24/9/08

CLASE DIEZ: EL HOMBRE UNIDIMENCIONAL

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Herbert Marcuse en una conferencia en agosto de 1976.


En “El hombre unidimensional” (1964) Hebert Marcuse critica la cultura de masas y la emergente sociedad de consumo. Tras la crisis de posguerra, en los ´50, las economías crecen a ritmo acelerado. El pleno empleo y los aumentos salariales integran a millones de personas al consumo masivo de bienes. En ese contexto Marcuse elabora sus teorías.
Bajo la aparente racionalidad de una sociedad confortable y civilizada se ocultan la irracionalidad de un modelo de organización social que en lugar de liberar al individuo lo reprime y lo sojuzga. La publicidad y los mass media contribuyen a esta tarea.
El hombre unidimensional es el nuevo prototipo de la civilización moderna. Es el hombre que vive en una sola dimensión porque ha perdido su dimensión crítica.
Esta sociedad unidimensional se caracteriza por los controles sociales que generan:
- la necesidad irresistible de consumir y producir lo superfluo;
- la necesidad de un trabajo embrutecedor (cuando técnicamente esta situación es superable);
- la necesidad de formas de ocio que alivian, pero también prolongan, el embrutecimiento;
- la necesidad de mantener “libertades” engañosas tales como la libertad de la competencia política, la libertad de una prensa que se censura a sí misma y la libertad de elegir entre precios, marcas y gadgets.
Escoger entre una gran cantidad de productos y servicios no es reflejo de un estado de libertad, si para vivir esa situación tenemos que soportar una vida de esfuerzo y angustia, es decir, se debe vivir en la alienación.
Pero esta sociedad que se denuncia es tan compleja que hasta la misma noción de alineación se vuelve cuestionable, en parte por una de sus principales características: el carácter racional de su irracionalidad. Nuestra civilización es eficaz para producir y generalizar la calidad de vida, pero también convierte lo superfluo en necesario, construye destruyendo y logra transforma el mundo-objeto en una dimensión del cuerpo y el espíritu humanos. Las personas se reconocen en sus mercancías, ven su alma reflejada en sus automóviles, su casa, los dispositivos tecnológicos que lo conectan con la modernidad. Así, se identifican con la existencia que les es impuesta y en la que hallan realización y satisfacción.
De esta manera el sujeto alineado es absorbido por su existencia alienada. No existe más que una dimensión, presente en todas partes y bajo todas las formas.
La forma totalitaria que adopta la sociedad unidimensional determina que las formas tradicionales de protesta ya no sean eficaces, es más, según Marcuse, hasta pueden ser peligrosas, ya que mantiene la ilusión de la soberanía popular. Esta ilusión se basa en un hecho objetivo: el pueblo, que anteriormente era el fermento del cambio social, se ha convertido en el fermento de la cohesión social.
Sin embargo por debajo de las clases populares conservadoras se encuentran los excluidos del sistema, los parias que se quedaron afuera de la fiesta, los de razas ajenas y colores extraños, las clases explotadas y perseguidas, los desempleados y embrutecidos. Todos estos sectores están por afuera del sistema democrático, cuando ganan la calle para reclamar la atención del resto de la sociedad expresan la necesidad de un cambio social. Así, su oposición al sistema es revolucionaria, aunque sus conciencias no lo sean. Golpean al sistema desde afuera, y por ello el sistema no los puede integrar, por eso los desconoce.
Cuando ganan la calle desprotegidos, sin armas y sin protección, para reclamar los derechos humanos y civiles más elementales saben que corren el riesgo de enfrentarse a las fuerzas profesionales de seguridad, de terminar en la cárcel o muertos.
¿Cuánto tiempo podrán estos sectores enfrentarse al aparato represivo de sociedades que poseen recursos económicos y técnicos para atacar a los sublevados desde dos flancos: conciliar y realizar concesiones o acudir a las fuerzas armadas como último recurso?
A pesar de todo, la amenaza de las sociedades industriales todavía continua latente, desde adentro y desde afuera de sus fronteras.
Una alternativa, según Marcuse, es la confluencia de los extremos históricos: la conciencia humana más evolucionada y la fuerza humana más explotada.
Apostar, como siempre, por el resurgir de la conciencia crítica.
Como dijo Walter Benjamín al comienzo del nazismo en Alemania:

"Nur um der Hoffnungslosen willen ist uns die Hoffnunggegeben"

"Gracias a aquellos que no tienen esperanzas, nos es dada la esperanza". [1]

A continuación comparto con UDs. una parte del capítulo 1 ("Las nuevas formas de control"): [2]

"La civilización industrial contemporánea demuestra que ha llegado a una etapa en la que la "sociedad libre" no se puede ya definir adecuadamente en los términos tradicionales de libertades económicas, políticas e intelectuales, no porque esas libertades se hayan vuelto insignificantes, sino porque son demasiado significativas para ser confinadas dentro de las formas tradicionales. Se necesitan nuevos modos de realización que correspondan a las nuevas capacidades de la sociedad.
Estos nuevos modos solo se pueden indicaren términos negativos, porque equivaldrían a la negación de los modos predominantes. Así, la libertad económica significaría libertad de la economía, de estar controlados por fuerzas y relaciones económicas, liberación de la diaria lucha por la existencia, de ganarse la vida. La libertad política significaría la liberación de los individuos de una política sobre la que no ejercen ningún control efectivo. Del mismo modo, la libertad intelectual significaría la restauración del pensamiento individual absorbido ahora por la comunicación y adoctrinamiento de masas, la abolición de la "opinión pública" junto con sus creadores. El timbre irreal de estas proposiciones indica, no su carácter utópico, sino el vigor de las fuerzas que impiden su realización. La forma más efectiva y duradera de la guerra contra la liberación es la implantación de necesidades intelectuales que perpetúan formas anticuadas de la lucha por la existencia.
La intensidad, la satisfacción y hasta el carácter de las necesidades humanas, más allá del nivel biológico, han sido siempre precondicionadas. se conciba o no como una necesidad, la posibilidad de hacer o dejar de hacer, de disfrutar o de destruir, de poseer o rechazar algo, ello depende de si puede o no ser vista como algo deseable y necesaria para las instituciones e intereses predominantes de la sociedad. En este sentido, las necesidades humanas son necesidades históricas y, en la medida en que la sociedad exige el desarrollo represivo del individuo, sus mismas necesidades y sus pretensiones de satisfacción están sujetas a pautas críticas superiores.
Se puede distinguir entre necesidades verdaderas y falsas. "Falsas" son aquellas que intereses sociales particulares imponen al individuo para su represión: las necesidades que perpetúan el esfuerzo, la agresividad, la miseria y la injusticia. Su satisfacción puede ser de lo más grata para el individuo, pero esta felicidad no es una condición que deba ser mantenida y protegida si sirve para impedir el desarrollo de la capacidad (la suya propia y la de otros) de reconocer la enfermedad del todo y de aprovechar las posibilidades de curarla. El resultado es, en este caso, la euforia dentro de la infelicidad. La mayor parte de las necesidades predominantes de descansar, divertirse, comportarse y consumir de acuerdo con los anuncios, de amar y odiar lo que otros odian y aman, pertenece a esa categoría de falsas necesidades.
Estas necesidades tienen un contenido y una función sociales, determinadas por poderes externos sobre los que el individuo no tiene ningún control: el desarrollo y la satisfacción de estas necesidades es heterónomo. No importa hasta qué punto se hayan convertido en algo propio del individuo, reproducidas y fortificadas por las condiciones de su existencia, no importa que se identifique con ellas y se encuentre a sí mismo en su satisfacción. Siguen siendo lo que fueron desde el principio: productos de una sociedad cuyos intereses dominantes requieren la represión
(...)
En última instancia, la pregunta sobre cuáles son las necesidades verdaderas o falsas, sólo puede ser resuelta por los mismos individuos, pero sólo en última instancia, esto es, siempre y cuando tengan la libertad para dar su propia respuesta. Mientras se les mantenga en la incapacidad de ser autónomos, mientras sean adoctrinados y manipulados (hasta en sus mismos instintos), su respuesta a esta pregunta no puede considerarse propia de ellos. Por lo mismo, sin embargo, ningún tribunal puede adjudicarse en justicia el derecho de decidir cuáles necesidades se deben desarrollar y satisfacer. Tal tribunal sería censurable, aunque nuestra repulsa no podría eliminar la pregunta: ¿como pueden hombres que han sido objeto de una dominación efectiva y productiva crear por sí mismos las condiciones de la libertad?"

"El hombre unidimensional" tiene una gran influencia en los movimientos contraculturales y contestatarios de la década del sesenta que expresan el rechazo a la sociedad de consumo y que encuentran en el mayo francés de 1968 su máximo exponente.

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Referencias:
[1] Marcuse. Andre Vergez. Editorial Paidos. Bs. As. 1973.

[2] El hombre unidimensional. Hebert Marcuse. Editorial Seix Barral S.A. Barcelona. 1972.