19/7/08

SEMIOLOGIA DE LA VIDA COTIDIANA

.

Son comunes, en la lógica de mercantilizar la producción cultural, las listas que diarios, revistas o suplementos culturales realizan con el fin de determinar los “mejores” discos o libros de la década, del siglo o de la historia. Si bien puede ser un ejercicio entretenido armar nuestra lista “personalizada”, es difícil encontrar parámetros para medir obras, en lo general, disímiles desde el género y las condiciones de producción.
Pero si cambiamos la propuesta y la consigna pasa por determinar la obra más influyente de un período histórico determinado tal vez la tarea sea más simple… o más complicada.
Pero dejemos de lado las introducciones… ¿Cuál es el libro más importante en el espacio de la comunicación de las últimas décadas?
Mi elección pasa por “
Mitologías” de Roland Barthes (1915-1980), editado originalmente en Paris en 1957 por Editions du Seuil.

Antes de ser publicados en formato libro, los artículos de Mitologías aparecen mensualmente en los diarios Les Lettres Nouvelles y en Critique (donde solo se publicaron dos de ellos). En estos trabajos se analiza la actualidad francesa entre 1952 y 1956 a partir del abordaje de los más variados acontecimientos: una nota periodística sobre los escritores, una película o un género cinematográfico, las fotos de una revista, un juicio, un espectáculo de lucha, etc.
El objetivo de Barthes, que pareciera político antes que semiológico, pasa por correr el velo de la naturalización de los actos humanos, de sus producciones discursivas en particular y las simbólicas en general. Todo es símbolo, nos dirá este pensador que reivindica una semiología de la vida cotidiana, ya que es allí donde el material abunda, es allí donde los estereotipos se hacen fuertes, donde la costumbre transforma a lo cultural en natural.
Es así como “Mitologías” va a consolidar una nueva disciplina dentro del campo de las ciencias sociales: la semiología como crítica ideológica al tomar como objeto de estudio la mitologización moderna.
En otro contexto, Marx ya había avanzado en este terreno al afirmar que el presente siempre se viste con los ropajes de lo arcaico. El avance da la modernidad, escudada por los laureles de la ciencia, pareciera barrer con los mitos de antaño pero ante el primer descuido el proceso se reanima y toma forma una nueva mitologización.
La modernidad significó, a grandes rasgos, el triunfo de la secularización y el repliegue de la religión, pero la caída de los santos, y demás seres divinos, dió paso a la aparición de nuevos ídolos, consolidados como tal por el mecanismo más efectivo del mito: la naturalización.
La naturalización basa su efectividad en el estereotipo, mientras que el mito encuentra en el arquetipo su mejor apoyo.
La Europa de la post guerra, contexto en el cual Barthes analiza expresiones de la cultura masiva (no confundir con popular), se caracteriza por un avance significativo de la cultura norteamericana en detrimento de los usos y costumbres nacionales.
El american's style life se impone de la mano del gran avance económico de una de las potencias vencedoras en el campo de batalla, pero esa victoria militar y ese poder económico de EEUU, se proyecta y se consolida de la mano de la industria cultural. Así se imponen nuevas costumbres, nuevos modos de relacionarse con el ocio: la mujer tiene un nuevo rol social, el consumo se erige como un pilar del sistema, el consumo de “productos culturales” consolida industrias relacionadas con las comunicaciones en sus diversas plataformas, etc.
Uno de los aportes más importantes que realiza Barthes en esta obra es demostrar que la idea de mitologización o naturalización no están relacionadas a priori con el poder hegemónico, ya que en la sociedad francesa que el analiza encontramos mitos de derecha, pero también de izquierda.
Así como el discurso hegemónico pretende borrar las huellas de su dominio instalando la idea de justificación superior (delegación divina o hereditaria, por ejemplo) el proceso se repite hacia el interior de grupos políticos “progresistas” donde la vanguardia se basa en el mismo proceso para dominar a la militancia de base.
Vemos en la historia que cuando una clase social quiere acceder al poder, la burguesía por ejemplo, argumenta reclamando por su derecho a ser la protagonista de ese tiempo histórico. La revolución de 1789 sintetiza esto, el “turno” de la realeza se extinguió, surgió un nuevo sujeto histórico que de la mano de la violencia reclama el manejo del aparato estatal, para sumarlo al manejo de la estructura económica que ya dominaba hace rato.
Pero aquí encontramos una de las claves del proceso de mitologización, ya que una vez que esa clase emergente se consolida en el poder reniega de la idea del “turno histórico”, ya que esta suposición daría lugar a la posibilidad de la derrota de la burguesía y la aparición de un nuevo sujeto histórico. En su lugar aparece el concepto de “naturaleza”, y se reniega de la “historicidad”: la burguesía cuando se percató que su tiempo había llegado se llamaba “histórica”, consolidad en el aparato estatal se denomina “natural”, es decir que remite al principio de los tiempos para justificar su supremacía. Este proceso lo encontramos en todas las sociedades, pero el aporte de Barthes es novedoso desde el momento en que nos muestra lo burdo de la maniobra escondida detrás de la aparente sutiliza con que en nuestros días se construyen nuevos mitos para naturalizar el dominio de la clase hegemónica.
La estructura del libro consta de cincuenta y cuatro textos que hablan de las miserias de la sociedad capitalista en general y del sector “pequeño burgués” en particular.
El primer tema que se trata en la obra es “El mundo del catch”, en este artículo el autor señala la diferencia que existe entre la lucha y los deportes genuinos, como el tenis o el boxeo.
En el boxeo los contrincantes se pegan el uno al otro de verdad y los dos tratan de ganar la pelea. En cambio en la lucha es evidente que la pelea no es de verdad, ya que los luchadores dan varias funciones por semana, o como mínimo una a la semana, mientras que los boxeadores, por regla, tienen un combate cada tres meses.
Barthes encuentra en la palabra actuación la única manera de describir el espectáculo que brindan al público, ya que si realmente hicieran lo que representan hacer se lastimarían tanto que seria imposible mantener el ritmo laboral que implican las giras por las ciudades y pueblos de Francia.
Según el autor, no es este el problema principal que plantea el mundo del catch: el público sabe que todo es mentira. Nadie se engaña. Es por esto que Barthes afirma que la actitud del espectador de una pelea de lucha es similar a la del lector de una novela o a la del espectador de una obra de teatro.
Cuando sobre algún escenario se representa Otelo, de Shakespeare, todos saben que el actor que interpreta al personaje principal no es en realidad un general moro en la Venecia del siglo XVI. Esa persona no es Otelo, y tampoco asesina a Desdémona en la realidad.
Es así como tampoco Tito Morán, el colectivero, quiere matar a Vicente Viloni cuando en el ring de “100 % Lucha” lo castiga, tal vez movilizado por ver en el campeón todo lo que el nunca podrá ser…
Todo es cuestión de usar signos, especialmente signos que no tienen contenido real.
En este ensayo Barthes adapta las teorías de Saussure, originalmete formuladas para el lenguaje, a una manifestación de la cultura popular.
Las crónicas de bodas de las revistas de moda le sirven para plantear el modelo de felicidad burguesa: una especie de bienestar enclaustrado dominado por la tecnología aplicada al hogar que se cimenta sobre el mito de la pareja; una especie de felicidad mezquina (y egoísta) que se propaga como un virus.
En otro capítulo Barthes nos habla del nuevo modelo de Citroën que se presenta como el equivalente moderno de las grandes catedrales góticas: un objeto superlativo y místico que engolosina las conciencias de la burguesía francesa.
La astrología es la literatura del mundo pequeño burgués: determina el uso del tiempo y enfatiza las historias que pueden vivir los personajes. Los astros nunca subvierten nada, al contrario, representan el mejor argumento a favor del statu quo.
En resumen, Barthes señala que con frecuencia cometemos el error de llamar "natural" a lo que consideramos socialmente aceptable, moralmente deseable o estéticamente placentero.
En este sentido podemos afirmar que es natural comer, dormir, tener relaciones sexuales y usar el lenguaje... pero qué comemos, cuándo dormimos, cómo tenemos sexo y qué palabras usamos es algo que varía de acuerdo a la cultura o subcultura de la que formemos parte: este es el peso cultural que se trata de ocultar tras la espesa niebla de lo natural.

.