26/9/08

CLASE NUEVE: LA INDUSTRIA CULTURAL

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Theodor W. Adorno (1903-1969) y Max Horkheimer (1895-1973)
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Con la llegada del nazismo al poder muchos miembros del Instituto, de ascendencia judía u orientación marxista, deben dejar sus actividades de investigación y los puestos en las universidades. Cuando la situación se hace extremadamente peligrosa abandonan el país. Luego de un breve paso por Suiza, la mayoría se exilia en los EEUU. En la Universidad de Columbia toman contacto con las investigaciones de los sociólogos funcionalistas.
Adorno y Horkheimer toman contacto no sólo con las investigaciones funcionalistas sino con la cultura de masas más desarrollada del planeta.
Walter Benjamin, a pesar de la insistencia de Adorno, se niega a viajar a los EE.UU. ya que piensa que todavía hay posiciones que defender en Europa. Exiliado en París, la invasión nazi a Francia lo obliga a huir nuevamente. Al intentar salir del país, se encuentra con una frontera cerrada. Al presentir que sería apresado por sus verdugos, se suicida en el sur de Francia en 1940. Al día siguiente de su muerte la frontera es reabierta. Que aportes podría haber realizado una mente tan brillante y sensible como la de Benjamín es uno los interrogantes mas dolorosos que encontramos dentro de todo el horror que nos dejo la segunda guerra mundial.
Instalado en EE.UU. Adorno colabora con el sociólogo funcionalista Paul Lazarsfeld en un proyecto de investigación sobre programas de radio. El objetivo es revitalizar la investigación administrada con la tradición crítica.
La investigación administrada, constata Adorno, esta contaminada por los intereses que la sostienen:
- Los accionistas de una radio van a querer saber cuanta gente escucha sus programas y que es lo que les gusta. Además, los anunciantes querrán saber cuantos son los oyentes y a que grupo social pertenecen.
- Las fuerzas de seguridad mandaran a investigar la forma de persuadir a la gente para que no genere disturbios.
- Los políticos necesitan saber la eficacia de una campaña electoral.
El objetivo de la Mass Comunication Research es satisfacer las exigencias de quienes demandan y financian las investigaciones.
La experiencia termina muy pronto: la confrontación entre las dos tradiciones de investigación se hace insuperable.
Adormo cuestiona la entidad financiadora del proyecto, la Rockefeller Fundation, que a su vez es quien estipula expresamente que las investigaciones deben cumplirse en el marco del sistema de radio comercial. Todo puede ser objetivo de análisis, menos una cosa: el sistema mismo, sus supuestos sociales, económicos y sus consecuencias socioculturales.
La investigación y el contacto con la cultura de masas son experiencias importantes para la reflexión adorniana: encuentra llamativas similitudes entra la maquinaria de dominación del totalitarismo nazi y la democracia de masas norteamericana.

La Industria cultural

La estadía de Adorno y Horkheimer en los EEUU y el contacto con los investigadores funcionalistas sobre la cultura de masas influyen en las consideraciones sobre la situación de la cultura y la razón modernas. Para estos filósofos los totalitarismos políticos y la cultura de masas generada en un país capitalista y liberal como los EE.UU. son expresiones abrumadoras del ocaso de la razón moderna.
Finalizada la guerra, regresan a Frankfurt y publican por medio de una editorial holandesa un libro escrito en California llamado a ser uno de los más importantes de las ciencias sociales: “Dialéctica del Iluminismo” (1947).[1]
La humanidad, dicen, se enfrenta al fracaso de la razón moderna (el iluminismo), por lo tanto, también fracasa su pretensión de convertirse en la fuente de progreso y bienestar humanos.
En este libro elaboran un concepto clave en la historia de las teorías y el pensamiento sobre la comunicación: la industria cultural.
En la sociedad de masas cualquier producto cultural, incluso la difusión masiva de las obras de arte clásicas, se convierten en mercancía... por lo tanto adquiere los rasgos de la producción industrial, se produce como un bien en serie y estandarizado, igual que un automóvil.
La industria cultural debe producir “algo que sea archiconocido y a la vez que no haya existido nunca”. Es decir, bajo la apariencia de novedad la Industria Cultural repite formas probadas y estereotipadas.
Por todo esto, la capacidad crítica del arte se diluye. La distancia entre el sujeto y la obra, fundamento del juicio y la actitud crítica, se disuelve cuando las obras de arte se difunden o adaptan para el consumo masivo. La Industria Cultural, al contrario del arte, contribuye más al conformismo y la apatía que a la elevación del espíritu.
Los films están hechos de forma tal que sólo se necesita una rápida intuición para recibirlos de manera correcta. Por eso, inhiben la actividad mental del espectador, su poder de crítica y pensamiento.
Lo mismo ocurre con la radio. La diversidad de programas en realidad es aparente. La industria de la radio iguala a todos los individuos, todos se convierten en radioescuchas. A lo sumo, podrán elegir entre diversas estaciones o programas.
La causa de estos males no reside en la Industria Cultural en sí misma, más bien ella se adecua a las exigencias del modo de producción capitalista industrial. Los ritmos repetitivos y la previsibilidad de los productos de la industria cultural preparan y acostumbran a los trabajadores para la serie de tareas monótonas de la fábrica y la oficina.
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La Razón Instrumental

El funcionamiento de la industria cultural se relaciona con el concepto de razón instrumental. La razón moderna no cumple con su promesa de ser el vehículo que conduce a la adultez. La capacidad del hombre para conocerse y conocer al mundo a través del uso de la crítica y la razón, no derivaron en progreso y bienestar común, sino, por el contrario, en barbarie y dominación.
La razón devino en razón instrumental: al servicio de la manipulación, el control y el cálculo especulativo.
Auschwitz y la bomba atómica son las consecuencias que la humanidad hereda de la conjunción entre ciencia y voluntad de dominio. Es la razón instrumental en su máxima expresión.
El hombre, quedo demostrado, en su relación entre pares y con la naturaleza es sádico y destructor.
Los mass media y la industria cultural son los grandes responsables del eclipse de la razón moderna. Alientan la homogeneización y la masificación del ser humano, extravían la razón y la capacidad de pensamiento crítico.
Como dirá Adorno: “no se puede escribir poesía después de Auschwitz”.[2] La única salida esta en reinstaurar una moral basada en principios universales que todos los hombres deben adoptar.
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A continuación comparto con Uds. el prólogo a la primera edición alemana del libro "Dialectica del Iluminismo".


Cuando hace dos años iniciamos el trabajo cuyas primeras pruebas dedicamos ahora a Friedrich Pollock, esperábamos poder terminar y presentar la totalidad en ocasión de su quincuagésimo aniversario. Pero cuanto más adelantábamos en la empresa más nos dá- bamos cuenta de la desproporción entre ella y nuestras fuerzas. Lo que nos habíamos propuesto era nada menos que comprender por qué la humanidad, en lugar de entrar en un estado verdaderamente humano, desembocó en un nuevo género de barbarie. Habíamos subestimado las dificultades del tema, porque teníamos aun demasiada fe en la conciencia actual. A pesar de haber observado desde hacía muchos años que en la acti- vidad científica moderna las grandes invenciones se pagan con una creciente decadencia de la cultura teórica, creíamos poder guiarnos por el modelo de la organización científi- ca, en el sentido de que nuestra contribución se limitase esencialmente a la crítica o a la continuación de doctrinas particulares. Hubiéramos debido atenernos, por lo menos en el orden temático, a las disciplinas tradicionales: sociología, psicología y gnoseología.
Los fragmentos recogidos en este volumen demuestran que hemos debido renunciar a aquella fe. Si el examen y el estudio atento de la tradición científica constituye un moCuando hace dos años iniciamos el trabajo cuyas primeras pruebas dedicamos ahora a Friedrich Pollock, esperábamos poder terminar y presentar la totalidad en ocasión de su quincuagésimo aniversario. Pero cuanto más adelantábamos en la empresa más nos dá- bamos cuenta de la desproporción entre ella y nuestras fuerzas. Lo que nos habíamos propuesto era nada menos que comprender por qué la humanidad, en lugar de entrar en un estado verdaderamente humano, desembocó en un nuevo género de barbarie. Había- mos subestimado las dificultades del tema, porque teníamos aun demasiada fe en la conciencia actual. A pesar de haber observado desde hacía muchos años que en la actividad científica moderna las grandes invenciones se pagan con una creciente decadencia de la cultura teórica, creíamos poder guiarnos por el modelo de la organización científica, en el sentido de que nuestra contribución se limitase esencialmente a la crítica o a la continuación de doctrinas particulares. Hubiéramos debido atenernos, por lo menos en el orden temático, a las disciplinas tradicionales: sociología, psicología y gnoseología.
Los fragmentos recogidos en este volumen demuestran que hemos debido renunciar a aquella fe. Si el examen y el estudio atento de la tradición científica constituye un momento indispensable para el conocimiento —en especial allí donde los depuradores positivistas la abandonan al olvido como cosa inútil—, por otro lado, en la fase actual de la civilización burguesa ha entrado en crisis no sólo la organización sino el sentido mismo de la ciencia. Lo que los fascistas hipócritamente elogian y lo que los dóciles expertos en humanidad ingenuamente cumplen, la autodestrucción incesante del iluminismo, obliga al pensamiento a prohibirse hasta el último candor respecto de los hábitos y las tendencias del espíritu del tiempo. Si la vida pública ha alcanzado un estadio en el que el pensamiento se transforma inevitablemente en mercancía y la lengua en embellecimiento de ésta, el intento de desnudar tal depravación debe negarse a obedecer las exigencias lingüísticas y teóricas actuales antes de que sus consecuencias históricas universales lo tornen por completo imposible.
Si los obstáculos fueran solamente aquellos que derivan de la instrumentalización inconsciente de la ciencia, el análisis de los problemas sociales podría vincularse con las tendencias que están en oposición a la ciencia oficial. Pero también éstas han sido embestidas por el proceso global de la producción y no han cambiado menos que la ideolo- gía contra la cual se dirigían. Les aconteció lo que siempre le acontece al pensamiento victorioso, el cual, apenas sale voluntariamente de su elemento crítico para convertirse en instrumento al servicio de una realidad, contribuye sin querer a transformar lo positivo en algo negativo y funesto. La filosofía, que en el siglo XVIII, a pesar de la quema de libros y hombres, inspiraba a la infamia un terror mortal, bajo Napoleón había pasado ya al partido de ésta. Incluso la escuela apologética de Comte usurpó la sucesión de los inflexibles enciclopedistas y tendió la mano a todo aquello contra lo cual éstos habían combatido. Las metamorfosis de la crítica en aprobación no dejan inmune ni siquiera el contenido teórico, cuya verdad se volatiliza. Por lo demás, hoy la historia motorizada anticipa incluso estos desarrollos espirituales, y los exponentes oficiales, que tienen otras preocupaciones, liquidan la teoría que los ha ayudado a conquistarse un puesto bajo el sol aun antes de que ésta haya tenido tiempo de prostituirse.
En la reflexión crítica sobre su propia culpa el pensamiento se ve por lo tanto privado no sólo del uso afirmativo de la terminología científica y cotidiana sino también de la de la oposición. No se presenta más una sola expresión que no procure conspirar con tenden- cias del pensamiento dominante, y lo que una lengua destruida no hace por cuenta pro- pia es sustituido inevitablemente por los mecanismos sociales. A los censores libremen- te mantenidos por las firmas cinematográficas a los efectos de evitar gastos mayores corresponden fuerzas análogas en todos los campos. El proceso al que es sometido un texto literario, si no es ya en la previsión automática del autor, de todos modos parte del staff de lectores, revisores, ghost writers, dentro y fuera de las editoriales, supera en perfección a toda censura. Tornar completamente superfluas las funciones de la censura parece ser —no obstante toda reforma útil— la ambición del sistema educativo. En su convicción de que, si no se limita estrictamente a la determinación de los hechos y al cálculo de probabilidades, el espíritu cognoscitivo se hallaría demasiado expuesto al charlatanismo y a la superstición, el sistema educativo prepara el árido terreno para que acoja ávidamente supersticiones y charlatanismo. Así como la prohibición ha abierto siempre camino al producto más nocivo, del mismo modo la prohibición de la imagina- ción teórica abre camino a la locura política. Y en la medida en que los hombres no han caído aún en su poder, son privados por los mecanismos de censura —externos o introyectados en su interior— de los medios necesarios para resistir.
La aporía ante la que nos encontramos frente a nuestro trabajo se reveló así como el primer objetivo de nuestro estudio: la autodestrucción del iluminismo. No tenemos nin- guna duda —y es nuestra petición de principio— respecto a que la libertad en la socie- dad es inseparable del pensamiento iluminista. Pero consideramos haber descubierto con igual claridad que el concepto mismo de tal pensamiento, no menos que las formas históricas concretas y las instituciones sociales a las que se halla estrechamente ligado, implican ya el germen de la regresión que hoy se verifica por doquier. Si el iluminismo no acoge en sí la conciencia de este momento regresivo, firma su propia condena. Si la reflexión sobre el aspecto destructor del progreso es dejada a sus enemigos, el pensa- miento ciegamente pragmatizado pierde su carácter de superación y conservación a la vez, y por lo tanto también su relación con la verdad. En la misteriosa actitud de las masas técnicamente educadas para caer bajo cualquier despotismo, en su tendencia autodestructora a la paranoia “popular”, en todo este absurdo incomprendido se revela la debilidad de la comprensión teórica de hoy.
Creemos contribuir con estos fragmentos a dicha comprensión en la medida en que muestran que la causa de regresión del iluminismo a la mitología no debe ser buscada tanto en las modernas mitologías nacionalistas, paganas, etc., elegidas deliberadamente como fines regresivos, como en el propio iluminismo paralizado por el miedo a la ver- dad, entendiendo a ambos conceptos no sólo en el sentido de la “historia de la cultura” sino también en sentido real. Así como el iluminismo expresa el movimiento real de la sociedad burguesa en general bajo la especie de sus ideas, encarnadas en personas e instituciones, del mismo modo la verdad no es sólo la conciencia racional sino también su configuración en la realidad. El miedo característico del auténtico hijo de la civiliza- ción moderna de alejarse de los hechos, que, por lo demás, desde que son percibidos se hallan ya esquemáticamente preformados por las costumbres dominantes en la ciencia, en los negocios y en la política, es idéntico al miedo respecto a la desviación social. Tales costumbres determinan incluso el concepto de claridad (en la lengua y en el pensamiento) al que arte, literatura y filosofía deberían hoy adecuarse. Este concepto —que califica de oscuro y complicado, y sobre todo de extraño al espíritu nacional, al pensamiento que interviene negativamente en los hechos y en las formas de pensar dominantes— condena al espíritu a una ceguera cada vez más profunda. El hecho de que incluso el reformer más honesto, que recomienda la renovación de un lenguaje consumido por el uso, refuerce —al hacer suyo un aparato categorial prefabricado y la mala filosofía en que éste se sostiene— el poder de lo que existe, ese mismo poder que querría quebrantar, forma parte de la situación sin camino de salida. La falsa claridad es sólo otra forma de indicar el mito. El mito ha sido siempre oscuro y evidente a la vez, y se ha distinguido siempre por su familiaridad, lo que exime del trabajo del concepto.
La condena natural de los hombres es hoy inseparable del progreso social. El aumento de la producción económica que engendra por un lado las condiciones para un mundo más justo, procura por otro lado al aparato técnico y a los grupos sociales que disponen de él una inmensa superioridad sobre el resto de la población. El individuo se ve reducido a cero frente a las potencias económicas. Tales potencias llevan al mismo tiempo a un nivel, hasta ahora sin precedentes, el dominio de la sociedad sobre la naturaleza.
Mientras el individuo desaparece frente al aparato al que sirve, ese aparato lo provee como nunca lo ha hecho. En el estado injusto la impotencia y la dirigibilidad de la masa crece con la cantidad de bienes que le es asignada. La elevación del nivel de vida de los inferiores —materialmente considerable y socialmente insignificante— se refleja en la aparente e hipócrita difusión del espíritu, cuyo verdadero interés es la negación de la reificación. El espíritu no puede menos que debilitarse cuando es consolidado como patrimonio cultural y distribuido con fines de consumo. El alud de informaciones minuciosas y de diversiones domesticadas corrompe y estupidiza al mismo tiempo.
No se trata de la cultura como valor, en el sentido de los “críticos de la civilización”, Huxley, Jaspers, Ortega y Gasset, etc., sino del hecho de que el iluminismo debe tomar conciencia de sí, si no se quiere que los hombres sean completamente traicionados. No se trata de conservar el pasado, sino de realizar sus esperanzas. Mientras que hoy el pa- sado continúa como destrucción del pasado. Si la cultura respetable ha sido hasta el si- glo pasado un privilegio pagado con mayores sufrimientos por quienes se hallaban excluidos de la cultura, la fábrica higiénica de nuestro siglo ha sido pagada con la fusión de todos los elementos culturales en el crisol desmesurado. Y tal vez no fuese siquiera un precio tan alto como lo consideran los defensores de la cultura, si la venta y liquidación de la cultura no contribuyese a pervertir y convertir en lo contrario las mejoras económicas.
En las condiciones actuales incluso los bienes materiales se convierten en elementos de desventura. Si la masa de los bienes materiales, por falta del sujeto social, daba origen en el período precedente, bajo forma de superproducción, a crisis de la economía interna, hoy, cuando grupos de poder han ocupado el puesto y la función de aquel sujeto social, dicha masa produce la amenaza internacional del fascismo: el progreso se invierte y se convierte en regreso. El hecho de que la fábrica higiénica y todo lo que con ella se relaciona liquiden obtusamente la metafísica es cosa en definitiva indiferente; pero que la fábrica y el palacio de deportes se conviertan dentro de la totalidad social en una cortina ideológica tras la que se condensa la miseria real no resulta indiferente. A partir de este punto surgen nuestros fragmentos.
El primer ensayo, que es la base teórica de los siguientes, busca esclarecer la mezcla de racionalidad y realidad social, y también la otra mezcla, inseparable de la primera, de naturaleza y dominio de la naturaleza. La crítica a la que en tal ensayo se somete al ilu- minismo tiene por objeto preparar un concepto positivo de éste, que lo libere de la petrificación en ciego dominio.
En términos muy generales el primer ensayo podría resumirse, en su aspecto crítico, en dos tesis: el mito es ya iluminismo, el iluminismo vuelve a convertirse en mitología. Estas tesis son ilustradas en los dos excursus sobre temas concretos particulares. El primero estudia la dialéctica de mito e iluminismo en la Odisea, como en uno de los prime- rísimos documentos representativos de la civilización burguesa occidental. En el centro se hallan los conceptos de sacrificio y de renuncia, en los cuales se revela la diferencia y la unidad de la naturaleza mítica y del dominio racional de la naturaleza. El segundo excursus se ocupa de Kant, Sade y Nietzsche, inflexibles ejecutores del iluminismo. En él se muestra cómo el dominio de todo lo que es natural en el sujeto dueño de sí concluye justamente en el dominio de la objetividad y de la naturalidad más ciega. Esta tendencia nivela todos los contrastes del pensamiento burgués, empezando por el que existe entre rigor moral y amoralidad absoluta.
El capítulo sobre la industria cultural muestra la regresión del iluminismo a la ideología que tiene su expresión canónica en el cine y en la radio, donde el iluminismo reside sobre todo en el cálculo del efecto y en la técnica de producción y difusión; la ideología, en cuanto a aquello que es su verdadero contenido, se agota en la fetichización de lo existente y del poder que controla la técnica. En el análisis de esta contradicción la industria cultural es tomada con más seriedad que lo que ella misma querría. Pues dado que sus continuas declaraciones respecto a su carácter comercial y a su naturaleza de verdad reducida se han convertido desde hace tiempo en una excusa para sustraerse a la responsabilidad de la mentira, nuestro análisis se atiene a la pretensión objetivamente inherente a sus productos de ser creaciones estéticas y de ser por lo tanto verdad repre- sentada. En la inconsistencia de tal pretensión se desenmascara la vacuidad social de tal industria. Este capítulo es aun más fragmentario que los otros.
El análisis en forma de tesis de los “elementos del antisemitismo” está dedicado al retorno de la sociedad iluminada a la barbarie en la realidad. La tendencia a la autodestrucción pertenece desde el comienzo a la racionalidad no sólo idealmente sino también prácticamente y no sólo en la fase en que emerge en toda su evidencia. En este sentido es esbozada una prehistoria filosófica del antisemitismo. Su “irracionalismo” se deduce de la esencia misma de la razón dominante y del mundo hecho a su imagen.
Los Elementos están relacionados en forma estrecha con investigaciones empíricas del Institut für Sozialforschung, fundación creada y mantenida en vida por Felix Weil, sin la cual no sólo nuestros estudios sino también buena parte del trabajo teórico continuado a pesar de Hitler por los alemanes emigrados no hubiera sido posible.
En la última sección se publican apuntes y esbozos que en parte entran dentro de la corriente teórica de los ensayos precedentes, pero que no podían hallar su puesto en ellos, y en parte dibujan provisionalmente problemas que serán objeto de trabajo futuro. Se refieren en su mayor parte a una antropología dialéctica.

Los Ángeles, California, mayo de 1944.



El libro no contiene modificaciones importantes en el texto, terminado durante la guerra.
Se ha agregado a continuación la úl- tima tesis de los Elementos del antisemitismo.
Junio de 1947



Max Horkheimer, Theodor W. Adorno
Referencias:
[1] El objetivo de esta obra, según sus autores, es “comprender por qué la humanidad, en lugar de estar en un estado verdaderamente humano, desembocó en un nuevo género de barbarie”. Dialéctica del Iluminismo. Horkheimer, Max y Adorno, Theodor. Editorial Sudamericana. Bs. As. 1988.
[2] Años después Adorno se arrepentirá de esta frase, al publicar en su obra Dialéctica negativa (1966) el siguiente concepto: “Por eso quizás haya sido falso que después de Auschwitz no se podía escribir ningún poema”, refiriéndose al derecho del dolor a manifestarse, del sobreviviente del holocausto a expresarse. No se le puede negar el derecho a la expresión al dolor: “el sufrimiento perenne tiene tanto derecho a la expresión como el martirizado a aullar”.