2/9/09

¿QUE TE PASA…?

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Caludio Díaz es periodista. Autor del libro "Manual del Antiperonismo Ilustrado", ganó en 1989 el premio latinoamericano de periodismo José Martí por una serie de artículos publicados en La Razón sobre las sectas evangélicas financiadas por los Estados Unidos. Además, fue fundador de la FM Haedo, ganador del “Martín Fierro” como integrante del equipo periodístico de radio Mitre, ex integrante de la Red Informativa de TELEFE y colaborador de la revista “El Periodista”. También trabajó en los diarios “Crónica”, “La Razón” y desde el 2001 hasta el abril 2008 en Clarín (sus ultimas notas aparecieron en el Suplemento Zonal Morón / Ituzaingó).

Luego de una entrevista que otorgó a fines de marzo de 2008 a la Revista Veintitrés, donde opinaba sobre el rol del Grupo Clarín en el enfrentamiento entre el gobierno y el campo, fue blanco de aprietes por parte de sus superiores que lo llevaron a renunciar. Allí dijo: "hoy estamos en presencia de algo que se podría llamar ‘mediocracia’, un gobierno de los medios paralelo al oficial".

A mediados de abril envía un mail donde comunica su renuncia, pero su relación con el Grupo Clarín no termina ahí.

A partir de un blog periodístico (quetepasaclarin.com) donde Díaz analizaba titulares y notas del diario, al estilo del blog diseccionandoelpais, los abogados del "gran diario argentino" inician una demanda judicial donde solicitan su cierre por uso "indebido" del nombre "Clarín".

El blog fue bautizado en honor a la frase de Néstor Kirchner (ver aquí) y por si hiciera falta aclararlo no tenía fines de lucro. En sus tres meses de presencia en la web la mayoría de los post reflejaban el manejo de la información y explicaban como se utiliza para influenciar en la opinión de los lectores, eso que algunos mal pensados llaman manipulación...

Si bien el blog no esta disponible comparto con Uds. un post que sirve de botón de muestra de su contenido editorial y la carta abierta de renuncia al diario enviada por mail el jueves 17 de abril 2008 (en este blog se reproducen otros post de quetepasaclarin.com que se pudieron rescatar de la memoria "en cache" de Google):

Clarín, un zorro gris…

from Qué te pasa Clarín / by admin / Por Claudio Díaz.

Con su semáforo te convierte en ángel o demonio por Claudio Díaz La historia oficial del liberalismo, aquella que se presenta como “la verdadera”, confeccionó a través del tiempo una lista de “antinomias” (que más que eso son, en verdad, perversiones) para estigmatizar a quienes no aceptaron someterse a sus dictados. Así, de acuerdo al obstáculo que encontró en cada etapa para ejecutar su modelo, recreó una disputa dialéctica infamante. De un lado los ángeles (ellos); del otro los demonios (los hombres que apoyados en organizaciones populares los enfrentaron).
Esa contraposición entre los valores de unos y otros se viene remarcando desde los albores de nuestra constitución como territorio y prosigue hasta hoy. Y de acuerdo a cada época histórica se resume de la siguiente manera:
- Constitucionalistas o tiranos
- Civilización o barbarie
- Cultos ilustrados o negros ignorantes
- Demócratas o autoritarios
- Republicanos o populistas
- Pacifistas o terroristas
Es una caracterización propia del maniqueísmo, pero que al poder antinacional le rindió frutos. Vastos sectores de la Argentina siguen considerando, por ejemplo, que Bartolomé Mitre es un prócer y patriota. Y que caudillos como Artigas, López Jordán, Facundo, Felipe Varela y el Chacho Peñaloza no eran tipos que peleaban por y para el pueblo sino malvivientes a los que en realidad les gustaba guerrear y molestar a la gente decente de Buenos Aires.
En estos últimos tiempos, el cotidiano semáforo de Clarín que aparece a diario en la página 2, recrea esa división en un claro intento para inducir al lector a que adore a determinados personajes y, en contrapartida, vapulee a los “malditos”. El recurso parece apuntar a un simple entretenimiento, al estilo de los crucigramas que habitan en los medios gráficos. Pero en verdad cumple otra función. Allí aparecen figuras de la dirigencia política, social o cultural, casi siempre de nuestro país aunque también, en muchas oportunidades, del resto del mundo. Y a cada una se la califica con uno de los tres colores-significados del semáforo. La idea es “controlar”, al estilo de los zorros grises, si va por buen camino o no.
Como se sabe, las reglas del tránsito vehicular establecen que el rojo obliga al conductor a detenerse. En este caso, “prenderle” esa luz a la persona aludida en dicha sección estaría queriendo decir que pare, que frene. O sea: que está impedido de seguir avanzando. Queda sobreentendido que ese rojo ubicado sobre la cabeza de los infractores representa una señal clara para que se detenga con sus ideas y propuestas. Pues bien, si uno sigue atentamente los nombres y la procedencia de quienes son elegidos para aparecer en el semáforo, encuentra que casi siempre representan a sectores a los que Clarín combate con el característico odio de la prensa canalla.
Una simple estadística (sólo bastó cotejar durante un tiempo la página 2 del matutino) permite comprobar que Hugo Moyano, el líder de la CGT, registra 15 apariciones en poco más de dos años, desde setiembre de 2006 hasta diciembre de 2008, con un plus: dos de sus hijos, Pablo y Facundo, dirigentes del Sindicato de Camioneros y del de Trabajadores de Peajes respectivamente, también fueron “detenidos” en más de una oportunidad. Invariablemente, el pecado que ha cometido la familia Moyano es el haber protagonizado acciones de lucha para defender los intereses de sus representados, o pronunciarse contra alguna de las tantas iniquidades que cometen los grandes promotores de la esclavitud laboral y económica.
Otros hombres de la política, como así también los funcionarios de los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández, fueron blanco predilecto de los policías de tránsito del grupo económico. Son los casos de Guillermo Moreno, el secretario de Comercio que intentó controlar a las grandes empresas formadoras de precios; Santiago Montoya, recaudador de impuestos de la provincia de Buenos Aires que libró una lucha casi solitaria contra los grandes evasores del campo, el comercio y la industria; Luis D’Elía, dirigente social que confrontó contra muchos grupos de poder; Romina Piccolotti, ex secretaria de Medio Ambiente que cayó en desgracia cuando descubrió que Papel Prensa, la empresa del Grupo Clarín, contaminaba las aguas del Río Baradero en jurisdicción de San Pedro, donde se encuentra la planta industrial. Todos estos “infractores” aparecieron con el satanizador color rojo entre cuatro y siete veces cada uno en el término de dos años.
El colmo de la descalificación se dio con el dirigente gremial de Aerolíneas Argentinas, Agustín Pérez Tamayo, quien el 20 de agosto de 2008 fue sorprendido “violando” las normas de buena conducta que impone el establishment mediático, al anunciar que los trabajadores de la compañía realizarían una volanteada en Ezeiza y Aeroparque para esclarecer a los pasajeros sobre la importancia de recuperar la empresa aérea para el patrimonio nacional. Tarjeta roja para él. Es que con esa medida, “los sindicatos les van a hacer perder tiempo a los usuarios, toda una molestia para quien llega cansado de algún viaje o tiene que partir hacia algún destino”.
Se reitera la fecha de alarma roja encendida por el diario: 20 de agosto. ¿Por qué es importante retener ese dato? Porque hasta poco tiempo antes, y durante cuatro meses, el “campo de concentración agroligárquica” había cortado a la Argentina en cuatro (en verdad lo había descuartizado), apropiándose del tiempo de millones de argentinos pero además, lo que es peor, provocando la pérdida de alimentos y hasta de vidas humanas. Y esa vez no hubo ningún tipo de multa para los barones de la soja.
El absurdo, aunque en verdad debe decirse la vergonzosa complicidad y parcialidad demostrada por el diario con los factores de poder, es que personajes como el dirigente agrario Hugo Biolcatti (que llegó a decir que si los pobres no tenían 80 pesos para pagar el kilo de lomo compraran otro corte de carne) no aparecieran detenidos y sancionados aunque hayan violado de manera escandalosa la luz roja. Tampoco sucedió nada, es decir: los zorros grises miraron para otro lado, en cada oportunidad en que la dirigente Elisa Carrió agravió a los últimos presidentes de la Argentina definiéndolos como tiranos, jefes de fuerzas de choque y corruptos.
En sentido contrario, la utilización del semáforo en verde para darle vía libre a los beneficiados con esa onda, también permite conocer el ideal de Clarín en términos de proyección de figuras que sí merecen gozar del “consenso” de la sociedad democrática y republicana de la Argentina. En 2008, el dirigente empresarial Fulvio Pagani y el titular de la Conferencia Episcopal Jorge Bergoglio fueron distinguidos con el color de la esperanza porque resultaron reelectos en sus cargos por quinta y segunda vez consecutiva.
El mismo medio que en los últimos años había machacado a sus lectores con la inconveniencia y el mal ejemplo para la institucionalidad que significaban los intentos de reelección de cargos políticos; no censuró de igual modo (todo lo contrario) la actitud de aquellos para perpetuarse en el mando de las organizaciones que representan.
La perversión de Clarín está en que procede por paradoja: al mal suele llamarle bien, y viceversa. Así instaura una policía de ideas. Adoctrina y culpabiliza, desprograma y reprograma. Sus afirmaciones no pueden refutarse (son verdades de Biblia) y se transforman en instrumentos de agresión contra la inteligencia, el sentido común y la voluntad de los destinatarios de sus artículos o discursos.
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Carta Abierta: "Porque renuncié a Clarín”.

Este viernes será mi último día de trabajo en el querido Zonal Morón / Ituzaingó. He tomado la decisión de renunciar al cargo de redactor que ejercía y, como es de rigor en estos casos, quiero despedirme de los amigos que gané durante mis siete años de permanencia en el diario y de los buenos compañeros con los que compartí muchas tardes entretenidas. Pero no quiero irme sin antes explicarles, a ustedes y también a quienes ocupan los cargos jerárquicos de esta empresa, los motivos de mi retiro.
A fines de marzo la revista Veintitrés me pidió una opinión sobre el rol que cumplen los medios periodísticos y algunos intelectuales en la elaboración del discurso político actual.
Yo efectué una dura crítica a lo que se da en llamar el Grupo Clarín y acentué, particularmente, lo que a mi criterio había sido una clara manipulación informativa durante la cobertura del conflicto Gobierno vs. Campo, tanto por parte del diario como de Canal 13 y TN.
En este caso no hice más que expresar, libremente, la vergüenza que me provocó -como periodista pero también como simple ciudadano- el ejercicio “periodístico” del Planeta Clarín y sus satélites.
La reacción por parte de la empresa, como es de suponer, fue inmediata.
Y hasta la consideré razonable.
Es más: a uno de los colegas aludidos, Julio Blanck, le dí explicaciones acerca de por qué yo lo incluía en una lista de hombres de prensa que -desde mi punto de vista- sostienen un discurso “progresista” pero le terminan haciendo el juego al llamado establishment.
Hasta ahí todo bien.Lo que siguió después es distinto.
Las autoridades editoriales (en este momento no se me ocurre otro término) le comunicaron a mis jefes que “de ahora en más” dejara de escribir la página 3 del Zonal (que se supone es la más “importante”) y que me limitara a hacer -es textual- “notas blandas”.
Una estupidez, realmente.
Pero pocas horas después se emitió otra orden: que no se me autorizara a tomar la totalidad de días de vacaciones adeudados, que había pedido para esta semana.
No dieron argumento alguno para justificar la negativa.
La verdad es que por ninguno de estos dos castigos tendría que haberme hecho mala sangre.
Sin embargo, dije “basta” y tomé la decisión de no seguir adelante con mi trabajo en el Zonal, harto del doble discurso de este diario, de su hipocresía, de pontificar en sus editoriales y notas de opinión una cosa para después hacer otra.
Es tanta la repugnancia que sentí por quienes posan como adalides de la libertad de expresión que me dije a mi mismo: “hasta aquí llegué”.
Quiero decir: hace más de 20 años que ejerzo el oficio de periodista; conozco perfectamente los condicionamientos que nos ponen para atenuar o directamente diluir nuestra vocación de contar y decir las cosas como uno cree que son, aun a riesgo de equivocarse.
En fin, en casi todos lados he comprobado (eso tan viejo pero siempre vigente) que una cosa es la libertad de prensa y otra la libertad de empresa.
Pero lo que viví en Clarín en los últimos tiempos superó todo… Gracias a Dios, ¡todavía tengo vergüenza!
Pero lo que ya no tengo es estómago para tragarme las cosas que hace este diario en nombre del periodismo.
A esta altura ya no puedo soportar tanto cinismo.
Como cuando desde un título o una nota se insiste en que no decrece el nivel del trabajo en negro y las condiciones laborales son cada vez más precarias, siendo que en todas las redacciones del Grupo se emplea a pasantes a los que se los explota de manera desvergonzada, obligándolos a hacer tareas de redactor por la misma paga que recibe un cadete, sin obra social ni vacaciones.
Es el mismo cinismo de despotricar contra la desocupación al tiempo que se lanzan a la calle nuevos productos sin contratar a trabajadores, duplicando y hasta triplicando el horario de los que ya están dentro de la maquinaria.
Es el mismo cinismo de presionar a redactores para que se conviertan en editores, bajo la promesa (falsa) de que “algún día” se les reconocerá la diferencia salarial.
Si, como se sostiene el martes 15 en la cotidiana carta del editor al lector, “son los medios y los periodistas los que deben regularse y actuar con responsabilidad democrática”, pues bien Sr. Kirschbaum, yo empiezo por esa tarea. Porque si Clarín tanto se rasga las vestiduras asegurando que respeta la libertad de expresión, ¿por qué sanciona a un periodista que vierte, ejercitando esa libertad de pensamiento, una opinión?
Tengo otras cosas para decirle a usted y a quienes lo secundan (si es que a esta altura todavía están leyendo…): la demonización que practica el diario a través de un “inocente” semáforo que cumple la misión de dividir al mundo en ángeles y demonios (según el interés ideológico o comercial del Grupo), ha llegado al nivel de un verdadero pasquín que nada tiene que envidiarle a las publicaciones partidarias.
Es peor todavía, porque éstas tienen la honestidad de reconocerse como expresiones de un partido político o de un espacio ideológico.
En cambio, Clarín se imprime bajo el infame rótulo de periodismo independiente…
En pos de engrosar la cuenta bancaria se ha perdido todo decoro.
Da la sensación de que los que se llaman periodistas o columnistas ya ni sienten un mínimo de pudor por haberse convertido en contadores del negocio mediático, desvividos por saber cuánto dinero ingresa a las arcas; lo único que les falta es salir con el camión de Juncadella.
Digo esto porque ha sido patética, en la misma carta del editor del martes 15, la reacción editorial contra otros medios periodísticos competidores que estarían atreviéndose a morder un pedazo del queso que el Grupo quiere deglutirse, como de costumbre, solito y solo, calificando a aquellos de miserables, travestidos y miembros de una jauría.¡Después cuestionan a D’Elía o a Moyano por las palabras “ofensivas” que lanzan contra el periodismo independiente y democrático!
La mayoría de quienes me conocen saben de mi simpatía y hasta cierta militancia por el peronismo.
Pero también saben que no me une ningún tipo de relación con el gobierno, ni con su tan temido Observatorio de Medios, ni con los jóvenes de la Cámpora ni tampoco con sus “grupos de choque”.
La aclaración vale para que estén tranquilos y no piensen que durante estos siete años fui un agente infiltrado en el Zonal Morón.
Simplemente amo el trabajo periodístico, tengo pensamiento propio (aunque, qué le vamos a hacer…: no es el políticamente correcto) y un compromiso de honrar mi oficio.
A Ricardo Kirschbaum, a Ricardo Roa y a tantos otros que mandan les digo que estoy preparado para asumir lo que venga, porque no me extrañaría que las redacciones de otros medios empiecen a recibir llamados telefónicos pidiendo que se me prohíba trabajar de lo que soy.
Tan libre me siento, tan espiritualmente íntegro de poderles decir lo que les digo (aunque les resbale), que ya no me importa si la larga mano del Grupo le pone candado a mi futuro para no dejarme otra opción que trabajar como remisero o repositor de supermercado.
Me voy orgulloso de haber seguido aprendiendo lo que es vocación, oficio, dignidad y ejercicio responsable del buen periodismo.
Que me lo dieron los jefes de los zonales y un montón de amigos y compañeros a quienes no voy a nombrar para evitarles quedar marcados por mi cercanía afectiva.
Me voy avergonzado de la conducta de quienes deberían honrar el trabajo periodístico y no lo hacen.


Claudio Díaz
diazdeoctubre@yahoo.com.ar

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